pecho, como sobre una ancha bandeja.
--Entre nosotras--continuó Karaulova--no se respeta nada, ni moral, ni
religión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes.
Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto se
considera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia! No voy a la iglesia, y
no sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señor
abogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquiera
sé rezar. Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y qué
pedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, las
oraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijo
no se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun era
joven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya no
rezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogado
ha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Por
eso, ni puedo ni quiero prestar juramento...
--Señor presidente--dijo, levantándose, el adjunto del fiscal--. En
vista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yo
quisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que me
diese los nombres de quienes cometieron tal acto.
--¡No hubo sacrilegio ninguno!--contestó Karaulova--. Estaban todos
borrachos. Además, no recuerdo los nombres.
El adjunto del fiscal se sentó, descontento.
--Entonces ¿no prestará usted juramento?--interrogó el presidente a
Karaulova.
--No.
--¿Y ustedes?--preguntó, dirigiéndose a Kravchenko.
--Nosotras aceptamos.
El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal a
dar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada:
--En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal le
permite que haga su declaración sin prestar juramento.
Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba el
sacerdote.
--¡Levantaos!--proclamó en alta voz el ujier.
Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia el
altarcito.
--¡Levantad la mano!--dijo el sacerdote.
Todos obedecieron.
--¡Repetid lo que voy a decir!
Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne:
--Me comprometo y juro...
Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una:
--Me comprometo y juro...
--Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...
--Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...
El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estaba
arreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento,
funcionaba con regularidad, como es necesario.
Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala.
--Karaulova--dijo el presidente--. El tribunal le permite a usted no
prestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad,
según su conciencia. ¿Lo promete usted?
--No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia.
--¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?--exclamó con desesperación
el presidente--. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted?
--Diré lo que sepa.
Media hora más tarde, el interrogatorio de los testigos había terminado.
El mecanismo judicial funcionaba de nuevo regularmente. Las preguntas
eran seguidas de respuestas. El adjunto del fiscal tomaba notas. El
reportero dibujaba, con aire grave y atareado, cabezas de mujeres. El
acusado daba explicaciones detalladas.
--En cuanto al recibo del Monte de Piedad, tengo el honor de declarar al
tribunal...
--En cuanto a mis visitas a la casa de tolerancia, donde, según la
acusación, gasté sumas muy fuertes, sólo estuve en ella cuatro veces: el
21 de diciembre, el 7 de enero, el 25 de enero y el 1 de febrero. Las
tres primeras veces todos mis gastos fueron pagados por mi camarada
Protasov; la cuarta vez pagué una suma insignificante, lo que puedo
probar con la cuenta del ama...
La sala hallábase bien alumbrada, y se estaba allí a gusto. Fuera caía,
en gruesos copos, la nieve. La justicia seguía su curso como una máquina
perfecta.
BEN-TOVIT
El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que
se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día,
el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un
dolor horrible de muelas.
Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el
lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una
sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las
otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero
después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de
tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso,
negocio que le puso de buen humor.
Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su
sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto.
No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta
al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y
claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya
comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las
demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si
estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con
un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y
Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha
sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso
agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y
pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de
volver a dormirse. Pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo,
más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear
el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de
sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota
de sudor frío.
Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida
del sol--de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus
tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.
Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero
cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose
de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus
terribles sufrimientos.
La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que
era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su
marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en
la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de
aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban
escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.
El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve
tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un
corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante
los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo
completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se
hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir
que se iba a romper la cabeza contra la pared.
Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado
a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza
envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos
acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús
Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos;
pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el
pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque
amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír
aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de
las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le
miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo,
como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:
--Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.
--¡Déjame en paz!--respondió colérico Ben-Tovit--. ¿No ves lo que sufro?
Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de
que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se
acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado,
la mano en la mejilla, miró hacia abajo.
A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden,
una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos,
centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo
el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus
cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los
soldados romanos. Uno de los condenados--el que tenía largos cabellos
rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas--tropezó en una
piedra que le habían tirado y cayó.
Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con
sus olas la superficie de un islote.
Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si
alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido
lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole
un bledo cuanto sucedía en la calle.
--¡Dios mío, cómo gritan!--gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas,
con las muelas no atormentadas por el dolor.
A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar
como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más
cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la
cabeza y a lanzar gritos.
--Cuentan que curaba a los ciegos--dijo su mujer, que no se apartaba de
la barandilla ni dejaba de mirar abajo.
Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba
lentamente, medio muerto ya a latigazos.
--¡Tonterías!--respondió Ben-Tovit con acento burlón--. ¡Si posee, en
efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!
