EL CONDE.--¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que era

a nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia.

ELSA.--Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un

presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol

se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy

segura.

EL CONDE.--Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud.

Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la

protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras

tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan,

rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que

temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz

del propio emperador.

ELSA.--Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le

sigo esperando en vano.

EL CONDE.--Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía

aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la

corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas;

si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos

de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y

respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana

y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la

mano!

ELSA.--¡Padre, es el elegido de mi corazón!

EL CONDE.--¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!

ELSA.--No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a

odiar al duque sin haberle visto siquiera.

EL CONDE.--Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro

patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la

fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a

su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra

libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos

muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus

nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando

levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar

en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja,

ja, ja!

ELSA.--No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha

tendido la mano para obtener tu gracia?

EL CONDE.--Sí, y yo no he aceptado esa mano.

ELSA.--Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras

que tú, con la crueldad de un hombre obcecado...

EL CONDE.--Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que

violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras

mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis

cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu

prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se

opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se

obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le

rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del

ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras

su viejo padre!...

ELSA.--¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!

EL CONDE.--Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera

parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una

innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus

amos.

ELSA.--¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis

brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del

emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y

que suavizase con su poder divino vuestra crueldad.

EL CONDE.--¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!

ELSA.--Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió

una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.

_(El conde baja irónicamente la cabeza.)_

EL CONDE.--¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras

órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo

que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las

luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se

enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos

a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en

nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.

ELSA.--Perdóname, padre.

EL CONDE.--Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador

podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde

miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana,

quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del

nido. _(Finge que llora.)_ ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde?

¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la

aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él.

¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? _(Cae de rodillas ante Elsa y

trata de coger sus manos para besarlas.)_ ¡Oh, noble y generosa duquesa!

¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador

que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta

sumisión...

ELSA.--¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.

EL CONDE.--Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el

nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en

el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las

losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos,

soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí

conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su

pequeña Elsa, que era el sol de su vida...

ELSA. _(Llorando.)_--¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño

en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de

tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras

cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué

no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el

día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura

tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la

amabas! _(El conde se levanta y se aparta un poco.)_

EL CONDE.--Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá.

El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy

a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya

apagándose.

ELSA.--¡Padre!

EL CONDE.--¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía?

No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad.

Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras

órdenes!

_(Sube por la escalinata.)_

ELSA. _(Sola.)_--¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique.

Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta

tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese

lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo

aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan

ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse

nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del

estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La

muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan

cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...

_(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de

entre los árboles.)_

ELSA.--¿Quién es?

ENRIQUE.--¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida!

ELSA.--¡Enrique!

_(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en un

beso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante y

desaparece de nuevo.)_

ELSA.--¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir de

angustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú...

¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tu

espectro?

ENRIQUE.--Sí, soy mi espectro.

ELSA.--¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de un

espectro están fríos y mudos.

ENRIQUE.--Una llama del infierno arde en ellos.

ELSA.--¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectros

están apagados y mudos.

ENRIQUE.--Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, novia

querida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí!

ELSA.--¡Y para mí qué terrible!

ENRIQUE.--No podía más. He abandonado a mis barones y mis

guerreros--¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!--, y he

corrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí,

amor mío?

ELSA.--No. ¡Pero qué extraña capa llevas!

ENRIQUE.--Es la de uno de mis servidores; no he querido que me

reconociesen aquí. No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duque

viene con sus barones.

ELSA.--No estarán lejos.

ENRIQUE.--No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces mi

espectro te dejará.

ELSA.--¿Por mucho tiempo?

_(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinata

aparecen el conde y Astolfo.)_

ASTOLFO. _(Quedamente.)_--¿Veis, conde?

EL CONDE. _(También quedamente.)_--Sí, ya veo.

ASTOLFO.--¡Es el duque!

EL CONDE.--¿Crees?

ASTOLFO.--¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.

EL CONDE.--Pero esa no es su capa.

