CAPÍTULO XLIV.

De las leyes de Lacedemonia.

Cuando llega un viajero a Lacedemonia, se cree transportado a una

región nueva. La singularidad de los reglamentos de Licurgo le invita

a meditarlos, y en breve queda absorto de aquella profundidad de

miras y de aquella elevación de sentimientos que brillan en la obra

de aquel legislador. Indicaré sucesivamente la mayor parte de estos

reglamentos, hablando lo primero de la distribución de las tierras.

La proposición que Licurgo hizo sobre esto irritó los ánimos, pero al

cabo de las más acaloradas contestaciones fue dividido el distrito de

Esparta en nueve mil porciones de tierra, y en treinta mil el resto

de la Laconia. Cada porción adjudicada a una cabeza de familia, debía

producir además de una cierta cantidad de vino y aceite, setenta

medidas de cebada para él y doce para su esposa.

Hecha esta operación, creyó Licurgo que debía ausentarse para dar

tiempo a que los ánimos reposasen. A su vuelta halló los campos de

la Laconia cubiertos de montones de mieses todos del mismo bulto, y

situados a distancias casi iguales; le pareció ver una gran finca,

cuyas producciones acababan de ser repartidas entre hermanos, y ellos

creyeron ver un padre que en la distribución de sus dones no muestra

más amor a unos hijos que a otros.

¿Pero cómo podría subsistir esta igualdad de bienes? Reservado estaba

a Licurgo el intentar las cosas más extraordinarias y conciliar las

más opuestas. En efecto, por una de sus leyes arregla el número de las

heredades por el de los ciudadanos, y por otra concediendo exenciones

a los que tienen tres hijos, y más aún a los que tienen cuatro, se

expuso a destruir la proporción que quiso establecer, y restablecer la

distinción entre ricos y pobres, que es lo que se propuso destruir.

Los bienes raíces, tan libres como los hombres, no debían ser gravados

con impuestos. El estado no tenía tesoro, en ciertas ocasiones los

ciudadanos contribuían según sus facultades, y en otras recurrían a

medios tales que probaban su excesiva pobreza. Los diputados de Samos

vinieron una vez a pedir en préstamo una suma de dinero; no teniendo la

asamblea otro recurso, propuso un ayuno general, así para los hombres

libres como para los esclavos y los animales domésticos, y el ahorro

que esto produjo se entregó a los diputados.

Todo cedía al genio de Licurgo: empezó a desaparecer la afición a la

propiedad; las pasiones violentas no turbaban ya el orden público, pero

esta calma hubiese sido una desgracia más si el legislador no hubiese

asegurado la duración de ella. Atento Licurgo al poder irresistible de

las impresiones que el hombre recibe en su infancia, y que influyen en

el resto de su vida, hacía mucho tiempo que estaba decidido por un

sistema justificado en Creta por la experiencia. Educar a todos los

hijos mancomunadamente, con una misma disciplina, bajo unos principios

invariables, a la vista de los magistrados y de todo el público, a fin

de que aprendan sus deberes practicándolos, y que los amen después de

practicarlos; tal es el principal medio que creyó deber poner en uso

para consolidar su legislación sobre la propiedad, así como los demás

reglamentos suyos.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 66 / 107 题