Viaje a Beocia. — Caverna de Trofonio. — Hesíodo; Píndaro.
Se viaja con mucha seguridad por toda la Grecia, donde se hallan
cómodas posadas en las principales ciudades y en los caminos reales,
pero también extorsionan en ellas sin miramiento alguno. A causa de
ser todo el país montuoso, no se hace uso de carruajes sino en cortas
travesías, y aun en estas es preciso muchas veces echar el freno a las
ruedas. Se prefiere para los viajes largos las mulas, y es necesario
llevar consigo algunos esclavos para conducir el equipaje.
En las principales ciudades se encuentran próxenos encargados de acoger
a los extranjeros. Llámanse así a unos particulares que tienen a veces
relaciones de comercio o de hospitalidad con otras ciudades, o bien
personas de un carácter público, reconocidos por agentes de una ciudad
o nación, que por un decreto solemne los ha elegido con beneplácito
del pueblo a que pertenecen; en fin, los hay que son a un tiempo mismo
agentes de negocios de una ciudad extranjera y de algunos de sus
habitantes.
Salimos de Atenas en la primavera del año tercero de la olimpiada
ciento cinco (año 357 antes de J. C.). Llegamos en la tarde del mismo
día a Oropo por un camino bastante escabroso, aunque plantado en
algunos parajes de muchos laureles. Esta ciudad situada en los confines
de la Beocia y del Ática, está lejana del mar como unos veinte estadios
(cerca de tres cuartos de legua). Inmediato a ella está el templo
de Anfiarao, uno de los jefes de la guerra de Tebas, el cual ejercía
allí las funciones de adivino, y por esto suponen que daba oráculos
después de su muerte. A distancia de treinta estadios (cerca de una
legua) se encuentra en una altura la ciudad de Tanagra, cuyas casas
tienen bastante apariencia. La mayor parte están adornadas con pinturas
encáusticas y vestíbulos. El territorio de esta ciudad, regado por un
riachuelo llamado Termodonte, está cubierto de olivos y árboles de
diferentes especies; produce poco trigo y el mejor vino de la Beocia.
No hay paraje alguno en esta provincia donde los extranjeros tengan que
temer menos extorsiones. Prefieren la agricultura a las demás artes, y
creo que en esto consiste el secreto de sus virtudes.
Corina era natural de Tanagra, donde se dedicó a la poesía con
aprovechamiento. Vimos su sepulcro en un lugar el más público de la
ciudad y su retrato en el gimnasio. Cuando uno lee sus obras, pregunta
por qué en los certámenes de poesía fueron tantas veces preferidas a
las de Píndaro; pero al ver su retrato, se pregunta uno que por qué no
lo fueron siempre.
Salimos de Tanagra y después de haber andado doscientos estadios (seis
leguas y media) por un camino quebrado y pedregoso llegamos a Platea,
ciudad en otro tiempo poderosa y hoy día sepultada en sus ruinas.
Estaba situada al pie del monte Citerón, en aquella hermosa llanura
que riega el Asopo y en la cual fue derrotado Mardonio a la cabeza
de trescientos mil persas. Después de esta batalla se unieron los de
Platea a los atenienses y se sacudieron el yugo de los tebanos, que se
miraban como sus fundadores, y que desde este momento se convirtieron
para ellos en enemigos implacables. Llegó su odio a tal extremo que,
habiéndose juntado a los lacedemonios durante la guerra del Peloponeso,
atacaron la ciudad de Platea y la destruyeron enteramente. Volviose
a poblar poco después, pero, a causa de estar siempre en alianza con
los atenienses, los tebanos volvieron a tomarla y la destruyeron otra
vez, diecisiete años hace. Solo quedan de ella en el día los templos
respetados por los vencedores, algunas casas y una gran hospedería para
los que van a ofrecer sacrificios en aquellos lugares. Es un edificio
que tiene doscientos pies de largo y otros tantos de ancho, con muchas
habitaciones en el piso bajo y en el principal.
