CAPÍTULO XXXIII.

Viaje a Tesalia. — Anfictiones. — Mágicas. — Reyes de Feres. — Valle de

Tempe.

(Año 357 antes de J. C.) Saliendo de las Termópilas se entra en

la Tesalia. Este país, que comprende la Magnesia y otras muchas

provincias, tiene por límites al este la mar, al norte el monte Olimpo,

al oeste el Pindo, y al sur el Eta. De estos eternos límites salen

otras cordilleras de montes y colinas que hacen varias ondulaciones

en lo interior del país, y abrazan por intervalos fértiles llanuras

que por su figura y circuito, parecen vastos anfiteatros. Elévanse

ciudades opulentas en las alturas que rodean los llanos, y todo el país

está bañado por ríos, de los cuales la mayor parte entran en el Peneo,

que antes de desembocar en el mar atraviesa el famoso valle conocido

bajo el nombre de Tempe.

A pocos estadios de las Termópilas, vimos el lugarcillo de Antela,

célebre por un templo de Deméter y por la junta de los anfictiones que

se celebra allí todos los años. Unos dicen que Anfictión, que reinaba

en las cercanías, fue su fundador, y otros que lo fue Acrisio, rey

de Argos. Lo que parece cierto es que en los tiempos más remotos,

doce naciones del norte de la Grecia, tales como los dorios, los

jonios, focidios, beocios, tesalios, etc., formaron una confederación

para evitar los males que la guerra trae consigo; en esta asociación

determinaron enviar todos los años diputados a Delfos, que fuesen

de la competencia de esta asamblea los atentados cometidos contra

el templo de Apolo, quien había recibido sus juramentos, y todos

aquellos que son contrarios al derecho de gentes, de que ellos debían

ser los defensores; que cada una de las doce naciones tendría voto

en la elección de aquellos diputados y se obligaría a que fuesen

cumplidos los decretos de este tribunal augusto, el cual subsiste hoy

día, casi bajo la misma forma con que fue establecido. La junta de los

anfictiones se celebra en la primavera en Delfos y en otoño en el lugar

de Antela. Concurren un gran número de espectadores y da principio con

los sacrificios ofrecidos por la felicidad y reposo de la Grecia.

De Antela entramos en el país de los traquinios, y vimos en las

cercanías las gentes del campo ocupadas en recoger el eléboro precioso

que se cría en el monte Eta. El ansia de satisfacer nuestra curiosidad

nos obligó a tomar el camino de Hípata, porque nos habían dicho que

allí había muchas mujeres mágicas, que, según decían, tenían la gracia

de poder detener el sol, atraer la luna hacia la tierra, excitar o

calmar las tempestades, resucitar los muertos o precipitar los vivos a

la sepultura. Nos acompañaron en secreto a casa de unas mujeres viejas

cuya miseria era tan excesiva como su ignorancia; se jactaban de tener

hechizos contra las mordeduras de los escorpiones y las víboras, y para

amortiguar y hacer impotente la fogosidad de los esposos jóvenes, o

para matar los ganados y las abejas. Observamos que hacían figuras de

cera, a las cuales echaban mil maldiciones, las metían alfileres por el

corazón, y luego las exponían en algunos barrios de la ciudad. Aquellos

cuyas facciones se hallaban imitadas en tales figuras, aterrorizados

al ver tales objetos, se creían amenazados de muerte, y este miedo

solía abreviar sus días. La profesión de las mágicas se reputa por

infame entre los griegos; el pueblo las detesta mirándolas como la

causa de todas las desdichas, y las acusa de que abren las sepulturas

para mutilar los muertos. Es cierto que la mayor parte de estas mujeres

son capaces de cometer los más horrendos crímenes, y que el veneno les

sirve mejor que sus conjuros, y así es que la justicia las persigue

por todas partes. Durante mi residencia en Atenas vi condenar a una de

ellas a muerte, y sus parientes, como cómplices, sufrieron también la

misma pena.

