Viaje a la Élide. — Juegos olímpicos.
La Élide es un país reducido, cuyas costas baña el mar Jónico y se
divide en tres valles. En el más septentrional está la ciudad de Elis
y un río del mismo nombre, pero menos caudaloso que el de Tesalia; el
valle del medio es célebre por el templo de Zeus, situado cerca del río
Alfeo; el último se llama Trifilia.
Este país es de todos los del Peloponeso el más abundante y mejor
poblado. Sus fértiles campiñas están cubiertas de esclavos laboriosos,
y la agricultura florece en ellas porque el gobierno guarda con los
labradores cuantas consideraciones merecen estos últimos ciudadanos.
La ciudad de Elis es muy moderna, y está formada al estilo de otras
muchas ciudades de la Grecia, particularmente del Peloponeso, por la
reunión de muchas aldeas. Está adornada de templos, edificios suntuosos
y muchas estatuas, algunas de ellas obra de Fidias. Entre estos últimos
monumentos, vimos algunos en que el artista mostró tanto ingenio como
habilidad. Tal es el grupo de las Gracias en el templo que les está
consagrado. Su ropaje es suelto y elegante: la primera tiene un ramo
de mirto en honor de Afrodita, la segunda una rosa simbolizando la
primavera, la tercera una taba, símbolo de los juegos de la infancia; y
para que nada falte a los encantos de esta composición, la figura del
amor está en el mismo pedestal de las Gracias.
No hay cosa que dé más lustre a esta provincia que los juegos
olímpicos, celebrados de cuatro en cuatro años en honor de Zeus.
Los instituyó Heracles, y después de una larga interrupción fueron
establecidos por los consejos del célebre Licurgo y por el celo de
Ífito, soberano de una comarca de la Élide. Ciento y ocho años después,
fue inscrito por primera vez en los registros públicos de los eleos
el nombre del que ganó el premio de la carrera en el estadio, que se
llamaba Corebo. Este uso continuó, y de aquí vino aquella larga serie
de vencedores cuyos nombres, indicando las diferentes olimpiadas,
forman otros tantos puntos fijos para la cronología.
Iban a celebrarse los juegos por la centésima sexta vez cuando llegamos
a Elis. Todos los habitantes de la Élide se preparaban para esta
solemnidad augusta, y se había promulgado ya el decreto que suspende
toda hostilidad. Las tropas que entrasen entonces en esta tierra
sagrada debían ser condenadas a una multa de dos minas (610 reales) por
soldado.
Hace cuatro siglos que los eleos tienen a su cargo el gobierno de los
juegos olímpicos, y han dado a este espectáculo toda a perfección de
que era susceptible. En cada olimpiada se sacan por suerte los jueces
o presidentes de los juegos, en número de ocho, porque corresponde uno
a cada tribu. Se reúnen en Elis antes de la celebración de los juegos,
y durante el discurso de diez meses se instruyen por menor de las
funciones que deben desempeñar. A fin de juntar la experiencia a los
preceptos, ejercitan durante igual tiempo los atletas que han ido a
inscribirse para disputar el premio de la carrera, y de la mayor parte
de las contiendas a pie.
Luego que hubimos visto lo que más podía interesarnos, tanto en la
ciudad de Elis como en la de Cilene, que le sirve de puerto, partimos
para Olimpia, adonde se va por dos caminos; el uno por la llanura, de
trescientos estadios de largo (9 leguas y 3670 pasos) y el otro por las
montañas; escogimos el primero, y llegamos a Olimpia después de haber
visto al paso las ciudades de Dispontio y de Letrinos. Esta ciudad,
conocida también bajo el nombre de Pisa, está situada a la orilla
derecha del Alfeo, al pie de una colina que se llama el monte de Cronos.
El Altis contiene en su recinto los objetos más interesantes: es un
bosque sagrado, muy extenso y cercado, en el cual se encuentran el
templo de Zeus y el de Hera, el senado, el teatro y otros muchos
edificios hermosos, en medio de innumerables estatuas. El templo de
Zeus fue construido en el siglo último con los despojos tomados por los
eleos a algunos pueblos que se habían sublevado contra ellos.
