Continuación del viaje a la Élide. — Jenofonte en Escilunte.
Tenía Jenofonte una habitación en Escilunte, ciudad pequeña situada
a veinte estadios (media legua) de Olimpia. Las turbulencias del
Peloponeso le obligaron a dejar su casa y establecerse en Corinto,
donde le encontré cuando llegué a Grecia. Pero luego que se apaciguaron
volvió a Escilunte, y al día siguiente de las fiestas fuimos a su casa
con Diodoro su hijo, que nos acompañó mientras duraron. La posesión de
Jenofonte era considerable. Reservaba el diezmo de su producto para
mantener un templo que había erigido a Artemisa y para costear un
pomposo sacrificio que hacía todos los años. Cerca del templo hay un
huerto que produce varias especies de frutas. El Selinunte, riachuelo
abundante en pesca, pasea lentamente sus aguas cristalinas al pie de
un rico collado donde apacentan con sosiego los animales destinados a
los sacrificios. Dentro y fuera de la tierra sagrada, hay unos bosques
distribuidos por la llanura o los montes, y sirven de abrigo a los
corzos, a los ciervos y a los jabalíes.
En esta feliz mansión había compuesto Jenofonte la mayor parte de sus
obras. Lo primero de que cuidó fue el proporcionarnos las diversiones
propias de nuestra edad y aquella que el campo ofrece en una edad más
avanzada. Nos enseñó sus caballos, sus plantíos y el arreglo de su
casa, y casi en todas partes vimos puestos en práctica los preceptos
que había sembrado en sus diferentes obras. Otras veces nos instaba
para que fuésemos a cazar, cuyo ejercicio recomendaba frecuentemente a
los jóvenes como el más a propósito para acostumbrarlos a las fatigas
de la guerra. Seguimos su consejo, y durante muchos días, acompañados
de su hijo Diodoro, hicimos guerra a las liebres, los ciervos y los
jabalíes. No habiendo nada tan interesante como estudiar a un grande
hombre en su retiro, pasábamos una parte del día en conversación con
Jenofonte, escuchándole, haciéndole preguntas y enterándonos de todos
los pormenores de su vida privada. Encontrábamos en sus conversaciones
la dulzura y elegancia que reinan en sus escritos. Tenía a un mismo
tiempo el valor de las cosas grandes y de las pequeñas, debiendo a lo
uno una firmeza imperturbable, y a lo otro una paciencia invencible.
Algunos años antes estuvo expuesta su fortaleza a la prueba más dura
para un corazón sensible. Grillo, su hijo mayor, que servía en la
caballería ateniense, fue muerto en la batalla de Mantinea, y le
dieron la fatal noticia en ocasión que estaba rodeado de sus amigos
y criados haciendo un sacrificio. En medio de la ceremonia se oyó un
rumor confuso y lastimero, y acercándose un correo: «Los tebanos»,
dijo, «han vencido y Grillo...». Las lágrimas que inundaron sus ojos
le trabaron la lengua y no pudo acabar. «¿Cómo? ¿Ha muerto?», preguntó
el desgraciado padre quitándose la corona que ceñía su frente. «Sí,
después de las mayores proezas, y con sentimiento general de todo el
ejército», responde el correo. Al oír estas palabras, Jenofonte vuelve
a ponerse la corona y concluye el sacrificio. Quise hablarle un día de
esta pérdida, y se contentó con responderme: «¡Ay de mí! ¡Yo sabía que
era mortal!», y distrajo la conversación.
Otra vez le preguntamos cómo había conocido a Sócrates. «Era yo muy
joven», respondió, «cuando le encontré un día en una calle de Atenas
muy estrecha: impidiome el paso con su bastón y preguntome dónde
se encontraban las cosas necesarias para vivir. “En la plaza”, le
respondí. Y él me volvió a preguntar. “Pero ¿dónde se aprende a ser
hombre de bien?”. Viendo que yo titubeaba, añadió: “Seguidme, yo os lo
enseñaré”. Le seguí y ya no me separé de él hasta que fui al ejército
de Ciro. A mi vuelta supe que los atenienses habían dado muerte al
hombre más justo, y no tuve otro consuelo que el de transmitir por mis
escritos las pruebas de su inocencia a las naciones de la Grecia, y
quizás también a la posteridad». Viendo que tomábamos un interés tan
vivo y tan tierno, nos instruyó circunstanciadamente del sistema de
vida que Sócrates había adoptado, y nos expuso su doctrina tal como
era, limitada únicamente a la moral, sin mezcla de dogmas extraños,
exenta de todas aquellas discusiones de física y de metafísica que
Platón ha atribuido a su maestro. ¿Cómo podría yo vituperar, pues,
a Platón, a quien tanto respeto? Preciso es confesar, no obstante,
que se debe estudiar menos en sus diálogos que en los de Jenofonte
las opiniones de Sócrates. Jenofonte escribió con un talento de
conocimientos útiles, y ejercitado por mucho tiempo en la reflexión,
para hacer a los hombres mejores ilustrándolos. Tal era su amor a la
verdad que jamás se fundó en la política sino después de haber sondeado
la naturaleza de los gobiernos; en la historia, para referir los hechos
que en gran parte había él presenciado; en el arte militar, después de
haber servido y mandado con la mayor distinción; y en la moral, después
de haber practicado las lecciones que daba a los demás. He conocido
pocos filósofos tan virtuosos, y pocos hombres tan amables.