CAPÍTULO XLIII.

Gobierno de Lacedemonia.

Las muchas luces de Licurgo no permitían que abandonase la

administración de los negocios públicos a los caprichos de la

muchedumbre. Veintiocho ancianos de experiencia consumada fueron

elegidos para decidir con los reyes la plenitud del poder, quedando

establecido que los grandes intereses del estado se discutiesen en este

senado augusto; que ambos reyes tendrían el derecho de presidirle, y

que la decisión fuese a pluralidad de votos.

Hasta el tiempo de Polidoro y Teopompo, que reinaron cerca de

ciento treinta años después de Licurgo, el senado había guardado el

equilibrio, pero siendo perpetuas las plazas de los senadores era

de temer que en lo sucesivo se uniesen estrechamente y no hallasen

oposición a su voluntad; por esto hicieron pasar una parte de sus

funciones a manos de los magistrados, llamados éforos o inspectores,

destinados a defender al pueblo en caso de opresión, y el rey Teopompo

estableció esta nueva autoridad intermedia con beneplácito de la

nación. Ambos reyes deben ser de la estirpe de Heracles, y no pueden

casarse con extranjera. Los éforos están encargados de vigilar la

conducta de las reinas, a fin de que estas no den al estado hijos que

no sean de aquella ilustre casa; de manera que si fuesen convencidas

o hubiese vehementes sospechas de su infidelidad, sus hijos quedarían

reducidos a la clase de particulares.

En cada una de las dos ramas reinantes, la corona debe pasar al

primogénito y, en defecto de este, al hermano del rey. Si el

primogénito muere antes que el padre, pertenece al segundo; pero si

deja un hijo, este es preferido a su tío. En defecto de los herederos

próximos en una familia, llaman al trono a los parientes lejanos y

nunca a los de otra casa. Al heredero presuntivo no se le educa con los

demás hijos del estado, mas no por esto es su educación menos atenta,

pues se le da una justa idea de su dignidad y aun más todavía de sus

deberes.

Licurgo ha trabado las manos a los reyes, pero les ha dado al mismo

tiempo unos honores y prerrogativas de que gozan como jefes de la

religión, de la administración y de los ejércitos. Arreglan todo lo

respectivo al culto público, y presiden en las ceremonias religiosas,

así como en el senado, donde proponen el objeto de la deliberación

y vale por dos su voto. Cuando proponen de acuerdo un proyecto

conocidamente útil para la república, a nadie le es permitido oponerse.

La conservación de los caminos, las formalidades de la adopción y la

elección del pariente que debe casarse con una heredera, todo esto está

sometido a la decisión de los reyes.

No puede ausentarse durante la paz, ni ambos a un tiempo durante la

guerra, a menos que se armen dos ejércitos, cuyo mando les corresponde

por derecho. El estado paga la manutención y demás gastos del general

y de su casa, y este jefe, exento de todo cuidado doméstico, solo se

ocupa de los preparativos para la guerra. Los dos éforos que le siguen,

no tienen otra obligación que la de mantener las costumbres, sin

mezclarse en los asuntos que él tenga a bien comunicarles.

Durante la guerra, los reyes no son más que los primeros ciudadanos de

una ciudad libre. Se presentan en público sin fasto y sin comitiva,

pero se les cede el primer lugar, y todo el mundo se levanta en su

presencia, excepto los éforos cuando están en su tribunal. Cuando no

pueden asistir a los banquetes públicos, se les envía una medida de

vino y harina, lo cual se les niega cuando se excusan sin motivo.

Al momento que expira uno de ellos, recorren las mujeres las calles y

anuncian la desgracia pública dando golpes en unos vasos de bronce.

Se cubre de paja el mercado y se prohíbe vender en él durante cuatro

días; salen hombres a caballo para esparcir la noticia por la provincia

y avisar a los hombres libres y a los esclavos que deben asistir a

los funerales. Concurren gentes a millares, cabizbajos y exclamando

entre largos lamentos que ninguno fue mejor de todos cuantos príncipes

han tenido. Cuando muere el rey en una expedición militar, exponen

su imagen en un lecho fúnebre, y durante diez días no se permite ni

convocar la asamblea general ni abrir los tribunales de justicia. Luego

que llega el cuerpo, que se cuida de conservar en miel o en cera, se

le sepulta con las ceremonias acostumbradas en el barrio de la ciudad

donde está el panteón de los reyes.

