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Transcriber's note:
Text enclosed between equal signs was in bold face
in the original (=bold=).
L. ANDREIEV
Los espectros
NOVELAS BREVES
La traducción del ruso ha
sido hecha por N. Tasin
MADRID, 1919
Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
* * *
INDICE
Los espectros
El honor
Cristianos
Ben-Tovit
Un hombre original
¡No hay perdón!
Las bellas sabinas
* * *
Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID _Leónidas Andreiev, uno de los
más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la
edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de
una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de
privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido
subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa. Después de
hacer sus estudios en el colegio, sin un céntimo en el bolsillo, sin
poder esperar ninguna ayuda material, partió para Petrogrado e ingresó
en la Facultad de Derecho._
_Cuenta en su autobiografía que durante los años de sus estudios
universitarios vivía en la más negra miseria y a veces estaba sin comer
dos días seguidos. En 1894, cansado de luchar, desesperado, intentó
suicidarse y se tiró un balazo en el pecho. Pero los médicos salvaron la
vida de quien algunos años más tarde debía ser gloria de la literatura
rusa._
_Sus primeras novelas,_ El silencio, Había una vez _y otras, le dieron a
conocer inmediatamente. El mismo Tolstoi saludó la aparición de esta
estrella ascendente. El joven escritor tuvo un feliz principio. La
crítica le consagró elogiosos estudios: los editores solicitaban su
colaboración. Sus posteriores novelas pusiéronle al lado de otros dos
grandes novelistas rusos: Gorky y Chejov. Cada una de sus nuevas obras,
citaremos, entre otras_, Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risa
roja, El gobernador, Sachka Yegulev, Los espectros, _fueron un
acontecimiento literario._
_Actualmente es Andreiev el autor que más se lee en Rusia. Sus novelas,
así como sus obras de teatro, tienen un éxito incomparable. Sus
manuscritos son pagados a razón de docenas de miles de rublos. La mayor
parte de sus obras están traducidas a todas las lenguas europeas. En
España, Andreiev empieza a ser conocido gracias a las recientes
traducciones de sus obras_ Sachka Yegulev, Los siete ahorcados,
_etc..._
LOS ESPECTROS
I
Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefe
de la oficina de Administración local, había perdido definitivamente la
razón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastante
importante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada.
Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a sus
veinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Gracias
a esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte:
no había la menor esperanza de curarle.
Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se había
separado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; para
conseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; pero
perdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo.
La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspecto
exterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada de
un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo
piso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, y
tenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar a
los enfermos, se izaba en él una bandera nacional.
En las mañanas apacibles de primavera y de otoño llegaban de la ciudad
los sones apagados de las campanas y el ruido sordo de los coches; pero,
en general, un silencio profundo reinaba en torno de la clínica, más
profundo que en la aldea próxima, donde se oían los ladridos de los
perros y los gritos de los niños. Allí no había ni perros ni niños. La
casa estaba rodeada de un alto muro. Alrededor se extendía una pradera,
que pertenecía a la clínica y se hallaba siempre desierta. A cosa de una
versta se alzaba, entre los árboles, la estrecha chimenea de una
fábrica, de la que no se veía nunca salir humo. La fábrica, perdida en
medio del bosque, parecía abandonada.
Muy pocos de los que transitaban por el camino sabían que tras el alto
muro y las puertas cerradas había locos. Los demás--los campesinos que
pasaban en sus cochecillos saltarines, los cocheros de punto procedentes
de la ciudad, los ciclistas, siempre apresurados sobre sus máquinas
silenciosas--estaban habituados a ver el alto muro y no paraban en él la
atención. Si cuantos se encontraban en su recinto se hubieran escapado o
se hubieran muerto de repente, habríase tardado mucho en advertirlo; los
campesinos en sus cochecillos y los ciclistas sobre sus máquinas
silenciosas hubieran seguido pasando por delante del muro sin sospechar
nada.
