Viaje a Epiro, a Acarnania y a Etolia. — Oráculo de Dodona. — Salto
de Léucade.
El monte Pindo separa la Tesalia del Epiro. Le pasamos por más arriba
de Gonfos, y entramos en el país de los atamanes desde donde fuimos
en derechura a Ambracia por un camino muy corto, pero escabroso. Esta
ciudad, colonia de los corintos, está situada cerca de un golfo que
tiene su nombre. Pasamos en ella algunos días, y durante ellos tomamos
nociones generales sobre el Epiro.
El Pindo al levante y el golfo de Ambracia al mediodía separan en
cierto modo este país del resto de la Grecia. En lo interior del
país hay varias sierras, y hacia las costas del mar se encuentran
perspectivas amenas y ricas campiñas. Entre los ríos que la riegan se
distingue el Aqueronte, que desemboca en un lago del mismo nombre, y
el Cocito, cuyas aguas son amargas y saladas. A corta distancia hay un
paraje llamado Aorno o Averno, de donde salen unos vapores que infestan
el aire. Por estas señas se reconoce fácilmente el país donde en los
tiempos remotos pusieron los infiernos. El Epiro tiene muchos puertos
muy buenos. Entre otras cosas se extraen de esta provincia caballos muy
veloces, y mastines excelentes para guardar los rebaños. Hay ciertos
cuadrúpedos que son allí de un tamaño prodigioso. Es preciso estar en
pie, o algo inclinados, para ordeñar las vacas que dan una cantidad
extraordinaria de leche.
En una de las partes septentrionales del Epiro está la ciudad de
Dodona, donde se hallan el templo de Zeus y el oráculo más antiguo de
la Grecia. He aquí como refieren las sacerdotisas del templo el origen
de este oráculo.
Escapáronse un día dos palomas de la ciudad de Tebas, en Egipto, y se
detuvieron la una en Libia y la otra en Dodona. Esta última, habiéndose
parado en una encina, pronunció estas palabras con voz inteligible:
«Fundad aquí un oráculo en honor de Zeus». La otra paloma dijo lo mismo
a los habitantes de la Libia, y ambas fueron miradas como intérpretes
de los dioses. Por absurda que sea esta relación, parece que tiene
algún fundamento verdadero, pues los sacerdotes egipcios sostienen que
dos sacerdotisas llevaron en otro tiempo sus ritos sagrados a Dodona
lo mismo que a Libia.
Dodona está situada al pie del monte Tomaro. El templo y los pórticos
que lo rodean están hermoseados de estatuas sin número y con las
ofrendas de casi todos los pueblos del universo. El bosque sagrado
campea cerca de allí, y entre las encinas que lo pueblan hay una con
el nombre de divina o de profética, consagrada por la piedad de los
pueblos muchos siglos hace. El bosque está rodeado de pantanos, pero
el territorio es en general muy fértil y en sus bellas praderas se ven
andar errantes numerosos rebaños.
Hay tres sacerdotisas encargadas de comunicar las respuestas del
oráculo, y los dioses las revelan sus secretos de diferentes maneras.
Algunas veces van al bosque sagrado, y situándose cerca del árbol
profético, permanecen allí atentas, ya sea al susurro de las hojas
agitadas por el céfiro o ya al gemido de sus ramas combatidas por
la borrasca. Otras veces se paran a la margen de una fuente, y allí
escuchan el ruido que hacen los borbotones de sus aguas fugitivas.
Distinguen diestramente los diferentes sonidos que llegan a su oído,
y teniéndolos por presagio de lo venidero, los interpretan según las
reglas que se han formado, y generalmente según el interés de aquellos
que las consultan.
Conservan los atenienses muchas respuestas del oráculo de Dodona, de
las cuajes voy a referir una, que puede dar a conocer su espíritu.
Ved aquí lo que prescribe a los atenienses el sacerdote de Zeus:
«Habéis dejado pasar el tiempo de los sacrificios y de la diputación:
enviad, enviad sin pérdida de tiempo diputados que, además de los
presentes decretados por el pueblo, vengan a ofrecer a Zeus nueve
bueyes que sean buenos para la labranza, acompañado cada buey de dos
ovejas, que presenten también a Dione una mesa de bronce, un buey y
otras víctimas». Dione era hija de Urano, y participa con Zeus del
incienso que se quema en el templo de Dodona.
Estas eran, entre otras, las cosas que nos contaban en Ambracia.
Entre tanto se acercaba el invierno, y nosotros pensábamos en dejar
esta ciudad. Nos embarcamos en una nave que se hacía a la vela para
Naupacto, ciudad situada en el golfo de Crisa, y luego que se aseguró
el buen tiempo, salimos del puerto y golfo de Ambracia. A poco tiempo
encontramos la península de Léucade, separada del continente por un
istmo muy estrecho. Su extremidad está formada por una montaña muy
elevada, cortada a pico, y en cuya cumbre hay un templo de Apolo, que
los marineros descubren y saludan desde lejos. Según la opinión más
común entre los griegos, el salto que se da desde lo alto del peñasco
de Léucade al mar es un remedio poderoso contra los furores del amor,
y así es que más de una vez se han visto amantes desgraciados ir a
aquel paraje, subir al promontorio, ofrecer sacrificios en el templo
de Apolo, hacer formal voto de arrojarse al mar, y precipitarse
efectivamente ellos mismos.
Se enseña en Léucade el sepulcro de Artemisia, de aquella famosa reina
de Caria que dio tantas pruebas de su valor en la batalla de Salamina.
Dominada de una pasión violenta hacia un joven que no correspondía a su
amor, le sorprendió dormido y le sacó los ojos. En breve se apoderaron
de ella la pena y la desesperación, que la condujeron a Léucade, y allí
pereció en las aguas a pesar de los esfuerzos que hicieron por salvarla.
Tal fue también el fin de la desgraciada Safo. Abandonada de Faón su
amante, fue a buscar allí un alivio a sus penas y solo encontró la
muerte. Estos ejemplares y otros muchos han desacreditado de tal manera
el salto de Léucade, que no se ven ya muchos amantes que se obliguen a
imitarlos con votos indiscretos.
Continuando nuestro camino vimos a la derecha las islas de Ítaca y de
Cefalonia, y a la izquierda las orillas de Acarnania, país separado
de la Etolia por el río Aqueloo, y cuyos habitantes son fieles a su
palabra, y sumamente celosos de su independencia. Habiendo pasado la
embocadura del Aqueloo, costeamos durante un día entero la Etolia. Este
país, donde se encuentran campiñas fértiles, está habitado por una
nación guerrera dividida en muchas poblaciones, que se reúnen todos los
años, por medio de sus diputados, en la ciudad de Termo para elegir los
jefes que deben gobernarlos.
Los de Etolia no respetan ni alianzas ni tratados: cuando se declara
la guerra entre dos naciones vecinas a su país, las dejan debilitarse,
caen luego sobre ellas, y les arrebatan las presas que han hecho,
llamando a esto _robar al ladrón_: son muy dados a la piratería lo
mismo que los acarnanios y los locrios-ozolos.
Al cabo de cuatro días de navegación llegamos a Naupacto, ciudad
situada al pie de un monte. Vimos en la costa un templo de Poseidón, e
inmediato a él una caverna llena de ofrendas, consagrada a Afrodita.
Allí encontramos algunas viudas que habían ido a pedir a la diosa nuevo
esposo. A la mañana del día siguiente tomamos un barco pequeño que nos
condujo a Pagas, puerto de la Megáride, y de allí pasamos a Atenas.