Desde Hípata fuimos a Lamia, y de allí a Taumacia, donde se nos

presentó el punto de vista más hermoso que se halla en la Grecia,

porque esta ciudad domina un valle inmenso cuyo primer aspecto causa

una sensación inexplicable. En esta rica y soberbia llanura están

situadas muchas ciudades, siendo una de ellas Farsalia, que es de las

ciudades mayores y más opulentas de la Tesalia. Este país ha sido la

mansión de los héroes y el teatro de las hazañas más ilustres. Allí

es donde se dejaron ver los centauros y los lapitas, se embarcaron

los argonautas, murió Heracles, nació Aquiles, vivió Pirítoo, e iban

los guerreros de los países más lejanos a hacerse famosos con hechos

de armas. Los aqueos, los eolios, los dorios, de que descienden los

lacedemonios y otras poderosas naciones de la Grecia, son originarios

de la Tesalia. Los pueblos que se distinguen hoy día, son los tesalios

propiamente tales, los eteos, los ftíos, los malios, magnetes,

perrebos, etc., los cuales estaban sujetos a reyes en otro tiempo, y

la mayor parte se hallan hoy día sometidos al gobierno oligárquico.

La Tesalia puede poner en campaña unos seis mil caballos y diez mil

hombres de infantería, sin contar los arqueros, que son muy diestros,

y su caballería es famosísima, todo el mundo conviene en que es

irresistible su carga. Se dice que los tesalios han sido los primeros

que sujetaron al freno los caballos y los llevaron a la pelea, y añaden

que esto dio motivo para creer que en otro tiempo hubo en Tesalia unos

hombres, medio hombres y medio caballos, llamados centauros, cuya

fábula prueba a lo menos la antigüedad de la equitación entre ellos.

Desde los tiempos más remotos, los habitantes de la Tesalia cultivaron

la poesía, y pretenden haber dado el ser a Orfeo, a Lino y a otros

muchos que vivían en el siglo de los héroes, de cuya gloria eran

partícipes, pero desde aquella época no han producido ningún escritor

ni artista célebre. Hace casi siglo y medio que Simónides los encontró

insensibles a los encantos de sus versos. Tienen tanto gusto y afición

a la danza que aplican los términos de este arte a los usos más nobles.

Hay parajes en que los generales o los magistrados se apellidan jefes

de la danza. Cuando cazan, tienen obligación de respetar a las cigüeñas

e imponen la misma pena que a los homicidas a cualquiera que mata a

estas aves. Admirados de una ley tan extraña, preguntamos la causa de

ello, y nos dijeron que las cigüeñas habían purgado la Tesalia de las

enormes serpientes que antes la infestaban, de modo que, sin la ley

de que se trata, se hubieran visto los tesalios obligados a abandonar

su país, así como la multitud de topos había hecho emigrar a los

habitantes de otra ciudad cuyo nombre he olvidado.

En nuestros días se formó en la ciudad de Feras una potencia cuyo

esplendor fue tan brillante como pasajero. Licofrón puso los primeros

cimientos y su sucesor Jasón le dio tal auge que se hizo temible a la

Grecia y a las naciones lejanas. Algunos años después de la muerte de

este grande hombre, que murió al frente de su ejército, a manos de

siete jóvenes conjurados que se dice estaban cansados de su severidad,

llegamos a Feras, ciudad muy grande, rodeada de jardines.

Alejandro, manchado con la sangre de Polidoro y de Polifrón, hermanos

y sucesores de Jasón, ejercía allí la más vergonzosa tiranía. Una

multitud de fugitivos y vagabundos, conocidos por sus crímenes, aunque

menos pervertidos que Alejandro, siendo sus soldados y sus satélites,

causaban la desolación en sus estados y los pueblos limítrofes.

Los habitantes de Feras vivían atemorizados y con el abatimiento

consecuente al exceso de los males, que es la mayor desgracia. El

tirano mismo, agitado de los temores con que él agitaba a los demás,

vivía en una continua desconfianza, y hasta sus mismos guardias le

daban temores. Pasaba la noche en lo más alto de su palacio, en una

habitación a la cual subía con una escalera de mano, y cuyas avenidas

estaban guardadas por un alano que solo respetaba a su amo, a la reina

y al esclavo encargado de mantenerle. Allí se retiraba todas las

noches, llevando delante a este mismo esclavo con espada en mano, y

el cual registraba cuidadosamente la estancia. Voy a referir un hecho

singular sin detenerme en hacer reflexión alguna.

Eudemo de Chipre, yendo de Atenas a Macedonia, cayó enfermo en Feras,

y con motivo de haberle visto varias veces en casa de Aristóteles, de

quien era amigo, le asistí durante la enfermedad con todo el cuidado

que me fue posible. Una tarde que los médicos me manifestaron lo

mucho que desconfiaban de la curación, me senté junto a su cama y,

enternecido el enfermo al ver mi aflicción, me alargó la mano y me

dijo con voz moribunda: «Voy a confiar a vuestra amistad un secreto

que sería peligroso el revelarlo a cualquier otra persona. En una de

estas últimas noches se me ha aparecido en sueños un joven de singular

belleza anunciándome que curaría, y que dentro de cinco años estaría

de vuelta en su casa. En prueba de su predicción añadió que al tirano

le quedaban pocos días de vida». Escuché esta confidencia de Eudemo

como un síntoma de delirio, y me fui a mi casa traspasado de dolor.

