del otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban la
idea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un suceso
terrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tan
intenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse a
levantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podía
ocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio,
con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriría
inmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no se
atrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estaba
precisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento,
volviéndose con una frecuencia creciente, lanzando en todas direcciones
miradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama.
Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de tal
manera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque la
habitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía una
enfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov,
había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrov
unas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudía
todo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentraba
en su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fuera
cómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba el
horror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijito
mío!»
No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Y
a toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estaba
seguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, y
de que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos los
rincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de la
puerta, tratando de abrirla suavemente.
El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante una
hora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero a
media noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamó
a toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrov
se encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a una
fuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando de
pies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto a
otro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de la
enfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, le
recibió lleno de ira.
--¡Tiene gracia esta casa de locos!--gritaba sin dejar de andar--. ¡Vaya
una casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, y
cualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted ni
tener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada!
¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de su
confianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted...
--A ver el pulso--dijo el doctor Chevirev.
--Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con el
pulso y otras zarandajas.
Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor,
preguntó de repente:
--¿Estaba usted en el Babilonia?
El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.
--¡Qué! ¿Se está bien allí?
--Sí.
--¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener
cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el
Babilonia.
Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa
parecía el ladrido de un perro con frío.
--Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a
usted que me perdone; ha sido un descuido del personal.
--Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para
mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.
Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:
--¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!
Y añadió riendo:
--De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el
rato al Babilonia.
Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el
doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera,
encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos
brillaban.
--¡Doctor!--murmuró.
Estaba tan emocionada, que no podía continuar.
--¡Doctor!--repitió, sin alzar la voz.
--¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.
--¡Doctor!
--¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?
--¡Doctor!
Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de
su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a
preguntar:
--¿Hay que darle bromuro a Polakov?
--¡Desde luego! ¡Buenas noches!
--Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?
El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.
--No, es demasiado tarde. No saldré ya.
--¡Gracias!
Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el
amplio y largo corredor, que parecía una niñita.
El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y,
sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.
El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El
invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro,
cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las
avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las
hojas caídas crujían bajo las pisadas.
El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. El
doctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los pies
entre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver si
quedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él no
había estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca de
otras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas de
interés.
--¡Sentémonos!--propuso el doctor.
Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían ante
ellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas.
Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque,
que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugar
donde pasar la noche. Formaban una larga cinta viviente, y aunque eran
numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el
temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajos
se destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verse
que cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron tras
el bosque.
Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera,
miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silencio
tenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba a
lo alto.
--Se está bien ahora en casa--dijo con una voz que parecía, no se sabe
por qué, de asombro--. No estaría mal tomar ahora te.
--¡Vuelan aquí!--dijo Petrov.
Se puso pálido y se acercó más al doctor.
--¿Vamos?--propuso éste--. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante.
Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada al
poder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme,
imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algo
parecido a una marcha guerrera.
--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!
De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzaba
delante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían el
compás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia,
volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cada
momento más obscuro.
--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!
El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puerta
de par en par. Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabeza
orgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían.
En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostro
expresó un miedo horrible.
A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc del
tejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica.
Aquella noche Petrov se murió de terror.
VI
Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todos
los hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con una
levita negra, que se le abrochó sobre el pecho.
Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, un
escritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto,
volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantada
por el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en el
sofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía un
bultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimas
heladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en la
familia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido para
ellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en la
familia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha había
sido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La anciana
insistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, de
demostrar algo; pero no lo lograba.
El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla;
el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a su
hermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de la
estancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entender
claramente, con su actitud, que las palabras de su madre le
desagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muy
sabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personal
conocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha,
no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistir
en lo atañadero al mal carácter del difunto.
Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre:
--Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señor
doctor.
--En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos.
Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostrar
algo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola la
cabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas que
le decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en los
aposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir,
estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendo
enemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso.
¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dicho
si, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales,
poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante la
calumnia y la denuncia?
--¡Mamá, hay que marcharse!
--¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche junto
a mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia había
muerto en un hospital, y el pobre hijo mío...
Y se echó a llorar.
El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre y
el hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decir
cosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con mal
humor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa.
En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerraba
nunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietante
anduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos los
servicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y si
alguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él,
soplando muy solícito.
