CAPÍTULO XXXIV.

Viaje a Epiro, a Acarnania y a Etolia. — Oráculo de Dodona. — Salto

de Léucade.

El monte Pindo separa la Tesalia del Epiro. Le pasamos por más arriba

de Gonfos, y entramos en el país de los atamanes desde donde fuimos

en derechura a Ambracia por un camino muy corto, pero escabroso. Esta

ciudad, colonia de los corintos, está situada cerca de un golfo que

tiene su nombre. Pasamos en ella algunos días, y durante ellos tomamos

nociones generales sobre el Epiro.

El Pindo al levante y el golfo de Ambracia al mediodía separan en

cierto modo este país del resto de la Grecia. En lo interior del

país hay varias sierras, y hacia las costas del mar se encuentran

perspectivas amenas y ricas campiñas. Entre los ríos que la riegan se

distingue el Aqueronte, que desemboca en un lago del mismo nombre, y

el Cocito, cuyas aguas son amargas y saladas. A corta distancia hay un

paraje llamado Aorno o Averno, de donde salen unos vapores que infestan

el aire. Por estas señas se reconoce fácilmente el país donde en los

tiempos remotos pusieron los infiernos. El Epiro tiene muchos puertos

muy buenos. Entre otras cosas se extraen de esta provincia caballos muy

veloces, y mastines excelentes para guardar los rebaños. Hay ciertos

cuadrúpedos que son allí de un tamaño prodigioso. Es preciso estar en

pie, o algo inclinados, para ordeñar las vacas que dan una cantidad

extraordinaria de leche.

En una de las partes septentrionales del Epiro está la ciudad de

Dodona, donde se hallan el templo de Zeus y el oráculo más antiguo de

la Grecia. He aquí como refieren las sacerdotisas del templo el origen

de este oráculo.

Escapáronse un día dos palomas de la ciudad de Tebas, en Egipto, y se

detuvieron la una en Libia y la otra en Dodona. Esta última, habiéndose

parado en una encina, pronunció estas palabras con voz inteligible:

«Fundad aquí un oráculo en honor de Zeus». La otra paloma dijo lo mismo

a los habitantes de la Libia, y ambas fueron miradas como intérpretes

de los dioses. Por absurda que sea esta relación, parece que tiene

algún fundamento verdadero, pues los sacerdotes egipcios sostienen que

dos sacerdotisas llevaron en otro tiempo sus ritos sagrados a Dodona

lo mismo que a Libia.

Dodona está situada al pie del monte Tomaro. El templo y los pórticos

que lo rodean están hermoseados de estatuas sin número y con las

ofrendas de casi todos los pueblos del universo. El bosque sagrado

campea cerca de allí, y entre las encinas que lo pueblan hay una con

el nombre de divina o de profética, consagrada por la piedad de los

pueblos muchos siglos hace. El bosque está rodeado de pantanos, pero

el territorio es en general muy fértil y en sus bellas praderas se ven

andar errantes numerosos rebaños.

Hay tres sacerdotisas encargadas de comunicar las respuestas del

oráculo, y los dioses las revelan sus secretos de diferentes maneras.

Algunas veces van al bosque sagrado, y situándose cerca del árbol

profético, permanecen allí atentas, ya sea al susurro de las hojas

agitadas por el céfiro o ya al gemido de sus ramas combatidas por

la borrasca. Otras veces se paran a la margen de una fuente, y allí

escuchan el ruido que hacen los borbotones de sus aguas fugitivas.

Distinguen diestramente los diferentes sonidos que llegan a su oído,

y teniéndolos por presagio de lo venidero, los interpretan según las

reglas que se han formado, y generalmente según el interés de aquellos

que las consultan.

Conservan los atenienses muchas respuestas del oráculo de Dodona, de

las cuajes voy a referir una, que puede dar a conocer su espíritu.

Ved aquí lo que prescribe a los atenienses el sacerdote de Zeus:

«Habéis dejado pasar el tiempo de los sacrificios y de la diputación:

enviad, enviad sin pérdida de tiempo diputados que, además de los

presentes decretados por el pueblo, vengan a ofrecer a Zeus nueve

bueyes que sean buenos para la labranza, acompañado cada buey de dos

ovejas, que presenten también a Dione una mesa de bronce, un buey y

otras víctimas». Dione era hija de Urano, y participa con Zeus del

incienso que se quema en el templo de Dodona.

Estas eran, entre otras, las cosas que nos contaban en Ambracia.

Entre tanto se acercaba el invierno, y nosotros pensábamos en dejar

esta ciudad. Nos embarcamos en una nave que se hacía a la vela para

Naupacto, ciudad situada en el golfo de Crisa, y luego que se aseguró

el buen tiempo, salimos del puerto y golfo de Ambracia. A poco tiempo

encontramos la península de Léucade, separada del continente por un

istmo muy estrecho. Su extremidad está formada por una montaña muy

elevada, cortada a pico, y en cuya cumbre hay un templo de Apolo, que

los marineros descubren y saludan desde lejos. Según la opinión más

común entre los griegos, el salto que se da desde lo alto del peñasco

de Léucade al mar es un remedio poderoso contra los furores del amor,

y así es que más de una vez se han visto amantes desgraciados ir a

aquel paraje, subir al promontorio, ofrecer sacrificios en el templo

de Apolo, hacer formal voto de arrojarse al mar, y precipitarse

efectivamente ellos mismos.

Se enseña en Léucade el sepulcro de Artemisia, de aquella famosa reina

de Caria que dio tantas pruebas de su valor en la batalla de Salamina.

Dominada de una pasión violenta hacia un joven que no correspondía a su

amor, le sorprendió dormido y le sacó los ojos. En breve se apoderaron

de ella la pena y la desesperación, que la condujeron a Léucade, y allí

pereció en las aguas a pesar de los esfuerzos que hicieron por salvarla.

Tal fue también el fin de la desgraciada Safo. Abandonada de Faón su

amante, fue a buscar allí un alivio a sus penas y solo encontró la

muerte. Estos ejemplares y otros muchos han desacreditado de tal manera

el salto de Léucade, que no se ven ya muchos amantes que se obliguen a

imitarlos con votos indiscretos.

Continuando nuestro camino vimos a la derecha las islas de Ítaca y de

Cefalonia, y a la izquierda las orillas de Acarnania, país separado

de la Etolia por el río Aqueloo, y cuyos habitantes son fieles a su

palabra, y sumamente celosos de su independencia. Habiendo pasado la

embocadura del Aqueloo, costeamos durante un día entero la Etolia. Este

país, donde se encuentran campiñas fértiles, está habitado por una

nación guerrera dividida en muchas poblaciones, que se reúnen todos los

años, por medio de sus diputados, en la ciudad de Termo para elegir los

jefes que deben gobernarlos.

Los de Etolia no respetan ni alianzas ni tratados: cuando se declara

la guerra entre dos naciones vecinas a su país, las dejan debilitarse,

caen luego sobre ellas, y les arrebatan las presas que han hecho,

llamando a esto _robar al ladrón_: son muy dados a la piratería lo

mismo que los acarnanios y los locrios-ozolos.

Al cabo de cuatro días de navegación llegamos a Naupacto, ciudad

situada al pie de un monte. Vimos en la costa un templo de Poseidón, e

inmediato a él una caverna llena de ofrendas, consagrada a Afrodita.

Allí encontramos algunas viudas que habían ido a pedir a la diosa nuevo

esposo. A la mañana del día siguiente tomamos un barco pequeño que nos

condujo a Pagas, puerto de la Megáride, y de allí pasamos a Atenas.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 56 / 107 题