CAPÍTULO XXXIX.

Viaje a Laconia.

Embarcámonos en Feres en una nave que se hacía a la vela para el puerto

de Escandea, en la islilla de Citera, situada a la extremidad de la

Laconia. Desde el puerto se sube a la ciudad, donde los lacedemonios

mantienen una guarnición.

El nombre de Citera despertaba en nuestros espíritus ideas las más

halagüeñas. Allí subsiste con brillo, desde tiempo inmemorial, el

templo más antiguo y respetado de cuantos hay consagrados a Afrodita;

allí es donde la diosa se mostró por la vez primera a los mortales, y

con ella tomaron los amores posesión de esta tierra, hermoseada aún en

el día con las flores que se apresuraban a brotar en su presencia.

Desde entonces se conocen en aquel sitio los atractivos de las dulces

conversaciones y de las tiernas sonrisas. ¡Ah!, sin duda los corazones

afortunados solo aspiran a unirse en esta región, y sus habitantes

pasan los días en la abundancia y los placeres.

Pasábamos así el tiempo en conversación con algunos pasajeros de

nuestra edad, cuando el capitán del barco nos dijo que el suelo de la

isla de Citera es árido y erizado de riscos; que sus habitantes sacan

el fruto de él a fuerza del sudor de su frente, y que solo apreciaban

el dinero; la estatua de Afrodita Urania situada en un viejo templo

erigido por los fenicios, estaba llena de armas desde la cabeza hasta

los pies. «Me han dicho, como a vosotros», añadió, «que al salir de la

mar la diosa desembarcó en esta isla, pero también me han asegurado que

subió inmediatamente a Chipre».

De aquestas últimas palabras deducimos inmediatamente que algunos

fenicios habían pasado el mar y arribado al puerto de Escandea, adonde

trajeron el culto de Afrodita que se extendió a los países vecinos, y

de aquí nacieron aquellas fábulas absurdas, cuales son el nacimiento

de Afrodita, su salida del seno de las olas y su llegada a Citera. En

lugar de ir con nuestro capitán a esta isla, le suplicamos que nos

dejase en Ténaro, ciudad de Laconia, cuyo puerto es capaz de contener

muchas naves: está situada cerca de un cabo del mismo nombre dominado

de un templo, como lo están los principales promontorios de la Grecia.

El de Ténaro, dedicado a Poseidón, está circuido de un bosque sagrado,

asilo de criminales. La estatua del dios está a la entrada, y en lo

interior se ve una caverna inmensa y muy famosa entre los griegos,

quienes la miran como una boca de los infiernos, suponiendo que por

allí sacó Heracles al Cerbero y Orfeo a su esposa. Esta caverna tiene

anexo un privilegio del cual gozan otras muchas ciudades. Los adivinos

vienen a ella a invocar las sombras pacíficas de los muertos, o arrojar

al fondo de los abismos los que turban el reposo de los vivos. Hay unas

ceremonias santas que causan estos efectos maravillosos; las primeras

consisten en sacrificios, libaciones, plegarias y fórmulas misteriosas;

es preciso pasar después la noche en el templo, y entonces la sombra,

según dicen, jamás deja de aparecerse en sueño.

«Ignoro», dijo Filotas al sacerdote del templo que nos hacía esta

relación circunstanciada, «hasta qué punto se debe ilustrar al pueblo;

pero a lo menos es preciso ponerle a cubierto del exceso del error. Los

de Tesalia dieron en el último siglo una triste prueba de esta verdad.

Estaba su ejército en presencia del de los focidios, que durante una

noche muy clara destacaron contra el campo enemigo seiscientos hombres

untados de yeso; por más grosera que fuese esta astucia, los tesalios,

acostumbrados desde niños a los cuentos de apariciones de fantasmas,

tuvieron a estos soldados por genios celestes que venían al socorro de

los focidios, hicieron una débil resistencia, y se dejaron degollar

como víctimas».

«Semejante ilusión», respondió el sacerdote, «produjo en otro tiempo

el mismo efecto en nuestro ejército. Hallábase en Mesenia, y creyó ver

a Cástor y Pólux dando esplendor con su presencia a la fiesta que se

celebraba en honor suyo. Dos mesenios, que llamaban la atención por su

juventud y su belleza, se dejaron ver al frente del campo, montados en

soberbios caballos, con lanza en ristre, una túnica blanca, manto de

púrpura, y un gorro puntiagudo y dominado de una estrella; tales en fin

como representan a entrambos héroes, objetos de nuestro culto. Entran y

embisten a los soldados prosternados a sus pies, hacen una carnicería

horrible y se retiran tranquilamente. Los dioses, irritados de esta

perfidia, manifestaron en breve su venganza contra los mesenios».

Salimos de Ténaro después de haber visto en las cercanías una cantera

de donde sacan una piedra negra tan preciosa como el mármol, y fuimos

a Gition, ciudad muy fuerte, con un excelente puerto, donde están

las escuadras de Lacedemonia y se reúne cuanto es necesario para

abastecerlas.