El doctor Chevirev no admitía en su clínica locos furiosos; por eso
reinaba en ella el silencio como en cualquier casa respetable, habitada
por gentes bien educadas. El único ruido que se oía a todas horas, desde
que, hacía ya diez años, se había abierto la clínica, era tan regular,
suave y metódico, que no se advertía, como no se advierten los latidos
del corazón o el acompasado sonido de un péndulo. Lo producía un enfermo
que llamaba a la puerta cerrada de su habitación. Estuviera donde
estuviera, siempre encontraba alguna puerta, a la que empezaba a llamar,
aunque bastase empujarla ligeramente para que se abriese. Si se abría,
buscaba otra y empezaba a llamar de nuevo; no podía sufrir las puertas
cerradas. Llamaba de día y de noche, sin poder apenas tenerse en pie, de
cansancio. Probablemente, la insistencia de su idea fija le había hecho
adquirir el hábito de llamar también durante el sueño; al menos, el
ruido regular, monótono, que hacía no cesaba en toda la noche. Además,
no se le veía nunca en la cama, y se suponía que dormía de pie, al lado
de la puerta.
En fin, había gran tranquilidad en la clínica. Muy raras veces, casi
siempre durante la noche, cuando el bosque invisible, sacudido por el
viento, lanzaba gemidos lastimeros, alguno de los enfermos, presa de una
angustia mortal, empezaba a dar gritos. Por lo general, se acudía con
presteza a calmarlo; pero ocurría en ocasiones que el terror y la
angustia eran tales que resultaban ineficaces todos los calmantes, y el
enfermo seguía gritando. Entonces la angustia se les contagiaba a todos
los habitantes de la clínica, y los enfermos, como muñecos mecánicos a
los que se hubiera dado cuerda a la vez, empezaban a recorrer
nerviosamente sus habitaciones, agitando los brazos y diciendo cosas
estúpidas e ininteligibles. Todos, incluso los enfermos más apacibles,
llamaban violentamente a las puertas e insistían en que se los dejase
libres.
Asustada, a punto de perder el juicio, la enfermera llamaba entonces por
teléfono al doctor Chevirev, que se encontraba en el restorán Babilonia,
donde acostumbraba a pasar las noches. El doctor poseía el don de
tranquilizar a los enfermos sólo con su presencia. Pero hasta mucho
tiempo después de su llegada los enfermos balbuceaban cosas fantásticas
detrás de la puerta de su cuarto y la clínica parecía un gallinero donde
hubiera entrado, durante la noche, una zorra.
Pero esto ocurría raras veces y no se advertía fuera, porque el camino,
por la noche, estaba completamente desierto. Además, los gritos, al
través de los muros, parecían de hombres que estaban de broma, a lo que
contribuían no poco ciertos enfermos, que cantaban en sus momentos de
crisis.
II
La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque.
En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinos
y de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríase
que, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredes
tres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato de
su hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a la
habitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimo
de su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de los
que uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángel
bendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todos
a visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctor
Chevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien--los enfermos
o el doctor--se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias:
aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente.
De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermos
estaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba por
elogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde un
principio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa de
locos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera,
podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Los
primeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a la
ciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de más
monta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo.
Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro y
enmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reía
enseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producía
el efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con mucha
frecuencia. Tenía voz de bajo profundo.
No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entre
ellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de sus
compañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, de
una posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál era
tal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tan
pronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o un
taumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme,
de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Con
este motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia de
gran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía esto
cuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que le
llamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritaba
que se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo y
al Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev,
como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente una
respuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completa
satisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco al
doctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo.
--No hay que apurarse--tranquilizaba éste al doctor--. Ya está todo
arreglado.
Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres
mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse
mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior,
desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los
cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran
una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una
impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la
barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen,
por temor a que le degollaran.
En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para
patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y
verano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombres
llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era
siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los
trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que
llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre
Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de
llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una
cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger
las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda
la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda
hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un
ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy
modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a
las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los
encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y
llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.
Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia
que se cuidase del ataúd cuando ella muriese.
--Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran
confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los
nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo
costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta.
Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?
--¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos
y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.
--Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted
muchísimo.
Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina
herida por el primer rayo del sol.
Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado
a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso
sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido
el juicio.
Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos,
Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en
verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en
invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se
mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las
puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a
ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con
intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía
los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se
fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se
podía creer que sus dedos eran de piedra.
Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le
encontraba.
--¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?
--¡Sí!--respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos
tristes y extrañamente profundos.
--¿No abren?
--No--respondía el enfermo.
Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como
sus ojos.
--¡Déjeme usted, voy a abrir!--decía Pomerantzev.
Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no
cedía. Entonces añadía:
--Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.
Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y
enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose
las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes,
al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada
estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.
Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:
--¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?...