Es de orden dórico, rodeado de columnas, y construido de piedra sacada
de las canteras inmediatas, pero tan lustrosa y tan dura como el
mármol de Paros. Tiene de altura de sesenta y ocho pies, de longitud
doscientos treinta, y de anchura noventa y cinco. Un hábil arquitecto
llamado Libón estuvo encargado de la construcción de este edificio,
y dos escultores no menos hábiles enriquecieron los frontispicios de
ambas fachadas con discretas composiciones. Este soberbio templo está
dividido por unas columnas en tres naves. Apenas se entra en él cuando
las miradas se dirigen rápidamente a la estatua y al trono de Zeus.
Esta obra clásica de Fidias y de la escultura hace a primera vista
una impresión tanto más profunda cuanto más se examina. La efigie de
Zeus es de oro y marfil, y, aunque sentada, llega casi al plafón del
templo. En la mano derecha tiene una victoria, también de oro y marfil,
en la izquierda un cetro primorosamente trabajado, enriquecido con
varios metales y coronado con un águila; el calzado es de oro como
también el manto, en el cual hay esculpidos animales y flores, y sobre
todo lirios. El trono descansa en cuatro pies y sobre unas columnas
intermediarias de la misma altura que los pies; todo está refulgente de
oro, marfil, ébano y piedras preciosas, y le decoran varias pinturas y
bajos relieves.
Fidias aprovechó los menores espacios para multiplicar los adornos.
Encima de la cabeza del dios, en la parte superior del trono, se ven
a un lado las tres Gracias que tuvo de Eurínome, y las Estaciones
que tuvo de Temis. Distínguense otros muchos bajos relieves, tanto
en la peana como en la basa o estrado que sostiene aquella enorme,
masa, la mayor parte de ellos de oro, y representando las divinidades
del Olimpo. A los pies de Zeus se lee esta inscripción: _Soy obra de
Fidias, ateniense, hijo de Cármides_. Además de su nombre, el artista,
para eternizar la memoria y la belleza de un joven amigo suyo llamado
Pantarces, grabó su nombre en uno de los dedos de Zeus.
Causa sorpresa la grandeza de la empresa y la riqueza de la materia,
la excelencia del trabajo y la feliz armonía de todas las partes; pero
aún sorprende más la expresión sublime que el artista ha sabido dar a
la cabeza de Zeus. La divinidad misma parece allí infundida con todo
el esplendor de su poder, toda la profundidad de su sabiduría y la
dulzura de su bondad. Antes los artistas no representaban al soberano
de los dioses sino con facciones comunes, sin nobleza y sin carácter
distintivo. Fidias fue el primero que, digámoslo así, alcanzó a la
majestad divina. ¿En qué fuente bebió, pues, tan altas ideas? Él
mismo respondió a los que le hacían esta pregunta citando los versos
de Homero en que este poeta dice que una mirada de Zeus basta para
estremecer el Olimpo.
Desde el templo de Zeus pasamos al de Hera, que es igualmente de orden
dórico, rodeado de columnas, pero mucho más antiguo que el primero. La
mayor parte de las estatuas que hay en él, ya de oro, ya de marfil,
descubren la rudeza del arte, aunque no tienen aún trescientos años de
antigüedad. Cerca de este templo se celebran unos juegos en los cuales
presiden dieciséis mujeres respetables por su virtud, no menos que por
su cuna.
Saliendo de allí recorrimos las calles del recinto sagrado. Entre los
plátanos y los olivos que cubren con su sombra aquellos sitios, se
ofrecían a nuestra vista por todas partes columnas, trofeos, carros
triunfales, estatuas sin número de bronce y mármol, unas de los
dioses y otras de los vencedores. Mientras admirábamos estas obras de
escultura, nuestros intérpretes nos hacían largas relaciones y nos
contaban anécdotas relativas a aquellos cuyo retrato nos enseñaban.
Después de haber visto con detención dos carros de bronce, en uno
de los cuales estaba Gelón, rey de Siracusa, y en el otro Hierón,
su hermano y sucesor, nos hicieron observar de cerca la estatua de
Cleómedes. «Este atleta», nos dijeron, «habiendo tenido la desgracia
de matar a su adversario en el combate de la lucha, los jueces para
castigarle le privaron de la corona, y esto le hizo tanta sensación que
perdió el juicio. Algún tiempo después entró en una casa de educación
de la juventud, asió una columna que sostenía el techo, la derribó, y
perecieron bajo las ruinas del edificio cerca de sesenta niños.