Y tras un corto silencio añadió:
--¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño!
Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!
Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá
el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en
dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por
completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente
hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo
aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente;
bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir
cosas agradables.
Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó
su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a
propósito del cuadrúpedo.
Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres
al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a
Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo
sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo
se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor
insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía
muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino
asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:
--¡Dios mío! ¡Es terrible!
A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la
intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto
le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había
tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula
inferior.
Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a
alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras
las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba,
semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo
del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio
podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.
La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.
Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit
cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit
experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a
hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota
abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que
profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de
sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de
las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la
obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen
que se acababa de cometer sobre la tierra.
UN HOMBRE ORIGINAL
Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de
las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado
de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien
declaró con voz dulce y tranquila:
--¡A mi me encantan las negras!
Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa
de _vodka_ que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había
pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la
cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo
vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita
cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.
Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días
le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban;
todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un
restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por
primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era
feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a
las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también
que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.
El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en
Kotelnikov, dijo:
--Pero Semen...
--¡Semen Vasilievich!--pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.
--Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?
--Sí, me gustan mucho.
El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la
mesa, y soltó la carcajada:
--¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!
Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que
no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y
enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el
de que aquello le causase disgustos.
--¿Lo dice usted seriamente?--preguntó el subjefe cuando acabó de
reírse.
--¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo...
exótico.
--¿Exótico?
Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que
Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía
una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir,
asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser
negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y
olían mal.
--¡Y, sin embargo, me gustan!--insistió modestamente Kotelnikov.
--¡Allá usted!--dijo el subjefe--. Yo, por mi parte, detesto a esas
bestias color de betún.
Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre
ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este
motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de
cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no
había un hombre de tanta originalidad.
Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su
papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el
criado se los encendiese.
Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras
seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:
--¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos
juntos...
--¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!--aceptó Kotelnikov.
Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin,
comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.
Después de beber «Brudeschaft»--Hermandad--con Polsikov, bebió con
Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los
miraba con ojos amorosos y tiernos.
El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:
--Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un
hombre a quien le gustan las negras.
Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza,
todos convinieron en que era muy _chic_.
Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la
calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de
sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.
--No, muchacho--decía--; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo
exótico.
--Tonterías--contestaba severamente Polsikov--. No sé lo que puede
encontrarse en ella. Del color del betún...
--No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...
Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar
con la definición justa.
--¡Tienen temperamento!
Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.
--¡Haces mal en discutir!--le dijo Troitzky--. Nuestro amigo Kotelnikov
tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.
Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:
--¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan
contento, que tengo ganas de armar un escándalo.
--A pesar de todo, no lo comprendo--insistía Polsikov--. Del color del
betún... Para mí, ni siquiera son mujeres.
--¡No, amigo, te engañas!--insistía a su vez Kotelnikov--. Porque, mira,
hay algo en las negras...
Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz,
tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.
Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado
público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más
tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio,
por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de
policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas
mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la
puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras.
Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.
Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba te
con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que
había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la
mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente
intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas
razones de su afición a las negras.
--¿Por qué justamente las negras?--preguntábale.
Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con
afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión
enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka
también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a
quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su
inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose
con ella un poco reservado.
Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su
cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al
imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de
llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera
inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró
dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado
y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía
duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.
Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por
Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le
condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo
Duclot.
--Este señor--dijo el revistero al director, haciendo avanzar a
Kotelnikov--adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás
mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si
usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales
tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.
Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El
director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como
buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:
--¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará
satisfecho: tengo precisamente en mi _troupe_ tres hermosas negras.
Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director,
absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.
--Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.
El director consintió.
A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a
una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de
un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal
máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov
sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En
aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e
irse a ver a su pobre madre.
Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron
intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada
misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía
a Kotelnikov.
--Dice que no ha visto en su vida a un _gentlemán_ tan guapo y
simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?
Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida
al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos.
Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:
--Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.
Y todos estaban tan contentos.
Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la
emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos
espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un
acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña.
Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas
veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»--escribía--y su
debilidad le impedía siempre terminar la carta.
A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia
el director quería verle.
Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró
en el gabinete de su excelencia.
--¿Es verdad que a usted... que a usted...?
El director buscaba palabras.
--...¿Que a usted le gustan las negras?
--¡Sí, excelentísimo señor!
El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:
--Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?
--¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!
Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.
--¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe
usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto
espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos
límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase
usted con su padre, por qué le gustan las negras.
--¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!
Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas
importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:
--Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras.
Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!