Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de

departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de

ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran

todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.

--Y yo, pásmense ustedes--dijo una de las excelencias--, tengo un

empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.

Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no

ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una

pasión extravulgar por las negras.

--¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo

exótico!--añadió su excelencia.

Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos

de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron

imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de

ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y

sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como

un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló

estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante

algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero

la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino

una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le

volvieron con desprecio la espalda.

Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase

entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía

en esfuerzos por ser original.

Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original,

acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente,

tuvo que abandonar al punto su empleo.

Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba

en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después,

un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba

francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo

exótico.

A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún.

A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le

recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el

terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov,

sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la

familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al

mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan

original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso

la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.

El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado,

porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.

Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss

Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y

abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos

rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven

esposo.

Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a

Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el

alma.

La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron

como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que

se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para

ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se

desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra

de molino.

Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El

propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió

una pregunta algo turbadora:

--¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?

--¡Serán a rayas!--observó Polsikov.

--¿Cómo a rayas?--exclamaron, asombrados, los asistentes.

--Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra

negra... Como las cebras--explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran

lástima su desgraciado amigo.

--¡No, no es posible!--exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.

Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su

cuarto, llenando de emoción a los asistentes.

Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y

daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio

director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de

subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.

El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color

de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y

con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando

volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a

abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y

lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra

él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un

dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños

blancos.

--¡Querida mía!--decía.

Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su

hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto;

pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba,

combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.

Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su

matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También

ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de

que el propio director hubiera sido su padrino.

A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de

morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su

espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta

admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se

inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas,

exclamó:

--¡Aborrezco a ese diablo negro!

Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del

subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su

mujer llorar, añadió, con voz dulce:

--Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.

Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en

los labios se fue al otro mundo.

La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le

gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero

en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel

hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en

ellas algo exótico.

¡NO HAY PERDÓN!

Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, no

formada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada;

los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombones

de chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren su

cabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin querer

en mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las canciones

primaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensa

también, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanos

florecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, y

que dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazos

pétalos delicados color de nieve y rosa.

Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; pero

examinándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras de

cansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio,

de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasan

las horas en discusiones interminables. Se pensaba también que sus

mejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas.

Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostro

era alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclo

deteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como si

quisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nada

de esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía el

don de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente a

la muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída y

fríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que se

destacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, la

contemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; pero

eso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No tenía

motivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde era

profesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, y

no había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo era

también execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era fea

y le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que el

billete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos los

días hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa. Podía

contar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de una

larga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cada

veinticuatro horas.

No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidado

sin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos de

mirarla de vez en cuando.

«Ha venido hace muy poco de la provincia--pensaba severamente--. ¿A qué

diablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto esta

maldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirra

por las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas y

sociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de su

persona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debe

salvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»

La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbó

de tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazada

por una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con un

movimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algo

escondido en el corsé.

«¡Tiene gracia!--se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos y

tratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia--. Le dan

miedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que un

hombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamas

escondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartas

amorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo que

esconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»

Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió en

seguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpiente

que se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov se

incomodó.

«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules. No

comprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo de

la vista. Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretende

salvar a la humanidad! ¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! No

estamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entre

nosotros, se dedican los chiquillos a la política. ¡No sabe aún resolver

un sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, de

cuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarla

un poco; sería una buena lección para ella.»

Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo una

inspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris de

noviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba.

Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica.

Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro una

expresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, y

lanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado le

satisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron de

angustia.

«¡Vamos, pequeña!--pensaba, triunfante, Krilov--. Parece que huirías de

buena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!»

Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba su

hambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tanta

habilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidad

estuviese al servicio de la Policía secreta.

Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojos

adquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, que

llevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como si

éste fuera su revólver cargado con seis balas o un _carnet_ de policía.

No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarse

al mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso y

colorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma se

estrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera,

debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojos

de conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía y

desapareció entre la multitud.

«¡Muy bien!»--se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno de

la alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco,

de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propia

persona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiasen

y le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modo

de abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas.

Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de la

fisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de sus

cuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltas

estúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida.

«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía--se dijo--. Un

espía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la práctica

del espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espía

hace poco. Le degollaron como a un cerdo.»

Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se había

propuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso para

él, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por un

rato, cambiar de pellejo.

La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, el

lóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellos

ondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, que

bajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y un

deseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dos

veces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobre

sus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneció

como clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que se

apoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco.

Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido,

desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano.

«¡Muy bien! ¡Muy bien!--pensaba Krilov--. Estoy muy contento. De buena

gana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto te

enseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!»

Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de

un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una

arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de

alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que

un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra

garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En

tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida

con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!

Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que

colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio,

que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus

ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que

parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante;

los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos

deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.

Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías.

Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las

gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo,

misterioso y lleno de sentido.

Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y

todo se le presentó bajo un aspecto nuevo.

No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche;

la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres,

silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba

las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en

aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la

calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al

parecer, de que la noche se acercaba.

La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas,

no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos

corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia

misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que

estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre

su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le

antojaban asimismo algo nuevo.

En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía

descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al

conductor:

--Deme usted un billete hasta la parada próxima.

Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco

copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban

monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se

puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes

como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo;

al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se

indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se

dijo, al recibir el billete:

«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os

conozco a todos.»

Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrante

delito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración.

Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría a

su vez.

La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista.

Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano del

guante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa del

tranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles.

Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, al

contrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un gran

envoltorio, impidió a Krilov la salida.

--¡Permítame usted!--le dijo él, tratando de abrirse paso.

Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, y

no podía pasar. Por el otro lado impedían el paso el conductor y el

comerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de que

Krilov quería descender.

--¡Pero déjeme usted pasar!--exclamó Krilov con cólera--. Conductor,

¿oye usted? ¡Reclamaré!

--¡Señor, haga el favor de dejar paso!--dijo el conductor, dirigiéndose

al comerciante.

El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenas

pudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía ex

profeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, a

tierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha.

La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendo

miradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó a

correr, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. En

aquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y la

muchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo.

«¡Hay que acabar!»--se dijo.

Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga.

La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos.

Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendo

amistosamente, la miró a los ojos. Con la sonrisa quería decirle que la

broma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero la

muchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera:

--¡Canalla!

Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través de

los cristales.

Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató de

abrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió con

lentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió de

hombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar. ¡Era estúpido

todo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca para

explicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto.

Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Qué

diablo de muchacha! ¡Como si verdaderamente le interesase con sus

proclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locas

chicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado...

Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos de

ambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, se

indignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas!

«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferior

a vosotros, imbéciles!»--dijo casi en voz alta.

Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se lo

abrochó de nuevo.

«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá más

honorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Es

de todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saber

que tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto como

ellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarla

aquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...»

Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanas

iluminadas y continuó reflexionando:

«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía.

¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y he

llevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza a

caérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno más

a salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpa

tengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca...

como un espía de verdad?»

Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar.

«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sido

una broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran una

paliza.»

Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendo

más frío. Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en el

bolsillo, encontró el periódico. Casi estuvo a punto de llorar de rabia.

Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado el

te calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin la

menor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa del

inspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, en

aquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue de

estudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio?

De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar con

violencia, después de dar paso a dos estudiantes.

Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él.

Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la niebla

enloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando con

los faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida,

que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desierto

y silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes.

Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado,

encendió otro.

Los espectros: Novelas breves · 第 6 / 10 段