Educación y matrimonio de los espartanos.
Las leyes de Lacedemonia cuidan con sumo esmero de la educación de los
niños; mandan que sea pública y común a los pobres y a los ricos.
Apenas nace un niño le presentan a la junta de los más ancianos de la
tribu, a que pertenece su familia; llaman a la nodriza, y en lugar de
lavarle con agua, le dan lavatorio de vino.
Hecha esta prueba, dañosa a los temperamentos débiles, y practicado
además un reconocimiento riguroso, se pronuncia la sentencia del niño.
Si no conviene ni para él ni para la república que viva más tiempo,
le echan en una profunda sima; pero si parece sano y bien constituido,
se le escoge en nombre de la patria para ser algún día uno de sus
defensores. Vuelto a casa le ponen sobre un escudo, y al lado de esta
especie de cuna le dejan una lanza, a fin de que sus primeras miradas
se acostumbren a ver esta arma. Jamás aprietan sus miembros delicados
con fajas u otras ligaduras que pudieran embarazar sus movimientos;
ni contienen su llanto si se juzga que conviene que le vierta. Le
acostumbran insensiblemente a la soledad, a las tinieblas y a la mayor
indiferencia acerca de la variedad de alimentos. No se les hace ninguna
impresión de terror, ninguna sujeción inútil ni ninguna reprensión;
entregado del todo a sus juegos inocentes, goza completamente de las
dulzuras de la vida y su dicha apresura el desenvolvimiento de sus
fuerzas y de sus cualidades.
La edad de siete años es la época en que acaba comúnmente la educación
doméstica. Entonces se pregunta al padre si quiere que su hijo sea
educado según las leyes: si se niega a ello el padre, queda este
privado del derecho de ciudadano; pero si consiente; el hijo tendrá
en lo sucesivo por ayos no solamente a sus padres, sino también las
leyes, los magistrados y todos los ciudadanos. Se encarga de los
niños uno de los hombres más respetables de la república, que los
distribuye en diferentes clases, presidida cada una de ellas por un
jefe joven, distinguido por su valor y su prudencia. Los niños deben
someterse humildemente a las órdenes que estos les dan y a los castigos
que les imponen, infligidos por otros jóvenes que han llegado a la
pubertad, los cuales usan de disciplinas. La regla se hace más severa
de día en día, les cortan el pelo, andan sin medias ni zapatos para
acostumbrarles al rigor de las estaciones, y algunas veces se les hace
luchar desnudos.
A la edad de doce años dejan la túnica, y se cubren solamente con un
manto que debe durar todo el año. Rara vez se les permite el uso de
baños y perfumes. Cada cuadrilla se acuesta reunida sobre puntas suaves
de unos juncos que se crían en el Eurotas, y que arrancan sin valerse
de instrumento. Los alumnos no pueden sustraerse ni por un momento a
la vista de las personas ancianas que tienen obligación de asistir a
sus ejercicios y mantener allí el decoro; a la del director general
de educación ni a la del irén o jefe particular que manda a cada
división. Este irén es un joven de veinte años que en premio de su
valor y prudencia recibe el honor de dar lecciones a aquellos que se le
confían. Está a su frente cuando lidian, cuando pasan el Eurotas a nado
y cuando van a cazar; cuando aprenden a luchar, a correr y a diferentes
ejercicios del gimnasio. De vuelta a su casa toman un alimento sano
y frugal que ellos mismos se preparan. Los más robustos recogen y
traen leña, los más débiles hierbas y otros alimentos que han pillado,
introduciéndose furtivamente en los huertos y en las salas de los
banquetes públicos. Si son descubiertos, unas veces los azotan y otras
se añade a este castigo la prohibición de acercarse a la mesa: hay
ocasiones en que los llevan a un altar, alrededor del cual les hacen
dar vueltas, cantando versos contra ellos mismos.
No se da a los alumnos más que una ligera tintura de las letras; pero
se les enseña a explicarse con pureza, a representar en los coros de
danza y de música, a perpetuar en sus versos la memoria de los que han
muerto por la patria, y la vergüenza de aquellos que la vendieron. En
estas poesías se expresan con sencillez las grandes ideas y con calor
los sentimientos elevados. Los éforos van a verlos todos los días,
y de tiempo en tiempo van ellos a las casas de los éforos, quienes
examinan si está bien dirigida su educación, si se ha introducido
alguna delicadeza en sus camas y vestidos, y si están en disposición
de engrosar demasiado. Este último punto es muy esencial, tanto que se
han visto alguna vez en Esparta magistrados que citaron al tribunal
de la nación y amenazaron con el destierro a ciudadanos cuya excesiva
grosura parecía ser una prueba de vida desordenada, de debilidad o
de afeminación; un rostro afeminado sería capaz de avergonzar a un
espartano: es necesario pues que el cuerpo, en su incremento, adquiera
agilidad y fuerza, conservando siempre justas proporciones.