--¡Es necesario que la abran!
--¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?
--Es necesario que la abran.
--¿Cómo se llama usted?
--No lo sé.
Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba
en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol,
donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.
En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla;
pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya
los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus
conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.
Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al
lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían.
Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía
nada y se limitaba a escuchar.
Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía
en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para
dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente
y aun para perfumarse un poquito.
III
Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estar
loco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a veces
el doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día entero
de todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado.
Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer,
y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctor
Chevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la que
su importancia adquiría aún mayor relieve.
El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, se
llenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con grave
acento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montaña
de nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción de
una poderosa fortaleza.
No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los males
encontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó de
repente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos los
enfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía la
seguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que,
escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: los
aullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo que
había ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación del
doctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a la
ciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde;
todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía,
volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curar
enfermos.
Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas y
un dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horas
y horas.
--¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?--le preguntaba el doctor,
sentándose a su lado en la cama.
Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía:
--Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien!
Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadía
con una sonrisa jovial y los ojos brillantes.
--Sólo estoy un poco cansado. No es extraño, por lo demás. ¡He visitado
esta noche tres hospitales! ¡Y he tenido en ellos no poco que hacer!
Figúrese usted que solamente en el hospital Detegzev había cinco niños
enfermos de fiebre tifoidea. Uno estaba casi muriéndose. Por fortuna,
San Nicolás le curó en seguida, soplándole en la cara. El niño se puso
al punto muy alegre y pidió de beber. Yo y San Nicolás lloramos de
alegría. ¡Palabra de honor!
Los ojos de Pomerantzev se llenaron de lágrimas; pero se apresuró a
secárselas, y añadió en son de broma:
--¡Vaya un doctor San Nicolás! No se parece usted a él...
Pero inmediatamente, temiendo que el doctor se ofendiese, procuró
tranquilizarse:
--¡No, no, querido doctor! No tome usted en serio lo que acabo de
decirle. Bien sé que es usted un hombre excelente y cumple
concienzudamente con su deber. Usted se parece a San Erasmo. También es
un buen santo.
--¿Usted le ha visto?
--¡Ya lo creo! Yo he visto a todos los santos.
Y se puso a describir detalladamente los rostros de los santos, que,
desde luego, eran todos buenos y nobles.
Después se levantó, dio algunas vueltas por la estancia, hizo algunos
ejercicios gimnásticos y, al fin, se detuvo junto a la ventana abierta.
--¡La nieve comienza ya a derretirse!--dijo--. ¡Me da un gusto!... ¿Qué
vamos a hacer hoy, doctor?
--¿Quiere usted romper el hielo del estanque?
--¿Romper el hielo? ¡Dios mío, me entusiasma! Romper el hielo es ayudar
a la primavera. ¡Verdaderamente, doctor, es usted un hombre excelente!
--Y usted un hombre feliz.
Se separaron grandes amigos.
Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y de
nieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, ya
medio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra en
calor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía feliz
y miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. De
los tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua,
que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nieve
derretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera.
--¡Mire usted cómo trabajo!--gritaba Pomerantzev a la enfermera, una
muchacha bajita, envuelta en una capa de pieles.
Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarse
los pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puesto
encarnada a causa del frío.
--¡Muy bien, Georgi Timofeievich!--respondió con voz débil, sonriéndole
afectuosamente--. Me gusta mucho verle a usted trabajar.
Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y,
aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos y
procuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia.
Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta y
aristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad,
era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejaban
oficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarse
por entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitud
particularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, la
llevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramos
de flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, para
no ponerla en una situación falsa.
A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermo
Petrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba que
era, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera,
incapaz de un sincero amor.
--Después de hablar con alguien--decía--, se burla de él. Hace un
momento, por ejemplo--seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev,
acariciándose la larga barba--, hace un momento coqueteaba con usted y
conmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y,
escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí,
créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozco
muy bien a esa maligna criatura!
--¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco!
--Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que la
sorprendamos?
Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas,
a la puerta. Petrov la abría bruscamente.
--¡Se ha escapado!--decía con tono triunfal--. Ha oído nuestra
conversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícil
sorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxito
nunca.
Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenido
con él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con una
almohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hasta
el sitio donde el pobre niño estaba enterrado.
Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantos
pasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave:
--¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a usted
la mano. Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conducta
innoble.
Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal.
Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todos
los enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellos
sueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo ya
tribunal posible.
Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, como
si nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia.
Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otro
estaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmaba
que era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era una
belleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de sus
enemigos.
Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia de
informaciones financieras publicaban en los periódicos artículos en
contra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra él
una campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; le
perseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrás
de los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su anciana
madre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que él
no se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eran
poderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras,
de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbol
se inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Al
levantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche al
mundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no le
asesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar en
su cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían,
paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; con
frecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le daban
consejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejado
que rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos se
cortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctor
Chevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos.
La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle:
--¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov!
A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y de
compasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente,
que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, que
había fundado su clínica con el único objeto de explotar a los
imbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de su
madre y que sólo esperase el momento favorable para perderle. El
domingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre,
que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuando
le oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante,
el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la había
visto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terribles
ojos fijos en la ventana.
Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror que
apagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Ni
siquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba y
venía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entre
las manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar con
los puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún más
amargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como si
se hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes se
asomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventana
una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina la
gorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Se
disponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció.
En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado,
de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera
envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.
La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos
fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda
tristeza.
Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se
posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron
ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas
gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.
Se oía, hacia el estanque, una risa jovial; era Pomerantzev, que echaba
al agua barquitas de papel y se reía, lleno de júbilo.
IV
La enfermera María Astafievna no estaba enamorada de Pomerantzev; desde
hacía tres años, el tiempo que llevaba en la clínica, amaba
desesperadamente al doctor Chevirev y no se atrevía a decírselo. Le
amaba por su inteligencia, por su hermosura varonil, por la nobleza de
su corazón, por los perfumes especiales y aristocráticos que exhalaba
siempre; le amaba, en fin, porque no hablaba nunca y porque parecía
solitario y desgraciado.
En las tres piezas del piso superior que habitaba el doctor no había
detalle del mobiliario, pedazo de papel ni cuadro que no le fuesen
familiares. Abría afanosa cuantos libros le veía a él leer, como
buscando en sus páginas el rastro de su mirada melancólica. Se sentaba
en todos los sillones y canapés, pensando que el doctor había estado
sentado en ellos. Una noche, hallándose el doctor, según su costumbre,
en el restorán Babilonia, llegó a tenderse con cuidado en la cama. En la
almohada quedó la huella de su cabeza; asustada, iba a hacerla
desaparecer, cuando, pensándolo mejor, renunció a su propósito, y toda
la noche, entre las burdas sábanas de la clínica, abrasándose de rubor,
de placer y de amor, estuvo besando locamente su almohada blanca de
doncella. Sobre el tocador del doctor había encontrado hacía tiempo un
frasco de esencia, y había perfumado su pañuelo, que guardaba como si
fuese un objeto precioso, y cuyo perfume saboreaba como saborea un
borracho el aroma del vino.
Además de las tres estancias habitadas, había en el piso superior otra
más, completamente desierta y con una ventana italiana que abarcaba casi
por completo la pared. La acristalaban multitud de pequeños vidrios de
colores y de una misión arquitectónica puramente estética; mirada desde
fuera, era grata a la vista; pero causaba una impresión turbadora y
extraña mirada desde dentro. Siempre que la enfermera subía al piso
alto, permanecía largo rato en aquel aposento, contemplando, al través
de la vidriera policroma, el paisaje conocidísimo, y, sin embargo,
extraordinario, que se veía desde allí. El cielo, el muro, el camino, la
pradera y el bosque, mirados al través de los vidrios rojos, amarillos,
azules y verdes, cambiaban de un modo fantástico; el efecto, mirando al
través del conjunto de los cristales, era el de una gama; pero si se
miraba al través de un solo cristal, se experimentaba una emoción que
variaba según el color. La correspondiente al amarillo era muy
inquietante; el paisaje parecía anunciar alguna desgracia, evocar
vagamente algún terrible crimen. Al mirar al través del cristal
amarillo, la enfermera sentía una tristeza infinita y perdía toda
esperanza de que el doctor Chevirev se casara con ella. A no ser por
aquel cristal, le hubiera confesado, hacía mucho tiempo, su amor. Y
siempre se juraba no volver a mirar por aquella ventana; pero miraba,
sin embargo, llena de susto y de tristeza ante el extraño cambio del
paisaje conocidísimo. La proximidad de la ventana al gabinete del doctor
la inquietaba mucho, como si presintiera en ella un riesgo cercano y
misterioso.