La historia de los lacedemonios ha dado tanto lustre al reducido

país que habitan que nos detuvimos a ver hasta los lugarcillos y las

menores ciudades, tanto en las cercanías del golfo de Laconia como en

lo interior del territorio. Por todas partes nos enseñaban templos,

estatuas, columnas y otros monumentos, los más de ellos de un trabajo

tosco y algunos de una antigüedad respetable. En el gimnasio de

Asopo llamaron nuestra atención unas osamentas humanas de prodigiosa

magnitud.

Llegamos a las márgenes del Eurotas, subimos por su orilla atravesando

un valle que se riega con sus aguas, y en seguida pasamos por medio de

una llanura que se extiende hasta Lacedemonia; el río corría a nuestra

derecha, y a la izquierda teníamos el monte Taigeto, al pie del cual

ha cavado la naturaleza muchas cavernas grandes en el peñasco. En

Briseas vimos un templo de Dioniso, cuya entrada está prohibida a los

hombres, y en el cual únicamente las mujeres tienen derecho de hacer

sacrificios. Anteriormente habíamos visto ya una ciudad de Laconia,

donde las mujeres no asisten a los sacrificios que allí ofrecen al

dios Ares. Desde Briseas nos enseñaron en la cumbre del monte cercano

un lugar llamado Talet, donde inmolan caballos al Sol. Más allá, los

habitantes de un lugarcillo se jactan de haber inventado las piedras

de molino harinero. A breve rato descubrimos la ciudad de Amiclas,

situada a la orilla derecha del Eurotas y alejada de Lacedemonia unos

veinte estadios. Estábamos impacientes por llegar al templo de Apolo,

uno de los más famosos de la Grecia. La estatua del dios, que tiene

de altura cerca de 30 codos (49 pies y medio), es de tosco trabajo

y da indicios del gusto egipcio. Este monumento es antiquísimo;

últimamente fue colocado por un artista llamado Baticles en una base

en forma de altar, en medio de un trono sostenido por las Horas y las

Gracias. Está servido el templo por sacerdotisas; la principal de ellas

toma el nombre de Madre, y cuando muere inscriben en mármol su nombre

y los años de su sacerdocio. Enseñáronnos las tablas que contienen

cronológicamente la serie de estas épocas preciosas, y leímos el nombre

de Laodamía, hija de Amiclas, que reinaba en este país hace más de mil

años.

No lejos del templo de Apolo se ve otro, cuya magnitud solo tiene

cerca de diecisiete pies de largo sobre diez y medio de ancho. Cinco

piedras toscas y negruzcas, de cinco pies de grueso, forman las cuatro

paredes y la cubierta, encima de la cual hay otras dos piedras que

entran más adentro. El edificio tiene tres escalones de una piedra sola

cada uno, y en la puerta se ven grabadas en caracteres antiquísimos

estas palabras: _Eurotas, rey de los ictéucrates, a Onga_. Vivía

este príncipe tres siglos antes de la guerra de Troya; el nombre de

ictéucrates designa el de los antiguos habitantes de Laconia, y el de

Onga una divinidad de Fenicia o de Egipto, la misma, según se cree,

que la Atenea de los griegos. Este edificio es muchos siglos anterior

a los más antiguos de la Grecia. Admirando lo sencillo y sólido de

ella, imaginábamos absortos los numerosos siglos transcurridos desde

su fundación con igual asombro que al llegar al pie de un monte hemos

medido muchas veces con la vista su imponente altura. Lo extenso de la

duración produce el mismo efecto que la del espacio, con la diferencia

de que somos más adictos a la duración que a la grandeza.

Hermosean las cercanías de Amiclas risueñas praderas y pomposos y

elevados árboles. Esta ciudad, cuyo territorio produce excelentes

frutas, es una mansión agradable, muy poblada, y siempre llena de

extranjeros que concurren a ella, ya por sus lucidas fiestas o bien por

motivos religiosos. Salimos de Amiclas para Lacedemonia, nos hospedamos

en casa de Damonax, a quien Jenofonte nos había recomendado, y allí

encontró Filotas algunas cartas que le precisaron a partir para Atenas

el día siguiente. No hablaré de Lacedemonia hasta que haya dado una

idea general de la provincia.

Al este y al sur tiene por límites el mar, al oeste y al norte unos

altos montes, o unas colinas que bajan de ellas y forman en medio

amenos valles. Son tan altas las cumbres de estos montes, llamados

Taigeto, que desde algunos de ellos puede extenderse la vista por

todo el Peloponeso. Sus costados, casi del todo cubiertos de bosques,

son asilo de muchas cabras, osos, jabalíes y ciervos. La naturaleza,

esmerándose en multiplicar estas especies, parece que las ha conservado

para que las destruyan unas razas de perros muy estimados en todos los

pueblos, preferidos en particular para la caza del jabalí. Son ágiles,

vivos, impetuosos y de un olfato finísimo. Por la parte de tierra es

muy difícil la entrada en la Laconia, pues no se entra en ella sino por

colinas escarpadas y desfiladeros fáciles de guardar. En Lacedemonia

se dilata la llanura, y caminando hacia el mediodía se encuentran

territorios fértiles, aunque en ciertos parajes requiere la agricultura

mucho trabajo, atendido lo escabroso del suelo. En la llanura se ven

esparcidas colinas muy elevadas, hechas a fuerza de brazos y antes del

descubrimiento de las artes, para servir de sepulcro a los principales

caudillos de la nación.

