Gobierno de Lacedemonia.
Las muchas luces de Licurgo no permitían que abandonase la
administración de los negocios públicos a los caprichos de la
muchedumbre. Veintiocho ancianos de experiencia consumada fueron
elegidos para decidir con los reyes la plenitud del poder, quedando
establecido que los grandes intereses del estado se discutiesen en este
senado augusto; que ambos reyes tendrían el derecho de presidirle, y
que la decisión fuese a pluralidad de votos.
Hasta el tiempo de Polidoro y Teopompo, que reinaron cerca de
ciento treinta años después de Licurgo, el senado había guardado el
equilibrio, pero siendo perpetuas las plazas de los senadores era
de temer que en lo sucesivo se uniesen estrechamente y no hallasen
oposición a su voluntad; por esto hicieron pasar una parte de sus
funciones a manos de los magistrados, llamados éforos o inspectores,
destinados a defender al pueblo en caso de opresión, y el rey Teopompo
estableció esta nueva autoridad intermedia con beneplácito de la
nación. Ambos reyes deben ser de la estirpe de Heracles, y no pueden
casarse con extranjera. Los éforos están encargados de vigilar la
conducta de las reinas, a fin de que estas no den al estado hijos que
no sean de aquella ilustre casa; de manera que si fuesen convencidas
o hubiese vehementes sospechas de su infidelidad, sus hijos quedarían
reducidos a la clase de particulares.
En cada una de las dos ramas reinantes, la corona debe pasar al
primogénito y, en defecto de este, al hermano del rey. Si el
primogénito muere antes que el padre, pertenece al segundo; pero si
deja un hijo, este es preferido a su tío. En defecto de los herederos
próximos en una familia, llaman al trono a los parientes lejanos y
nunca a los de otra casa. Al heredero presuntivo no se le educa con los
demás hijos del estado, mas no por esto es su educación menos atenta,
pues se le da una justa idea de su dignidad y aun más todavía de sus
deberes.
Licurgo ha trabado las manos a los reyes, pero les ha dado al mismo
tiempo unos honores y prerrogativas de que gozan como jefes de la
religión, de la administración y de los ejércitos. Arreglan todo lo
respectivo al culto público, y presiden en las ceremonias religiosas,
así como en el senado, donde proponen el objeto de la deliberación
y vale por dos su voto. Cuando proponen de acuerdo un proyecto
conocidamente útil para la república, a nadie le es permitido oponerse.
La conservación de los caminos, las formalidades de la adopción y la
elección del pariente que debe casarse con una heredera, todo esto está
sometido a la decisión de los reyes.
No puede ausentarse durante la paz, ni ambos a un tiempo durante la
guerra, a menos que se armen dos ejércitos, cuyo mando les corresponde
por derecho. El estado paga la manutención y demás gastos del general
y de su casa, y este jefe, exento de todo cuidado doméstico, solo se
ocupa de los preparativos para la guerra. Los dos éforos que le siguen,
no tienen otra obligación que la de mantener las costumbres, sin
mezclarse en los asuntos que él tenga a bien comunicarles.
Durante la guerra, los reyes no son más que los primeros ciudadanos de
una ciudad libre. Se presentan en público sin fasto y sin comitiva,
pero se les cede el primer lugar, y todo el mundo se levanta en su
presencia, excepto los éforos cuando están en su tribunal. Cuando no
pueden asistir a los banquetes públicos, se les envía una medida de
vino y harina, lo cual se les niega cuando se excusan sin motivo.
Al momento que expira uno de ellos, recorren las mujeres las calles y
anuncian la desgracia pública dando golpes en unos vasos de bronce.
Se cubre de paja el mercado y se prohíbe vender en él durante cuatro
días; salen hombres a caballo para esparcir la noticia por la provincia
y avisar a los hombres libres y a los esclavos que deben asistir a
los funerales. Concurren gentes a millares, cabizbajos y exclamando
entre largos lamentos que ninguno fue mejor de todos cuantos príncipes
han tenido. Cuando muere el rey en una expedición militar, exponen
su imagen en un lecho fúnebre, y durante diez días no se permite ni
convocar la asamblea general ni abrir los tribunales de justicia. Luego
que llega el cuerpo, que se cuida de conservar en miel o en cera, se
le sepulta con las ceremonias acostumbradas en el barrio de la ciudad
donde está el panteón de los reyes.