Vimos el templo de Atenea construido con los despojos arrebatados a
los persas en Maratón, y adornado de muchísimas pinturas de excelentes
maestros. La estatua de la diosa es obra de Fidias, de madera dorada,
pero el rostro, las manos y los pies son de mármol. Pasamos después por
el lugar de Leuctra y la ciudad de Tespias. Cerca del primero se dio
algunos años antes aquella sangrienta batalla que derribó el poder de
Lacedemonia. La segunda fue destruida, así como Platea, en las guerras
últimas, y los tebanos solo respetaron los monumentos sagrados. Desde
esta última ciudad fuimos a hacer noche en una aldea llamada Ascra,
mansión tan incómoda que no se puede estar en verano ni en invierno;
pero es la patria de Hesíodo.
Al día siguiente fuimos por un sendero estrecho al templo de las Musas;
a la subida nos detuvimos en las márgenes de la fuente Aganipe, y
después junto a la estatua de Lino, uno de los antiguos poetas de la
Grecia, la cual está colocada en una gruta como en un pequeño templo.
Penetrando luego en hermosas arboledas nos creímos transportados a la
brillante corte de las Musas: allí es efectivamente donde su poder y
su influencia se anuncian de un modo extraordinario por los monumentos
que adornan aquellos parajes solitarios y parecen animarlos. Sus
estatuas, trabajadas por diferentes artífices, se ofrecen a los ojos
del espectador y le paran.
Más arriba del bosque corren entre márgenes floridas un riachuelo
llamado el Permeso, la fuente Hipocrene y la de Narciso, donde suponen
que expiró de amor aquel joven, obstinándose en contemplar su imagen en
las aguas tranquilas de esta fuente. Nos hallábamos entonces sobre el
Helicón, aquel monte famoso por la pureza del aire, la abundancia de
las aguas, la fertilidad de los valles, la frescura de sus sombras y la
belleza de los árboles antiguos que le cubren.
Las Musas reinan sobre el Helicón. Su historia no presenta más que
tradiciones absurdas, pero sus nombres indican su origen. Los primeros
poetas solamente reconocieron en un principio tres Musas, Meletea,
Mnemea y Aedea, es decir: la meditación, la memoria y el canto. A
medida que el arte de los versos hizo progresos, personificaron los
caracteres y los efectos, y el número de las Musas aumentose. En
seguida se les asociaron las gracias que deben hermosear la poesía y
el amor que es muchas veces el objeto de ellas.
Estas ideas nacieron en un país bárbaro, en la Tracia, donde en
medio de la ignorancia se dejaron ver de repente Orfeo, Lino y sus
discípulos. Las Musas fueron honradas en los montes de la Piería, y
extendieron desde allí sus conquistas sucesivamente sobre el Pindo, el
Parnaso y el Helicón, y en todos los parajes donde los pintores de la
naturaleza rodeados de las más risueñas imágenes experimentan el calor
de su inspiración divina.
Salimos de aquellos sitios deliciosos, y fuimos a Lebadea, situada al
pie de un monte. Esta ciudad presenta por todas partes monumentos de la
magnificencia y del gusto de los habitantes, y nos paramos a verlos con
placer; aún teníamos mayor deseo de ver la caverna de Trofonio, pero
una indiscreción de Filotas nos impidió bajar a ella.
Una tarde que habíamos comido en casa de uno de los principales de la
ciudad, recayó la conversación sobre las maravillas que se habían visto
en aquella caverna misteriosa. Filotas alegó algunas dudas, y observó
que estos hechos sorprendentes eran por lo común efectos naturales. «Yo
estaba una vez», añadió, «en un templo; la estatua del dios parecía
cubierta de sudor y el pueblo empezó a gritar: “_prodigio, prodigio_”;
pero luego supe que aquella estatua era de una madera que tenía la
propiedad de sudar por intervalos». Apenas pronunció estas palabras
cuando vimos a uno de los convidados ponerse pálido y salirse de allí
a pocos momentos: era este uno de los sacerdotes de Trofonio, y nos
aconsejaron que no nos expusiésemos a la venganza metiéndonos en un
subterráneo cuyas revueltas solo eran conocidas de aquellos ministros.
