CAPÍTULO XXXVIII.

Viaje a Mesenia.

Salimos de Escilunte y, habiendo atravesado la Trifilia, llegamos a las

orillas del Neda, que separa la Élide de la Mesenia.

Siendo nuestro objeto recorrer las costas de esta última provincia,

fuimos a embarcarnos en el puerto de Ciparisia, y al día siguiente

arribamos a Pilos, donde se nos dijo que el sabio Néstor había reinado:

por más que quisimos hacer ver que, según Homero, reinaba en la

Trifilia, por única respuesta se nos mostró la casa de este príncipe,

su retrato, y la gruta donde encerraba a sus bueyes. Quisimos

insistir, pero en breve quedamos convencidos de que los pueblos y los

particulares orgullosos de su origen no siempre gustan que se dispute

acerca de sus títulos.

Después de haber visto muchas ciudades de la costa hasta lo interior

del golfo de Mesenia, llegamos en fin a la embocadura del Pamiso, donde

entramos a toda vela. Este río es el mayor de todos los del Peloponeso,

aunque desde su nacimiento hasta el mar, solo hay la distancia de unos

cien estadios (tres leguas y cuarto). Su curso es corto pero admirable

al mismo tiempo, pues da la idea de una vida corta y de hermosos

días. Sus aguas puras parecen que corren únicamente para la dicha de

todos aquellos que las rodean. En todas las estaciones se cogen en él

exquisitos peces, que a la vuelta de la primavera vienen a sus aguas

para desovar en ellas.

Atravesamos fértiles llanuras, y llegamos a Mesene, situada como

Corinto al pie de un monte, y que ha llegado a ser, como esta ciudad,

uno de los baluartes del Peloponeso. Las murallas de Mesene son de

piedra de sillería, desde que Epaminondas restituyó la libertad a

la Mesenia, y llamó a sus antiguos habitantes; están coronadas de

almenas, flanqueadas de torres, y abrazan en su circuito el monte

Itome. Por dentro vimos una espaciosa plaza adornada de templos, de

estatuas y de una fuente abundante. Por todas partes se elevan hermosos

edificios, y según estos primeros ensayos de la magnificencia de Mesene

se pudiera juzgar de la que ostentaría en adelante. En la cumbre del

monte y en medio de una ciudadela que une a los recursos del arte las

ventajas de la posición, se eleva un templo de Zeus, en el sitio mismo

donde se dice que las ninfas cuidaron de la infancia de este dios, cuya

estatua, obra de Agéladas, estaba depositada en la casa del sacerdote

Celeno.

Desde esta casa se descubre toda la Mesenia, extendiéndose la vista

hasta unos ochocientos estadios (26 leguas y media). Extiéndese también

la vista al norte por la Arcadia y la Élide, al oeste y al sur por la

mar y las islas contiguas, al este por una cordillera de montes que

bajo el nombre de Taigeto separa esta provincia de la de Laconia, y

en seguida se explaya y recrea por el cuadro ameno que encierra este

recinto. Veíamos a diversas distancias ricas campiñas, cruzadas de

colinas y de ríos, cubiertas de rebaños, y en particular de yeguadas

que constituyen las riquezas del país. Entonces, dirigiéndome a

unos cuantos labradores que veíamos: «Me parece», les dije, «que la

población de esta provincia no guarda proporción con su fertilidad».

«No lo atribuyáis», respondió un viejo llamado Jenocles que hacía poco

había vuelto a su patria, «sino a los bárbaros, cuya odiosa vista

nos impiden estos montes. Por espacio de cuatro siglos enteros, los

lacedemonios han asolado la Mesenia, dejando únicamente, en patrimonio

a sus habitantes, la guerra o el destierro, la muerte o la esclavitud».

Únicamente teníamos una leve idea de estas revoluciones funestas.

Jenocles lo conoció, lamentose de ello y, dirigiéndose a su hijo: «Toma

tu lira», le dice, «y canta estas tres elegías con que mi padre, cuando

llegamos a Libia, para aliviar sus penas, quiso eternizar la memoria

de los males que nuestra patria había sufrido». Obedeció el joven y

cantó las tres elegías que comprenden la historia de las tres guerras

que los mesenios tuvieron que sostener contra los lacedemonios, de las

cuales la última terminó con la sumisión completa de la Mesenia, y la

expulsión de los habitantes, que se salvaron en Italia, en Sicilia y

hasta en Libia.

