Vida de Licurgo.
Ya dije que los descendientes de Heracles, desterrados en otro tiempo
del Peloponeso, volvieron a entrar en él ochenta años después de la
toma de Troya. Témeno, Cresfontes y Aristodemo, todos tres hijos de
Aristómaco, vinieron con un ejército de dorios e hiciéronse dueños
de esta parte de la Grecia. La Argólida tocó en suerte a Témeno, y
la Mesenia a Cresfontes; murió Aristodemo en estas circunstancias, y
Eurístenes y Procles, sus hijos, poseyeron la Laconia. De estos dos
príncipes traen su origen las dos casas que hace cerca de nueve siglos
que reinan juntamente en Lacedemonia.
Este imperio naciente se vio vacilante muchas veces por las facciones
intestinas o a causa de grandes empresas, y estaba amenazado de una
próxima ruina cuando uno de los reyes, llamado Polidectes, murió sin
hijos. Sucediole su hermano Licurgo, ignorándose entonces el embarazo
de la reina. Luego que tuvo noticia de él, declaró que si aquella
princesa daba un heredero al trono, sería el primero en reconocerle,
y en consecuencia no administró el reino sino en clase de tutor del
joven príncipe.
A pesar de esto le dio a entender la reina que si consentía en casarse
con ella, no tendría reparo en dar muerte a su hijo. Para apartarla de
la ejecución de tan bárbaro proyecto, la lisonjeó con esperanzas, y
luego que parió, tomó Licurgo el hijo en los brazos, y presentándole a
los magistrados de Esparta: «Aquí tenéis», les dijo, «el rey que os ha
nacido».
La mayor parte de los ciudadanos le atestiguaron tanto amor como
respeto, pero sus virtudes tenían descontentos a los principales del
estado, favorecidos por la reina que, ansiosa de vengar su afrenta,
sublevaba contra él a sus parientes y amigos. Para desvanecer los
rumores que circulaban contra él, se vio en la precisión de alejarse
de su patria. Fijaron por mucho tiempo su atención en Creta las leyes
del sabio Minos, y para juzgar mejor de los efectos que produce la
diferencia de gobiernos y costumbres, visitó las costas de Asia. Allí
vinieron a parar en sus manos las poesías de Homero, y admirado de las
bellas máximas de moral y de política que hermoseaban las ficciones de
este gran poeta, resolvió enriquecer con ellas la Grecia.
Después de haber recorrido las regiones lejanas, estudiando por todas
partes el genio y la obra de los legisladores, cedió a los deseos de
los lacedemonios que le llamaban, y regresó a su patria. No tardó en
conocer que lejos de tratarse de reparar el edificio de las leyes,
solo se pensaba en destruirlas, elevando otro con nuevas proporciones.
Previó todos los obstáculos y no se espantó de ellos. Antes de
comenzar sus operaciones, las sometió al examen de sus amigos y de
los ciudadanos más distinguidos, entre los cuales escogió treinta que
debían acompañarle armados a las asambleas generales. Esta comitiva no
siempre bastaba para contener el tumulto, y así es que en un alboroto
excitado con motivo de una ley nueva, tomó la resolución de refugiarse
en un templo inmediato; pero habiéndole alcanzado en tal momento un
golpe violento que le privó de un ojo, se contentó con mostrar a sus
perseguidores el rostro bañado en sangre. Al ver tal espectáculo, la
mayor parte, sobrecogidos de vergüenza, le acompañan hasta su casa
detestando el crimen, y le entregan el delincuente, que era un joven
impetuoso e inquieto. Licurgo sin reconvenirle ni proferir siquiera
una queja, le detiene en su casa, hasta que se retiren sus amigos y
criados, y le manda que le cure la herida. Obedece el joven guardando
silencio, y siendo a cada instante testigo de la paciencia y las
grandes prendas de Licurgo, convierte su odio en amor, y siguiendo tan
bello modelo, reprime la violencia de su carácter.
Aprobose en fin la nueva constitución por todas las clases del estado,
mas a pesar de ser excelente en todas sus partes, Licurgo no estaba
satisfecho todavía de su duración. «Me queda que exponeros», dijo al
pueblo reunido, «el artículo más importante de nuestra legislación,
pero antes de todo quiero consultar al oráculo de Delfos. Prometed
que hasta mi vuelta no tocaréis en nada las leyes establecidas».
Los reyes, los senadores, todos los ciudadanos lo prometieron con
juramento. Este compromiso debía ser irrevocable, porque el designio
del legislador era no volver a ver su patria. Al punto se fue a Delfos
y preguntó si las nuevas leyes bastaban para asegurar la dicha de los
espartanos. Habiendo respondido la Pitia que Esparta sería la ciudad
más floreciente mientras mirase como un deber el observarlas, Licurgo
envió este oráculo a Lacedemonia, y se condenó él mismo a destierro.
Murió lejos de la nación que hizo dichosa. Algún tiempo después de su
muerte le consagró ella un templo, donde todos los años se le hace el
honor de un sacrificio, y sus parientes y amigos formaron una sociedad
que se ha perpetuado hasta nosotros, y se reúne de tiempo en tiempo
para recordar la memoria de sus virtudes.