»Esta yegua que aquí veis, la llamaban Viento a causa de su ligereza.
Un día que corría en el estadio, Filotas, que la montaba, se dejó
caer: ella continuó la carrera, dobló el límite y fue a pararse ante
los jueces que concedieron la corona a su amo, y le permitieron que
se representase aquí con el instrumento de su victoria. Este otro
atleta llevó su estatua al hombro, y él mismo la puso en este sitio.
Es el célebre Milón; aquel que en la guerra de los habitantes de
Crotona, su patria, contra los de Síbaris estuvo a la cabeza de las
tropas, y ganó una famosa victoria. Triunfó muchas veces en nuestros
juegos y en los de Delfos, haciendo siempre en ellos pruebas de sus
fuerzas prodigiosas. Algunas veces se ponía sobre una losa untada
de aceite para hacerla más resbaladiza, y a pesar de todo no podían
menearle los más fuertes vaivenes; otras veces empuñaba una granada
y, sin estrujarla, la tenía tan apretada que los atletas más forzudos
no podían abrir sus dedos para arrancársela. Se cuenta también que
recorrió el estadio llevando un buey al hombro, y que encontrándose
un día en una casa con los discípulos de Pitágoras, les salvó la vida
sosteniendo la columna en que se apoyaba el plafón próximo a caer; en
fin, se dice que en su vejez llegó a ser presa de las fieras porque sus
manos se encontraron atrapadas en el tronco de un árbol medio abierto
con sus uñas, y que él intentaba acabar de abrir».
En tanto que nos deteníamos con estas cosas, llegaban en cuadrillas
las gentes a Olimpia, por mar y por tierra, de todas las partes de la
Grecia y de los países más lejanos, presurosos por ver estas fiestas
cuya celebridad excede infinitamente a las demás solemnidades, y que
en el día carecen de un atractivo que antes las hacía más magníficas;
pues ya no se permite en ellas la concurrencia de mujeres a causa de
la desnudez de los atletas. El primer día de las fiestas empieza once
días después de la luna nueva, pasado el solsticio de estío. Duran
cinco días, y al fin del último se hace la proclamación solemne de
los vencedores. Abriéronse las fiestas por la tarde dando principio
con muchos sacrificios ofrecidos en altares dedicados a muchas
divinidades, tanto en el templo de Zeus como en las cercanías. Las
ceremonias duraron hasta muy entrada la noche, y se hicieron al son de
instrumentos, a la claridad de la luna, próxima a estar llena, con tal
orden y magnificencia que inspiraban a un tiempo sorpresa y respeto.
A media noche cuando se acabaron, la mayor parte de los concurrentes
fueron a situarse en la carrera para gozar mejor del espectáculo de los
juegos que iban a dar principio.
La carrera olímpica se divide en dos partes: el estadio y el hipódromo.
El estadio es una calzada de seiscientos pies de largo y de anchura
proporcionada. Allí se hacen las corridas a pie, y se dan la mayor
parte de los combates. El hipódromo es para las corridas de carros y de
caballos; uno de sus lados se extiende por un collado, y el otro, algo
más largo, es formado por una calzada: tiene seiscientos pies de ancho,
doble de largo, y está separado del estadio por medio de un edificio
llamado la barrera, que es un pórtico delante del cual hay un patio
espacioso en figura de una proa de nave; sus paredes van acercándose la
una a la otra, y dejan a su extremidad una abertura más capaz para que
puedan pasar a la vez muchos carros. El estadio y el hipódromo están
adornados de estatuas, de altares y de otros monumentos.
