Educación de los atenienses.
El objeto de la educación es procurar al cuerpo la fuerza que debe
tener, y al alma la perfección de que es susceptible, y así es que
entre los atenienses empieza desde que nace un niño y no concluye hasta
la edad de veinte años.
Estando recién parida de un niño Epicaris, mujer de Apolodoro, en
cuya casa estaba yo hospedado, vi suspender a la puerta de la calle
una corona de olivo, símbolo de la agricultura a que está destinado
el hombre. Si hubiese sido niña el recién nacido, una faja de lana
puesta al lado de la corona hubiera designado la especie de trabajo en
que deben ocuparse las mujeres. Este uso, que recuerda las costumbres
antiguas, anuncia al estado que acaba de adquirir un ciudadano.
Lavan al niño con agua tibia, según el dictamen de Hipócrates, y en
seguida le acuestan en una de aquellas banastas de mimbre que usan
para separar el grano de la paja, lo cual es el presagio de una grande
opulencia o de una numerosa posteridad. Siendo muy famosas las nodrizas
de Lacedemonia, Apolodoro hizo venir una de ellas y le confió la
lactancia de su hijo. Al recibirle tuvo la precaución de no envolverle,
antes bien para acostumbrarle al frío desde muy temprano, se contentó
con ponerle unos pañales delgados.
Al quinto día le tomó en brazos una mujer y, acompañada de todas las
personas de casa, le purificó, pasándole repetidas veces alrededor
del fuego que ardía en un altar. Dos días después, habiendo reunido
Apolodoro a sus parientes, los de su mujer y sus amigos, dio en su
presencia el nombre de Lisis a su hijo porque así se llamaba su padre,
atendiendo a que, según el uso, el primogénito de una familia conserva
el nombre de su abuelo. Siguió a esta ceremonia un sacrificio y un
convite, y algunos días después se hizo una ceremonia más santa, cual
es la de la iniciación en los misterios de Eleusis. A los cuarenta
días salió de casa Epicaris: esto fue motivo de una fiesta para la
familia de Apolodoro, y ambos esposos, después de recibir segundas
enhorabuenas de todos sus amigos, se dedicaron con mayor celo a la
educación del hijo. Deidamía, que así se llamaba la nodriza, escuchaba
sus consejos y ella misma los ilustraba con su experiencia. Desde que
el niño pudo tenerse en pie, esta discreta aya le enseñó a andar,
siempre atenta a sostenerle, y le daba instrumentos cuyo ruido podía
distraerle y divertirle; pero no tardó mucho en dedicarse a otros
deberes más importantes. Acostumbró a su alumno a que no hiciese
diferencia entre los alimentos que le presentaba, y jamás se valió
de la fuerza y el miedo para acallar su llanto; pues le pareció más
conveniente evitarlo al momento que conocía la causa, y dejar que se
desahogase cuando no la conocía. Así es que dejó de derramar lágrimas
desde que pudo manifestar con ademanes sus necesidades o sus deseos.
Atenta particularmente a las primeras impresiones que podía recibir
el infante, apartaba todo objeto de terror en lugar de hacerle miedo,
amenazarle o darle golpes.
Lisis era sano y robusto. No se le trataba ni con aquel exceso
de indulgencia que hace a los niños indóciles, impacientes e
inaguantables, ni con un extremo de severidad que los hace tímidos y
los envilece. Oponíanse a sus gustos sin recordarle su dependencia, y
castigábanle sus faltas sin añadir el insulto a la corrección. Pero lo
que Apolodoro encargaba particularmente era que se tuviese cuidado de
que no tratase mucho con los criados de la casa, y así es que prohibió
severamente a estos que diesen a su hijo la más leve idea del vicio, ya
fuese con palabras o ya con su ejemplo.
Dedicó Apolodoro los cinco primeros años al desenvolvimiento y firmeza
de su cuerpo, y a los seis le confió al cuidado de un conductor o
pedagogo, el cual era un esclavo de confianza encargado de acompañarlo
a todas partes y particularmente a casa de los maestros que le daban
lección de los primeros elementos de las ciencias. Pero antes de
confiarle al esclavo, determinó que fuese tenido por ciudadano, y al
efecto se fue a una capilla que pertenecía a la curia de la tribu
en que estaba comprendido, donde se hallaban reunidos muchos de sus
parientes, los principales de aquella curia y de la clase particular
de que era individuo. Presentoles su hijo con una oveja que se debía
inmolar, y en tanto que la llama devoraba una parte de la víctima, se
adelantó, y teniendo a Lisis de la mano puso a los dioses por testigos
de que aquel niño había nacido de él y de una mujer ateniense, en
legítimo matrimonio. Recogieron luego los votos, e inmediatamente fue
inscrito el niño con el nombre de Lisis, hijo de Apolodoro, en el
padrón de la curia.