El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media hora
entraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáver
el lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papel
allí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo y
lleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y grave
que estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda la
clínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras y
solemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto»,
«llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, y
cuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de su
alma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algo
muy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En su
ir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con aire
preocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera.
--¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo.
La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no había
vuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente:
--Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamos
muy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo y
el doctor...
--Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer.
Y seguía apresuradamente su camino.
Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño:
daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse.
Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredor
no estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. En
la cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino,
alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velar
al muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado de
olor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre el
suelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes.
--Deme usted su breviario, hermanita--propuso Pomerantzev a la monja--.
La reemplazaré a usted un rato.
La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones a
la cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y se
retiró a un ángulo del cuarto. Había tomado a Pomerantzev por un miembro
del personal de la clínica o por un pariente del difunto.
En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta en
un chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en su
senilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevaba
largo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos.
Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero los
cirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron en
atraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándose
muchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y,
suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, con
la cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unos
momentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arregló
un poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle:
--¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.
--¿Conocía usted a mi pobre Sacha?--preguntó la vieja, acercándose.
Pomerantzev se volvió hacia ella.
--Sí--dijo con tono decidido--; era mi mejor amigo. Mi amigo de la
infancia.
--Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre
Sacha. Permítame usted que le hable un poco.
Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las
quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y
suplicante, respondió con mucha cortesía:
--¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.
--No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre
Sacha no era un mal hombre?
--¡Era un hombre excelente!--exclamó con sincero acento Pomerantzev--.
Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus
defectillos; pero... ¿quién no los tiene?
--Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan
feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi
pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no
le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...
Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos,
todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer
nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin
lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba
tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la
vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran
importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por
su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana
de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un
sentimiento de vaga inquietud.
--¡A ver el pulso!--le dijo--. Bueno. No se apure usted. Todo se
arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté
usted completamente tranquila.
--Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi
alma.
Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a
los labios.
El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y
tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:
--¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?
Y salió de la estancia.
El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De
pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo.
Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una
pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba
cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre
una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio.
Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía
interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás
de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una
ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse
quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran
extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del
pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las
puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.
--¡Llama!--dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.
--¡Llama!--respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.
--¡Muy bien!
--¡Sí, muy bien!--confirmó San Nicolás.
Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.
--¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me
oprime, que me pesa? Di, Nicolás.
--¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse
alguna vez.
--¿Crees...?
Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con
afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.
--¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.
--¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.
Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.
--¡Llama!--dijo Pomerantzev.
--¡Llama!--respondió San Nicolás.
--Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de
fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te
cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no
me olvidas.
--No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.
--¡Llama!--dijo Pomerantzev--. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te
parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me
duelen las piernas.
--¡Bueno, volemos!--aceptó San Nicolás.
Y volaron.
En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las
puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el
descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta
entonces, se oyó un grito:
--¡Qui-qui-ri-quí!
Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad
de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis,
agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y
despertando a los otros enfermos.
Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se
durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta,
del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo
regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se
confundía con él.
La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán
Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando,
locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.
EL HONOR
(DRAMA PARODIA)
_Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de
primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una
escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los
árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas
están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender
barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros._
_La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje
blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la
escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su
fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su
amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el
camino al conde._
EL CONDE. _(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)_--¡Que levanten
de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la
servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos!
Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio,
y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante
ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen
todos los fuegos!
ASTOLFO.--¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las
mesas servidas?
EL CONDE.--¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos
demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros.
No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no
menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los
comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo,
todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.
ASTOLFO.--¡A vuestras órdenes, conde!
EL CONDE.--Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella
burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante
medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo,
pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar
de eso, lo comeremos muy a gusto.
ASTOLFO.--Los barones están furiosos; desde por la mañana están
esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.
EL CONDE.--¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu
cara, me parece que no. _(Reparando en su hija.)_ ¿Ah, estáis ahí,
condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? _(A Astolfo.)_ ¡Puedes
irte, muchacho!
_(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)_
EL CONDE.--Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa;
hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por la
mañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sólo
abrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiesta
una falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre? _(Elsa no
contesta.)_
EL CONDE.--¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor de
vuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo de
orgullo--¿no se llama así mi enfermedad?--, y nuestro buen emperador le
ha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen los
médicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abierto
ampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero no
viene. Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contra
mi enfermedad. Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que su
amor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis?
ELSA. _(Llorando.)_--Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo un
presentimiento. Le ha ocurrido una desgracia.