La soledad del doctor le inspiraba algo así como un sentimiento
maternal. Cuidaba su ropa y sus libros, y sentía mucho que su autoridad
no se extendiese a la cocina, tanto más cuanto que, a su juicio, el
doctor comía muy mal.
Tenía celos de los enfermos, del guarda, al que el doctor confiaba a
veces misiones misteriosas; de cuantos trataban con su ídolo. Guardaba
en la cómoda, amorosamente, junto al pañuelo perfumado, un grueso
cuaderno, donde escribía sus más íntimos pensamientos y donde le rogaba
al doctor que renunciase a sus visitas cotidianas al restorán
Babilonia, al champaña y a la vida de libertino que ella sospechaba.
Cuando escribió la palabra «libertino» experimentó un dolor tan intenso,
tuvo tanta vergüenza del doctor y de sí misma, que no pudo ya escribir
más; habiéndose tendido, sin soltar el cuaderno, en la cama, estuvo
llorando toda la noche y emborronó con sus lágrimas dos páginas.
En el mismo cuaderno se brindaba al doctor Chevirev, pero a condición de
que se casase con ella y renunciase a Babilonia y al champaña.
Demostraba que, desde el punto de vista económico, eso sería muy
ventajoso para el doctor; una vez casada con él, dejaría de cobrar
sueldo. Además, prometía ampliar, con la autorización del doctor, la
clínica, y mejorar las condiciones de vida de los enfermos, puesto que
sabía bastante psiquiatría y se hacía cargo de los defectos de la
clínica. Le rogaba al doctor--siempre en el cuaderno--que resolviese la
cuestión lo más pronto posible, pues ella había ya cumplido veinticuatro
años y pronto comenzaría a marchitarse.
Hacía ya dos años que guardaba el cuaderno, y nunca se atrevía a
entregárselo al doctor. A menudo, en su timidez y su desesperación,
llamaba a la muerte. Cuando se muriese, el doctor leería de seguro lo
que ella había escrito.
El doctor no sospechaba nada. Todas las noches, a las diez, se iba al
restorán Babilonia y no volvía hasta el amanecer. Y siempre se
encontraba en el corredor, al volver, a la enfermera, que le esperaba.
--¿No se ha acostado usted aún?--preguntaba con tono indiferente--.
¡Buenas noches!
Ella respondía, con voz apenas perceptible:
--¡Buenas noches!
En el restorán Babilonia, el doctor Chevirev era considerado como un
viejo cliente, que casi formaba parte de la casa, y como un personaje
importante, que ocupaba el primer lugar después del dueño del hotel.
Conocía por sus nombres a todo el personal, así como a todos los
miembros de la orquesta y a todos los cantores y cantatrices rusos y
bohemios. Tomaba parte en las alegrías y en las tristezas del
establecimiento, arreglaba a menudo las desavenencias entre la
administración y los clientes borrachos. Todas las noches se bebía tres
botellas de champaña, ni una más ni una menos. Considerándose allí no un
médico, sino un particular, se permitía, en ocasiones, sonreír, lo que
no hacía nunca en la clínica; pero hablaba tan poco como en dicho lugar.
Hasta las doce o la una permanecía en la sala común, ante una de las
innumerables mesitas, en medio de un mar abigarrado de rostros, de
voces, de trajes, la espalda casi vuelta a la escena, donde aparecían de
vez en cuando cantores, cantatrices, juglares, acróbatas. Resonaban en
toda la sala el ruido de las copas y de los platos, las voces sonoras,
que se unían en un conjunto monótono y regular; la atmósfera estaba
impregnada de perfumes de mujer y de vapores de vino; hermosas mujeres,
muy pintadas, deslizándose entre las mesas, sonreían al doctor; todo
estaba inundado de una luz eléctrica deslumbradora.
Unos se iban y otros ocupaban sus puestos; pero se diría que siempre
eran los mismos; tal semejanza había entre ellos, al fulgor de la luz
eléctrica, en medio del ruido incesante y del olor de los perfumes y del
vino. No de otra manera, durante una nevada, caen ante los cristales de
una ventana iluminada millares de copos de nieve. Y parece que son
siempre los mismos, siendo en realidad siempre otros, en su constante
tránsito de lo obscuro a lo obscuro.