Durante la segunda guerra, los lacedemonios, de conformidad con la

respuesta del oráculo de Delfos, pidieron a los atenienses un jefe que

los dirigiese, pero Atenas, que temía contribuir al engrandecimiento

de Esparta su rival, les propuso a Tirteo, poeta oscuro, que suplía

sus defectos personales y su escasa fortuna con un talento sublime que

los atenienses miraban como una especie de frenesí. Llamado Tirteo

al socorro de una nación guerrera, que le comprendió en breve en el

número de sus ciudadanos, sintió elevarse sus talentos y se entregó

enteramente a su alto destino. Sus cantos inflamados inspiraban

el desprecio de los peligros y de la muerte; se hace oír, y los

lacedemonios, desanimados por un combate anterior, vuelan al campo de

batalla, y en una acción derrotan al ejército de los mesenios.

Cuando el joven dejó la lira, su padre Jenocles preguntó cómo se

había realizado la revolución que le conducía a Mesenia desde las

orillas de la Libia, y Celeno respondió: «Los tebanos, capitaneados

por Epaminondas, habían vencido a los lacedemonios en Leuctra, en

Beocia. A fin de debilitar para siempre su poder, concibió este grande

hombre el proyecto de poner al lado de ellos un enemigo que tuviese

que vengar grandes injurias, y envió por todas partes a invitar a los

mesenios que volviesen a ver la patria de sus padres. Volamos a su

voz, y lo encontré al frente de un ejército formidable, rodeado de

arquitectos que trazaban el plan de una ciudad al pie de esta montaña.

Poderosamente auxiliado por las naciones vecinas, en todo tiempo émulas

de Lacedemonia, su empresa quedó ejecutada en breve. Habiéndose reunido

las tropas, el día de la consagración de la ciudad, los arcadios

presentaron las víctimas, y los de Tebas, de Argos y de Mesenia

ofrecieron separadamente sus homenajes a sus divinidades tutelares.

Todos juntos llamaron a los héroes del país y les suplicaron que

fuesen a tomar posesión de sus nuevas moradas. Entre aquellos nombres

preciosos para la nación excitó aplausos universales el de Aristómenes,

príncipe valeroso que en la última guerra murió en el campo de batalla.

Invirtiéronse en sacrificios y oraciones las primeras horas de aquel

día, y en las siguientes, al son de la flauta pusieron los cimientos

de las murallas, los templos y las casas. Quedó acabada la ciudad

en poco tiempo, y la dieron el nombre de Mesene». Luego que Celeno

acabó de hablar, le hice varias preguntas relativas al estado de las

ciencias y de las artes. «Nunca hemos tenido tiempo», me respondió, «de

dedicarnos a ellas». «¿Y en cuanto a la forma del actual gobierno?»

«Aún no ha adquirido todavía una forma estable». «¿Y qué me decís del

que subsistía durante las guerras con Lacedemonia?» «Que era una mezcla

de realeza y de oligarquía, pero los asuntos se trataban en la asamblea

general de la nación. El origen de la última casa reinante se atribuye

a Cresfontes, que vino al Peloponeso con los otros Heráclidas, ochenta

años después de la guerra de Troya. La Mesenia le tocó en suerte, casó

con Mérope, hija del rey de Arcadia, y fue asesinado con casi todos sus

hijos por los principales de su corte, a causa de haber amado al pueblo

con exceso. La historia ha mirado como un deber el consagrar su memoria

y condenar a la execración la de sus asesinos».

Salimos de Mesenia, y después de haber atravesado el Pamiso, recorrimos

la costa oriental de la provincia. Aquí, lo mismo que en el resto de

la Grecia, el viajero se ve precisado a experimentar a cada paso las

genealogías de los dioses, confundidas con las de los hombres. No hay

ciudad, río, fuente, bosque ni monte que no tenga el nombre de una

ninfa, de un héroe o de un personaje, hoy día más célebre que lo fue

en su tiempo. Entre las numerosas familias que poseían en otro tiempo

pequeños estados en Mesenia, la de Esculapio ocupa en la opinión

pública un lugar distinguido. En la ciudad de Abia nos enseñaron su

templo, en Gerenia el sepulcro de Macaón, su hijo, y en Feres el templo

de Nicómaco y de Górgaso, sus nietos, honrados a cada instante con

sacrificios, ofrendas y concurso de enfermos varios.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 60 / 107 题