De la música de los atenienses.
Fui un día a ver a Filótimo en una casita que tenía extramuros de
Atenas en la colina del Cinosargo, distante tres estadios de la puerta
Melítida. La situación era deliciosa: por todas partes se recreaba la
vista en cuadros preciosos y variados. Después de haber recorrido los
diferentes barrios de la ciudad y sus cercanías, se extendía hasta
las montañas de Salamina, de Corinto y aun de la Arcadia. Pasamos a un
huertecito que Filótimo mismo cultivaba y le daba frutas y legumbres en
abundancia. Todo su adorno consistía en un bosque de plátanos, en medio
del cual se veía un altar consagrado a las Musas. «Experimento sumo
disgusto», dijo Filótimo, «cada vez que tengo que dejar este retiro.
Vigilaré la educación del hijo de Apolodoro, pues lo he prometido,
pero es el último sacrificio que haré de mi libertad». Y conociendo la
sorpresa que me causaba este lenguaje, «los atenienses», añadió, «no
necesitan ya instrucción; ¡son tan amables! Porque, en verdad, ¿qué
puedo yo decir a unas gentes que establecen por principio que el placer
de una sensación es preferible a todas las verdades de la moral?».
La casa me pareció adornada con tanta decencia como gusto. Vimos en un
gabinete liras, flautas e instrumentos de diferentes formas, de los
cuales algunos ya no servían; y estaban ocupados varios estantes con
libros de música. Supliqué a Filótimo que me indicase los que fuesen
a propósito para enseñarme los principios, y me respondió que no había
ninguno entre tantos. «Nosotros no tenemos», añadió, «más que un corto
número de obras, muy superficiales, sobre el género enarmónico, y un
número mayor sobre la preferencia que debe darse en la educación a
ciertas especies de música. Ningún autor ha emprendido hasta ahora el
ilustrar metódicamente todas y cada una de las partes de esta ciencia».
Manifestele entonces un vivo deseo de tener a lo menos alguna noción, y
cediendo a mis instancias, se explicó en los términos siguientes.
«Podéis juzgar de nuestro gusto en la música por la multitud de
acepciones que damos a esta palabra, pues la aplicamos indiferentemente
a la melodía, a la medida, a la poesía, a la danza, al ademán, al gesto
y a la reunión de casi todas las artes. Aún no basta. El espíritu de
combinación que se ha introducido entre nosotros hace ya cerca de dos
siglos, y que por todas partes nos obliga a buscar aproximaciones,
ha querido someter a las leyes de la armonía los movimientos de los
cuerpos celestes y los de nuestra alma». Después de este preámbulo,
me habló de la música en su esencia. No referiré aquí todo lo que me
dijo acerca del sonido, los intervalos, las concordancias, los géneros,
los modos y el ritmo, pues todos estos pormenores serían quizás
impertinentes y fastidiosos para la mayor parte de los lectores; pero
juzgo útil hacerles una relación en compendio de la conversación que
tuvimos juntos el día siguiente sobre la parte moral de la música.
Levanteme en aquella hora en que los habitantes del campo llevan las
provisiones a la plaza y los de la ciudad se esparcen confusamente por
las calles. El cielo estaba despejado y sereno, gozaban mis sentidos de
una frescura deliciosa, y parecía que me daba una nueva existencia. El
oriente brillaba con los fulgores del Sol, y toda la tierra respiraba
con la salida de este astro que parece reproducirla cada día. Absorto
en vista de un espectáculo tan hermoso, no había reparado en la llegada
de Filótimo, el cual me dijo: «os he sorprendido en una especie de
arrebato». «No ceso de experimentarle», le respondí, «desde que estoy
en Grecia. La extremada pureza del aire que en ella se respira, y los
vivos colores con que se presentan a mis ojos los objetos, parece que
ensanchan mi alma y la causan nuevas sensaciones». Tomamos pues de
aquí ocasión para hablar de la influencia del clima. Filótimo atribuía
a esta causa la admirable sensibilidad de los griegos, la cual, decía,
es para ellos un manantial inagotable de placeres y de errores que
parece se aumentan de día en día. «Yo creía, al contrario», repliqué,
«que empezaba a debilitarse. Si me engaño, decidme pues: ¿por qué
la música no obra los mismos prodigios que en otro tiempo?». «Es»,
respondió, «porque en otro tiempo era más grosera y las naciones
estaban todavía en su infancia. Si en algunos hombres cuya alegría solo
se excitaba con sonidos estrepitosos, una voz acompañada de algunos
instrumentos les hacía conocer una melodía muy sencilla, aunque sujeta
a ciertas reglas, en breve se les veía también, enajenados de gozo,
explicar su admiración con las más fuertes hipérboles: he aquí lo que
experimentaron los pueblos de la Grecia antes de la guerra de Troya.