ASTOLFO.--Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.

EL CONDE.--Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es

terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela

hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo.

¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!

_(Se echa a reír.)_

ASTOLFO.--¿Bromeáis, conde?

EL CONDE.--Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.

ASTOLFO.--Pero os aseguro que es el duque.

EL CONDE.--¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según

tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por

cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para

robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el

emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que

requieres tu acero, amigo.

ASTOLFO.--Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.

EL CONDE.--Además, la noche es obscura, ¿verdad?

ASTOLFO.--Sí, muy obscura.

EL CONDE.--¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.

ASTOLFO.--Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!

EL CONDE.--¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche

de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí

mismo.

ASTOLFO.--Sí, no es él. Ahora lo veo bien.

EL CONDE.--¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre:

el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la

novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso.

Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo

al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo

besa a mi hija ese ladrón de mi honor!

ASTOLFO.--Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.

EL CONDE.--¡Silencio!

_(Se van.)_

ELSA.--¿Por qué te has hecho esperar tanto?

ENRIQUE.--¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana,

desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra

parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil

desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por

qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el

espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo

cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.

ELSA. _(Lanza un grito.)_--¡Ah!

ENRIQUE.--¿Qué tienes?

ELSA.--Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había

atajado el camino...

ENRIQUE.--Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta

sobreviene; pero logramos abrirnos paso.

ELSA.--¿Y después?

ENRIQUE.--Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de

ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos

estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque

intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en

que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi

hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y

tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero

¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di,

querida mía, ¿qué tienes?

ELSA.--Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...

ENRIQUE.--Ya se ha puesto.

ELSA.--Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto

a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la

mirada luminosa.

_(Se oyen las trompetas.)_

ELSA.--¡Es el duque que llega!

ENRIQUE.--Sí, es el duque.

ELSA.--Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.

ENRIQUE.--El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira

algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas

trompetas.

ELSA.--Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.

ENRIQUE.--Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico

caballo... Pero no va nadie en la silla.

_(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, y

desaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez las

trompetas.)_

ENRIQUE.--¡Adiós, amor mío!

ELSA.--¡Un momentito más!

ENRIQUE.--Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no los

respondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienen

miedo de que me suceda alguna desgracia.

ELSA.--Sí, mi padre está furioso.

ENRIQUE.--Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperador

se ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios.

ELSA.--¡Qué bueno eres!

ENRIQUE.--¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana!

He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro de

un momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida.

ELSA.--¡Un momento más!

_(Se oyen por tercera vez las trompetas.)_

ENRIQUE.--Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!

ELSA.--¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo

más... una sola palabra! ¡Enrique!

_(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda:_ «¡Elsa!» _Luego

desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido;

después, todo queda tranquilo.)_

ELSA. _(Asustada.)_--¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese

gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es

posible.

_(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)_

ELSA.--¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más

alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro

de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que

perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No

tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas

enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado

al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar

entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre

padre!

_(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)_

ELSA.--¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos

guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han

entrado! ¡Están en el patio del castillo!

_(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir

antorchas.)_

ELSA.--Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas

enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas.

Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de

confusión. No, no; esperaré aquí... _(Una corta pausa.)_ ¡Dios mío, se

acercan! Oigo pasos pesados y rápidos...

_(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la mano

aceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejas

fruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectan

una luz lúgubre sobre la escena. Se oyen gritos de_ «¡El duque!» «¿Dónde

está el duque?»)

VALDEMAR.--¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde está

Enrique?

ELSA.--No comprendo lo que me preguntáis.

VALDEMAR.--¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todas

partes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde se

halla: ¡vos debéis saberlo!

LOS BARONES.--¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa!

ELSA.--¡Pero yo no le he visto!

VALDEMAR.--Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Le

habéis visto!

LOS BARONES. _(Blandiendo los aceros.)_--¡Qué insolencia! Llamad al

conde: ¡insultan a su hija!

--¡Nos han hecho esperar todo el día!

--¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa!

