Biblioteca de un ateniense. Clase de filosofía.
Había muchos atenienses que tenían colecciones de buenos libros,
pero la más digna de atención era la de Euclides. La adquirió de sus
padres, y merecía poseerla porque conocía su mérito. Al entrar en ella
experimenté admiración y placer al mismo tiempo, pues me hallaba en
medio de los ingenios más ilustres de la Grecia. La reunión de todos
los soberanos de estas regiones me hubiese parecido quizás menos
imponente, y así es que exclamé al cabo de algunos momentos: «¡Ay de
mí! ¡Qué de conocimientos están negados a los escitas!». Y después
he dicho más de una vez: «¡Oh, cuántos conocimientos inútiles a los
hombres!».
Omitiré el hablar aquí de todos los materiales que se emplean para
escribir sobre ellos. Sucesivamente se usaron pieles de cabra y de
oveja y diversas especies de telas; después se echó mano de un papel
hecho de las capas interiores del tallo de una planta que se cría
en los lagos del Egipto, en medio de las aguas muertas del Nilo,
después de sus inundaciones. De él hacen rollos, a cuya extremidad
cuelgan un rótulo que contiene el título del libro. Solo escriben en
una de las caras de cada rollo, y para que se pueda leer los dividen
en varias partes o páginas. Hay copiantes de profesión que solo se
ocupan en trasladar las obras que llegan a sus manos, aunque a veces
algunos particulares se toman este trabajo con el deseo de instruirse.
Demóstenes me dijo un día que, para formar su estilo, había copiado
de su mano la historia de Tucídides. De aquí es que multiplican los
ejemplares; pero a causa del coste de la copia no son bastante comunes,
y de esto resulta que las luces se difunden con tanta lentitud. Un
libro se hace más raro cuando sale a luz en un país lejano, o cuando
trata de materias que no están al alcance de todo el mundo. Yo he
visto al mismo Platón, a pesar de la correspondencia que tenía con la
Italia, lograr con dificultad ciertas obras de filosofía, y dar cien
minas (cerca de cuarenta mil reales) por tres obritas de Filolao.
Los libreros de Atenas no pueden ni tomar esto a su cargo, ni hacer
semejantes desembolsos; así es que por lo común tienen un surtido
de libros de pura diversión, de los cuales envían una parte a los
países limítrofes y a veces a las colonias griegas establecidas en
las costas del Ponto Euxino. El frenesí de escribir fomenta sin cesar
este comercio. Los griegos se han ejercitado en todos los géneros de
literatura, y se puede juzgar de ello por las diversas noticias que
daré relativas a la biblioteca de Euclides.
Daré principio pues por la clase de filosofía, cuya ciencia solo
remonta su origen al siglo de Solón, que floreció unos doscientos
cincuenta años hace. Anteriormente tenían los griegos teólogos y no
conocían a ningún filósofo. Cuidándose poco de estudiar la naturaleza,
los poetas recogían y acreditaban con sus obras los embustes y las
supersticiones que reinaban entre el pueblo; pero en tiempo de aquel
legislador se hizo repentinamente una revolución maravillosa en las
luces. Tales y Pitágoras echaron los cimientos de su filosofía; Cadmo
de Mileto escribía la historia en prosa; Tespis dio nueva forma a la
tragedia y Susarión a la comedia.
Tales de Mileto, en Jonia, uno de los siete sabios de Grecia, nació en
el año primero de la tercera olimpiada (hacia el 580 antes de J. C.).
Desempeñó primeramente con tino los empleos distinguidos, a que le
llamaron su sabiduría y su ilustre nacimiento, y luego la necesidad de
instruirse más y más le obligó a viajar entre las naciones extrañas. A
su vuelta se dedicó al estudio de la naturaleza, dejó atónita la Grecia
con la predicción de un eclipse de sol, y la ilustró comunicándole las
luces que había adquirido en Egipto sobre la geometría y astronomía;
vivió libre, gozó pacíficamente de su reputación y murió exento de
pesares.