Anfión animaba con sus cantos a los obreros que construían la fortaleza
de Tebas, como se ha practicado después cuando se reedificaron los
muros de Mesina: por esto se dice que se habían levantado las murallas
de Tebas al son de su lira. Orfeo modulaba la suya con un corto
número de sones agradables, y no obstante se dice que los tigres se
amansaban y venían a lamerle los pies». «No remonto», le dije, «a
aquellos siglos remotos; pero os cito los lacedemonios, divididos entre
ellos y de repente reunidos a los ecos armoniosos de Terpandro; los
atenienses, dominados por los cantos de Solón en la isla de Salamina,
con desprecio de un decreto que condenaba a muerte a un orador harto
atrevido para proponer la conquista de aquella isla; las costumbres
de los habitantes de Arcadia suavizadas por la música; y dejo de
referir otros muchos hechos que ignoro, o de que no se tiene noticia,
a pesar de las investigaciones vuestras». «Los conozco bastante»,
dijo Filótimo, «para aseguraros que desaparece lo maravilloso cuando
se examina detenidamente. Terpandro y Solón debieron sus buenos
resultados no tanto a la música como a la poesía; y menos quizás a
esta que a las circunstancias particulares. Era preciso, pues, que los
lacedemonios hubiesen comenzado ya a cansarse de sus desavenencias,
pues consintieron en escuchar a Terpandro. En cuanto a la revocación
del decreto conseguida por Solón, entiendo que jamás causará admiración
a los que conocen la ligereza de carácter de los atenienses. El ejemplo
de los habitantes de la Arcadia es más admirable. Estos pueblos habían
contraído en un clima riguroso y en unos trabajos duros, una ferocidad
que les hacía desgraciados. Sus primeros legisladores advirtieron la
impresión que el canto hacía en sus almas, y los juzgaron susceptibles
de la dicha, porque eran sensibles. Los niños aprendieron a celebrar
a los dioses y los héroes del país. Establecieron las fiestas de los
sacrificios públicos, pompas solemnes y fiestas de mancebos y de
doncellas. Estas instituciones que aún duran, redujeron insensiblemente
al trato unos hombres agrestes; llegaron a ser dóciles, humanos y
benéficos; pero ¡cuántas causas no contribuyeron con la música a este
cambiamiento!
»Desde que la música ha hecho tan grandes progresos, ha perdido el
augusto privilegio de instruir a los hombres y de hacerlos mejores».
«¿En qué consiste», le dije, «que un arte que tiene tanto imperio en
nuestras almas, se hace menos útil cuanto es más agradable?». «Vos
mismo lo comprenderéis quizás», me respondió, «si comparáis la música
antigua con la moderna. Sencilla en su origen, más rica y más varia
después, animó sucesivamente los versos de Hesíodo y de Homero, de
Arquíloco y de Terpandro, de Simónides y de Píndaro. Inseparable de la
poesía, adquiría los encantos de esta o más bien le prestaba los suyos.
»No hay más que una expresión para manifestar con toda su fuerza una
imagen o un sentimiento. En la música vocal, la expresión única es
la especie de entonación que conviene a cada palabra, a cada verso.
Así es que los antiguos poetas que eran a la vez músicos, filósofos y
legisladores, jamás perdieron de vista este principio. Las palabras,
la melodía, el ritmo, confiados a una misma mano, dirigían sus
esfuerzos de modo que todo concurría igualmente a la unidad de la
expresión. Emplearon nuestros tres principales modos, y los aplicaron
con preferencia a las tres especies de asuntos que se veían obligados
a tratar casi siempre. Si se trataba de animar al combate una nación
belicosa o hablarle de sus hazañas, entonces la armonía dórica
prestaba su majestad y su fuerza; si era necesario para instruirle
en la ciencia de la desgracia, ofrecen a su vista grandes ejemplos
de infortunio las elegías, las endechas tomaban el tono penetrante y
patético de la armonía lidia. Cuando era menester, en fin, inspirarle
respeto y gratitud hacia los dioses, se hacia uso de la frigia, como
la más propia para los cantos sagrados. Así es cómo los himnos de los
primeros poetas inspiraban la piedad; sus poemas, el deseo de gloria;
y sus elegías, la firmeza en los reveses. Los cantos fáciles, nobles
y expresivos, imprimían fácilmente en la memoria los ejemplos con los
preceptos; y la juventud, acostumbrada desde muy temprano a repetir
estos cantos, adquiría con gusto el amor al deber y la idea de la
verdadera belleza.
