CAPÍTULO XXVIII.

Biblioteca de un ateniense. Clase de filosofía.

Había muchos atenienses que tenían colecciones de buenos libros,

pero la más digna de atención era la de Euclides. La adquirió de sus

padres, y merecía poseerla porque conocía su mérito. Al entrar en ella

experimenté admiración y placer al mismo tiempo, pues me hallaba en

medio de los ingenios más ilustres de la Grecia. La reunión de todos

los soberanos de estas regiones me hubiese parecido quizás menos

imponente, y así es que exclamé al cabo de algunos momentos: «¡Ay de

mí! ¡Qué de conocimientos están negados a los escitas!». Y después

he dicho más de una vez: «¡Oh, cuántos conocimientos inútiles a los

hombres!».

Omitiré el hablar aquí de todos los materiales que se emplean para

escribir sobre ellos. Sucesivamente se usaron pieles de cabra y de

oveja y diversas especies de telas; después se echó mano de un papel

hecho de las capas interiores del tallo de una planta que se cría

en los lagos del Egipto, en medio de las aguas muertas del Nilo,

después de sus inundaciones. De él hacen rollos, a cuya extremidad

cuelgan un rótulo que contiene el título del libro. Solo escriben en

una de las caras de cada rollo, y para que se pueda leer los dividen

en varias partes o páginas. Hay copiantes de profesión que solo se

ocupan en trasladar las obras que llegan a sus manos, aunque a veces

algunos particulares se toman este trabajo con el deseo de instruirse.

Demóstenes me dijo un día que, para formar su estilo, había copiado

de su mano la historia de Tucídides. De aquí es que multiplican los

ejemplares; pero a causa del coste de la copia no son bastante comunes,

y de esto resulta que las luces se difunden con tanta lentitud. Un

libro se hace más raro cuando sale a luz en un país lejano, o cuando

trata de materias que no están al alcance de todo el mundo. Yo he

visto al mismo Platón, a pesar de la correspondencia que tenía con la

Italia, lograr con dificultad ciertas obras de filosofía, y dar cien

minas (cerca de cuarenta mil reales) por tres obritas de Filolao.

Los libreros de Atenas no pueden ni tomar esto a su cargo, ni hacer

semejantes desembolsos; así es que por lo común tienen un surtido

de libros de pura diversión, de los cuales envían una parte a los

países limítrofes y a veces a las colonias griegas establecidas en

las costas del Ponto Euxino. El frenesí de escribir fomenta sin cesar

este comercio. Los griegos se han ejercitado en todos los géneros de

literatura, y se puede juzgar de ello por las diversas noticias que

daré relativas a la biblioteca de Euclides.

Daré principio pues por la clase de filosofía, cuya ciencia solo

remonta su origen al siglo de Solón, que floreció unos doscientos

cincuenta años hace. Anteriormente tenían los griegos teólogos y no

conocían a ningún filósofo. Cuidándose poco de estudiar la naturaleza,

los poetas recogían y acreditaban con sus obras los embustes y las

supersticiones que reinaban entre el pueblo; pero en tiempo de aquel

legislador se hizo repentinamente una revolución maravillosa en las

luces. Tales y Pitágoras echaron los cimientos de su filosofía; Cadmo

de Mileto escribía la historia en prosa; Tespis dio nueva forma a la

tragedia y Susarión a la comedia.

Tales de Mileto, en Jonia, uno de los siete sabios de Grecia, nació en

el año primero de la tercera olimpiada (hacia el 580 antes de J. C.).

Desempeñó primeramente con tino los empleos distinguidos, a que le

llamaron su sabiduría y su ilustre nacimiento, y luego la necesidad de

instruirse más y más le obligó a viajar entre las naciones extrañas. A

su vuelta se dedicó al estudio de la naturaleza, dejó atónita la Grecia

con la predicción de un eclipse de sol, y la ilustró comunicándole las

luces que había adquirido en Egipto sobre la geometría y astronomía;

vivió libre, gozó pacíficamente de su reputación y murió exento de

pesares.

