Viaje a Mesenia.
Salimos de Escilunte y, habiendo atravesado la Trifilia, llegamos a las
orillas del Neda, que separa la Élide de la Mesenia.
Siendo nuestro objeto recorrer las costas de esta última provincia,
fuimos a embarcarnos en el puerto de Ciparisia, y al día siguiente
arribamos a Pilos, donde se nos dijo que el sabio Néstor había reinado:
por más que quisimos hacer ver que, según Homero, reinaba en la
Trifilia, por única respuesta se nos mostró la casa de este príncipe,
su retrato, y la gruta donde encerraba a sus bueyes. Quisimos
insistir, pero en breve quedamos convencidos de que los pueblos y los
particulares orgullosos de su origen no siempre gustan que se dispute
acerca de sus títulos.
Después de haber visto muchas ciudades de la costa hasta lo interior
del golfo de Mesenia, llegamos en fin a la embocadura del Pamiso, donde
entramos a toda vela. Este río es el mayor de todos los del Peloponeso,
aunque desde su nacimiento hasta el mar, solo hay la distancia de unos
cien estadios (tres leguas y cuarto). Su curso es corto pero admirable
al mismo tiempo, pues da la idea de una vida corta y de hermosos
días. Sus aguas puras parecen que corren únicamente para la dicha de
todos aquellos que las rodean. En todas las estaciones se cogen en él
exquisitos peces, que a la vuelta de la primavera vienen a sus aguas
para desovar en ellas.
Atravesamos fértiles llanuras, y llegamos a Mesene, situada como
Corinto al pie de un monte, y que ha llegado a ser, como esta ciudad,
uno de los baluartes del Peloponeso. Las murallas de Mesene son de
piedra de sillería, desde que Epaminondas restituyó la libertad a
la Mesenia, y llamó a sus antiguos habitantes; están coronadas de
almenas, flanqueadas de torres, y abrazan en su circuito el monte
Itome. Por dentro vimos una espaciosa plaza adornada de templos, de
estatuas y de una fuente abundante. Por todas partes se elevan hermosos
edificios, y según estos primeros ensayos de la magnificencia de Mesene
se pudiera juzgar de la que ostentaría en adelante. En la cumbre del
monte y en medio de una ciudadela que une a los recursos del arte las
ventajas de la posición, se eleva un templo de Zeus, en el sitio mismo
donde se dice que las ninfas cuidaron de la infancia de este dios, cuya
estatua, obra de Agéladas, estaba depositada en la casa del sacerdote
Celeno.
Desde esta casa se descubre toda la Mesenia, extendiéndose la vista
hasta unos ochocientos estadios (26 leguas y media). Extiéndese también
la vista al norte por la Arcadia y la Élide, al oeste y al sur por la
mar y las islas contiguas, al este por una cordillera de montes que
bajo el nombre de Taigeto separa esta provincia de la de Laconia, y
en seguida se explaya y recrea por el cuadro ameno que encierra este
recinto. Veíamos a diversas distancias ricas campiñas, cruzadas de
colinas y de ríos, cubiertas de rebaños, y en particular de yeguadas
que constituyen las riquezas del país. Entonces, dirigiéndome a
unos cuantos labradores que veíamos: «Me parece», les dije, «que la
población de esta provincia no guarda proporción con su fertilidad».
«No lo atribuyáis», respondió un viejo llamado Jenocles que hacía poco
había vuelto a su patria, «sino a los bárbaros, cuya odiosa vista
nos impiden estos montes. Por espacio de cuatro siglos enteros, los
lacedemonios han asolado la Mesenia, dejando únicamente, en patrimonio
a sus habitantes, la guerra o el destierro, la muerte o la esclavitud».
Únicamente teníamos una leve idea de estas revoluciones funestas.
Jenocles lo conoció, lamentose de ello y, dirigiéndose a su hijo: «Toma
tu lira», le dice, «y canta estas tres elegías con que mi padre, cuando
llegamos a Libia, para aliviar sus penas, quiso eternizar la memoria
de los males que nuestra patria había sufrido». Obedeció el joven y
cantó las tres elegías que comprenden la historia de las tres guerras
que los mesenios tuvieron que sostener contra los lacedemonios, de las
cuales la última terminó con la sumisión completa de la Mesenia, y la
expulsión de los habitantes, que se salvaron en Italia, en Sicilia y
hasta en Libia.