»¿Por qué motivo la más bella institución de los hombres no ha de
servir hoy día más que a nuestros placeres? ¿Sabéis que es lo que más
ha contribuido al descrédito de la música antigua? Pues son los jonios:
sí, este pueblo que no ha podido defender su independencia contra los
persas, y que en un país fértil y bajo el cielo más hermoso del mundo
se consuela de esta pérdida en el seno de las artes y del deleite.
Su música ligera, brillante, llena de gracias, da a conocer al mismo
tiempo la molicie en que se vive gozando de aquel clima afortunado.
Nos costó algún trabajo y dificultad acostumbrarnos a sus acentos. Uno
de aquellos jonios llamado Timoteo, fue en un principio silbado en
nuestro teatro; pero Eurípides, que conocía el genio de su nación, le
predijo que reinaría en la escena, y así ha sido. Entre nosotros los
artesanos o los mercenarios deciden de la suerte de las composiciones
filarmónicas. Llenan el teatro, asisten a los combates de este arte
y se constituyen en los árbitros del gusto: como necesitan agitación
más bien que entusiasmo, cuanto más atrevida, fogosa y arrebatada es
la música, tanto más les arrebata; y así es que por más que algunos
filósofos han querido gritar que el admitir semejantes innovaciones
era trastornar los cimientos del estado, y a pesar de que los autores
dramáticos lanzaron mil dardos contra aquellos que introducían las
novedades, como quiera que no tenían decretos que lanzar en favor de
la antigua música, los encantos de su enemiga han venido a parar en
subyugarlo todo. Yo aprecio en las producciones de los antiguos un
poeta que me haga amar mis deberes, y admiro en las de los modernos
un músico que me causa placer. ¡Oh, qué lección me da un flautista
cuando remeda el canto del ruiseñor, y en nuestros juegos el silbo de
la serpiente, cuando en un pasaje bien ejecutado de su música, reúne en
mi oído una multitud de sones rápidamente acumulados uno sobre otro!
Yo he visto a Platón preguntar ¿qué significaba este ruido? Y en
tanto que la mayor parte de los espectadores aplaudían con entusiasmo
el atrevimiento del músico, tacharle de ignorante y presuntuoso; de
una parte, porque no tenía la menor idea de lo que es la verdadera
belleza, y de otra, porque solo aspiraba a la vanagloria de vencer una
dificultad. Y en verdad, ¿qué efecto pueden causar unas palabras que,
arrastradas por el canto, fuera de orden, contrariadas en su marcha, no
pueden llamar la atención, aplicada únicamente a la melodía?
»Se debe vituperar sin embargo en la música actual aquella dulce
molicie, aquellos sones encantadores que arrebatan a la multitud, y
cuya expresión, no teniendo objeto determinado, es siempre interpretada
en favor de su pasión dominante. Su único efecto es el de enervar más
y más una nación, donde las almas, sin vigor y sin carácter, solo se
distinguen por los diferentes grados de su pusilanimidad.
»No creáis», añadió Filótimo, «que la música pueda jamás levantarse de
su caída. Sería menester cambiar nuestras costumbres y restituirnos
nuestras virtudes, y es más difícil reformar una nación que
civilizarla. Nosotros ya no tenemos costumbres; tenemos placeres. La
antigua música convenía a los atenienses vencedores en Maratón; la
nueva conviene a los atenienses vencidos en Egospótamos».
«¿Por qué, pues», le pregunté, «por qué enseñáis a vuestro discípulo un
arte tan funesto? ¿De qué sirve efectivamente?». «¿Para qué sirve?»,
repitió riendo. «Sirve como de chupete a los niños de toda edad para
impedir que rompan los muebles de la casa. Ocupa y distrae a aquellos
cuya ociosidad sería temible en un gobierno como el nuestro; divierte,
en fin, a los que, no siendo temibles sino por el fastidio que llevan
consigo, no saben en qué pasar las horas.
»Lisis aprenderá música porque, estando destinado a ocupar los primeros
empleos de la república, debe estar en disposición de dar su dictamen
sobre las composiciones que se representen, ya sea en el teatro, ya en
las contiendas musicales. Conocerá todos los tipos de armonía, y solo
apreciará los que puedan influir en sus costumbres; porque a pesar
de su depravación, la música puede darnos todavía algunas lecciones
útiles. Yo le daré algunos instrumentos, bajo condición de que nunca
llegue a ser tan diestro como los profesores del arte. Quiero que una
música selecta ocupe agradablemente los ratos que pueda tener ociosos;
que le descanse de sus tareas en lugar de aumentarlas, y que modere
sus pasiones si es muy sensible. Quiero en fin que tenga presente esta
máxima: que la música nos llama al placer y la filosofía a la virtud,
pero que por medio del placer y de la virtud la naturaleza nos conduce
a la dicha».