Algunos días después nos avisaron que iba a bajar un tebano a la
caverna, y tomamos el camino del monte acompañados de unos amigos, y
tras de una muchedumbre de habitantes de Lebadea. Llegamos en breve al
templo de Trofonio situado en medio de un bosque. La estatua que le
representa bajo la figura de Asclepio es obra de la mano de Praxíteles.
Era Trofonio un arquitecto que junto con su hermano Agamedo construyó
el templo de Delfos. Hay variedad en los motivos que le atribuyen para
haber merecido los honores divinos, como sucede con todos los objetos
del culto de los griegos, cuyos orígenes no es posible aclarar, y por
lo mismo inútil el discutirlos. El camino por donde se va de Lebadea a
la caverna de Trofonio, está rodeado de templos y estatuas; la caverna,
abierta un poco más arriba del bosque sagrado, ofrece primeramente a
la vista una especie de vestíbulo rodeado de una balaustrada de mármol
blanco, sobre la cual se levantan unos obeliscos de bronce. Desde allí
se entra en una gruta abierta a pico, de ocho codos de alto y cuatro
de largo. Allí se encuentra la boca de la caverna, a la cual se baja
por una escala, y cuando se ha llegado a cierta profundidad solo se
encuentra una abertura sumamente estrecha, por donde hay que meter los
pies; y cuando con mucha pena se ha introducido el resto del cuerpo, se
siente uno arrastrado con la rapidez de un torrente hasta el fondo del
subterráneo. Si se trata de salir, es uno lanzado cabeza abajo con la
misma velocidad y violencia. Hay que llevar unas composiciones de miel,
y por no soltarlas se ve uno impedido de echar las manos a los resortes
empleados para acelerar la bajada y la subida; mas para desvanecer
todas sospechas de superchería, suponen los sacerdotes que la caverna
está llena de serpientes, y que se libran de sus mordeduras echándoles
tortas de miel.
Nadie puede penetrar en la caverna sino durante la noche y después
de largas preparaciones. El tebano que fue a consultar al oráculo
pasó antes algunos días en una capilla consagrada a la Fortuna y al
buen Genio, usando de baños fríos, absteniéndose del vino y de todas
las cosas vedadas por el ritual, y alimentándose de las víctimas que
él mismo había ofrecido. A la entrada de la noche sacrificaron un
carnero; y los adivinos, habiendo examinado las entrañas, declararon
que Trofonio aceptaba el homenaje de Tersidas, que así se llamaba el
tebano, y que respondería a sus preguntas. Lleváronle en seguida a las
márgenes del arroyo de Hercina, donde dos mancebos de edad de trece
años le frotaron con aceite e hicieron varias abluciones. De allí le
condujeron a dos fuentes cercanas, una de las cuales se llama la fuente
de Lete y la otra Mnemósine. La primera borra la memoria de lo pasado y
la segunda graba en la imaginación lo que se ve o se oye en la caverna.
Introdujéronle luego y le dejaron solo en una capilla, donde hay una
estatua de Trofonio a la que Tersidas dirigió sus oraciones, y se fue
hacia la caverna vestido de una ropa de lino. Le seguimos a la débil
luz de las antorchas que le precedían en la gruta, y desapareció de
nuestra vista.
En tanto que volvía estuvimos oyendo las conversaciones de los demás
espectadores, entre los cuales había muchos que habían estado en la
caverna. Los unos decían que nada habían visto, pero que el oráculo les
había dado su respuesta de viva voz; otros al contrario nada habían
oído, pero sí tenido apariciones capaces de ilustrar sus dudas.