Este acto, por el cual se comprende a un niño en tal tribu, tal curia,
tal clase de la curia, es el único que atestigua la legitimidad de su
nacimiento y le concede el derecho a la sucesión de sus padres.
Para ser la educación conforme al espíritu del gobierno, debe imprimir
en el corazón de los jóvenes los mismos sentimientos y los mismos
principios, y de aquí es que los antiguos legisladores los sujetaron a
una institución común. La mayor parte se educan hoy día en el seno de
su familia, circunstancia que choca abiertamente contra el espíritu del
gobierno; pero Apolodoro, que no quiso apartarse del antiguo sistema,
enviaba lodos los días su hijo a las escuelas públicas.
Entre los institutores a quienes se confía la juventud ateniense,
suelen encontrarse hombres de mérito sobresaliente. Tal fue en otro
tiempo Damón, que dio lecciones de música a Sócrates y de política a
Pericles: en mi tiempo Filótimo, que había concurrido a la escuela
de Platón y juntaba al conocimiento de las artes las luces de una
sana filosofía. Apolodoro, que le amaba mucho, había conseguido que
fuese como un consultor acerca del modo de educar a su hijo. El curso
de los estudios comprende la música y la gimnástica; es decir, todo
lo relativo a las ciencias del entendimiento y a las del cuerpo. En
esta división, la voz música está tomada bajo un sentido muy extenso.
Conocer la forma y valor de las letras, trazarlas con elegancia y
facilidad, dar a las sílabas el movimiento y la entonación que les
conviene, tales fueron los primeros estudios del joven Lisis. Se le
recomendaba que observase exactamente la puntuación mientras se le
pudiesen dar reglas para ello. Leía repetidas veces las fábulas de
Esopo, y en muchas ocasiones recitaba los versos que sabía de memoria.
En efecto, para ejercitar la memoria de sus discípulos, los profesores
de gramática les hacen aprender fragmentos sacados de Homero, de
Hesíodo y de los poetas líricos, y con este fin se han formado para
su uso una recolección de piezas escogidas, cuya moral es la más
pura. Una de estas recolecciones puso en manos de Lisis su maestro, y
después le dio una noticia de las tropas que se hallaron en el sitio de
Troya, según la relación que hace la Ilíada. Algunos legisladores han
decretado que en las escuelas se acostumbrase a los niños a recitarla,
porque contiene los nombres de las ciudades y de las casas más antiguas
de la Grecia.
Atendiendo a que la gramática, con respecto a los sonidos que causan
las letras, según lo más o menos juntas que están, tiene alguna
relación con la música, el mismo institutor está por lo regular
encargado de enseñar a sus discípulos los elementos de una y otra.
Presencié algunas veces las lecciones que Filótimo daba a Lisis, y vi
como este aprendía a cantar con gusto acompañándose con la lira. Nunca
le dieron instrumentos de aquellos que agitan el alma con violencia o
que solo sirven para afeminarla, y de aquí es que no le permitieron
tocar la flauta, porque esta excita y calma alternativamente las
pasiones. Salí de Atenas para Egipto, pero antes de emprender el viaje,
rogué a Filótimo que me dijese por escrito los trámites y progresos de
este método de educación, y según su diario voy a continuar la historia.
Tuvo Lisis en adelante diferentes maestros según el estudio que
seguía; aprendió la aritmética jugando con ella, porque el medio más
acertado para facilitar el estudio a los niños es el de acostumbrarlos
ya a repartir entre ellos, según su número, una cierta porción de
manzanas y algunas coronas, ya a mezclarse en sus ejercicios, según
las combinaciones hechas, de manera que el niño ocupa cada puesto a su
vez. Apolodoro apreciaba la aritmética, porque entre otras ventajas que
lleva consigo, aumenta la sagacidad del ingenio y le predispone para el
conocimiento de la geometría y la astronomía. Tomó Lisis una tintura de
estas dos ciencias, porque con el conocimiento de la primera, viéndose
un día al frente de los ejércitos, podría con más facilidad sentar
un campamento, estrechar un sitio, formar los ejércitos en batalla y
hacerles mover rápidamente en una marcha o en una acción. La segunda
podía preservarle de los espantos que no hace mucho tiempo inspiraban a
los soldados los eclipses y los fenómenos extraordinarios.
Nuestro joven alumno aprendía al mismo tiempo a atravesar los ríos a
nado y a domar un caballo. La danza medía sus pasos y daba gracia a
todos sus movimientos, e iba frecuentemente al gimnasio. Los niños
empiezan sus ejercicios muy temprano, algunos a la edad de siete años y
continúan en ellos hasta la de veinte. Primeramente se les acostumbra
a tolerar el frío, el calor, todas las intemperies de las cuatro
estaciones, y en seguida a jugar a las bochas y a la pelota. Este juego
y otros semejantes son el preludio de las pruebas laboriosas que se les
hace sufrir a medida que aumentan sus fuerzas. Corren por los arenales,
lanzan venablos, saltan un foso o una valla llevando en las manos unas
barras de plomo, tirando a lo alto o a lo largo tejos de piedra o de
bronce, y a veces atraviesan corriendo el estadio cargados de armas
pesadas; pero en lo que más se ejercitan es en la lucha, el pugilato y
las diferentes contiendas que describiré cuando hable de los juegos
olímpicos.