Al amanecer del día siguiente nos despertaron estos gritos mil veces

repetidos: «¡Ya murió! ¡Ya no existe el tirano, ha muerto a manos de

la reina!». Acudimos al instante al palacio, y vimos allí el cadáver

de Alejandro entregado a los insultos de un populacho que le pisaba,

celebrando con entusiasmo el valor de la reina. Ella fue en efecto la

que se puso al frente de la conspiración, bien fuese por odio a la

tiranía o ya por vengar sus injurias personales. Era hija de Jasón

esta princesa. Después de haber formado su plan, se lo comunicó a sus

tres hermanos, los cuales estaban amenazados de muerte por Alejandro,

y al instante se decidieron a favorecer el proyecto de la reina. La

víspera de la ejecución los tuvo ocultos en el palacio: aquella noche

Alejandro bebió con exceso, subió a su aposento, se tendió en el lecho

y durmiose. La reina baja inmediatamente, aleja al esclavo y al alano,

vuelve con los conjurados y se apodera de la espada que estaba colgada

en la cabecera de la cama. En aquel momento parece que desmaya el valor

de sus hermanos, pero amenazándoles de que despertará al rey, si aún

titubean, se arrojan sobre él y le cosen a puñaladas.

No me detuve y fui presuroso a dar la noticia a Eudemo, quien no se

admiró al oírla. Recobró sus fuerzas, y cinco años después murió en

Sicilia; Aristóteles, que después hizo un diálogo sobre el alma en

memoria de su amigo, sostenía que el sueño se había verificado en todas

sus partes, pues dejar la tierra es volver a la patria.

Los conjurados, después de haber dejado que respirasen algún tiempo

los habitantes de Feras, dividieron entre ellos el poder soberano, y

cometieron tantas injusticias que sus súbditos se vieron precisados a

llamar en su socorro a Filipo de Macedonia, el cual fue y arrojó no

solamente a los opresores de Feras sino también a los que se habían

establecido en otras ciudades.

Después de haber recorrido las cercanías de Feras, vimos las partes

meridionales de Magnesia, y en seguida tomamos el camino hacia el

norte, dejando a la derecha la cordillera del monte Pelión.

Este país es delicioso por lo benigno de su clima, la variedad de

aspectos, y los muchos valles que forman, particularmente en la parte

más septentrional, las ramas del Pelión y del Osa. Sobre una de las

cumbres del primero hay un templo en honor de Zeus, y cerca de él está

la célebre caverna donde suponen que el centauro Quirón estableció

su morada en otro tiempo. Subimos allá, siguiendo a una procesión de

jóvenes que van todos los años en nombre de una ciudad inmediata a

ofrecer un sacrificio al soberano de los dioses.

Continuando nuestro camino llegamos a Sicurio, ciudad situada en una

colina al pie del monte Osa; y de allí hasta Larisa: el país es fértil

aunque poco poblado y se hace más ameno a proporción que uno se acerca

a esta villa tenida con razón por la más rica y hermosa de la Tesalia.

El Peneo hermosea sus cercanías y baña sus muros con sus aguas tan

delgadas como cristalinas. Teníamos vivos deseos de llegar a Tempe,

cuyo nombre, común a muchos valles que se encuentran en este país, le

dan particularmente al que se forma entre el monte Olimpo y el Osa.

Este es el único camino para ir de Tesalia a Macedonia. Tomamos un

barco, al rayar el alba nos embarcamos en el Peneo y, habiendo pasado

la embocadura del Titaresio, llegamos a Gonos, distante de Larisa cerca

de ciento sesenta estadios (6612 pies). Esta ciudad es importantísima

por su situación como llave de la Tesalia a la parte de Macedonia, lo

mismo que lo son las Termópilas por la parte de la Fócida. El valle se

extiende del sudoeste al noreste; su longitud es de cuarenta estadios

(una legua y 1290 pasos); su anchura de dos estadios y medio, pero

disminuye a veces tanto que solo parece ser de unos cien pies. Los

montes están poblados de álamos, plátanos y fresnos de extraordinaria

hermosura; en las faldas brotan fuentes de agua clara como el cristal,

y en los intervalos que separan sus cumbres se respira un aire fresco

y puro con cierto deleite interior. El río presenta casi por todas

partes un canal sereno, en ciertos parajes forma isletas cuyo verdor es

perenne, y las grutas que se ven abiertas en las laderas de los montes,

tapizadas de céspedes, parecen el asilo del placer y del reposo.