El senado, compuesto de los dos reyes y de veintiocho gerontes o
ancianos, es el consejo supremo, donde se tratan en primera instancia
la guerra, la paz, las alianzas y los negocios más importantes del
estado. Obtener una plaza en este augusto tribunal es subir al trono
del honor, de modo que únicamente se concede al que desde su infancia
se ha distinguido con virtudes eminentes, y no se logra hasta la edad
de sesenta años para poseerla hasta la muerte.
Depende del senado no solamente la vida de los ciudadanos, sino también
su fortuna, es decir, su honor, porque el verdadero espartano no conoce
otro bien. Se invierten muchos días en examinar y justificar los
delitos que merecen pena capital, y jamás se condena al acusado por
simples presunciones; pero aunque sea absuelto una vez, se le persigue
con más rigor si en adelante se adquieren nuevas pruebas de delito.
Cuando acusan a un rey de haber violado las leyes o hecho traición a
los intereses del estado, el tribunal que ha de juzgarle se compone
de los veintiocho senadores, de los cinco éforos y del rey de la
otra casa; pero puede apelar de su sentencia a la asamblea general
del pueblo. Los éforos o inspectores, llamados así porque extienden
su vigilancia a todos los ramos de la administración, son en número
de cinco y se renuevan anualmente. Ocupan su empleo al principio del
año, que empieza en la luna nueva que sigue al equinoccio de otoño.
El primero de ellos da su nombre al año, y así para recordar la fecha
de un acontecimiento basta decir que pasó u ocurrió en tiempo de tal
éforo. El pueblo tiene el derecho de elegirlos, y de elevar a esta
dignidad a los ciudadanos de todos los estados. Desde que los nombra,
los mira como sus defensores, y bajo esta consideración no ha cesado de
aumentar sus prerrogativas.
Los éforos se toman un cuidado particular de la educación de la
juventud. Diariamente se enteran por sí mismos si los hijos se crían
con demasiada delicadeza, les nombran jefes que exciten su emulación, y
se presentan al frente de ellos en una fiesta militar que se celebra en
honor de Atenea.
Los magistrados vigilan sobre la conducta de los ciudadanos, y es
objeto de su celo y su censura todo aquello que puede atender al orden
público y a los usos establecidos: así es que más de una vez han
reprimido el abuso que hacían de sus talentos los extranjeros admitidos
a sus juegos. Un orador ofreció hablar un día sobre toda suerte de
materias, y ellos le arrojaron de la ciudad. Arquíloco sufrió en otra
ocasión igual suerte, por haberse atrevido a sentar en sus escritos una
máxima de cobardía, y casi en nuestros días el músico Timoteo, habiendo
dejado absortos a los espartanos con la dulzura de sus cantares, se
acercó a él un éforo con un cuchillo en la mano y le dijo: «Os hemos
condenado a cortar cuatro cuerdas de vuestra lira: ¿de qué lado queréis
que las corte?».
Los espartanos tienen diversos intereses, algunos que les son comunes
con los habitantes de las diferentes ciudades de la Laconia, y de aquí
vienen aquellas dos especies de asambleas, a las cuales asisten siempre
los reyes, el senado y las diversas clases de magistrados. Cuando hay
que arreglar la sucesión al trono, elegir o deponer a los magistrados,
pronunciar sobre los delitos públicos, estatuir sobre los grandes
asuntos de religión o de la legislación, la asamblea solamente se
compone de espartanos y se nombra asamblea menor. Cada asistente tiene
derecho de votar, si es de edad de treinta años lo menos, pues antes no
le es permitido hablar en público.
Convócase la asamblea general cuando se trata de guerra, de paz y de
alianzas. Primeramente se compone de los diputados de las ciudades de
la Laconia, a los cuales se juntan los de los pueblos aliados y de las
naciones que vienen a implorar la asistencia de Lacedemonia. Los reyes
y los senadores llevan en ella la palabra comúnmente, y su autoridad es
de mucho peso, pero aun más todavía la de los éforos.