Al rayar el alba fuimos al estadio, que estaba ya lleno de atletas
preludiando los combates, y rodeado de muchos espectadores; pero
había mucho mayor número puestos confusamente sobre una colina que se
presenta en anfiteatro más arriba de la carrera. Luego que hubieron
ocupado sus asientos los ocho jueces presidentes de los juegos,
vestidos magníficamente, gritó un heraldo diciendo: «Preséntense los
corredores del estadio», y al punto se presentó un gran número de
ellos que se formaron en línea, según el puesto que la suerte les
había señalado, y entonces el heraldo publicó sus nombres y el de
su patria. Si estos nombres se habían hecho ilustres con victorias
precedentes, eran aplaudidos repetidas veces. Después de que el
heraldo hubo añadido: «¿Hay alguien que acuse a alguno de estos
atletas de haber estado preso o tenido mala vida?», guardó todo el
mundo un silencio profundo, y en aquellos hombres del pueblo prontos
a disputarse unas hojas de olivo, solamente vi ya hombres libres que
se proponían sostener la gloria de su patria. En las miradas inquietas
de los espectadores se veían pintados el temor y la esperanza, cuyos
sentimientos eran más vivos a proporción que se acercaba el instante
que debía desvanecerlos. La trompeta da en fin la señal, parten los
corredores, llegan en un abrir y cerrar de ojos al término donde
estaban los presidentes de los juegos; el heraldo proclama el nombre
de Poro de Cirene, y mil bocas lo repiten. El honor que lograba es el
primero y más lucido, porque la carrera del estadio sencillo es la más
antigua de cuantas han sido admitidas en estas fiestas.
En los días siguientes fueron llamados otros campeones a recorrer el
estadio doble; es decir, que después de haber llegado al fin y dado
vuelta a la meta, debían retroceder al punto de donde partieron.
Estos últimos fueron reemplazados por otros atletas que corrieron
doce veces a lo largo del estadio. Algunos concurrieron a muchos
de estos ejercicios y ganaron más de un premio. Los vencedores no
debían ser coronados hasta el último día de las fiestas, pero al
fin de su carrera recibieron o más bien tomaron una palma que les
estaba destinada. Este momento fue para ellos el principio de una
serie de triunfos. Cada uno se apresuraba a verlos, a felicitarlos:
sus parientes, sus amigos, sus compatriotas les llevaban en hombros
para que los viesen los concurrentes que esparcían sobre ellos
flores a manos llenas. Al día siguiente, muy temprano, fuimos al
hipódromo, donde debían ejecutarse las corridas de caballos y de
carros. Únicamente las gentes ricas pueden dar estos espectáculos, que
cuestan mucho. Como los que aspiran a los premios no están obligados
a disputarlos por sí mismos, los soberanos y las repúblicas entran
muchas veces en el número de los concurrentes, y confían su gloria a
diestros escuderos. En la lista de los vencedores se hallan Terón,
rey de Agrigento; Gelón e Hierón, reyes de Siracusa; Arquelao, rey de
Macedonia; Pausanias, rey de Lacedemonia; y otros muchos, como también
muchas ciudades de la Grecia.
Mientras esperábamos la señal, nos advirtieron que mirásemos
atentamente a un delfín de bronce puesto al principio de la lid, y
a un águila del mismo metal colocada en el altar en medio de la
barrera. En breve vimos que el delfín se bajaba y ocultaba en tierra,
y que el águila se elevaba con las alas abiertas mostrándose a los
espectadores; y al mismo instante un gran número de jinetes se lanzaron
en el hipódromo, y pasaron por delante de nosotros con la rapidez
del relámpago dando vuelta a la meta que está en la otra parte: los
unos separándose en medio de la carrera, y los otros precipitándola,
hasta que uno de ellos, redoblando sus esfuerzos, dejó atrás a sus
competidores afligidos.
El vencedor había disputado el premio de la carrera en nombre de
Filipo, rey de Macedonia, que aspiraba a toda suerte de gloria, y que
se vio de repente tan satisfecho que pedía a la fortuna que moderase
sus beneficios con una desgracia. Efectivamente, en muy pocos días ganó
esta victoria en los juegos olímpicos, Parmenio, uno de sus generales,
derrotó a los ilirios, y su esposa dio a luz un hijo, que es el famoso
Alejandro.
Después de que los atletas que apenas habían salido de la infancia
anduvieron la misma carrera, se llenó esta de una multitud de carros,
unos tras de otros, y al punto que se oyó la señal, se vieron los
corredores cubiertos de polvo, cruzarse, tropezar y arrastrar los
carros con tal rapidez que apenas podía seguirlos la vista. Aumentábase
su impetuosidad cuando oían el son estrepitoso de las trompetas
situadas cerca de la meta, famosa por los naufragios que ocasiona.
Puesta en lo ancho de la carrera, solo deja para el paso de los
carros un desfiladero muy estrecho, donde se estrella muchas veces la
habilidad de los conductores. El peligro es tanto más terrible cuanto
es menester doblar la meta hasta doce veces, porque hay que correr
otras tantas a lo largo del hipódromo a la ida y a la vuelta.
