De los habitantes de la Laconia.
Habiéndose apoderado de la Laconia los descendientes de Heracles,
sostenidos por un cuerpo de dorios, vivieron sin distinción con los
antiguos habitantes del país. Poco tiempo después les impusieron un
tributo, y les despojaron de una parte de sus derechos. Las ciudades
que convinieron en este arreglo conservaron su libertad; la de Helos
resistió y, precisada a ceder en breve, vio a sus habitantes reducidos
casi a la condición de esclavos. Desuniéronse después los de Esparta,
y los más poderosos confinaron a los débiles en el campo o en las
ciudades inmediatas. Aún se distinguen hoy día los lacedemonios de la
capital de los demás de la provincia, y unos y otros de la multitud
prodigiosa de esclavos dispersos en el país.
Los primeros que comúnmente llamamos espartanos forman aquel cuerpo
de guerreros de que depende el destino de la Laconia, y se dice que
antiguamente ascendía su número a diez mil, aunque eran ocho mil en
tiempo de la expedición de Jerjes. Las últimas guerras los han reducido
de tal manera que al presente se encuentran muy pocas familias antiguas
en Esparta. La mayor parte de las nuevas son oriundas de los ilotas,
que han merecido primero la libertad y luego el título de ciudadanos en
mérito de acciones distinguidas.
Los habitantes de las provincias no reciben la misma educación que los
de la capital. Sus costumbres son más agrestes al paso que su valor
menos célebre. De aquí es que la ciudad ha tomado sobre las demás el
mismo ascendiente que la de Elis sobre las de Élide, y la de Tebas
sobre las de Beocia.
Los ilotas han tomado este nombre de la ciudad de Helos, pero no se
les debe confundir con los verdaderos esclavos, pues conservan más bien
una medianía entre estos últimos y los hombres libres. Su suerte la
suavizan algunas ventajas reales. Semejante a los siervos de Tesalia,
toman el arriendo de las tierras de los espartanos, y al cabo de
mucho tiempo pagan siempre el mismo rédito, que no es de ningún modo
proporcionado al producto. Algunos profesan las artes mecánicas con
tanta habilidad que se buscan en todas partes las llaves, camas, mesas
y sillas que se hacen en Lacedemonia; sirven en la marina en calidad
de marineros, y en el ejército un soldado armado pesadamente lleva
consigo uno o varios ilotas. En la batalla de Platea cada espartano
llevaba siete consigo. En los peligros graves se despierta su celo con
la esperanza de la libertad, la cual han conseguido a veces algunos
destacamentos numerosos en premio de sus acciones distinguidas.
Reciben únicamente del estado este beneficio y ascienden a la clase
de ciudadanos mediante otros servicios nuevos. Los espartanos y los
ilotas, poseídos de una desconfianza mutua, se observan con temor,
y para hacerse obedecer los primeros emplean un rigor que creen ser
necesario, atendidas las circunstancias, porque los ilotas son malos
de gobernar. Su número, su valor y sobre todo su riqueza los hacen
presuntuosos y audaces; de aquí viene que algunos autores ilustrados
condenan esta servidumbre y otros la aprueban.