CAPÍTULO XXXV.

Viaje a Mégara, a Corinto, a Sición y a Acaya.

(Año 356 antes de J. C.) Pasamos el invierno en Atenas; después de

haber viajado por las provincias septentrionales de la Grecia, nos

quedaba por recorrer aún las del Peloponeso, y a la entrada de la

primavera nos pusimos en camino.

Atravesamos la ciudad de Eleusis, y entramos en la Megáride, que separa

los estados de Atenas y los de Corinto, donde se encuentran algunas

ciudades y lugares, cuya capital es Mégara. Hay en esta ciudad una

célebre escuela de filosofía, fundada por Euclides, que era uno de los

más celosos discípulos de Sócrates. A pesar de la distancia del sitio,

no obstante la pena de muerte impuesta por los atenienses contra todo

megarense que se atreviera a traspasar sus límites, le vieron más de

una vez salir por la tarde disfrazado de mujer y volver al hacerse de

día. Examinaban juntos en qué consistía el verdadero bien. Sócrates,

que dirigía sus investigaciones hacia este único punto, solo hizo uso

de medios sencillos para alcanzarlo, pero Euclides, muy versado en

los escritos de Parménides y en la escuela de Elea, recurrió luego

al medio de las abstracciones, medio comúnmente peligroso, y muchas

veces impenetrable. Sus principios son muy conformes a los de Platón,

pues decía que el verdadero bien debe ser uno, siempre el mismo. Era

necesario definir sus diferentes propiedades, y bajo este concepto lo

que más nos importa vino a ser lo más difícil de comprender. El método

adoptado de oponer a una proposición la proposición contraria y de

limitarse a disputar sobre ellas mucho tiempo fue lo que más contribuyó

a oscurecerlo. Descubriose entonces un instrumento y con él se aumentó

la confusión más y más; hablo aquí de las reglas del silogismo, cuyos

tiros tan terribles como imprevistos, derriban al adversario que no

es bastante diestro para evadirse de ellos. En breve, valiéndose las

sutilezas de la metafísica, de las astucias de la lógica, las palabras

tomaron el lugar de las cosas, y los discípulos no bebieron en las

escuelas más que el espíritu de acrimonia y de contradicción, llegando

a ser así más celosos para hacer triunfar el error en vez de la verdad.

Para ir al istmo de Corinto, tomamos un guía que nos llevó por alturas

sobre una cornisa abierta en peña, estrechísima y escabrosa, muy

elevada del mar por la falda de un monte que levanta su cabeza hasta

las nubes. Este es el famoso desfiladero donde se dice que estaba

Esciro, aquel que arrojaba los viajeros al mar después de haberlos

robado, y a quien Teseo hizo sufrir el mismo género de muerte.

No hay cosa más espantosa que este paso a primera vista; no nos

atrevíamos a detener nuestras miradas en el abismo, los mugidos de

las olas parecía que a cada instante nos advertían que estábamos

suspensos entre la muerte y la vida. Familiarizados luego con el

peligro, gozamos con placer de un espectáculo interesante. Los

vientos impetuosos que penetraban por la cumbre de los peñascos que

teníamos a la derecha bramaban sobre nuestras cabezas, y, divididos en

torbellinos, caían a plomo sobre diferentes puntos de la superficie

del mar y la alborotaban blanqueándola de espuma en ciertos parajes,

mientras que en los espacios intermedios quedaba unida y tranquila.

El sendero que seguíamos se prolonga durante unos cuarenta estadios

(legua y media), subiendo y bajando alternativamente hasta cerca de

Cromión, puerto y castillo de los corintios, lejano de su capital

ciento y veinte estadios (cuatro leguas y media). Costeando el mar por

un camino más cómodo y alegre llegamos al sitio en que la anchura del

istmo solo es de cuarenta estadios (una legua y 4280 pasos). Allí es

donde los pueblos del Peloponeso han tomado algunas veces el partido de

atrincherarse, y allí también donde celebran los juegos ístmicos, cerca

de un templo de Poseidón y un bosque de abetos consagrado al mismo.

