Segunda conferencia sobre las leyes de Licurgo. — Causas de su
decadencia.
Antes de volver con Filotas, que volvió a Atenas al siguiente día
de nuestra llegada a Lacedemonia, quise tener con Damonax segunda
conferencia relativa a las leyes de Licurgo.
Una tarde que recayó insensiblemente la conversación sobre este
legislador, afecté en ella menos consideración hacia este grande
hombre. «¿Por qué», pregunté a Damonax, «estas leyes que antiguamente
han sido tan respetadas ceden hoy día con tanta facilidad a
innovaciones peligrosas? ¿Por qué el oro y la plata han forzado entre
vosotros las barreras que les oponían, y no sois ya felices como en
otro tiempo por las privaciones, y ricos, digámoslo así, con vuestra
indigencia?». Iba a responderme Damonax cuando oigo en la calle
repetidas voces que decían: «Abrid, abrid», porque no se permite en
Lacedemonia llamar a la puerta. Era Filotas, cuya larga ausencia me
tenía sin sosiego. Iba corriendo a darle mis brazos cuando estaba ya
en los míos, y luego le presenté de nuevo a Damonax, que en breve se
retiró por atención.
Filotas había vuelto por la Argólida, desde la cual hasta Lacedemonia
el camino es tan áspero y escabroso que rendido de cansancio me dijo
antes de acostarse: «Sin duda que según vuestra laudable costumbre me
haréis trepar a algún vericueto para admirar a discreción las cercanías
de esta soberbia ciudad, pues no faltan aquí montañas que facilitan
este placer a los viajeros». «Mañana», le respondí, «iremos al
Menelaion, eminencia situada al otro lado del Eurotas. Damonax tendrá
la bondad de llevarnos».
Al siguiente día por la mañana pasamos el Babix, nombre que se da al
puente del Eurotas, e inmediatamente se ofrecieron a nuestra vista los
restos de muchas casas construidas en otro tiempo a la izquierda del
río, y destruidas en la última guerra por las tropas de Epaminondas.
Más adelante descubrimos tres o cuatro lacedemonios embozados, con
mantos guarnecidos de varios colores y la cara afeitada de un lado
solamente. «¿Qué farsa representan aquellos?», preguntó Filotas.
«Son», respondió Damonax, «unos tembladores, llamados así porque
huyeron en aquella batalla en que rechazamos las tropas de Epaminondas.
Su exterior sirve para darlos a conocer, y les humilla tanto que
no concurren sino a los parajes solitarios, ya veis cómo huyen de
encontrarse con nosotros».
Después de haber recorrido con la vista desde lo alto de la colina
aquellas hermosas campiñas que se extienden hasta el mediodía, y los
soberbios montes que limitan la Laconia hacia el poniente, nos sentamos
enfrente de la ciudad de Esparta. Tenía yo a mi derecha a Damonax y
a la izquierda a Filotas, que apenas se dignaba fijar la vista sobre
aquel montón de cabañas arrimadas sin orden las unas a las otras. «Tal
es, sin embargo», le dije, «el humilde asilo de esta nación, donde se
aprende tan temprano el arte de mandar y el de obedecer, que es todavía
más difícil; de una nación que nunca se ensoberbeció con las victorias
ni se abatió con los reveses; que siempre ha tenido el ascendiente
sobre las demás naciones, que desafió a los persas, venció muchas veces
a los generales de Atenas, y por último se apoderó de su capital;
de una nación, en fin, que no es ni frívola, ni inconsecuente, ni
gobernada por oradores corrompidos».
Al oír estas palabras no pudo Filotas contenerse, y respondió a este
elogio de Lacedemonia haciendo severas reconvenciones relativas a
los vicios de que adolecen las leyes de Licurgo, la ambición, el
disimulo, la mala fe, la codicia, la crueldad de los espartanos y la
disolución de sus esposas. Cuando hubo acabado, sin perder Damonax su
calma natural, tomó la palabra para rebatir tan graves acusaciones.
«¿Qué nos importa», dijo, «el juicio que hace de nosotros una nación
siempre rival y muchas veces enemiga? A nosotros no nos faltan hábiles
defensores entre vuestros filósofos e historiadores, aunque durante
la guerra vuestros oradores y poetas, a fin de animar al populacho
contra nosotros, nos han representado bajo un aspecto el más feo.
Vituperad en hora buena nuestros vicios actuales, pero respetad al
mismo tiempo nuestras virtudes. Acerca de nuestro gobierno, siempre
sostendré que entre todos cuantos se conocen, no hay otro mejor que el
de Lacedemonia. Este es el dictamen de Platón, genio el más ilustre de
Atenas».
A continuación entró Damonax en largos pormenores relativos a las
leyes, las costumbres, las guerras y la política de su patria, y todo
lo que dijo sobre estos diferentes puntos, obligó a Filotas a admirar
sus luces, su imparcialidad y su moderación sobre todo.
«No obstante», dijo, después de haber atribuido a Lisandro y a Agesilao
la decadencia de las leyes de Licurgo, «haced el último homenaje a
nuestras leyes. Por otra parte, la corrupción, que hubiera comenzado
por afeminar nuestras almas, entre nosotros ha hecho brotar pasiones
grandes y fuertes: la ambición, la venganza, la envidia del poder
y el frenesí de la celebridad. Parece que los vicios se acercan a
nosotros con circunspección. Aún no se siente en todos los estados la
sed del oro, y los atractivos del placer no han invadido hasta ahora
más que a un corto número de particulares. Más de una vez hemos visto
a los magistrados y los generales mantener con rigor nuestra antigua
disciplina, y a simples ciudadanos mostrar unas virtudes dignas de los
siglos más hermosos. Semejantes a aquellos pueblos que situados en las
fronteras de dos imperios han hecho una mezcla de las lenguas y de las
costumbres de uno y otro, los espartanos están, digámoslo así, en las
fronteras de las virtudes y de los vicios. Pero no conservaremos por
mucho tiempo este puesto peligroso. Cada instante que pasa nos advierte
que una fuerza invencible nos arrastra al fondo del abismo. Yo mismo
estoy espantado del ejemplo que os he dado en este día. ¿Qué diría
Licurgo si viese a uno de sus discípulos discurrir, disputar y emplear
fórmulas oratorias? ¡Ah! Harto he vivido con los atenienses: no soy más
que un espartano degradado».