Servicio militar de los espartanos.
Los espartanos están obligados a servir en el ejército desde la edad de
veinte años hasta la de sesenta, y pasado este término están exentos de
tomar las armas, a no ser que entre el enemigo en la Laconia.
Cuando se trata de levantar tropas, los éforos por medio de los
heraldos mandan a los ciudadanos, desde la edad de veinte años hasta
la que señala el edicto, que se presenten a servir en la infantería
pesadamente armada o en la caballería, y se hace el mismo requerimiento
a los operarios destinados a seguir al ejército.
Estando divididos en cinco tribus los ciudadanos, se ha repartido la
infantería pesada en cinco regimientos, cada uno con cuatro batallones
y dieciséis compañías. Consta cada batallón de doscientos sesenta
hombres; y aun de quinientos doce. Además de los cinco regimientos
existe un cuerpo de seiscientos hombres escogidos, que han decidido
algunas veces la victoria. Las principales armas de un infante son la
pica y el escudo; no cuento la espada, que es únicamente una especie de
puñal que llevan en el cinto, y así es que fundan toda su esperanza en
la pica. Decía un extranjero al ambicioso Agesilao: «¿Dónde fijáis los
límites de la Laconia?». «En la punta de nuestras picas», le respondió.
Los infantes cubren su cuerpo con un escudo de bronce ovalado, escotado
por ambas partes, y a veces por una sola, que termina en punta por
ambos extremos, y tiene las letras iniciales del nombre de Lacedemonia.
Por esta señal se reconoce la nación, pero es necesaria otra para
reconocer al soldado, que está obligado a volver del combate con su
escudo, bajo pena de infamia: consiste pues en que lleva grabado en el
campo de esta arma el símbolo que le es propio. Uno de ellos se expuso
a las chocarrerías de sus amigos escogiendo por emblema una mosca
de tamaño natural. «Me acercaré tanto al enemigo», les dijo, «que él
distinguirá esta insignia». El soldado se viste con una casaca roja,
cuyo color se ha preferido a los demás a fin de que el enemigo no vea
la sangre que hace derramar.
El día de la batalla, el rey, a imitación de Heracles, inmola una cabra
mientras tocan las flautas la sonata de Cástor. En seguida entona el
himno del combate, y todos los soldados con la frente coronada, lo
repiten en coro. Después de este momento, tan terrible como hermoso,
se peinan, asean el vestido, limpian sus armas, instan a los oficiales
para que los lleven al campo del honor, se animan ellos mismos con
rasgos de alegría, y marchan formados al compás de la flauta que excita
o modera su valor. El rey se coloca en la primera fila, rodeado de cien
jóvenes guerreros que deben, bajo pena de infamia, exponer la vida
por salvar la del monarca, y de algunos atletas que ganaron el premio
en los juegos públicos de la Grecia, y miran este puesto como una
distinción la más gloriosa.
Es ignominioso para todo hombre el emprender la fuga, y entre los
espartanos lo es hasta el pensarlo. Los ejemplos de cobardía, tan
raros en otro tiempo, entregan al delincuente a todos los horrores
de la infamia, de modo que no puede aspirar a ningún empleo; si está
casado, ninguna familia quiere enlazar con la suya, y si no lo está, no
puede enlazar con ninguna, porque parece que esta mancha es capaz de
mancillar a toda su descendencia.
Los que mueren en el combate son enterrados como los demás ciudadanos,
con el vestido encarnado y un ramo de olivo, símbolo de las virtudes
guerreras entre los espartanos. Si se han distinguido, ponen sus
nombres en sus sepulcros, y algunas veces la figura de un león; pero
el que ha recibido la muerte volviendo la espalda al enemigo, queda
privado de sepultura.
En la caballería no entran más que hombres sin experiencia, que carecen
de vigor o celo. El ciudadano rico es quien suministra las armas y
mantiene el caballo. Si este cuerpo ha logrado algunas ventajas, las
ha debido a los soldados extranjeros de caballería que Lacedemonia
tomaba a sueldo. En general los espartanos quieren mejor servir en la
infantería porque, persuadidos de que el verdadero valor basta por
sí mismo, quieren pelear cuerpo a cuerpo. Estaba yo cerca del rey
Arquidamo cuando le presentaron el modelo de una máquina nuevamente
inventada en Sicilia para lanzar los dardos, y después de haberla visto
y examinado detenidamente, dijo: «Se acabó el valor».