Nada hay tan célebre como el nombre de Pitágoras; nada tan poco

conocido como los pormenores de la vida de este filósofo. Parece que

en su juventud tomó lecciones de Tales y de Ferécides de Siros, y que

después residió mucho tiempo en Egipto. Los arcanos de los misterios

de los egipcios y las largas meditaciones de los sabios del oriente

tuvieron tanto atractivo para su imaginación ardiente como le tuvo

para su carácter firme el régimen severo que la mayor parte de ellos

habían abrazado. Cuando volvió de sus viajes, hallando su patria

oprimida por un tirano, fue a establecerse en Crotona de Italia. Los

habitantes de esta ciudad se hallaban entregados a la mayor corrupción,

pero sus instrucciones y sus ejemplos tuvieron tal influencia en su

conducta que en un solo día se vio a las mujeres, subyugadas por su

elocuencia, consagrar en un templo los más ricos adornos con que se

ataviaban. Poco satisfecho de este triunfo, quiso perpetuarle educando

a la juventud en los principios que le habían procurado. Imaginó pues

un sistema de educación que, para hacer las almas capaces de la verdad,

debía hacerlas independientes de los sentidos. Entonces fue cuando

formó aquel famoso instituto que hasta en estos últimos tiempos se ha

distinguido entre las demás sectas filosóficas.

Habiendo llegado a una extrema vejez, tuvo el dolor de ver su obra casi

destruida por la envidia de los principales habitantes de Crotona.

Precisado a huir, anduvo errante de ciudad en ciudad hasta el momento

en que su muerte hizo callar la envidia y tributar a su memoria los

honores que el recuerdo de sus infortunios llevó al exceso. La escuela

de Jonia debe su origen a Tales; la de Italia a Pitágoras; estas dos

escuelas han formado otras que todas han producido grandes hombres.

Euclides, al reunir sus escritos, tuvo cuidado de clasificarlos según

los diferentes sistemas de filosofía. A continuación de Tales se

veían las obras de los que se han trasmitido su doctrina. Estos son

Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, el primero que enseñó filosofía en

Atenas, y Arquelao que fue el maestro de Sócrates. Sus escritos tratan

de la formación del universo, de la naturaleza de las cosas, de la

geometría y de la astronomía.

Los tratados siguientes tenían mucha más relación con la moral, porque

Sócrates y sus discípulos se han ocupado menos de la naturaleza en

general que del hombre en particular. Sócrates únicamente ha dejado

por escrito un himno en honor de Apolo y algunas fábulas de Esopo que

puso en verso cuando estaba preso. Encontré en casa de Euclides estas

dos piececitas y las obras producidas por la escuela de este filósofo.

Casi todas están en forma de diálogos en que Sócrates es el principal

interlocutor, porque se propuso recordar así sus conversaciones.

De la escuela de Italia ha salido un número de escritores mucho mayor

que de la Jonia. Además de algunos tratados que atribuyen a Pitágoras

y que no parecen auténticos, la biblioteca de Euclides contenía casi

todos los escritos de los filósofos que han seguido o modificado su

doctrina. Tales fueron Empédocles de Agrigento, a quien los habitantes

de esta gran ciudad ofrecieron la corona y él prefirió establecer la

igualdad entre ellos; Epicarmo, siciliano, que se atrajo la enemistad

de los demás filósofos por haber revelado el secreto de sus doctrinas

en sus comedias; Ocelo de Lucania, Timeo de Locres y Arquitas de

Tarento, célebre por sus descubrimientos importantes en la mecánica;

Filolao de Crotona, uno de los primeros griegos que hicieron mover la

tierra alrededor del centro del universo; Eudoxo, a quien he visto

muchas veces en casa de Platón, y que fue a un mismo tiempo geómetra,

astrónomo, médico y legislador, en fin otros muchos que no fueron

célebres hasta después de su muerte.