A cada evolución ocurría algún accidente que excitaba la compasión o la
risa insultante de los espectadores. Algunos carros fueron arrojados
fuera de la lid, otros se estrellaron chocándose con violencia: la
carrera estaba sembrada de despojos que hacían de este modo más
peligrosa la lid. No quedaban ya más de cinco competidores, que eran
un tesalio, un libio, un siracusano, un corintio y un tebano. Los tres
primeros iban a doblar ya la meta por última vez. El tesalio tropieza
en este escollo, cae enredado con las riendas, y mientras sus caballos
caen sobre los del libio que le iba al alcance, y los del siracusano
se precipitan en un barranco cerca de la carrera en aquel sitio;
mientras que por todas partes resuenan en fin mil agudos gritos, el
corintio y el tebano llegan, se aprovechan del momento favorable, pasan
la meta, aguijan sus fogosos caballos y se presentan a los jueces,
quienes conceden el primer premio al corintio y el segundo al tebano.
Mientras duraron las fiestas, y en ciertos intervalos del día,
dejábamos el espectáculo y recorríamos las cercanías de Olimpia,
volviendo muchas veces al recinto sagrado. Allí se nos ofrecían por
todas partes objetos sorprendentes de fasto y de vanidad, porque los
juegos atraen a todos aquellos que han adquirido celebridad o que
quieren adquirirla por sus talentos, su saber o sus riquezas; así
es que iban a exponerse a las miradas de la multitud, que siempre
corre presurosa tras de aquellos que tienen o afectan tener alguna
superioridad.
Después de la batalla de Salamina dejose ver Temístocles en medio del
estadio que inmediatamente resonó en aplausos en honor suyo. Nadie
atendió ya a los juegos, y todos fijaron su atención en él durante el
día. Mostraban a los extranjeros con gritos de alegría y admiración,
aquel hombre que había salvado la Grecia, y Temístocles confesó que
este día había sido el más hermoso de toda su vida.
Supimos que en la última olimpiada ganó Platón un triunfo casi
semejante. Cuando se presentó en estos juegos todo el concurso fijó
la vista en él, y le manifestó con expresiones las más lisonjeras
la alegría que inspiraba su presencia. Nosotros fuimos testigos de
una escena más tierna todavía. Un anciano buscaba donde colocarse, y
después de haber recorrido muchas gradas, repelido siempre por las
chocarrerías ofensivas, llegó donde estaban los lacedemonios. Todos los
jóvenes y la mayor parte de los hombres se levantaron y le ofrecieron
sus asientos. Oyose al instante un gran palmoteo y aplauso por todas
partes, y el anciano enternecido no pudo menos de decir: «Los griegos
conocen las reglas de la buena crianza, los lacedemonios las practican».
Seguíamos constantemente oyendo las lecturas que se hacían en Olimpia.
Los presidentes de los juegos asistían allí algunas veces, y el pueblo
concurría también afanoso. Un día que al parecer escuchaba con más
atención que otros, se oyó resonar por todas partes el nombre de
Polidamas, e inmediatamente acudieron a verle todos los circunstantes.
Era Polidamas un atleta de Tesalia, de una corpulencia y vigor
prodigiosos. Se contaba de él que hallándose sin armas en el monte
Olimpo, venció a un león enorme que expiró por sus golpes; que habiendo
sujetado a un furioso toro, el animal no pudo escaparse sino dejando
una pezuña entre sus manos; y que los caballos más vigorosos no podían
arrastrar un carro que él tuviese agarrado con una sola mano por la
trasera. Había ganado muchas victorias en los juegos, pero habiendo
venido muy tarde a Olimpia en esta ocasión, no fue posible admitirle
al concurso. Más adelante supimos el trágico fin de este hombre
extraordinario. Había entrado con algunos amigos suyos en una caverna
para guardarse del calor; abriose la bóveda de la caverna, huyeron sus
amigos, y, queriendo él sostener el monte, quedó allí sepultado.
Me falta hablar de los ejercicios que exigen más fuerza que los
precedentes, tales como la lucha, el pugilato, el pancracio y el
pentatlo. Interrumpiré el orden con que se dieron estos combates y
empezaré por la lucha.