El senado, compuesto de los dos reyes y de veintiocho gerontes o

ancianos, es el consejo supremo, donde se tratan en primera instancia

la guerra, la paz, las alianzas y los negocios más importantes del

estado. Obtener una plaza en este augusto tribunal es subir al trono

del honor, de modo que únicamente se concede al que desde su infancia

se ha distinguido con virtudes eminentes, y no se logra hasta la edad

de sesenta años para poseerla hasta la muerte.

Depende del senado no solamente la vida de los ciudadanos, sino también

su fortuna, es decir, su honor, porque el verdadero espartano no conoce

otro bien. Se invierten muchos días en examinar y justificar los

delitos que merecen pena capital, y jamás se condena al acusado por

simples presunciones; pero aunque sea absuelto una vez, se le persigue

con más rigor si en adelante se adquieren nuevas pruebas de delito.

Cuando acusan a un rey de haber violado las leyes o hecho traición a

los intereses del estado, el tribunal que ha de juzgarle se compone

de los veintiocho senadores, de los cinco éforos y del rey de la

otra casa; pero puede apelar de su sentencia a la asamblea general

del pueblo. Los éforos o inspectores, llamados así porque extienden

su vigilancia a todos los ramos de la administración, son en número

de cinco y se renuevan anualmente. Ocupan su empleo al principio del

año, que empieza en la luna nueva que sigue al equinoccio de otoño.

El primero de ellos da su nombre al año, y así para recordar la fecha

de un acontecimiento basta decir que pasó u ocurrió en tiempo de tal

éforo. El pueblo tiene el derecho de elegirlos, y de elevar a esta

dignidad a los ciudadanos de todos los estados. Desde que los nombra,

los mira como sus defensores, y bajo esta consideración no ha cesado de

aumentar sus prerrogativas.

Los éforos se toman un cuidado particular de la educación de la

juventud. Diariamente se enteran por sí mismos si los hijos se crían

con demasiada delicadeza, les nombran jefes que exciten su emulación, y

se presentan al frente de ellos en una fiesta militar que se celebra en

honor de Atenea.

Los magistrados vigilan sobre la conducta de los ciudadanos, y es

objeto de su celo y su censura todo aquello que puede atender al orden

público y a los usos establecidos: así es que más de una vez han

reprimido el abuso que hacían de sus talentos los extranjeros admitidos

a sus juegos. Un orador ofreció hablar un día sobre toda suerte de

materias, y ellos le arrojaron de la ciudad. Arquíloco sufrió en otra

ocasión igual suerte, por haberse atrevido a sentar en sus escritos una

máxima de cobardía, y casi en nuestros días el músico Timoteo, habiendo

dejado absortos a los espartanos con la dulzura de sus cantares, se

acercó a él un éforo con un cuchillo en la mano y le dijo: «Os hemos

condenado a cortar cuatro cuerdas de vuestra lira: ¿de qué lado queréis

que las corte?».

Los espartanos tienen diversos intereses, algunos que les son comunes

con los habitantes de las diferentes ciudades de la Laconia, y de aquí

vienen aquellas dos especies de asambleas, a las cuales asisten siempre

los reyes, el senado y las diversas clases de magistrados. Cuando hay

que arreglar la sucesión al trono, elegir o deponer a los magistrados,

pronunciar sobre los delitos públicos, estatuir sobre los grandes

asuntos de religión o de la legislación, la asamblea solamente se

compone de espartanos y se nombra asamblea menor. Cada asistente tiene

derecho de votar, si es de edad de treinta años lo menos, pues antes no

le es permitido hablar en público.

Convócase la asamblea general cuando se trata de guerra, de paz y de

alianzas. Primeramente se compone de los diputados de las ciudades de

la Laconia, a los cuales se juntan los de los pueblos aliados y de las

naciones que vienen a implorar la asistencia de Lacedemonia. Los reyes

y los senadores llevan en ella la palabra comúnmente, y su autoridad es

de mucho peso, pero aun más todavía la de los éforos.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 65 / 107 题