Díjome Euclides que la escuela de Jonia había difundido por la tierra

menos luces que la de Italia, pero que esta había incurrido en

desaciertos, de que era natural que se apartase su rival. En efecto,

los dos grandes hombres que las fundaron pusieron en sus obras el

sello de su ingenio. Tales, distinguido por un juicio profundo, tuvo

por discípulos unos sabios que estudiaron la naturaleza por caminos

sencillos, y su escuela produjo al fin a Anaxágoras y la más pura

teología. Pitágoras, dominado por una imaginación fuerte, fundó una

secta de piadosos entusiastas, que al principio solo vieron en la

naturaleza proporciones y armonía, y pasando luego de un género de

ficciones a otro, dieron origen a la escuela de Elea en Italia y a la

más abstracta metafísica.

Esta última escuela debe su origen a Jenófanes de Colofón, en Jonia. De

ella han salido muchos filósofos muy distinguidos, a saber: Parménides

de Elea, que dio excelentes leyes a su patria; Zenón, que conspiró

contra un opresor y murió sin haber querido declarar quiénes eran sus

cómplices; Arquitas y Meliso, que mandaron ejércitos; Demócrito de

Abdera, en Tracia, que hizo cesión de una parte de sus bienes en favor

de uno de sus hermanos para viajar, a ejemplo de Pitágoras, por los

pueblos que los griegos tratan de bárbaros y que eran depositarios

de las ciencias. Protágoras, que llegó a ser uno de los sofistas más

hábiles de Atenas y que terminó siendo acusado de ateísmo y desterrado

del Ática.

Entre los autores que han escrito de filosofía no debo omitir a

Heráclito de Éfeso, que ha merecido el apodo de _Tenebroso_ por la

oscuridad de su estilo. Este hombre de carácter sombrío y de un orgullo

insufrible empezó confesando que nada sabía, y acabó diciendo que lo

sabía todo. Los de Éfeso quisieron ponerle al frente de su república,

a lo cual se negó irritado porque habían desterrado a Hermodoro, su

amigo. Le pidieron leyes y contestó que estaban muy corrompidos.

Habiéndose hecho odioso a todos, salió de Éfeso y se retiró a los

montes, donde solo se alimentaba de hierbas silvestres y no sacaba más

fruto de sus meditaciones que el aborrecer más y más a los hombres.

Las obras de estos escritores célebres estaban acompañadas de otras

muchas, cuyos autores son menos conocidos. Mientras que yo felicitaba a

Euclides por ser el posesor de una colección tan preciosa, vi entrar en

la biblioteca un hombre venerable por su aspecto, su edad y su porte.

Caíale el cabello suelto por los hombros y tenía la frente ceñida de

una diadema y una corona de mirto. Este era Calias, el hierofante

o gran sacerdote de Deméter, íntimo amigo de Euclides, quien tuvo

la atención de presentarme a él y hablarle en favor mío. Al cabo de

algunos momentos de conversación volví yo a mis libros y los repasé

con tal asombro que Calias lo notó y me preguntó si gustaría de tener

algunas nociones de la doctrina que contenían. Satisfecho de mi

respuesta, empezó a hablar de las causas primeras y de los sistemas

de los filósofos, haciendo un discurso muy largo por el cual me hizo

ver que en la enorme colección que teníamos a la vista las luces más

vivas brillaban en medio de la mayor oscuridad, que el exceso del

delirio estaba unido a lo profundo de la sabiduría, y que el hombre

había desplegado al mismo tiempo la fuerza y la debilidad de su razón.

De todo cuanto me dijo y yo escuchaba sin dejar de manifestarle mi

sorpresa, me complazco en poder retener estas hermosas palabras:

«Acordaos, hijo mío, que la naturaleza está cubierta con un velo de

bronce, que los esfuerzos reunidos de todos los hombres y de todos los

siglos no bastan para poder levantar el borde de este velo, y que la

ciencia del filósofo consiste en discernir el punto donde empiezan los

misterios y la sabiduría, en respetarlos».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 50 / 107 题