De las leyes de Lacedemonia.
Cuando llega un viajero a Lacedemonia, se cree transportado a una
región nueva. La singularidad de los reglamentos de Licurgo le invita
a meditarlos, y en breve queda absorto de aquella profundidad de
miras y de aquella elevación de sentimientos que brillan en la obra
de aquel legislador. Indicaré sucesivamente la mayor parte de estos
reglamentos, hablando lo primero de la distribución de las tierras.
La proposición que Licurgo hizo sobre esto irritó los ánimos, pero al
cabo de las más acaloradas contestaciones fue dividido el distrito de
Esparta en nueve mil porciones de tierra, y en treinta mil el resto
de la Laconia. Cada porción adjudicada a una cabeza de familia, debía
producir además de una cierta cantidad de vino y aceite, setenta
medidas de cebada para él y doce para su esposa.
Hecha esta operación, creyó Licurgo que debía ausentarse para dar
tiempo a que los ánimos reposasen. A su vuelta halló los campos de
la Laconia cubiertos de montones de mieses todos del mismo bulto, y
situados a distancias casi iguales; le pareció ver una gran finca,
cuyas producciones acababan de ser repartidas entre hermanos, y ellos
creyeron ver un padre que en la distribución de sus dones no muestra
más amor a unos hijos que a otros.
¿Pero cómo podría subsistir esta igualdad de bienes? Reservado estaba
a Licurgo el intentar las cosas más extraordinarias y conciliar las
más opuestas. En efecto, por una de sus leyes arregla el número de las
heredades por el de los ciudadanos, y por otra concediendo exenciones
a los que tienen tres hijos, y más aún a los que tienen cuatro, se
expuso a destruir la proporción que quiso establecer, y restablecer la
distinción entre ricos y pobres, que es lo que se propuso destruir.
Los bienes raíces, tan libres como los hombres, no debían ser gravados
con impuestos. El estado no tenía tesoro, en ciertas ocasiones los
ciudadanos contribuían según sus facultades, y en otras recurrían a
medios tales que probaban su excesiva pobreza. Los diputados de Samos
vinieron una vez a pedir en préstamo una suma de dinero; no teniendo la
asamblea otro recurso, propuso un ayuno general, así para los hombres
libres como para los esclavos y los animales domésticos, y el ahorro
que esto produjo se entregó a los diputados.
Todo cedía al genio de Licurgo: empezó a desaparecer la afición a la
propiedad; las pasiones violentas no turbaban ya el orden público, pero
esta calma hubiese sido una desgracia más si el legislador no hubiese
asegurado la duración de ella. Atento Licurgo al poder irresistible de
las impresiones que el hombre recibe en su infancia, y que influyen en
el resto de su vida, hacía mucho tiempo que estaba decidido por un
sistema justificado en Creta por la experiencia. Educar a todos los
hijos mancomunadamente, con una misma disciplina, bajo unos principios
invariables, a la vista de los magistrados y de todo el público, a fin
de que aprendan sus deberes practicándolos, y que los amen después de
practicarlos; tal es el principal medio que creyó deber poner en uso
para consolidar su legislación sobre la propiedad, así como los demás
reglamentos suyos.