Pasamos la noche y una parte del día siguiente oyendo las diferentes
relaciones, que cotejadas nos fue fácil de ver que los ministros
del templo se introducían en la caverna por caminos secretos y que
juntaban la violencia a los prestigios para turbar la imaginación de
los que iban a consultar el oráculo. Era ya mediodía; Tersidas no
parecía y nosotros andábamos alrededor de la gruta. Al cabo de una hora
observamos la gente en tumulto hacia la balaustrada, y habiendo acudido
nosotros, vimos al tebano sostenido por los sacerdotes que lo sentaron
en una silla llamada de Mnemósine, donde debía decir cuanto había visto
y oído en el subterráneo. Estaba sobrecogido de espanto, con los ojos
amortecidos, sin conocer a nadie. Después de haber recogido de su
boca algunas palabras interrumpidas, que tomaron por la respuesta del
oráculo, los que venían con él le llevaron al templo del buen Genio
y de la Fortuna. Recobró allí poco a poco los sentidos, pero no le
quedaron más que ideas confusas de su mansión en la caverna o más bien
una impresión terrible del trastorno que había allí experimentado; pues
no se consulta este oráculo impunemente, y la mayor parte de los que
salen de la caverna conservan durante su vida tan profunda tristeza
que no pueden dominarla, habiendo dado esto motivo a un proverbio, y
así es que se dice de un hombre melancólico: «_Viene de la caverna de
Trofonio_».
Algunos días después emprendimos la marcha hacia Tebas. Pasamos por
Queronea, cuyos habitantes ofrecen sacrificios al cetro que Hefesto
fabricó por orden de Zeus, y que Pélope pasó sucesivamente a manos
de Atreo y de Agamenón. Desde Queronea fuimos a Tebas, cuya ciudad,
una de las más considerables de la Grecia, está cercada de murallas
y defendida por torreones. Se entra en ella por siete puertas, y su
recinto es de cuarenta y tres estadios (una legua y 1686 pasos). La
ciudadela está situada en una eminencia, donde se establecieron los
primeros habitantes de Tebas. Entre las magnificencias que decoran
los edificios públicos se ven estatuas de la mayor belleza. Admiré
en el templo de Heracles la figura colosal de este héroe hecha por
Alcámenes, y sus trabajos, obras de Praxíteles; en el de Apolo Ismenio,
el Hermes de Fidias, la Atenea de Escopas, y entre muchos trípodes
de bronce de excelente trabajo, uno todo de oro que fue regalado por
Creso, rey de Lidia.
Hay aquí, como en las demás ciudades de la Grecia, un teatro, un
gimnasio o lugar de ejercicio para la juventud, y una espaciosa plaza
pública. La ciudad está muy poblada; sus habitantes están, como los
de Atenas, divididos en tres clases, cuales son: los ciudadanos, los
extranjeros domiciliados y los esclavos. Tebas es no solo el baluarte
de la Beocia sino también la capital de ella. Está a la cabeza de
una grande confederación compuesta de las principales ciudades de la
Beocia, y que puede poner en campaña más de veinte mil hombres. Esta
potencia es tanto más temible cuanto los beocios son en general bravos,
aguerridos y orgullosos por las victorias que han ganado bajo el mando
de Epaminondas; tienen fuerza corporal extraordinaria y la aumentan
sin cesar con los ejercicios del gimnasio.
El aire es muy puro en el Ática, y muy denso en la Beocia, aunque
este último país solo está separado del primero por el monte
Citerón. Esta diferencia parece que es causa de otra semejante que
se nota en los genios, y confirma las observaciones de los filósofos
sobre la influencia del clima, pues los beocios no tienen aquella
penetración, ni aquella vivacidad que caracterizan a los atenienses;
pero quizás es menester atribuirlo aún más a la educación que a la
naturaleza. Si parecen pesados y estúpidos, es porque son ignorantes
y groseros. Ocúpanse en los ejercicios corporales más que en cultivar
el entendimiento, y de aquí es que no tienen ni las gracias de la
elocución, ni las luces que se adquieren con el trato de las letras,
ni tampoco las exterioridades seductoras que vienen más del arte que
de la naturaleza. Sin embargo, no debe creerse que la Beocia haya
sido estéril en hombres de talento, pues muchos tebanos han hecho
honor a la escuela de Sócrates. Epaminondas no se distinguía menos por
sus conocimientos que por sus talentos militares. En Beocia nacieron
Hesíodo, Corina y Píndaro.