El objeto de este ejercicio es el derribar al adversario y obligarle
a declararse vencido. Presentáronse tres parejas de luchadores para
combatir, y el séptimo quedó reservado para combatir contra los
vencedores de los otros. Se desnudaron enteramente y, después de
haberlos frotado con aceite, se revolcaron en la arena a fin de que
sus adversarios no pudiesen hacer tanta presa en ellos al asirse.
Presentáronse al punto en el estadio un tebano y un argivo, se acercan,
mídense con la vista y se empuñan por los brazos. Ya apoyando su
frente el uno contra el otro se impelen con fuerza igual, parecen
inmóviles, y se rechazan con esfuerzos inútiles; ya se mueven con
violentas sacudidas, se enredan como serpientes, se estiran y encogen,
se doblan hacia delante, hacia atrás y a los lados, bañan en sudor
copioso sus miembros debilitados, respiran un momento, se agarran por
medio del cuerpo, y después de haber empleado de nuevo la astucia y la
fuerza el tebano levanta a su adversario, pero le dobla el peso; caen,
revuélcanse en el polvo, y tan pronto está uno encima como debajo. Al
fin el tebano, entrelazando sus piernas y sus brazos, suspende todos
los movimientos del contrario, a quien tiene debajo, le aprieta la
garganta, y le precisa a levantar la mano indicando estar vencido.
Mas no basta para ganar la corona, porque es menester que el vencedor
derribe lo menos tres veces a su rival, y comúnmente vienen a las
manos por tres veces. El argivo ganó en la segunda acción, y el tebano
nuevamente en la tercera.
Habiendo acabado sus combates los demás luchadores, los vencidos se
retiraron llenos de vergüenza y de dolor. Quedaron vencedores un
agrigentino, un efesio, y el tebano de quien he hablado. Quedaba
también un rodio reservado por suerte. Tenía este la ventaja de entrar
descansado en la lid, pero no podía ganar el premio si no ganaba más
de un combate. Triunfó del agrigentino, le echó por tierra el efesio,
que luego fue vencido por el tebano, y este último ganó la palma.
No se permite en la lucha dar golpes al adversario, y en el pugilato
solo se permiten los golpes. Ocho atletas se presentaron para este
último ejercicio, y fueron, así como los luchadores, pareados por
suerte. Tenían la cabeza cubierta con un casco de bronce y los puños
sujetos con una especie de guantes hechos de listas de cuero que se
cruzaban por todos lados. Las embestidas fueron tan variadas como los
accidentes que se siguieron. Algunas veces se veían dos atletas hacer
diversos movimientos para que el sol no les diese en la vista, pasar
horas enteras observándose, en espiar cada uno el instante en que su
adversario dejase indefensa una parte del cuerpo, en tener los brazos
levantados y tendidos de modo que estuviese su cabeza a cubierto,
o agitándolos rápidamente para impedir que se acercase el enemigo.
Algunas veces se acometían con furor y se descargaban uno a otro muchos
golpes. Vimos que, precipitándose algunos con el brazo levantado
sobre el enemigo, pronto a evitar el golpe, caían a plomo en tierra y
se quebrantaban todo el cuerpo; otros, exánimes y llenos de heridas
mortales, se incorporaban de repente y desesperados tomaban nuevas
fuerzas; otros, en fin, que los retiraban del campo de batalla con
el rostro desfigurado enteramente y sin otras señales de vida que la
sangre que vomitaban a borbotones.
En los demás ejercicios es fácil juzgar del éxito. En el pugilato es
preciso que uno de los dos combatientes confiese su derrota; pero en
tanto que le queda un grado de fuerza, no desespera de la victoria,
porque esta puede depender de su fortaleza y obstinación. Nos contaron
que habiendo roto a un atleta los dientes de un golpe terrible, tomó
el partido de tragárselos, y viendo su rival lo infructuoso de su
ataque, creyéndose perdido sin recurso se confesó vencido.
Al pugilato sucedió el combate del pancracio, ejercicio compuesto del
primero y del de la lucha. Los atletas no deben asirse al cuerpo, y por
esta razón no llevan guantes: la acción terminó en breve. Había venido
en la víspera un sicionio llamado Sóstrato, célebre por las muchas
coronas que había ganado y las circunstancias que dieron motivo a ello.