La ciudad de Corinto está situada al pie de un monte en el cual han

edificado una ciudadela. El mar de Crisa y el Sarónico vienen a expirar

a sus pies, y la hermosean un gran número de edificios sagrados y

profanos, antiguos y modernos. Después de haber visto la plaza,

adornada, según el uso, de templos y estatuas, vimos el teatro donde la

asamblea del pueblo delibera sobre los asuntos de estado, y celebran

los certámenes de música y otros juegos que acompañan a las fiestas.

Nos enseñaron el sepulcro de los hijos de Medea, muertos a pedradas

por los corintios y arrancados por estos de los altares, donde esta

madre desgraciada los había depositado. En castigo de este crimen, una

enfermedad epidémica arrebataba de la cuna todos los niños, hasta que,

dóciles a la voz del oráculo, se obligaron a honrar todos los años la

memoria de las víctimas sacrificadas a su furor.

Hay en Corinto muchos almacenes y manufacturas: hacen en esta ciudad,

entre otras cosas, colchas de cama muy apreciadas de las demás

naciones; expende mucho para adquirir estatuas y pinturas de buenos

artífices, pero no ha producido hasta ahora ninguno de aquellos

artistas que hacen tanto honor a la Grecia, ya sea porque no tiene

para las obras clásicas otro gusto que el de mero lujo, o ya que

la naturaleza, reservándose el derecho de crear los genios, deja a

los soberanos el cuidado de buscarlos y hacerlos patentes. Esto no

obstante, se aprecian ciertas obras de bronce y de barro cocido,

que se hacen en Corinto: sus mujeres se distinguen por su hermosura,

los hombres por la afición al lucro y los placeres. Destruyen su

salud con los excesos de la gula, y el amor no es entre ellos más

que una licencia desenfrenada. Su principal divinidad es Afrodita

a quien están consagradas varias rameras, para que les alcancen su

patrocinio. En las grandes calamidades, en los riesgos inminentes,

asisten a los sacrificios y van en procesión con los demás ciudadanos,

cantando himnos sagrados. Voy a dar una idea de las mudanzas que ha

experimentado el gobierno de Corinto.

Cerca de doscientos años después de la guerra de Troya, y al cabo

de treinta de la vuelta de los Heráclidas, Aletes, que descendía de

Heracles, obtuvo el reino de Corinto, y su familia lo poseyó por

espacio de cuatrocientos diecisiete años. La dignidad real fue después

abolida, y el poder supremo puesto en manos de doscientos ciudadanos

que todos debían ser de la sangre de los Heráclidas. Ochenta años

después, restableció Cípselo la dignidad real, que subsistió en su

casa por espacio de setenta y tres años. Pasado este intervalo de

tiempo, habiendo juntado los corintios sus tropas a las de Esparta,

establecieron su gobierno que ha subsistido siempre porque propende más

a la oligarquía que a la democracia, y los asuntos importantes no se

someten en él a la decisión arbitraria de la multitud. Corinto, más que

ninguna ciudad de la Grecia, ha producido ciudadanos hábiles en el arte

de gobernar.

Sición dista poco de Corinto. Pasamos muchos ríos antes de llegar a

aquella ciudad: su territorio, que produce abundantemente trigo, vino y

aceite, es uno de los países más bellos y más ricos de la Grecia. Los

sicionios atribuyen la fundación de su ciudad a una época poco conforme

con las tradiciones de los demás pueblos. Astrato, en cuya casa nos

hospedamos, nos enseñó una larga lista de los príncipes que ocuparon

el trono por espacio de cien años, y de los cuales el último vivía,

poco más o menos, en el tiempo de la guerra de Troya; pero nosotros

le suplicamos que no nos llevase a tiempos tan remotos, y que tampoco

se alejase de tres o cuatro siglos. «Entonces fue», nos dijo, «cuando

pareció una sucesión de soberanos que, para conservar su autoridad

absoluta durante un siglo entero, la contuvieron en sus justos límites

respetando las leyes. Ortágoras fue el primero de ellos y Clístenes el

último. El uno reprimió con su moderación y su prudencia el furor de

las facciones, y el otro se hizo adorar por sus virtudes y temer por su

valor».