Hesíodo ha dejado un nombre célebre y obras muy estimadas, excediendo
en un género de poesía que pide poca elevación; Píndaro en aquel que
más exige. Este último floreció en tiempo de la expedición de Jerjes,
y vivió unos sesenta y cinco años. Tomó varias lecciones de poesía,
de diferentes maestros y en particular de Mirtis, mujer distinguida
por sus talentos, más célebre todavía por haber contado entre sus
discípulos a Píndaro y a la bella Corina, cuyos dos discípulos vivieron
unidos, a lo menos en el amor a las artes. Ejercitose Píndaro en todos
los géneros de poesía, y debió principalmente su reputación a los
himnos que le pidieron ya para honrar las fiestas de los dioses, ya
para ensalzar el triunfo de los vencedores en los juegos públicos de
la Grecia. Su genio vigoroso e independiente solo se manifiesta con
movimientos irregulares, altivos e impetuosos. Si los dioses son objeto
de su canto, se eleva como un águila hasta los pies de sus tronos,
y si son los hombres, se arroja a la lid cual un fogoso caballo. En
los cielos, por la tierra, hace correr, digámoslo así, un torrente de
imágenes sublimes, de metáforas atrevidas, de pensamientos fuertes y de
máximas luminosas.
Las victorias que los griegos acababan de conseguir sobre los persas
les convencieron de que nada exalta más las almas que los testimonios
brillantes de la estimación pública. Aprovechándose Píndaro de las
circunstancias, acumulando las expresiones más enérgicas y las figuras
más brillantes, parecía que tomaban su voz del trueno para decir a los
estados de la Grecia: «No dejéis extinguir el fuego divino que abrasa
vuestros corazones; excitad toda especie de emulación; honrad toda
clase de mérito; y no atendáis más que los actos de valor y de grandeza
de aquel que solo vive para la gloria». A los griegos reunidos en los
campos de Olimpia: «Mirad», les decía, «esos atletas que para alcanzar
a vuestra presencia algunas hojas de olivo, se han sujetado a tan duro
trabajo. ¿Qué no haréis, pues, cuando se trate de vengar a la patria?».
A pesar de la profundidad de estos pensamientos y el desorden aparente
de su estilo, los versos de este gran poeta se llevan siempre los votos
y la aprobación del público. La multitud los admira sin entenderlos,
porque le basta para esto que pasen rápidamente las imágenes por
delante de los ojos; pero los jueces ilustrados colocarán siempre al
autor en el primer lugar de los poetas líricos, y ya los filósofos
citan sus máximas y respetan su autoridad. Píndaro vivió en el seno del
reposo y de la gloria; aunque es verdad que los tebanos le impusieron
una multa por haber elogiado a los atenienses, sus enemigos, y que en
los certámenes las composiciones de Corina fueron preferidas a las
suyas por cinco veces; a estas tempestades pasajeras sucedieron muy
en breve los días serenos. Los atenienses y todas las naciones de la
Grecia le colmaron de honores, y la misma Corina hizo justicia a la
superioridad de su ingenio. En Delfos, cuando se celebraban los juegos
píticos, precisado a ceder a los deseos e instancias de un inmenso
concurso, se colocaba coronado de laureles en un asiento elevado y
tomando su lira hacia oír aquellos sones encantadores que excitaban por
todas partes voces de admiración, y que eran el más bello ornato de las
fiestas. Cuando concluían los sacrificios, el sacerdote de Apolo le
convidaba con toda solemnidad al banquete sagrado, atendiendo a que el
oráculo había mandado que se le reservase una porción de primicias que
le ofrecían en el templo.