No se advertía cómo transcurrían las horas. Las botellas se vaciaban. El
ruido y el calor aumentaban; la atmósfera se iba poniendo poco a poco
más turbadora y excitante. Había momentos, al contrario, en que el ruido
se debilitaba casi hasta el silencio, y entonces oíase cualquier palabra
aislada que se pronunciase en el otro extremo del salón; pero
inmediatamente el ruido se hacía más intenso; intermitente, irregular,
parecía subir una escalera de escalones ruinosos y caer, para seguir
subiendo luego, dispersándose al cabo, como los fuegos artificiales, en
mil chispas multicolores, rojas, verdes, amarillas. En tales momentos,
se diría que nuevas voces, ya fuertes, ya suaves, se mezclaban con los
gritos de la multitud abigarrada; gritos aislados flotaban a veces sobre
el ruido general, semejantes a copos de espuma sobre las olas: risas
nerviosas, histéricas, fragmentos de canciones, juramentos furiosos. A
medida que avanzaba el tiempo, iban siendo más numerosas y frecuentes
las voces iracundas que votaban y renegaban. No se sabía la garganta de
donde salían; atravesaban el espacio a modo de murciélagos cegados por
la luz deslumbrante. El olor de los perfumes y el vino se iba haciendo
más fuerte e impedía la respiración, como si el aire que impregnaba
huyese de las bocas, ávidamente abiertas. Hacia la una o las dos de la
madrugada solían llegar algunos hombres y mujeres que el doctor conocía;
en Babilonia había tenido ocasión de conocer a casi toda la ciudad. La
alegre comparsa ocupaba en seguida un gabinete particular e invitaba al
doctor Chevirev. Se le acogía siempre con gritos alegres y bromas;
algunos, que se consideraban sus amigos, le abrazaban. Ayudaba a
componer el menú de la cena; elegía los vinos; indicaba los mejores
cantantes y cantatrices, a quienes se invitaba también al gabinete.
Luego se sentaba en un extremo de la mesa, con su botella de champaña,
que los criados le llevaban cada vez que cambiaba de sitio. Cuando le
dirigían la palabra se sonreía, y diríase que hablaba mucho, aunque
guardaba, en realidad, casi siempre silencio.
Al principio, la temperatura en el gabinete era bastante baja; pero no
tardaba la atmósfera en caldearse. Como la habitación era mucho más
reducida que el salón general, cuanto pasaba en ella parecía más extraño
y más desordenado. Se bebía, se reía, hablaban todos a la vez, no
oyendo sino sus propias palabras; se cambiaban declaraciones de amor,
abrazos y, a veces, bofetadas.
La gente variaba diariamente. Ante el doctor Chevirev pasaban artistas,
escritores, pintores, comerciantes, aristócratas, empleados públicos,
oficiales llegados de provincias. Había en la tertulia _cocottes_,
señoras honorables y, en ocasiones, muchachas puras e inocentes,
encantadas de cuanto veían y que se emborrachaban a la primera gota de
vino. No obstante su diversidad, toda aquella gente hacía lo mismo.
No tardaban en entrar los bohemios, los hombres altos, de cuello largo y
cara triste y aburrida; las mujeres modestas, vestidas casi todas de
negro, indiferentes a las conversaciones, a las palabras que se les
dirigían y a los vinos que había en la mesa. Luego, de repente,
empezaban todos a gritar, y el gabinete se llenaba de una alegría loca,
de una tempestad de sonidos, de un huracán de pasiones, como si todo se
trastornase y desencadenase. Luego comenzaban los bailes. Cualquier
esqueleto vestido de mujer daba vueltas como un peón junto a la mesa, en
una danza loca, frenética. El silencio reinaba de nuevo, y de nuevo se
veían mujeres modestas vestidas de negro y hombres de cara seria y
triste. Durante un rato, las mujeres, cansadas, respiraban más
pesadamente, y temblaban las manos de la que acababa de bailar.
Una joven bohemia morena comenzaba a cantar un «solo». Bajaba los ojos.
Todos deseaban vérselos; pero ella no los levantaba. Hermosa, morena,
como enajenada, cantaba:
Ni debo amarte ni olvidarte puedo,
y hondo dolor mi corazón destroza.
¡Contigo, el crimen, y sin ti, la muerte!
Lejos de ti, todo en mi vida es sombra.
Aunque maldigo mi pasión insana,
me complazco en sus cuitas deliciosas.