Vimos la ciudad, el puerto y la ciudadela. Sición figurará en la

historia de las naciones por el esmero con que allí ha cultivado

las artes. Hacia la primera olimpiada (año 776 antes de J. C.), los

artistas de esta ciudad y los de Corinto, que habían manifestado más

inteligencia en sus dibujos que todos cuantos les habían precedido,

se distinguieron por los ensayos de que se ha conservado memoria y

que causaron admiración por su novedad. Mientras que Dédalo de Sición

separaba los pies y las manos de las estatuas, Cleofanto de Corinto

daba colorido a las facciones del rostro, haciendo uso para ello de

ladrillo cocido y pulverizado.

Hacia el tiempo de la batalla de Maratón, la pintura y la escultura

salieron de su larga infancia, y los progresos rápidos que hicieron la

han llevado al grado de belleza y majestad en que hoy la vemos. Casi

en nuestros días ha producido Sición a Eupompo, jefe de una tercera

escuela de pintura. Antes de él, únicamente se conocían las de Atenas y

de Jonia. De la suya han salido ya artistas célebres, como son, entre

otros, Pausias y Pánfilo, que la dirigía cuando hicimos mansión en

esta ciudad. Sus talentos y su reputación lo atrajeron un gran número

de discípulos que le pagaban un talento (21.117 reales) antes de ser

recibidos. Él, por su parte, se obligaba a darles durante diez años

lecciones fundadas en una excelente teoría y justificadas por el éxito

de sus obras: al mismo tiempo les exhortaba a que cultivasen las letras

y las ciencias, en las cuales estaba muy versado.

Siguiendo su consejo, los magistrados de Sición mandaron que el estudio

del dibujo se comprendiese en adelante en la educación de la juventud,

y que las bellas artes no se entregasen a manos mercenarias. Las demás

ciudades de la Grecia, movidas de este ejemplo, empezaron a conformarse

con él de allí a poco tiempo. Conocimos a dos de sus discípulos que han

adquirido después renombre, cuales son Melanto y Apeles. Tenía grandes

esperanzas del primero y aun mayores del segundo, que se vanagloriaba

de tener tal maestro. Pánfilo se felicitó también en breve de tener tal

discípulo.

Pasamos algunos días en Sición y entramos en la Acaya que es una faja

de tierra limitada al mediodía por la Arcadia y la Élide, y al norte

por el mar de Crisa. Las costas están casi por todas partes erizadas

de peñascos. En lo interior del país la tierra es floja y estéril,

aunque se encuentran buenos viñedos en algunos parajes. Este país fue

ocupado en otro tiempo por los jonios que hoy habitan en la costa

del Asia, y fueron arrojados por los aqueos, cuando estos se vieron

forzados a ceder a los descendientes de Heracles los reinos de Argos

y de Lacedemonia. Establecidos los aqueos en sus nuevas moradas, ya

no se mezclaron en los asuntos de la Grecia hasta que sobrevino la

guerra del Peloponeso. Entonces dejaron su reposo, y se unieron unas

veces a los atenienses y otras a los lacedemonios. Después han hecho

muchas alianzas: algunos años después de nuestro viaje, sus tropas se

distinguieron en la batalla de Queronea.