--¡Defenderemos su honor!

--¡No permitiremos que se la insulte!

_(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.)_

EL CONDE.--Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mi

hija? ¿Y qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos?

_(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.)_

VALDEMAR.--Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadie

pone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor al

duque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, a

pesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros.

ELSA.--¿Cómo? ¡No ha acudido!

EL CONDE.--Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dónde

está entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos al

noble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle.

_(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.)_

EL CONDE.--¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidos

que, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros en

nuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado a

decirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.»

VALDEMAR.--A vos, conde, os toca decir dónde está el duque.

EL CONDE.--¿A mí?

VALDEMAR.--Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está su

guante.

_(Asombro. Gritos de indignación.)_

VALDEMAR.--Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija.

_(Los gritos de indignación aumentan.)_

EL CONDE.--Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenos

ojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que se

cuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas están

abiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque;

pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y aunque sois tan amigo

suyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra el

honor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque en

cualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino,

empinando el codo...

_(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores y

lanzan gritos de indignación.)_

VALDEMAR.--¡Registraré de arriba abajo el castillo!

EL CONDE.--Haced lo que os plazca... _(Una corta pausa.)_ Pero oíd un

momento. Astolfo, ven aquí. _(A Valdemar.)_ ¿Estáis seguro, caballero,

de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que haya

sido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino al

propio duque; pero puesto que sois su amigo... Caballeros, escuchad lo

que voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es una

vergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla.

ELSA.--¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esas

antorchas? Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás?

EL CONDE.--¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sin

embargo... Astolfo, refiere lo que has visto.

ASTOLFO.--Estábamos aquí, en este mismo escalón...

EL CONDE.--¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico.

ASTOLFO.--Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa y

parecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!--me dijo el

conde--. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así ha

deshonrado a nuestra familia!»

EL CONDE.--¡Más aprisa, muchacho!

ASTOLFO.--El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor,

átale a los pies plomo y piedras y...»

VALDEMAR.--¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces?

_(Silencio.)_

EL CONDE. _(Señalando con la mano.)_--Ahí, en el fondo del estanque.

_(Gran agitación entre los asistentes.)_

ELSA.--¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy a

reunirme contigo, amado mío!

_(Cae muerta.)_

VALDEMAR.--No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruo

y encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador!

¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que no

quede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, en

media de la obscura noche, a los cielos! ¡Así festejaremos tu boda,

duque Enrique, desgraciado amigo!

TELÓN

CRISTIANOS

La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunal

hacía calor. Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal en

cumplimiento de su deber--como, por ejemplo, los reporteros

judiciales--se hallaban allí muy a gusto. Encontrábanse con sus

desconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a la

representación de dramas--llamados por los reporteros «dramas

judiciales»--. Era agradable ver al público, oír el ruido de las voces

en los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada.

El _buffet_ estaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, y

sobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpaba

junto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostros

melancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: al

contrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescos

el cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas. Todos

contaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse un

acusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba en

todo el edificio, y se estaba allí divinamente.

En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintoresco

atraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya en

sus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponía

ante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidente

del tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos,

pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos.

--¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted?

--Efim Petrovich.

--¿Quiere usted prestar juramento?

--Sí.

--Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico de

usted?

--Andrey Egorich.

--¿Quiere usted prestar juramento?

--Sí.

--A la izquierda. ¡Blumental!

En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte. Unos

contestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placer

visible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecían

sorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida,

miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado su

propio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas que

tuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidente

terminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una manera

detallada.

El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba el

bigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondos

y operaciones financieras sucias. A veces, al oír el nombre de cualquier

testigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante y

empezaba de nuevo a acariciarse el bigote.

Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose la

boca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, la

nieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en el

_buffet_ del tribunal una ración de jamón con guisantes.

Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidente

tropezó, de pronto, con una dificultad imprevista.

--¿Quiere usted prestar juramento?

--¡No!--respondió una voz femenina.

Los espectros: Novelas breves · 第 3 / 10 段