CAPÍTULO XXVII.

Continuación sobre las costumbres de los atenienses.

Ya he dicho antes que en ciertas horas del día los atenienses se

reunían en la plaza pública o en las tiendas que hay alrededor de ella.

También fui yo allí muchas veces, ya para aprender alguna cosa nueva y

ya para estudiar el carácter del pueblo.

Me puse, pues, un día a recorrer los diferentes corrillos que había

alrededor de la plaza, compuestos de gentes de toda edad y de todos

estados, y habiendo vuelto la cabeza para ver una partida de dados, se

acercó a mí un hombre muy apresurado y me dijo: «¿Sabéis la noticia

que corre?». «No», le respondí. «¡Cómo! ¿Lo ignoráis? Tengo el mayor

gusto de decírosla: me la ha dado Nicerato, que acaba de llegar de

Macedonia. El rey Filipo ha sido derrotado por los ilirios y está

prisionero, ha muerto». «¡Cómo!, ¿será cierto?». «No hay la menor

duda. Acabo de encontrar a dos arcontes nuestros, y he visto pintada

la alegría en sus rostros. Sin embargo, reservadlo y sobre todo no me

citéis». Dejome al instante y se fue a comunicar el secreto a todo el

mundo.

Así que se marchó, me introduje en un grupo de gente que había

alrededor de un adivino que se lamentaba de la incredulidad de los

atenienses y exclamaba diciendo: «Cuando en la asamblea general hablo

de las cosas divinas y os revelo lo futuro, os burláis de mí como de

un loco; esto no obstante, los acontecimientos han acreditado mis

predicciones; pero vosotros tenéis envidia a todos los que tienen

luces superiores a las vuestras». Iba a continuar cuando vimos venir

a Diógenes, que acababa de llegar de Lacedemonia. «¿De donde venís?»,

le preguntó uno. «Del aposento de los hombres al de las mujeres»,

respondió. «¿Había mucha gente en los juegos olímpicos?», le dijo

otro. «Muchos espectadores y pocos hombres». Estas respuestas fueron

aplaudidas, y al instante se vio Diógenes rodeado de una multitud de

atenienses que le incitaba para que dijese agudezas. «¿Por qué coméis

en el mercado?», le decía uno. «Porque tengo hambre en el mercado».

«¿Cómo podré vengarme de mi enemigo?», preguntaba otro. «Siendo

más virtuoso que él». «Diógenes», le dijo otro, «os ponen nombres

ridículos». «Pero yo no los tomo». Un extranjero natural de Mindo,

quiso saber qué le había parecido aquella ciudad. «He aconsejado a los

habitantes», respondió, «que cierren las puertas para que no se les

escape». El parásito Critón, que estaba subido encima de una silla,

le preguntó por qué le llamaban perro. «Porque acaricio a los que me

dan de comer, ladro a los que me lo niegan y muerdo a los malvados».

«¿Y cuál es», replicó el parásito, «el animal más dañoso?». «Entre los

animales salvajes el calumniador, entre los domésticos el que adula».

Al oír esto los circunstantes soltaron la carcajada; el parásito

desapareció y continuaron con más calor las incitaciones. «¿De dónde

sois, Diógenes?», le dijo uno. «Soy ciudadano del universo», respondió.

«No», replicó otro, «es de Sinope, y los vecinos le obligaron a

salir de la ciudad». «Y yo les he condenado a quedar en ella». Un

joven bien parecido se adelantó, y dijo una expresión tan indecente

que se abochornó uno de sus amigos de la misma edad, y Diógenes le

dijo a este: «Valor, hijo mío; esos son los colores de la virtud», y

dirigiéndose en seguida al primero: «¿No tenéis vergüenza», le dijo,

«de sacar una espada de plomo de una vaina de marfil?» El joven,

encolerizado, le dio un bofetón y él sin inmutarse respondió: «muy

bien; me enseñas una cosa, y es que tengo necesidad de un casco».

«¿Qué fruto habéis sacado de vuestra filosofía?», le preguntó entonces

uno. «Ya lo veis», respondió, «el estar preparado a todos los

acontecimientos.»

En aquel momento estaba cayendo agua de lo alto de una casa a Diógenes

en la cabeza y no mudaba de sitio. Algunos circunstantes manifestaron

compadecerse, y Platón, que por casualidad pasaba por allí, les dijo:

«Si queréis que le aproveche vuestra compasión, haced como que no lo

veis».

Un día encontré en el pórtico de Zeus algunos atenienses que suscitaban

cuestiones filosóficas. «No», decía un antiguo discípulo de Heráclito,

«no puedo contemplar la naturaleza sin un secreto espanto. Los seres

insensibles están en un estado continuo de guerra o destrucción. Los

que viven en los aires, en la tierra, en el agua, no han recibido

la fuerza o la astucia sino para perseguirse o destruirse. Yo mismo

devoro el animal que he criado por mi mano, en tanto que unos viles

insectos me devoran a mí también». «Yo fijo mi vista», dijo un joven

partidario de Demócrito, «en objetos más risueños: el flujo y reflujo

de las generaciones no me aflige más que la sucesión periódica de las

olas del mar o las hojas de los árboles. ¿Qué me importa a mí que

tales individuos aparezcan o desaparezcan? La tierra es una escena que

muda de decoración a cada instante. ¿Acaso no se cubre todos los años

con nuevas flores y nuevos frutos? Los átomos de que estoy compuesto,

después de haberse separado se reunirán un día, y yo volveré a vivir

bajo otra forma».

Salimos del pórtico y fui a las orillas del Iliso, reflexionando

sobre lo que acababa de oír sobre unos sistemas los más raros o más

extravagantes con que me habían entretenido unos hombres llamados

filósofos. Cansado de mi paseo y aún más de mis reflexiones, me senté

al pie de un plátano bajo el cual solía ir Sócrates algunas veces a

conferenciar con sus amigos. Invoqué en alta voz a aquel hombre tan

sabio, y regaba con mi llanto aquel paraje donde estaba sentado,

cuando vi desde lejos a Foco, hijo de Foción, y a Ctesipo, hijo de

Cabrias, acompañados de algunos jóvenes. Como yo tenía relaciones

con ellos, se acercaron a mí y me precisaron a seguirlos. Fuimos a

la plaza pública, y nos enseñaron unos epigramas y cantares contra

los que estaban al frente de los negocios, y se decidió que el mejor

gobierno era el de Lacedemonia. Desde allí nos dirigimos al teatro,

donde representaban aquel día unas piezas nuevas que nosotros silbamos

pero que tuvieron aceptación. Luego montamos a caballo y fuimos a

bañarnos, y a la vuelta nos quedamos a cenar con unas cantantes y unos

flautistas. Entonces olvidé el pórtico, el plátano y Sócrates. Pasamos

una parte de la noche bebiendo, y el resto en pasear por las calles

insultando a los que pasaban. Cuando volví en mí, determiné fijar mis

ideas sobre las opiniones que había oído manifestar en el pórtico,

frecuentar la biblioteca de un ateniense amigo mío, y aprovecharme de

esta ocasión para enterarme circunstanciadamente de los diferentes

ramos de la literatura griega.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 49 / 107 题