Los tebanos son valerosos, insolentes, audaces y vanos; pasan
rápidamente de la cólera al insulto, y del desprecio de las leyes
al olvido de la humanidad. El menor interés es motivo entre ellos
para cometer injusticias manifiestas, y el más leve pretexto para un
asesinato. En vano se buscaría el distintivo de este carácter en un
cuerpo de jóvenes guerreros, llamado el _Batallón sagrado_, el cual
consta de trescientos individuos, todos educados y mantenidos en
comunidad en la ciudadela, a expensas del público. Los ecos melodiosos
de una flauta dirigen sus ejercicios y hasta sus diversiones; y a fin
de evitar que su valor degenere en un furor ciego, les infunden en sus
almas el sentimiento más noble y más vivo.
Cada uno de estos guerreros debe escoger en el cuerpo un amigo con
quien viva siempre inseparable. Toda su ambición consiste en agradarle,
merecer su estimación, participar de sus placeres y sus penas en el
discurso de la vida, y sus trabajos y peligros en la guerra. Si fuese
capaz de faltarse a sí mismo, jamás faltaría a un amigo, cuya censura
es para él uno de los tormentos más crueles, y sus elogios las más
dulces delicias. Esta unión, casi sobrenatural, hace preferir la muerte
a la infamia, y el amor a la gloria a todos los demás intereses. En
lo fuerte de la pelea fue derribado y quedó tendido boca abajo uno de
estos guerreros, y viendo a un soldado enemigo que le iba a meter la
espada por los riñones: «Espera», le dijo incorporándose, «y traspasa
con este acero mi pecho, pues mi amigo se avergonzaría si llegase a
sospechar que he recibido la muerte huyendo».
En otro tiempo formaban estos guerreros en pelotones, al frente de las
diferentes divisiones del ejército. Pelópidas, que tuvo muchas veces el
honor de mandarlos, habiéndoles hecho pelear en cuerpo, los tebanos les
debieron casi todas las ventajas que lograron contra los lacedemonios.
Filipo destruyó en los campos de Queronea esta cohorte, hasta entonces
invencible, y el mismo príncipe, viendo aquellos jóvenes tebanos
tendidos en el campo de batalla, llenos de heridas honrosas y abrazados
unos con otros en el mismo puesto que habían ocupado, no pudo contener
sus lágrimas, y dio un testimonio público de su valor y sus virtudes.
Saliendo de Tebas pasamos por cerca de un gran lago llamado Hílice, en
el cual desaguan los ríos que riegan el territorio de esta ciudad,
y de allí fuimos a las orillas de otro lago llamado Copaide, cuyo
circuito es de trescientos ochenta estadios (más de 12 leguas y media).
Como no tiene ni puede tener ninguna salida aparente, inundaría en
breve la Beocia si la naturaleza o más bien la industria humana no
hubiese abierto en los montes unos conductos ocultos para que salgan
las aguas. Es muy verosímil que el diluvio, o más bien las avenidas que
en tiempo de Ogiges inundaron la Beocia, no tuvo otro origen que el de
haberse atrancado estos conductos subterráneos.
Después de haber pasado por Opunte y algunas otras ciudades de los
locrios, llegamos al paso célebre de las Termópilas. Le anduvimos
muchas veces, fuimos a ver las termas o baños de agua caliente de
donde se deriva su nombre, y vimos la colina adonde se retiraron los
compañeros de Leónidas después de la muerte de este héroe. Acercándonos
a los monumentos que hizo levantar en aquel sitio la asamblea de los
anfictiones, no pudimos resistir el impulso de nuestra admiración y
enternecimiento. Son unos cipos pequeños en honor de los trescientos
espartanos, y de las demás tropas griegas, que pelearon en aquel famoso
día. En el primero que se ofreció a nuestra vista, leímos: «Aquí
pelearon cuatro mil griegos del Peloponeso contra tres millones de
Persas». Nos acercamos al segundo, y en él leímos estas palabras de
Simónides: «Pasajero, ve a decir a Lacedemonia que descansamos aquí
por haber obedecido a sus santas leyes». ¡Oh, con qué sentimiento de
grandeza, con qué indiferencia sublime se han anunciado semejantes
cosas a la posteridad! Después de estos monumentos célebres, hay un
trofeo que Jerjes hizo levantar y que honra más a los vencidos que a
los vencedores.