Los laureles y otros varios arbustos forman toldos y bosquecillos,

haciendo un hermoso contraste con los sotos que hay al pie del Olimpo.

Los peñascos están tapizados de una especie de yedra, y los árboles,

adornados de plantas que serpentean rodeando sus troncos, se enredan en

sus ramas, y cuelgan formando festones y guirnaldas. Todo presenta en

fin en estos deliciosos parajes la decoración más risueña y pintoresca:

por todas partes que uno tiende la vista parece que los ojos respiran

la frescura y que el alma recibe nuevo espíritu de vida. Añádese a tan

maravilloso cuadro que en la primavera este valle encantador está por

todos lados esmaltado de flores, y que las bandadas de pajarillos hacen

resonar en él sus armoniosos cantos, a los cuales parece que la soledad

y la estación les prestan una melodía más tierna y encantadora.

Al salir del valle se ofreció a nuestra vista uno de los más bellos

espectáculos, cual es el de una llanura cubierta de casas y de árboles,

donde el río, cuyo cauce es más ancho y el curso más rápido, parece que

se multiplica por sus revueltas. A la distancia de algunos estadios

se ve el golfo Termaico; más allá se descubre la península de Palene

y a lo lejos termina esta hermosa vista el monte Atos. Creíamos poder

volver por la tarde a Gonos pero una tempestad furiosa nos precisó a

pasar la noche en una casa situada en la orilla del mar, cuya posesión

pertenecía a uno de Tesalia que se apresuró a recibirnos. Había estado

algún tiempo en la corte del rey Cotis y durante la comida nos contó

varias anécdotas referentes a este príncipe. «Cotis», nos dijo, «es

el más rico, el más voluptuoso y más desordenado de los reyes de

Tracia. En el verano anda errante con su corte por los bosques, donde

se han abierto cómodos caminos. Cuando llega a las márgenes de algún

arroyo, o algún sitio ameno, fresco y sombrío, hace allí parada y

se entrega a todos los excesos de la gula. Actualmente lo domina un

delirio capaz de causar lástima, si la locura unida al poder no hiciese

crueles las pasiones. ¿Sabéis cuál es el objeto de su amor? Atenea. Al

principio mandó que una de sus mancebas se adornase con los atributos

de su divinidad; pero como esta ilusión le inflamaba más y más, tomó

el partido de casarse con la diosa, y fueron celebradas sus bodas

con la mayor magnificencia, siendo yo convidado a ellas. Esperaba

él con impaciencia a su esposa, y en tanto se embriagó. Al fin del

banquete uno de sus guardias fue de orden suya a la tienda donde estaba

dispuesto el lecho nupcial, y a su vuelta, habiéndole dicho que Atenea

no había llegado todavía, Cotis le traspasó con una flecha que le quitó

la vida. Otro guardia experimentó igual suerte, pero el tercero, en

vista de tales resultados, le dijo que acababa de ver a la diosa, que

estaba acostada y que esperaba al rey. Al oír esto Cotis, sospechando

que su esposa habría sido infiel, concediendo favores al guardia, se

arrojó sobre él furioso y le despedazó con sus propias manos». Esta fue

la relación del tesalio. Poco tiempo después, dos hermanos, Heráclidas

y Pitón, conspiraron contra Cotis y le quitaron la vida.

Disipose la tempestad durante la noche, y cuando despertamos vimos la

mar en calma y el cielo sereno: volvimos al valle y vimos en él los

preparativos para una fiesta que los de Tesalia celebran todos los años

en memoria de un terremoto que, abriendo paso libre a las aguas del

Peneo, descubrió los hermosos llanos de Larisa. Al día siguiente por la

mañana regresamos a esta ciudad, y algunos días después tuvimos ocasión

de ver las corridas de toros. Ya había yo visto otras semejantes en

varias ciudades de la Grecia, pero los habitantes de Larisa mostraron

en estas más destreza que los demás pueblos. Estábamos ya en el otoño

y, como esta temporada es regularmente la más hermosa en Tesalia,

hicimos algunas correrías por las ciudades inmediatas; pero habiendo

llegado el momento de continuar el viaje, determinamos pasar por el

Epiro y tomamos el camino de Gonfos, ciudad situada al pie del monte

Pindo.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 55 / 107 题