CAPÍTULO XLII.

Vida de Licurgo.

Ya dije que los descendientes de Heracles, desterrados en otro tiempo

del Peloponeso, volvieron a entrar en él ochenta años después de la

toma de Troya. Témeno, Cresfontes y Aristodemo, todos tres hijos de

Aristómaco, vinieron con un ejército de dorios e hiciéronse dueños

de esta parte de la Grecia. La Argólida tocó en suerte a Témeno, y

la Mesenia a Cresfontes; murió Aristodemo en estas circunstancias, y

Eurístenes y Procles, sus hijos, poseyeron la Laconia. De estos dos

príncipes traen su origen las dos casas que hace cerca de nueve siglos

que reinan juntamente en Lacedemonia.

Este imperio naciente se vio vacilante muchas veces por las facciones

intestinas o a causa de grandes empresas, y estaba amenazado de una

próxima ruina cuando uno de los reyes, llamado Polidectes, murió sin

hijos. Sucediole su hermano Licurgo, ignorándose entonces el embarazo

de la reina. Luego que tuvo noticia de él, declaró que si aquella

princesa daba un heredero al trono, sería el primero en reconocerle,

y en consecuencia no administró el reino sino en clase de tutor del

joven príncipe.

A pesar de esto le dio a entender la reina que si consentía en casarse

con ella, no tendría reparo en dar muerte a su hijo. Para apartarla de

la ejecución de tan bárbaro proyecto, la lisonjeó con esperanzas, y

luego que parió, tomó Licurgo el hijo en los brazos, y presentándole a

los magistrados de Esparta: «Aquí tenéis», les dijo, «el rey que os ha

nacido».

La mayor parte de los ciudadanos le atestiguaron tanto amor como

respeto, pero sus virtudes tenían descontentos a los principales del

estado, favorecidos por la reina que, ansiosa de vengar su afrenta,

sublevaba contra él a sus parientes y amigos. Para desvanecer los

rumores que circulaban contra él, se vio en la precisión de alejarse

de su patria. Fijaron por mucho tiempo su atención en Creta las leyes

del sabio Minos, y para juzgar mejor de los efectos que produce la

diferencia de gobiernos y costumbres, visitó las costas de Asia. Allí

vinieron a parar en sus manos las poesías de Homero, y admirado de las

bellas máximas de moral y de política que hermoseaban las ficciones de

este gran poeta, resolvió enriquecer con ellas la Grecia.

Después de haber recorrido las regiones lejanas, estudiando por todas

partes el genio y la obra de los legisladores, cedió a los deseos de

los lacedemonios que le llamaban, y regresó a su patria. No tardó en

conocer que lejos de tratarse de reparar el edificio de las leyes,

solo se pensaba en destruirlas, elevando otro con nuevas proporciones.

Previó todos los obstáculos y no se espantó de ellos. Antes de

comenzar sus operaciones, las sometió al examen de sus amigos y de

los ciudadanos más distinguidos, entre los cuales escogió treinta que

debían acompañarle armados a las asambleas generales. Esta comitiva no

siempre bastaba para contener el tumulto, y así es que en un alboroto

excitado con motivo de una ley nueva, tomó la resolución de refugiarse

en un templo inmediato; pero habiéndole alcanzado en tal momento un

golpe violento que le privó de un ojo, se contentó con mostrar a sus

perseguidores el rostro bañado en sangre. Al ver tal espectáculo, la

mayor parte, sobrecogidos de vergüenza, le acompañan hasta su casa

detestando el crimen, y le entregan el delincuente, que era un joven

impetuoso e inquieto. Licurgo sin reconvenirle ni proferir siquiera

una queja, le detiene en su casa, hasta que se retiren sus amigos y

criados, y le manda que le cure la herida. Obedece el joven guardando

silencio, y siendo a cada instante testigo de la paciencia y las

grandes prendas de Licurgo, convierte su odio en amor, y siguiendo tan

bello modelo, reprime la violencia de su carácter.

Aprobose en fin la nueva constitución por todas las clases del estado,

mas a pesar de ser excelente en todas sus partes, Licurgo no estaba

satisfecho todavía de su duración. «Me queda que exponeros», dijo al

pueblo reunido, «el artículo más importante de nuestra legislación,

pero antes de todo quiero consultar al oráculo de Delfos. Prometed

que hasta mi vuelta no tocaréis en nada las leyes establecidas».

Los reyes, los senadores, todos los ciudadanos lo prometieron con

juramento. Este compromiso debía ser irrevocable, porque el designio

del legislador era no volver a ver su patria. Al punto se fue a Delfos

y preguntó si las nuevas leyes bastaban para asegurar la dicha de los

espartanos. Habiendo respondido la Pitia que Esparta sería la ciudad

más floreciente mientras mirase como un deber el observarlas, Licurgo

envió este oráculo a Lacedemonia, y se condenó él mismo a destierro.

Murió lejos de la nación que hizo dichosa. Algún tiempo después de su

muerte le consagró ella un templo, donde todos los años se le hace el

honor de un sacrificio, y sus parientes y amigos formaron una sociedad

que se ha perpetuado hasta nosotros, y se reúne de tiempo en tiempo

para recordar la memoria de sus virtudes.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 64 / 107 题