Habiendo visto ya a Pelene, ciudad pequeña edificada en la falda de

una colina, así como un templo de Dioniso, donde se celebran todos

los años, en una noche, la fiesta de las lámparas, pasamos a Egira,

donde vimos algunos monumentos. Entramos también en una gruta que se

encuentra cerca de esta ciudad, la cual es la mansión de un oráculo

que se vale de la suerte de los dados para anunciar lo futuro. Más

allá todavía vimos las ruinas de Hélice, en otro tiempo lejana del

mar doce estadios (1587 pasos y 5 pies) y destruida en nuestros días

por un temblor de tierra. Todos los habitantes perecieron en esta

espantosa catástrofe, siendo en vano que en los días siguientes se

tratase de sacar sus cuerpos para darles sepultura. Las oscilaciones

del terremoto dícese que no se sintieron en la ciudad de Egio, distante

únicamente cuarenta estadios de Hélice, (una legua y 1290 pasos) pero

llegaron hasta la costa opuesta, y en la ciudad de Bura, que no distaba

de Hélice más que Egio, muros, casas, templos, estatuas, hombres y

animales, todo pereció. Los ciudadanos ausentes edificaron a su vuelta

la ciudad que subsiste hoy día. Después de la destrucción de Hélice,

Egio aumentó su territorio con el de aquella ciudad, y llegó a ser la

principal de la Acaya. En esta ciudad se convocan los estados de las

provincias, los cuales se reúnen en las inmediaciones, en un bosque

consagrado a Zeus cerca del templo de este dios, y a la orilla del mar.

La Acaya está desde los tiempos más antiguos dividida en doce ciudades,

que comprende cada una siete u ocho lugares en su distrito, y todas

tienen derecho de enviar diputados a la asamblea ordinaria que se

celebra al principio de su año, hacia el medio de la primavera. En ella

se expiden los reglamentos que exigen las circunstancias, y se nombran

los magistrados que los deben ejecutar y que pueden convocar asambleas

extraordinarias, cuando sobreviene una guerra o es menester deliberar

sobre una alianza.

Yendo a Patras pasamos por muchas ciudades y lugares, porque la Acaya

está muy poblada. Antes de llegar a dicha ciudad, nos apeamos en un

bosque delicioso, donde muchos jóvenes se ejercitaban en las carreras.

En una de las arboledas encontramos un muchacho de doce a trece años,

muy bien vestido y coronado de espigas de trigo. Hicímosle algunas

preguntas y nos dijo: «Hoy es la fiesta de Dioniso Esimnetes. Todos

los muchachos de la ciudad vamos a las márgenes del Milico; allí nos

formamos en procesión para ir a aquel templo de Artemisa que se ve

allá, donde pondremos esta corona a los pies de la diosa y, después de

habernos lavado en el arroyo, tomaremos una de yedra e iremos al templo

que está al otro lado». «¿Por qué llevas esa corona de espigas?», le

pregunté. «Porque así nos adornaban la cabeza cuando nos inmolaban

en el altar de Artemisa». «¿Y cómo es que os inmolaban?». «¿Pues que

no sabéis la historia del hermoso Melanipo y de la bella Cometo,

sacerdotisa de la diosa? Voy a contárosla:

»Amábanse tanto, que siempre se iban buscando, y cuando no estaban

juntos aún se veían. Pidieron al fin permiso a sus padres para casarse,

y estos malvados se la negaron. Poco tiempo después ocurrieron grandes

enfermedades y hambres en el país: se consultó al oráculo y respondió

que Artemisa estaba enojada, porque Melanipo y Cometo se habían casado

en su mismo templo la noche de su fiesta, y que para apaciguarla era

preciso sacrificarle todos los años un muchacho y una jovencita de las

más hermosas. Más adelante nos prometió el oráculo que cesaría esta

bárbara costumbre cuando un desconocido trajese aquí cierta estatua de

Dioniso. Vino en efecto, se puso la estatua en aquel templo, y desde

entonces en lugar del sacrificio, se hace la procesión y las ceremonias

de que os he hablado. Adiós, extranjero.»

Esta relación, que nos confirmaron personas ilustradas, no nos causó

mucha admiración porque sabíamos que, durante mucho tiempo, no se

conoció mejor medio para aplacar la ira del cielo que el de derramar

sobre los altares la sangre humana, particularmente la de las doncellas.

Después de haber visto detenidamente los monumentos de Patras y de otra

ciudad llamada Dime, pasamos el Lariso y entramos en la Élide.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 57 / 107 题