En cuanto a las producciones de la Laconia, observaremos que se

encuentran en ella muchas plantas medicinales, que se coge allí un

trigo muy ligero y poco nutritivo, que es necesario regar muy a menudo

las higueras, que los higos maduran más pronto que en cualquiera otra

parte, y, en fin, que en todas las costas de la Laconia, así como en

las de Citera, se hace abundante pesca de aquel marisco del que se saca

una tintura de púrpura muy estimada.

La Laconia está muy expuesta a los temblores de tierra. Dicen que en

otro tiempo comprendía cien ciudades, pero que esto se entiende en

aquellos días en que se daba tal título a cualquier lugarcillo. Lo

único que yo puedo decir es que en la actualidad se halla muy poblada.

Atraviesa el Eurotas todo su territorio, y recibe los arroyos, o más

bien los torrentes, que bajan de las montañas vecinas, de modo que

no se puede vadear en una gran parte del año. Corre siempre por un

estrecho cauce, y en su nacimiento mismo su mérito consiste en tener

más profundidad que superficie. En algunas épocas del año está cubierto

de cisnes blanquísimos, y casi por todas partes de cañas muy estimadas,

porque son altas, rectas y de varios colores. Además de los varios usos

que se hacen de esta planta, los lacedemonios con ella fabrican esteras

y se coronan en algunas de sus fiestas. A la derecha del Eurotas, a

cierta distancia de la orilla, está la ciudad de Lacedemonia, llamada

por otro nombre Esparta. No tiene murallas ni más defensa que el valor

de sus habitantes, y algunas alturas que guarnecen con tropas en caso

de ataque. La más alta sirve de ciudadela, y termina en un espacioso

rellano donde se ven muchos edificios sagrados. Alrededor de esta

colina hay cinco poblaciones, separadas una de otra por intervalos

mayores o menores, y ocupada cada una por una de las cinco tribus de

los espartanos. La plaza mayor, a la cual van a parar muchas calles,

está adornada de templos y de estatuas, y en ellas se distinguen además

las casas donde se reúnen por separado el senado, los éforos y otros

cuerpos de magistrados; sobresale también un pórtico que erigieron

los lacedemonios en memoria de la batalla de Platea a expensas de los

vencidos, cuyos despojos se repartieron. El techo no está sostenido

por columnas y sí por grandes estatuas colosales que representan a

los persas vestidos con largos ropajes. El resto de la ciudad ofrece

también muchos monumentos en honor de los dioses y de los héroes

antiguos.

Sobre la colina más alta se ve un templo de Atenea, en el cual se goza

del derecho de asilo, así como en el bosque que le rodea, y una casita

que de él depende, en la cual dejaron morir de hambre al rey Pausanias.

Esto fue un crimen a los ojos de la diosa, y para apaciguarla mandó

el oráculo a los lacedemonios que erigiesen dos estatuas, las cuales

se ven todavía cerca del altar. El templo es de bronce como lo era

en otro tiempo el de Delfos. A la derecha de este edificio se ve una

estatua de Zeus, la más antigua quizás de cuantas hay de bronce,

porque es del mismo tiempo en que fueron restablecidos los juegos

olímpicos, y está compuesta de varias piezas unidas unas con otras y

aseguradas con clavos. Los panteones de las dos familias que reinan

en Lacedemonia están en dos barrios diferentes. Por todas partes se

ven monumentos heroicos, es decir, edificios y bosques dedicados a los

antiguos héroes. En ellos se renuevan con ceremonias santas la memoria

de Heracles, de Tindáreo, de Cástor, de Pólux, y de otros muchos

personajes más o menos conocidos en la historia, o más o menos dignos

de serlo. Las casas son pequeñas y sin adornos. Se han edificado salas

y pórticos donde van los lacedemonios a tratar de sus negocios o estar

de tertulia. A la parte meridional de la ciudad, está el hipódromo

para las carreras de a pie y a caballo; desde allí se entra en el

Platanisto, lugar de ejercicio para la juventud, sombreado por hermosos

plátanos, y situado a las márgenes del Eurotas y de un riachuelo que

le cierran por medio de un canal de comunicación; se entra en él por

dos puentes; a la entrada del uno está la estatua de Heracles o de la

fuerza que lo doma todo, y a la del otro la imagen de Licurgo o de la

ley que todo lo regula.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 61 / 107 题