Nada hay tan célebre como el nombre de Pitágoras; nada tan poco
conocido como los pormenores de la vida de este filósofo. Parece que
en su juventud tomó lecciones de Tales y de Ferécides de Siros, y que
después residió mucho tiempo en Egipto. Los arcanos de los misterios
de los egipcios y las largas meditaciones de los sabios del oriente
tuvieron tanto atractivo para su imaginación ardiente como le tuvo
para su carácter firme el régimen severo que la mayor parte de ellos
habían abrazado. Cuando volvió de sus viajes, hallando su patria
oprimida por un tirano, fue a establecerse en Crotona de Italia. Los
habitantes de esta ciudad se hallaban entregados a la mayor corrupción,
pero sus instrucciones y sus ejemplos tuvieron tal influencia en su
conducta que en un solo día se vio a las mujeres, subyugadas por su
elocuencia, consagrar en un templo los más ricos adornos con que se
ataviaban. Poco satisfecho de este triunfo, quiso perpetuarle educando
a la juventud en los principios que le habían procurado. Imaginó pues
un sistema de educación que, para hacer las almas capaces de la verdad,
debía hacerlas independientes de los sentidos. Entonces fue cuando
formó aquel famoso instituto que hasta en estos últimos tiempos se ha
distinguido entre las demás sectas filosóficas.
Habiendo llegado a una extrema vejez, tuvo el dolor de ver su obra casi
destruida por la envidia de los principales habitantes de Crotona.
Precisado a huir, anduvo errante de ciudad en ciudad hasta el momento
en que su muerte hizo callar la envidia y tributar a su memoria los
honores que el recuerdo de sus infortunios llevó al exceso. La escuela
de Jonia debe su origen a Tales; la de Italia a Pitágoras; estas dos
escuelas han formado otras que todas han producido grandes hombres.
Euclides, al reunir sus escritos, tuvo cuidado de clasificarlos según
los diferentes sistemas de filosofía. A continuación de Tales se
veían las obras de los que se han trasmitido su doctrina. Estos son
Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, el primero que enseñó filosofía en
Atenas, y Arquelao que fue el maestro de Sócrates. Sus escritos tratan
de la formación del universo, de la naturaleza de las cosas, de la
geometría y de la astronomía.
Los tratados siguientes tenían mucha más relación con la moral, porque
Sócrates y sus discípulos se han ocupado menos de la naturaleza en
general que del hombre en particular. Sócrates únicamente ha dejado
por escrito un himno en honor de Apolo y algunas fábulas de Esopo que
puso en verso cuando estaba preso. Encontré en casa de Euclides estas
dos piececitas y las obras producidas por la escuela de este filósofo.
Casi todas están en forma de diálogos en que Sócrates es el principal
interlocutor, porque se propuso recordar así sus conversaciones.
De la escuela de Italia ha salido un número de escritores mucho mayor
que de la Jonia. Además de algunos tratados que atribuyen a Pitágoras
y que no parecen auténticos, la biblioteca de Euclides contenía casi
todos los escritos de los filósofos que han seguido o modificado su
doctrina. Tales fueron Empédocles de Agrigento, a quien los habitantes
de esta gran ciudad ofrecieron la corona y él prefirió establecer la
igualdad entre ellos; Epicarmo, siciliano, que se atrajo la enemistad
de los demás filósofos por haber revelado el secreto de sus doctrinas
en sus comedias; Ocelo de Lucania, Timeo de Locres y Arquitas de
Tarento, célebre por sus descubrimientos importantes en la mecánica;
Filolao de Crotona, uno de los primeros griegos que hicieron mover la
tierra alrededor del centro del universo; Eudoxo, a quien he visto
muchas veces en casa de Platón, y que fue a un mismo tiempo geómetra,
astrónomo, médico y legislador, en fin otros muchos que no fueron
célebres hasta después de su muerte.