Ni quiero amarte ni olvidarte puedo.
¡Malhaya el lazo!; pero ¿quién lo corta?
De esta suerte cantaba, sin mirar a nadie, morena, hermosa, como
enajenada; parecía que lo que cantaba no fuese una canción, sino la
realidad, y en todos producía una impresión de realidad. La tristeza
invadía las almas, los corazones se llenaban de la nostalgia de algo
desconocido y bello, la memoria evocaba algo que quizá no había existido
nunca. Y todos, los que habían conocido el amor y los que no lo habían
conocido jamás suspiraban y bebían vino ávidamente. Y mientras bebían
percatábanse de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no
era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la real,
estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del
sentir y el pensar, en aquel vaso que acababa alguien de romper,
derramando sobre el mantel un vino color de sangre.
Se aplaudía con entusiasmo a la cantatriz, y se pedían más vino y más
canciones. Luego, a petición del doctor Chevirev, cantaba una bohemia
entrada en años, de rostro enflaquecido y enormes ojos rasgados; aludía
en sus cantos al ruiseñor, a las citas amorosas en el jardín, al amor
juvenil y a los celos. Estaba embarazada de su sexto hijo. Junto a ella
se hallaba su marido, un alto bohemio, vestido de levita, con una
mejilla hinchada a causa del dolor de muelas, que la acompañaba con la
guitarra. Ella cantaba, refiriéndose en sus canciones al ruiseñor, a las
noches de luna, a las citas deliciosas en el jardín, al amor juvenil, y
también las cosas que cantaba producían una impresión de realidad, a
pesar de su embarazo y de su rostro envejecido.
Y así hasta el amanecer.
El doctor Chevirev no se esforzaba por conservar en la memoria los
nombres de sus amigos del Babilonia, y no se daba cuenta de que
desaparecían y eran reemplazados por otros. Callaba, sonreía cuando se
dirigían a él, bebía su champaña mientras los demás gritaban, bailaban
con los bohemios, se regocijaban o se entristecían, reían o lloraban.
Generalmente, una alegría estúpida reinaba en la tertulia, lo que no era
óbice para que a veces también ocurrieran en ella cosas lamentables.
Hacía dos años, mientras una joven y bella bohemia cantaba, un
estudiante se pegó un tiro; se fue a un rincón, se inclinó como para
escupir y se disparó el revólver en la boca, que olía aún a vino. Otra
noche, uno de los amigos del doctor, momentos después de abrazarle y
marcharse del Babilonia, fue desvalijado y asesinado en un garito.
Algunos años antes, el doctor había conocido allí a su enfermo Petrov;
en aquella época, Petrov llevaba una linda perilla, reía, derramaba vino
en los floreros y cortejaba a una hermosa bohemia. A la sazón llevaba
una larga barba descuidada y estaba recluido en un manicomio; la bohemia
había desaparecido. O quizá no había existido en la vida y el doctor se
la había inventado. ¿Quién sabe?
A las cinco de la mañana, el doctor Chevirev acababa su tercera botella
de champaña, y se iba a su casa. En invierno, como todavía era de noche
a dicha hora, tomaba un coche; pero en primavera y en verano, si hacía
buen tiempo, se iba a pie. No tenía que andar sino cinco o seis
kilómetros hasta su clínica. Había que atravesar una gran aldea, seguir
después el camino, a ambos lados del cual extendíase la campiña, y
cruzar, por último, el bosque.
El sol se levantaba, y parecía que sus ojos estaban aún rojos de sueño;
todo alrededor--el bosquecillo, los árboles, el polvo del camino--se
hallaba ligeramente teñido de un color rosa pálido. El doctor se cruzaba
de vez en cuando con campesinos y campesinas, que se dirigían en sus
cochecillos al mercado de la ciudad. En su cara y en su actitud se
reflejaba aún la impresión del frío de la noche. Tras los cochecillos se
alzaban leves nubes de polvo. Junto a una taberna jugaban unos perritos.
De vez en cuando pasaban por el camino hombres con sacos a la espalda,
gentes misteriosas, de esas que siempre, a toda hora, van a alguna
parte. El bosque estaba húmedo aún; los rayos del sol no habían tenido
tiempo de ahuyentar el frescor nocturno; por eso el doctor Chevirev
prefería dar un rodeo y caminar por campo abierto.
