Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente se

detuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer que

le había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se le

antojaron iguales, lo que le impidió orientarse. Entonces examinó la

lista de testigos.

--¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestar

juramento?--preguntó otra vez.

--No.

Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellos

negros. A pesar de su sombrero _chic_ y su traje a la moda, su aspecto

no era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandes

pendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre el

vientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecía

inmóvil, impasible.

--¿Pero usted es ortodoxa?

--Sí.

--¿Por qué no quiere entonces prestar juramento?

Ella le miró y no respondió.

--¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestar

juramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará en

consideración sus explicaciones.

--No.

--¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta?

--No.

--Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted...

Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Pues

bien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas que

le parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento?

--No.

Su voz era sonora, joven--más joven que el rostro--, clara y limpia.

Debía de cantar muy bien.

El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se

hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.

El otro le contestó en voz baja:

--Sí, es extraordinario. No lo entiendo.

--Escuche usted--dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a

Karaulova--. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse

a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de

prestarlo. Responda.

Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan

débil que no pudo oírse claramente.

--No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.

La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:

--Soy una prostituta.

El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la

cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.

--Convendría iluminar la sala--pensó.

El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras

otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos

levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces

permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los

jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:

--¡Tiene gracia esa mujer!

--Sí--contestó el otro.

--Bueno--objetó el presidente--. El hecho de que sea usted una

prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.

Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba

habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».

--¿Usted es, con todo, cristiana?

--No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.

La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas,

consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en

la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se

inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de

aprobación.

--Escuche usted--dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova--. El

tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera

cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un

error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino

solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en

eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende?

Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano,

mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal,

tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser

cristianos...

Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:

--¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta

cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si

frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?

--No.

--¿Cómo que no? ¿Por qué?

--Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?

--Pero irá usted a confesar.

--No.

Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la

testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la

emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido,

risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se

hallaba en el colmo del regocijo.

--¡Esto va siendo interesante!--proclamó, en voz tan poco queda, que se

le oyó en toda la sala.

--Pero rezará usted...--preguntó el presidente.

--No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago.

El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidente

le dijo por lo bajo:

--¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampoco

querrán prestar juramento?

El presidente tomó la lista de testigos y leyó:

--¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa...

--¡Sí, también yo soy prostituta!--respondió con apresuramiento, casi

con orgullo, una muchacha no menos bien trajeada.

Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo le

gustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado.

--¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento?

--Sí, con mucho gusto.

--¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Y

usted, Kravchenko? ¿Consiente?

--Sí--contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta y

gruesa, con sotabarba.

--¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿No

cambiará usted de opinión?

Karaulova no respondió.

--¿No quiere usted?

--No.

Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, y

luego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, después

de lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiempo

respetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, en

espera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco a

distancia.

--Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarse

el trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese!

Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante.

El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó al

presidente y le dijo algo al oído.

--¡No, no, padre!--le respondió el presidente--. ¡Se lo suplico a

usted! Si no, las demás pueden también negarse...

Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, más

colorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible:

--Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendo

cristiana...

--¡Si yo no soy cristiana!

El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo:

--Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo.

Y el pobre sacerdote siguió:

--Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra;

otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestra

conciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebas

nos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos con

nuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabello

puede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestros

pecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotros

mismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad;

sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nos

mezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de su

oficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envía

enfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo...

--¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No hay

por qué estarlo...

--...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones del

Juez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa.

¿Usted conoce los símbolos de la fe?

--No.

--¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo?

--¿No he de creer?

--Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano.

El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote:

--Perfectamente--dijo--. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro Señor

Jesucristo...

--¡No, no!--repuso firmemente Karaulova--. Puedo creer todo lo que

quiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría las

cosas que hago. Ni siquiera rezo.

--¡Es verdad!--afirmó su amiga Pustochkina--. No reza nunca. Cuando hace

poco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a la

ceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se le

va a hacer? ¡Es así, señores jueces! Ella es la primera víctima de su

carácter.

--Nuestro Señor Jesucristo--continuó el sacerdote--perdonó a la mujer

perversa cuando se arrepintió.

--Pero yo no me he arrepentido.

--Ya llegará la hora en que usted se arrepienta.

--No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no se

trata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: peca

una toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde,

comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme.

--Tiene razón--afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía la

discusión con un interés sostenido--. ¡Se divertiría, cantaría, bebería,

recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia!

No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadores

les sería fácil convertirse en santos.

El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento.

Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de no

saber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia.

El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote:

--Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamos

molestado...

El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglaban

la cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente.

--¡Esto es magnífico!--comentó entusiasmado, en voz queda, el artesano

de los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante de

alegría, sonriente.

El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinación

de Karaulova, la miraba con desprecio.

El tribunal deliberaba.

--Bueno. ¿Qué hacer?--decía en voz baja el presidente, furiosísimo--. Es

una verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir...

--Creo que debían examinarse sus facultades mentales--dijo su vecino de

la izquierda--. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hoguera

a mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplemente

histéricas.

--¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!--repuso el

presidente--. En ese caso deberíamos comenzar por examinar las

facultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad de

mirarle!

El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote,

parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato en

atraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en su

asiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse,

balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía por

casualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección al

magistrado. Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírselo

al tribunal.

--¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?--le preguntó al fin el

presidente--. Le suplico que sea breve.

--Permítame usted una pregunta...

Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos en

Karaulova, le preguntó:

--Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila?

--Grucha.

--Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño,

Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido usted

bautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente...

--No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia.

--¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha...

--Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia.

--¡Cómo! Entonces...

Pero el presidente le interrumpió:

--Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con el

nombre de Pelagueia. Puede usted cerciorarse.

--Entonces, no tengo nada más que decir.

Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa al

acusado y a su defensor, se sentó.

Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula.

En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier,

levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silencio

para mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo era

tan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia.

--¡Silencio!--exclamó el presidente--. Ujier, si alguno habla alto,

hágale usted salir.

En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado,

huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente:

--¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace mucho

tiempo que es usted prostituta?

--Ocho años.

--¿Y qué hacía usted antes?

--Era criada.

--Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo...

¿O su hijo quizá?

--No, el amo mismo.

--¿Y cuánto le dio a usted?

--Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje...

Tenía un gran almacén de telas.

--¿Y por eso se perdió usted para toda la vida?

--¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.

--¿Tuvo usted hijos?

--Sí, un muchacho.

--¿Qué ha sido de él?

--Murió en un asilo.

--Claro, después no ha tenido usted hijos...

--No.

El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado,

dijo:

--Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y

tu alma.

--¡Hay viejos que dan más de diez rublos!--replicó, en defensa de

Karaulova, su amiga Pustochkina--. No hace mucho estuvo en casa un viejo

muy respetable... como usted...

El público soltó la carcajada.

--¡Cállese usted!--gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente--.

¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte!

Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó:

--¿Usted también quiere hacer una pregunta?

--Sí, con su permiso--dijo, con voz fina, casi infantil, un alto y

grueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: su

vientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados.

Y dirigiéndose a Karaulova, continuó:

--Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; pero

aquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestar

juramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas un

robo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puede

esperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra Santa

Iglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte--para eso existen los

templos--; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás de

todo freno y creerás que todo te está permitido.

--Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en que

no soy cristiana...

El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino:

--¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura!

Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó:

--Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho,

Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se la

bautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta,

como es natural, en su pasaporte.

El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda,

bajando la voz:

--¡Nos está haciendo perder el tiempo!

Dirigiéndose a Karaulova, preguntó:

--¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana.

--Y, sin embargo, no lo soy.

--Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender.

El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbaba

el orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solía

funcionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hasta

ofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad,

aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a los

jurados, al público.

El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajo

restablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja.

--¡Es inadmisible!--protestó uno de los jueces--. Esto no es ya un

tribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quien

nos está juzgando.

--¡La culpa no es mía!--repuso el presidente--. ¿Qué quiere usted que yo

le haga? Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca.

Es una verdadera rebelión contra la Iglesia.

En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó:

--¿Quiere usted decir algo?--le interrogó el presidente--. Haga el favor

de darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo.

Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente,

de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo,

como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistencia

encarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento:

--Es muy triste todo esto--dijo a Karaulova--. La comprendo a usted y la

miro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismo

es falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y los

pecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismo

consiste en una comunión mística con Dios.

--¡Perdón!--le interrumpió el presidente--. Karaulova, ¿comprende usted

lo que quiere decir «mística»?

--No.

--Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted.

Tenga la bondad de hablar más sencillamente.

--Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es la

imagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categorías

pasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfinge

enigmática, por decirlo así.

--Señor jurado--le interrumpió una vez más el presidente--. Yo tampoco

comprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros?

--Lo siento; pero no me es posible--dijo con tono melancólico el

jurado--. No se puede hablar de las cosas místicas en términos

vulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunión

con Dios.

--Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puede

estar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender una

lamparilla ante el icono de mi cuarto.

Todos estaban fatigados.

--¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!--dijo uno de los jueces--. ¡Es

un escándalo inadmisible!

Pero, luego del jurado, se levantó el defensor.

--¿Aún más?--exclamó el presidente--. ¿Usted también quiere decir algo?

--Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal...

--¿Usted tiene que hablar también?--preguntó con ironía el presidente--.

Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breve

posible.

El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvió

hacia el Jurado y comenzó:

--Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...

--Señor abogado, no puedo permitir polémicas.

--Bueno, obedezco.

Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada,

clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas

ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas

fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando

algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias

de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el

defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió

luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne

acento:

--¡Señores jurados y señores jueces!

Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera

bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa,

fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver

a otro lado los suyos.

--Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso

del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si

les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el

señor adjunto del fiscal...

--Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los

representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré

obligado a retirarle la palabra.

El abogado saludó.

--Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora

Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con

hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la

Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la

persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el

reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo,

y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».

Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio,

hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió:

--Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Las

declaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como las

confesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, el

camino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchacha

inexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con sus

alegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, y

ve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz en

cualquier parte, bajo un cobertizo, un niño...

--Abrevie usted, si le es posible, señor defensor--dijo el presidente--.

Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señores

jurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya que

explicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo no

es una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones.

--Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de las

ciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso es

que la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdadera

cristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos,

la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza ese

ideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra.

¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéis

cuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de la

noche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se han

clavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a la

iglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote,

vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujer

menospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea de

rodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna de

entrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana!

¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Con

sus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas la

han purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a esta

pecadora.

--¡Nada de eso es verdad!--le interrumpió Karaulova--. No he llorado ni

hecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me he

arrepentido. ¡Miren ustedes!--Abrió su bolso y sacó el portamonedas,

tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó al

abogado y a los jueces---. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mi

oficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes.

No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpo

me pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que no

es mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable usted

de penitencia. No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza ni

conciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que me

digan que escupa a la cruz, y escupiré.

Los espectros: Novelas breves · 第 4 / 10 段