He concurrido varias veces a los combates que dan en el Platanisto los
jóvenes que han cumplido dieciocho años. Hacen los preparativos en un
colegio situado en el barrio de Terapne; divididos en dos cuerpos, uno
de los cuales se distingue con el nombre de Heracles y el otro con
el de Licurgo, se adelantan en orden y por caminos diferentes hacia
el campo de batalla. Al oír la señal, se embisten unos a otros y se
empujan y rechazan alternativamente. Aumentose luego su ardor por
grados; se les ve lidiar a patadas y cachetes; desgarrarse a bocados y
tarascadas, continuar una lucha desventajosa; a pesar de las heridas
dolorosas, exponerse a perecer antes que rendirse y aumentar algunas
veces la arrogancia, al paso que disminuían las fuerzas. Yo vi a uno
de ellos, a punto de echar por tierra a su antagonista, exclamar de
repente: «Me muerdes como una mujer». «No», respondió el otro, «te
muerdo como un león». Presencian la acción cuatro magistrados que
pueden moderar el furor con una sola palabra, y pasa a la vista de una
multitud de testigos que unas veces prodigan alabanzas a los vencedores
y otras sarcasmos a los vencidos. Termina la lid cuando los de un
partido se ven precisados a pasar a nado el Eurotas o un canal que,
unido al río, sirve de límite al Platanisto.
He presenciado también otros combates, donde el mayor valor competía
con los más agudos dolores. En una fiesta que se celebra anualmente
en honor de Artemisa llamada Ortia, se sitúan cerca del altar diez
espartanos jóvenes que apenas han salido de la infancia, escogidos
entre todas las clases del estado, y los azotan cruelmente hasta que
empiezan a derramar sangre. La sacerdotisa está presente teniendo en
sus manos una estatuita de Artemisa muy ligera. Si los ejecutores o
verdugos se manifiestan piadosos, exclama la sacerdotisa diciendo que
no puede sostener el peso de la estatua; y redoblando entonces los
golpes, se hace más vivo el interés general. Al mismo tiempo se oyen
los gritos frenéticos de los padres que exhortan a aquellas víctimas
inocentes a no proferir el menor quejido, y estas mismas provocan y
desafían al dolor. La presencia de tantos testigos ocupados en notar
hasta los menores movimientos, y la esperanza del triunfo concedido
al que sufre con mayor constancia, les endurecen de tal manera que se
presentan a estos horribles tormentos con faz serena y una alegría
irritante. «Acordaos», me dijo Damonax, «de aquel muchacho que habiendo
escondido el otro día una zorrilla en su seno, se dejó despedazar las
entrañas antes que confesar el hurto, y con esto tendréis una idea más
de la constancia con que sufren el dolor nuestros jóvenes espartanos».
En muchas ciudades de la Grecia, cuando los jóvenes han cumplido
dieciocho años, dejan de estar bajo la vigilancia de los institutores.
Conocía Licurgo de tal manera el corazón humano, que no podía permitir
que se abandonase a sí mismo en aquellos momentos críticos de los
cuales depende casi siempre la suerte de un ciudadano y muchas veces la
del estado. Opone pues al desenvolvimiento de las pasiones una nueva
sucesión de ejercicios y tareas, y ordena a los jóvenes de Esparta a
que se diseminen por la provincia con las armas en la mano, descalzos,
expuestos a las intemperies de la estación, sin esclavos que los sirvan
y sin techo que les preserve del frío por la noche; unas veces toman
conocimiento del país y aprenden los medios de preservarle de las
incursiones del enemigo; otras corren tras de los jabalíes y demás
fieras; y otras en fin, con el objeto de ensayar varias maniobras del
arte militar, se ponen en acecho y emboscada de día, y a la noche
siguiente acometen y derriban a los ilotas que, aun previendo el
peligro, han tenido la imprudencia de salir y de encontrarlos en el
camino.
Las niñas de Esparta, educadas bajo diferente método que las de
Atenas, no se ven en la precisión de estar encerradas, de hilar lana,
abstenerse del vino y de comidas fuertes, pero las enseñan a cantar,
danzar y luchar entre ellas, a correr con ligereza por la arena, a
lanzar con fuerza el tejo o el venablo, a hacer todos sus ejercicios
sin velo y medio desnudas, en presencia de los reyes y de los
magistrados y ciudadanos, sin exceptuar ni aun los mancebos, a quienes
excitan a la gloria, ya con elogios lisonjeros o con ironías picantes.
En Lacedemonia no se casan hasta que el cuerpo ha adquirido todo su
incremento, y que la razón puede iluminar la elección que se hace.
Ambos esposos deben reunir a las prendas del alma una hermosura
varonil, una estatura ventajosa y una salud robusta. Licurgo, y después
de él los filósofos ilustrados, han mirado con extrañeza que se pusiese
tanto cuidado en mejorar las razas de los animales domésticos y se
descuidase absolutamente la de los hombres. Cumpliéronse sus deseos, y
con el acierto en la unión de ambos sexos, parece haberse añadido a la
naturaleza del hombre un nuevo grado de fuerza y majestad. En efecto,
no hay cosa más bella ni más pura que la sangre de los espartanos.
Hay razones muy poderosas que pueden autorizar a un espartano a no
casarse, pero cuando llega a la vejez no debe esperar las mismas
consideraciones y consuelos que los otros ciudadanos. Cítase el ejemplo
de Dercílidas que había mandado con mucha gloria los ejércitos.
Habiendo ido a la asamblea, le dijo un joven: «No me levanto en tu
presencia, porque no dejarás hijos que puedan levantarse ante mí un
día».