Bien afeitado, muy currutaco con su sombrero de copa, balanceaba
negligentemente su mano enguantada, y silbaba, acompañando a los
pájaros, cuyas canciones resonaban en la atmósfera. Dejaba tras sí, en
el aire fresco de la mañana, un ligero olor a perfumes, a vino y a
fuertes cigarros.
V
Al verano siguió el otoño, frío y lluvioso. Durante dos semanas, la
lluvia casi no cesó. En las raras horas de intervalo, nieblas frías
alzábanse por todos lados, a modo de cortinas de humo.
Un día cayó en gruesos copos blancos la nieve; se extendió como un
blanco tapiz desgarrado sobre la hierba, verde aún, y en seguida se
derritió, aumentando la frialdad y la humedad del aire.
En la clínica se encendían las luces a las cinco de la tarde. En todo el
día no se veía un rayo de sol, y los árboles, tras los cristales,
agitaban tristemente las ramas, como queriendo despojarse de las últimas
hojas.
El ruido incesante de la lluvia sobre el tejado de cinc, la ausencia del
sol y la falta de distracciones, ponían a los enfermos nerviosos,
excitados. Les daban más a menudo ataques y se quejaban constantemente.
Algunos se resfriaron, entre otros el enfermo que llamaba a las puertas,
el cual tuvo una inflamación pulmonar, y durante algunos días estuvo a
la muerte. Al menos, el doctor afirmaba que cualquier otro, en su lugar,
no sobreviviría. Diríase que su indomable voluntad, su loca idea fija de
las puertas que debían abrirse, le habían hecho invulnerable, casi
inmortal, y que la enfermedad no podía nada contra su cuerpo, olvidado
hasta por él mismo. Ni soñando dejaba de hablar de las puertas, de
rogar, de suplicar y aun de exigir con voz terrible y amenazadora que
las abriesen; la enfermera tenía miedo de quedarse con él de noche,
aunque le habían puesto una camisa de fuerza y le habían atado a la
cama. Mejoraba rápidamente. El doctor dio orden de que le dejasen
siempre abierta la puerta de la habitación, y el enfermo no se acordaba
de que había en la casa otras puertas cerradas, y estaba muy contento.
Pero desde que abandonó el lecho se le oyó llamar a la puerta vecina.
Pomerantzev también se resfrió. Tuvo un fuerte romadizo; además perdió
la voz, y sólo podía hablar bajito. Sin embargo, estaba de excelente
humor. En el verano había sembrado una mata de sandías, y cuando
estuvieron en sazón le regaló la más hermosa a la enfermera. Esta quiso
dársela a la cocinera para que la sirviese en la mesa; pero Pomerantzev
no lo permitió; la colocó él mismo sobre el velador, en la habitación de
la enfermera, y acudía a cada momento a admirarla: le recordaba
vagamente el globo terráqueo y le sugería grandes ideas.
El doctor le regaló diez tarjetas postales ilustradas, y Pomerantzev se
dedicó a la tarea de componer un catálogo de sus cuadros. Trabajó
durante mucho tiempo en el dibujo de la cubierta. Comenzó por dibujar su
propia persona, como propietario de los cuadros, y esto le gustó tanto
que repitió el retrato en todas las páginas. Luego le pidió al doctor
una gran hoja de papel, y dibujó una vez más su imagen, bajo la que
escribió con letras muy grandes: «Georgi el Victorioso». Colocó el
cuadro en una pared del comedor, muy cerca del techo, y los enfermos que
lo veían le felicitaban.
Pero el mal tiempo ejercía también sobre él una influencia perniciosa.
Sus ensueños nocturnos tornábanse inquietantes y belicosos. Todas las
noches le atacaba una turba de diablos chorreando agua, y de mujeres
rojas, de aspecto infernal, que se parecían a la suya. Luchaba largo
rato, denodadamente, con sus enemigos, y acababa por ponerlos en fuga;
diablos y mujeres huían a todo correr ante su espada flamígera, lanzando
gritos de terror y gemidos lastimeros. Pero por la mañana, después de
tan fieras batallas, estaba tan cansado que, para recobrar las fuerzas,
tenía que quedarse en la cama un par de horas más.
--Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes--le confesaba
francamente al doctor Chevirev--. Un diablo muy grande ha cogido una
viga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y ha
pretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se ha
llevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche.
Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; se
lo aseguro!
Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles,
hablando del combate nocturno.