Durante la segunda guerra, los lacedemonios, de conformidad con la
respuesta del oráculo de Delfos, pidieron a los atenienses un jefe que
los dirigiese, pero Atenas, que temía contribuir al engrandecimiento
de Esparta su rival, les propuso a Tirteo, poeta oscuro, que suplía
sus defectos personales y su escasa fortuna con un talento sublime que
los atenienses miraban como una especie de frenesí. Llamado Tirteo
al socorro de una nación guerrera, que le comprendió en breve en el
número de sus ciudadanos, sintió elevarse sus talentos y se entregó
enteramente a su alto destino. Sus cantos inflamados inspiraban
el desprecio de los peligros y de la muerte; se hace oír, y los
lacedemonios, desanimados por un combate anterior, vuelan al campo de
batalla, y en una acción derrotan al ejército de los mesenios.
Cuando el joven dejó la lira, su padre Jenocles preguntó cómo se
había realizado la revolución que le conducía a Mesenia desde las
orillas de la Libia, y Celeno respondió: «Los tebanos, capitaneados
por Epaminondas, habían vencido a los lacedemonios en Leuctra, en
Beocia. A fin de debilitar para siempre su poder, concibió este grande
hombre el proyecto de poner al lado de ellos un enemigo que tuviese
que vengar grandes injurias, y envió por todas partes a invitar a los
mesenios que volviesen a ver la patria de sus padres. Volamos a su
voz, y lo encontré al frente de un ejército formidable, rodeado de
arquitectos que trazaban el plan de una ciudad al pie de esta montaña.
Poderosamente auxiliado por las naciones vecinas, en todo tiempo émulas
de Lacedemonia, su empresa quedó ejecutada en breve. Habiéndose reunido
las tropas, el día de la consagración de la ciudad, los arcadios
presentaron las víctimas, y los de Tebas, de Argos y de Mesenia
ofrecieron separadamente sus homenajes a sus divinidades tutelares.
Todos juntos llamaron a los héroes del país y les suplicaron que
fuesen a tomar posesión de sus nuevas moradas. Entre aquellos nombres
preciosos para la nación excitó aplausos universales el de Aristómenes,
príncipe valeroso que en la última guerra murió en el campo de batalla.
Invirtiéronse en sacrificios y oraciones las primeras horas de aquel
día, y en las siguientes, al son de la flauta pusieron los cimientos
de las murallas, los templos y las casas. Quedó acabada la ciudad
en poco tiempo, y la dieron el nombre de Mesene». Luego que Celeno
acabó de hablar, le hice varias preguntas relativas al estado de las
ciencias y de las artes. «Nunca hemos tenido tiempo», me respondió, «de
dedicarnos a ellas». «¿Y en cuanto a la forma del actual gobierno?»
«Aún no ha adquirido todavía una forma estable». «¿Y qué me decís del
que subsistía durante las guerras con Lacedemonia?» «Que era una mezcla
de realeza y de oligarquía, pero los asuntos se trataban en la asamblea
general de la nación. El origen de la última casa reinante se atribuye
a Cresfontes, que vino al Peloponeso con los otros Heráclidas, ochenta
años después de la guerra de Troya. La Mesenia le tocó en suerte, casó
con Mérope, hija del rey de Arcadia, y fue asesinado con casi todos sus
hijos por los principales de su corte, a causa de haber amado al pueblo
con exceso. La historia ha mirado como un deber el consagrar su memoria
y condenar a la execración la de sus asesinos».
Salimos de Mesenia, y después de haber atravesado el Pamiso, recorrimos
la costa oriental de la provincia. Aquí, lo mismo que en el resto de
la Grecia, el viajero se ve precisado a experimentar a cada paso las
genealogías de los dioses, confundidas con las de los hombres. No hay
ciudad, río, fuente, bosque ni monte que no tenga el nombre de una
ninfa, de un héroe o de un personaje, hoy día más célebre que lo fue
en su tiempo. Entre las numerosas familias que poseían en otro tiempo
pequeños estados en Mesenia, la de Esculapio ocupa en la opinión
pública un lugar distinguido. En la ciudad de Abia nos enseñaron su
templo, en Gerenia el sepulcro de Macaón, su hijo, y en Feres el templo
de Nicómaco y de Górgaso, sus nietos, honrados a cada instante con
sacrificios, ofrendas y concurso de enfermos varios.