Continuación sobre las costumbres de los atenienses.
Ya he dicho antes que en ciertas horas del día los atenienses se
reunían en la plaza pública o en las tiendas que hay alrededor de ella.
También fui yo allí muchas veces, ya para aprender alguna cosa nueva y
ya para estudiar el carácter del pueblo.
Me puse, pues, un día a recorrer los diferentes corrillos que había
alrededor de la plaza, compuestos de gentes de toda edad y de todos
estados, y habiendo vuelto la cabeza para ver una partida de dados, se
acercó a mí un hombre muy apresurado y me dijo: «¿Sabéis la noticia
que corre?». «No», le respondí. «¡Cómo! ¿Lo ignoráis? Tengo el mayor
gusto de decírosla: me la ha dado Nicerato, que acaba de llegar de
Macedonia. El rey Filipo ha sido derrotado por los ilirios y está
prisionero, ha muerto». «¡Cómo!, ¿será cierto?». «No hay la menor
duda. Acabo de encontrar a dos arcontes nuestros, y he visto pintada
la alegría en sus rostros. Sin embargo, reservadlo y sobre todo no me
citéis». Dejome al instante y se fue a comunicar el secreto a todo el
mundo.
Así que se marchó, me introduje en un grupo de gente que había
alrededor de un adivino que se lamentaba de la incredulidad de los
atenienses y exclamaba diciendo: «Cuando en la asamblea general hablo
de las cosas divinas y os revelo lo futuro, os burláis de mí como de
un loco; esto no obstante, los acontecimientos han acreditado mis
predicciones; pero vosotros tenéis envidia a todos los que tienen
luces superiores a las vuestras». Iba a continuar cuando vimos venir
a Diógenes, que acababa de llegar de Lacedemonia. «¿De donde venís?»,
le preguntó uno. «Del aposento de los hombres al de las mujeres»,
respondió. «¿Había mucha gente en los juegos olímpicos?», le dijo
otro. «Muchos espectadores y pocos hombres». Estas respuestas fueron
aplaudidas, y al instante se vio Diógenes rodeado de una multitud de
atenienses que le incitaba para que dijese agudezas. «¿Por qué coméis
en el mercado?», le decía uno. «Porque tengo hambre en el mercado».
«¿Cómo podré vengarme de mi enemigo?», preguntaba otro. «Siendo
más virtuoso que él». «Diógenes», le dijo otro, «os ponen nombres
ridículos». «Pero yo no los tomo». Un extranjero natural de Mindo,
quiso saber qué le había parecido aquella ciudad. «He aconsejado a los
habitantes», respondió, «que cierren las puertas para que no se les
escape». El parásito Critón, que estaba subido encima de una silla,
le preguntó por qué le llamaban perro. «Porque acaricio a los que me
dan de comer, ladro a los que me lo niegan y muerdo a los malvados».
«¿Y cuál es», replicó el parásito, «el animal más dañoso?». «Entre los
animales salvajes el calumniador, entre los domésticos el que adula».
Al oír esto los circunstantes soltaron la carcajada; el parásito
desapareció y continuaron con más calor las incitaciones. «¿De dónde
sois, Diógenes?», le dijo uno. «Soy ciudadano del universo», respondió.
«No», replicó otro, «es de Sinope, y los vecinos le obligaron a
salir de la ciudad». «Y yo les he condenado a quedar en ella». Un
joven bien parecido se adelantó, y dijo una expresión tan indecente
que se abochornó uno de sus amigos de la misma edad, y Diógenes le
dijo a este: «Valor, hijo mío; esos son los colores de la virtud», y
dirigiéndose en seguida al primero: «¿No tenéis vergüenza», le dijo,
«de sacar una espada de plomo de una vaina de marfil?» El joven,
encolerizado, le dio un bofetón y él sin inmutarse respondió: «muy
bien; me enseñas una cosa, y es que tengo necesidad de un casco».
«¿Qué fruto habéis sacado de vuestra filosofía?», le preguntó entonces
uno. «Ya lo veis», respondió, «el estar preparado a todos los
acontecimientos.»
En aquel momento estaba cayendo agua de lo alto de una casa a Diógenes
en la cabeza y no mudaba de sitio. Algunos circunstantes manifestaron
compadecerse, y Platón, que por casualidad pasaba por allí, les dijo:
«Si queréis que le aproveche vuestra compasión, haced como que no lo
veis».
Un día encontré en el pórtico de Zeus algunos atenienses que suscitaban
cuestiones filosóficas. «No», decía un antiguo discípulo de Heráclito,
«no puedo contemplar la naturaleza sin un secreto espanto. Los seres
insensibles están en un estado continuo de guerra o destrucción. Los
que viven en los aires, en la tierra, en el agua, no han recibido
la fuerza o la astucia sino para perseguirse o destruirse. Yo mismo
devoro el animal que he criado por mi mano, en tanto que unos viles
insectos me devoran a mí también». «Yo fijo mi vista», dijo un joven
partidario de Demócrito, «en objetos más risueños: el flujo y reflujo
de las generaciones no me aflige más que la sucesión periódica de las
olas del mar o las hojas de los árboles. ¿Qué me importa a mí que
tales individuos aparezcan o desaparezcan? La tierra es una escena que
muda de decoración a cada instante. ¿Acaso no se cubre todos los años
con nuevas flores y nuevos frutos? Los átomos de que estoy compuesto,
después de haberse separado se reunirán un día, y yo volveré a vivir
bajo otra forma».
Salimos del pórtico y fui a las orillas del Iliso, reflexionando
sobre lo que acababa de oír sobre unos sistemas los más raros o más
extravagantes con que me habían entretenido unos hombres llamados
filósofos. Cansado de mi paseo y aún más de mis reflexiones, me senté
al pie de un plátano bajo el cual solía ir Sócrates algunas veces a
conferenciar con sus amigos. Invoqué en alta voz a aquel hombre tan
sabio, y regaba con mi llanto aquel paraje donde estaba sentado,
cuando vi desde lejos a Foco, hijo de Foción, y a Ctesipo, hijo de
Cabrias, acompañados de algunos jóvenes. Como yo tenía relaciones
con ellos, se acercaron a mí y me precisaron a seguirlos. Fuimos a
la plaza pública, y nos enseñaron unos epigramas y cantares contra
los que estaban al frente de los negocios, y se decidió que el mejor
gobierno era el de Lacedemonia. Desde allí nos dirigimos al teatro,
donde representaban aquel día unas piezas nuevas que nosotros silbamos
pero que tuvieron aceptación. Luego montamos a caballo y fuimos a
bañarnos, y a la vuelta nos quedamos a cenar con unas cantantes y unos
flautistas. Entonces olvidé el pórtico, el plátano y Sócrates. Pasamos
una parte de la noche bebiendo, y el resto en pasear por las calles
insultando a los que pasaban. Cuando volví en mí, determiné fijar mis
ideas sobre las opiniones que había oído manifestar en el pórtico,
frecuentar la biblioteca de un ateniense amigo mío, y aprovecharme de
esta ocasión para enterarme circunstanciadamente de los diferentes
ramos de la literatura griega.