CAPÍTULO XLIX.

Segunda conferencia sobre las leyes de Licurgo. — Causas de su

decadencia.

Antes de volver con Filotas, que volvió a Atenas al siguiente día

de nuestra llegada a Lacedemonia, quise tener con Damonax segunda

conferencia relativa a las leyes de Licurgo.

Una tarde que recayó insensiblemente la conversación sobre este

legislador, afecté en ella menos consideración hacia este grande

hombre. «¿Por qué», pregunté a Damonax, «estas leyes que antiguamente

han sido tan respetadas ceden hoy día con tanta facilidad a

innovaciones peligrosas? ¿Por qué el oro y la plata han forzado entre

vosotros las barreras que les oponían, y no sois ya felices como en

otro tiempo por las privaciones, y ricos, digámoslo así, con vuestra

indigencia?». Iba a responderme Damonax cuando oigo en la calle

repetidas voces que decían: «Abrid, abrid», porque no se permite en

Lacedemonia llamar a la puerta. Era Filotas, cuya larga ausencia me

tenía sin sosiego. Iba corriendo a darle mis brazos cuando estaba ya

en los míos, y luego le presenté de nuevo a Damonax, que en breve se

retiró por atención.

Filotas había vuelto por la Argólida, desde la cual hasta Lacedemonia

el camino es tan áspero y escabroso que rendido de cansancio me dijo

antes de acostarse: «Sin duda que según vuestra laudable costumbre me

haréis trepar a algún vericueto para admirar a discreción las cercanías

de esta soberbia ciudad, pues no faltan aquí montañas que facilitan

este placer a los viajeros». «Mañana», le respondí, «iremos al

Menelaion, eminencia situada al otro lado del Eurotas. Damonax tendrá

la bondad de llevarnos».

Al siguiente día por la mañana pasamos el Babix, nombre que se da al

puente del Eurotas, e inmediatamente se ofrecieron a nuestra vista los

restos de muchas casas construidas en otro tiempo a la izquierda del

río, y destruidas en la última guerra por las tropas de Epaminondas.

Más adelante descubrimos tres o cuatro lacedemonios embozados, con

mantos guarnecidos de varios colores y la cara afeitada de un lado

solamente. «¿Qué farsa representan aquellos?», preguntó Filotas.

«Son», respondió Damonax, «unos tembladores, llamados así porque

huyeron en aquella batalla en que rechazamos las tropas de Epaminondas.

Su exterior sirve para darlos a conocer, y les humilla tanto que

no concurren sino a los parajes solitarios, ya veis cómo huyen de

encontrarse con nosotros».

Después de haber recorrido con la vista desde lo alto de la colina

aquellas hermosas campiñas que se extienden hasta el mediodía, y los

soberbios montes que limitan la Laconia hacia el poniente, nos sentamos

enfrente de la ciudad de Esparta. Tenía yo a mi derecha a Damonax y

a la izquierda a Filotas, que apenas se dignaba fijar la vista sobre

aquel montón de cabañas arrimadas sin orden las unas a las otras. «Tal

es, sin embargo», le dije, «el humilde asilo de esta nación, donde se

aprende tan temprano el arte de mandar y el de obedecer, que es todavía

más difícil; de una nación que nunca se ensoberbeció con las victorias

ni se abatió con los reveses; que siempre ha tenido el ascendiente

sobre las demás naciones, que desafió a los persas, venció muchas veces

a los generales de Atenas, y por último se apoderó de su capital;

de una nación, en fin, que no es ni frívola, ni inconsecuente, ni

gobernada por oradores corrompidos».

Al oír estas palabras no pudo Filotas contenerse, y respondió a este

elogio de Lacedemonia haciendo severas reconvenciones relativas a

los vicios de que adolecen las leyes de Licurgo, la ambición, el

disimulo, la mala fe, la codicia, la crueldad de los espartanos y la

disolución de sus esposas. Cuando hubo acabado, sin perder Damonax su

calma natural, tomó la palabra para rebatir tan graves acusaciones.

«¿Qué nos importa», dijo, «el juicio que hace de nosotros una nación

siempre rival y muchas veces enemiga? A nosotros no nos faltan hábiles

defensores entre vuestros filósofos e historiadores, aunque durante

la guerra vuestros oradores y poetas, a fin de animar al populacho

contra nosotros, nos han representado bajo un aspecto el más feo.

Vituperad en hora buena nuestros vicios actuales, pero respetad al

mismo tiempo nuestras virtudes. Acerca de nuestro gobierno, siempre

sostendré que entre todos cuantos se conocen, no hay otro mejor que el

de Lacedemonia. Este es el dictamen de Platón, genio el más ilustre de

Atenas».

A continuación entró Damonax en largos pormenores relativos a las

leyes, las costumbres, las guerras y la política de su patria, y todo

lo que dijo sobre estos diferentes puntos, obligó a Filotas a admirar

sus luces, su imparcialidad y su moderación sobre todo.

«No obstante», dijo, después de haber atribuido a Lisandro y a Agesilao

la decadencia de las leyes de Licurgo, «haced el último homenaje a

nuestras leyes. Por otra parte, la corrupción, que hubiera comenzado

por afeminar nuestras almas, entre nosotros ha hecho brotar pasiones

grandes y fuertes: la ambición, la venganza, la envidia del poder

y el frenesí de la celebridad. Parece que los vicios se acercan a

nosotros con circunspección. Aún no se siente en todos los estados la

sed del oro, y los atractivos del placer no han invadido hasta ahora

más que a un corto número de particulares. Más de una vez hemos visto

a los magistrados y los generales mantener con rigor nuestra antigua

disciplina, y a simples ciudadanos mostrar unas virtudes dignas de los

siglos más hermosos. Semejantes a aquellos pueblos que situados en las

fronteras de dos imperios han hecho una mezcla de las lenguas y de las

costumbres de uno y otro, los espartanos están, digámoslo así, en las

fronteras de las virtudes y de los vicios. Pero no conservaremos por

mucho tiempo este puesto peligroso. Cada instante que pasa nos advierte

que una fuerza invencible nos arrastra al fondo del abismo. Yo mismo

estoy espantado del ejemplo que os he dado en este día. ¿Qué diría

Licurgo si viese a uno de sus discípulos discurrir, disputar y emplear

fórmulas oratorias? ¡Ah! Harto he vivido con los atenienses: no soy más

que un espartano degradado».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 71 / 107 题