Díjome Euclides que la escuela de Jonia había difundido por la tierra
menos luces que la de Italia, pero que esta había incurrido en
desaciertos, de que era natural que se apartase su rival. En efecto,
los dos grandes hombres que las fundaron pusieron en sus obras el
sello de su ingenio. Tales, distinguido por un juicio profundo, tuvo
por discípulos unos sabios que estudiaron la naturaleza por caminos
sencillos, y su escuela produjo al fin a Anaxágoras y la más pura
teología. Pitágoras, dominado por una imaginación fuerte, fundó una
secta de piadosos entusiastas, que al principio solo vieron en la
naturaleza proporciones y armonía, y pasando luego de un género de
ficciones a otro, dieron origen a la escuela de Elea en Italia y a la
más abstracta metafísica.
Esta última escuela debe su origen a Jenófanes de Colofón, en Jonia. De
ella han salido muchos filósofos muy distinguidos, a saber: Parménides
de Elea, que dio excelentes leyes a su patria; Zenón, que conspiró
contra un opresor y murió sin haber querido declarar quiénes eran sus
cómplices; Arquitas y Meliso, que mandaron ejércitos; Demócrito de
Abdera, en Tracia, que hizo cesión de una parte de sus bienes en favor
de uno de sus hermanos para viajar, a ejemplo de Pitágoras, por los
pueblos que los griegos tratan de bárbaros y que eran depositarios
de las ciencias. Protágoras, que llegó a ser uno de los sofistas más
hábiles de Atenas y que terminó siendo acusado de ateísmo y desterrado
del Ática.
Entre los autores que han escrito de filosofía no debo omitir a
Heráclito de Éfeso, que ha merecido el apodo de _Tenebroso_ por la
oscuridad de su estilo. Este hombre de carácter sombrío y de un orgullo
insufrible empezó confesando que nada sabía, y acabó diciendo que lo
sabía todo. Los de Éfeso quisieron ponerle al frente de su república,
a lo cual se negó irritado porque habían desterrado a Hermodoro, su
amigo. Le pidieron leyes y contestó que estaban muy corrompidos.
Habiéndose hecho odioso a todos, salió de Éfeso y se retiró a los
montes, donde solo se alimentaba de hierbas silvestres y no sacaba más
fruto de sus meditaciones que el aborrecer más y más a los hombres.
Las obras de estos escritores célebres estaban acompañadas de otras
muchas, cuyos autores son menos conocidos. Mientras que yo felicitaba a
Euclides por ser el posesor de una colección tan preciosa, vi entrar en
la biblioteca un hombre venerable por su aspecto, su edad y su porte.
Caíale el cabello suelto por los hombros y tenía la frente ceñida de
una diadema y una corona de mirto. Este era Calias, el hierofante
o gran sacerdote de Deméter, íntimo amigo de Euclides, quien tuvo
la atención de presentarme a él y hablarle en favor mío. Al cabo de
algunos momentos de conversación volví yo a mis libros y los repasé
con tal asombro que Calias lo notó y me preguntó si gustaría de tener
algunas nociones de la doctrina que contenían. Satisfecho de mi
respuesta, empezó a hablar de las causas primeras y de los sistemas
de los filósofos, haciendo un discurso muy largo por el cual me hizo
ver que en la enorme colección que teníamos a la vista las luces más
vivas brillaban en medio de la mayor oscuridad, que el exceso del
delirio estaba unido a lo profundo de la sabiduría, y que el hombre
había desplegado al mismo tiempo la fuerza y la debilidad de su razón.
De todo cuanto me dijo y yo escuchaba sin dejar de manifestarle mi
sorpresa, me complazco en poder retener estas hermosas palabras:
«Acordaos, hijo mío, que la naturaleza está cubierta con un velo de
bronce, que los esfuerzos reunidos de todos los hombres y de todos los
siglos no bastan para poder levantar el borde de este velo, y que la
ciencia del filósofo consiste en discernir el punto donde empiezan los
misterios y la sabiduría, en respetarlos».