A su vista se apartaron la mayor parte de sus rivales, y los demás a
sus primeros ensayos.
Siguió al pancracio el pentatlo, juego que comprende no solamente la
carrera a pie, la lucha, el pugilato y el pancracio, sino también el
salto, el tiro del disco y el del venablo. Los atletas que disputan el
premio, para ganarle deben triunfar a lo menos en los tres primeros
combates en que entran.
El último día de las fiestas se destinó a coronar a los vencedores,
cuya ceremonia se hizo en el bosque sagrado, y fue precedido de
sacrificios pomposos. Cuando se acabaron, los vencedores, siguiendo
a los presidentes de los juegos, fueron al teatro vestidos
magníficamente, y llevando una palma en la mano. Iban embriagados de
alegría, al son de flautas y rodeados de un inmenso pueblo, cuyos
aplausos resonaban en los aires. Habiendo llegado al teatro, los
presidentes de los juegos mandaron que empezase el himno compuesto
en otro tiempo por el poeta Arquíloco y destinado a ensalzar la
gloria de los vencedores y el brillo de las ceremonias. Luego que
los espectadores unieron en cada estribillo sus voces a la de los
músicos, levantose el heraldo y anunció que Poro de Cirene había
ganado el premio del estadio. Este atleta se presentó ante el decano
de los presidentes, que ciñó su frente con una corona de olivo
silvestre, cogida como todas las que se distribuyen en Olimpia, de
un árbol que hay detrás del templo de Zeus, y ha llegado a ser por
su destino el objeto de la veneración pública. Fueron tantas las
expresiones de veneración y de alegría en aquel momento, renovando
las que profusamente le honraron en el acto de ganar la victoria, que
Poro me pareció en el colmo de la gloria. Nos dijeron en esta ocasión
que el sabio Quilón expiró de gozo abrazando a su hijo que acababa
de triunfar, y que la asamblea de los juegos olímpicos miró como un
deber el asistir a sus funerales. En el último siglo, añadieron,
nuestros padres fueron testigos de una escena más interesante todavía.
Diágoras de Rodas que había ensalzado el lustre de su nacimiento con
una victoria ganada en nuestros juegos, trajo a estos lugares dos hijos
suyos que concurrieron y merecieron la corona. Apenas la hubieron
recibido, cuando ciñeron con ella la frente de su padre, y llevándole
en sus hombros, le pasearon en triunfo por en medio de los espectadores
que lo felicitaban, echándole flores, y diciéndole algunos: «Morid,
Diágoras, morid; pues ya nada tenéis que desear». El anciano, no
pudiendo resistir a su dicha, expiró en medio de la asamblea,
enternecido al ver este espectáculo, y bañado en el llanto de sus hijos
que le estrechaban con sus brazos.
El día mismo de la coronación ofrecieron los vencedores sacrificios
en acción de gracias. Fueron inscritos en los registros públicos de
los eleos, y les dieron un magnífico banquete en una de las salas del
Pritaneo. En los días siguientes dieron ellos mismos otro convite,
aumentando los placeres de él con la música y la danza. Encomendose
luego a la poesía que inmortalizase sus nombres, y a la escultura que
los representase en el mármol o en bronce, demostrando algunos la misma
actitud, en que estaban cuando ganaron la victoria. Según el uso
antiguo, estos hombres, colmados ya de honores en el campo de batalla,
vuelven a entrar en sus casas con toda la ostentación y el aparato del
triunfo, precedidos y seguidos de una comitiva numerosa; vestidos de
una ropa de púrpura y a veces en un carro de dos o cuatro caballos,
por una brecha que se abre en las murallas de la ciudad. En ciertos
parajes, el tesoro público les asigna una pensión decente, y en otras
quedan exentos de toda carga concejil; en Lacedemonia tienen el honor
de pelear al lado del rey en un día de batalla. Casi en todas partes
tienen asiento de preferencia en la representación de los juegos,
y el título de vencedor olímpico, agregado a su nombre, les da una
estimación y respeto que contribuyen a su bienestar durante su vida.
Algunos hacen que las distinciones que reciben recaigan en beneficio de
los caballos que se las han proporcionado, para lo cual les procuran
una vejez dichosa, les dan honras, sepultura, y aun a veces les erigen
pirámides sobre ellas.