Por la tarde, cuando Lisis se volvía a su casa, unas veces se divertía
en cantar acompañándose con la lira, otras se entretenía dibujando, y
muchas de ellas leía en presencia de sus padres algún libro que pudiera
instruirle o divertirle. Preguntó un día cómo se juzgaba del mérito de
un libro, y Aristóteles, que se encontró presente, respondió: «Si el
autor dice todo lo que es necesario; si no dice más que lo necesario;
si lo dice como es necesario». Educábanle sus padres con aquella
urbanidad doble, de que ellos eran modelos. Deseo de agradar, docilidad
en el trato social, consecuencia de carácter, ser atento con los de
mayor edad cediéndoles el puesto, decencia en el porte y el talante, en
el exterior, en las maneras, en las expresiones; todo estaba prescrito
sin violencia y ejecutado sin esfuerzo.
En otro tiempo los sofistas iban en gran número a esta ciudad, e
incitaban a los jóvenes atenienses a disertar superficialmente sobre
todas materias. Aunque ha minorado su número, se ven no obstante
algunos que, rodeados de sus discípulos, atruenan con sus exclamaciones
y sus disputas las salas del gimnasio. Lisis asistía pocas veces a
estas contiendas, porque unos institutores más ilustrados le daban
lecciones, y talentos del primer orden sabios consejos: de estos
últimos era Platón, Isócrates y Aristóteles, todos tres amigos de
Apolodoro.
La lógica dio nuevas fuerzas y la retórica nuevos encantos a su
razón. La historia de la Grecia lo iluminó acerca de las faltas y las
preocupaciones de los pueblos que la habitan. Siguió el foro mientras
pudo, a ejemplo de Temístocles y otros grandes hombres, defendiendo
allí la causa de la inocencia. El estudio de la moral no le costó
ninguna lágrima porque su padre le había puesto al lado de personas
que le instruían con su conducta y no con demostraciones importunas.
En su infancia le reprendía sus faltas con dulzura, y cuando empezó
a tener uso de razón le hacía entrever que eran contrarias a sus
mismos intereses. Le era difícil acertar en la elección de libros que
tratan de la moral, porque la mayor parte de sus autores o son poco
seguros en sus principios, o solo nos dan falsas ideas de lo que son
nuestros deberes. En las conversaciones que se tenían en presencia de
Lisis, Isócrates lisonjeaba su oído, Aristóteles iluminaba su mente,
y Platón inflamaba su alma. Este último unas veces le explicaba la
doctrina de Sócrates y otras le desenvolvía el plan de la república: en
algunas ocasiones le hacía conocer que no existe verdadera elevación
ni perfecta independencia sino en un alma virtuosa. Las más veces les
mostraba circunstanciadamente que la ciencia consiste en la ciencia del
sumo bien, que es Dios. De este modo mientras que otros filósofos solo
daban por recompensa a la virtud la estimación pública y la felicidad
pasajera de esta vida, Platón le ofrecía un apoyo y un premio más noble.
«La virtud», decía, «es hija de Dios: únicamente podréis adquirirla
conociéndoos a vos mismo, consiguiendo la sabiduría y prefiriéndoos a
lo que os pertenece. Seguidme, Lisis: vuestro cuerpo, vuestras riquezas
son vuestras, pero no son vos mismo. El hombre está todo entero en su
alma. Para saber lo que es y lo que debe hacer, es menester que se mire
en su inteligencia, en aquella parte del alma donde brilla la sabiduría
divina; luz pura que conducirá insensiblemente su alma al manantial de
donde emana. Cuando haya llegado a conseguirlo, cuando haya contemplado
aquel ejemplar eterno de todas las perfecciones, entonces conocerá
que es de su mayor interés el representárselas a sí mismo, y hacerse
semejante a la divinidad, a lo menos tanto como es posible el semejar
tan débil copia a un modelo tan hermoso. Dios es la justa medida de
cada cosa, y nada hay bueno ni estimable en el mundo sino aquella que
tiene alguna conformidad con él. Es soberanamente sabio, santo y justo,
y el único medio de agradarle es el llenarse de sabiduría, de justicia
y santidad.
»Llamado a tan alto destino, colocaos en la clase de aquellos que,
como dicen los sabios, unen por sus virtudes los cielos con la tierra,
los dioses con los hombres. Ofrezca pues vuestra vida el sistema más
feliz para vos y el espectáculo más bello para los otros, cual es el
de un alma en que todas las virtudes están en perfecta armonía. Varias
veces os he hablado de las consecuencias que tienen estas verdades,
íntimamente unidas, si me atrevo a decirlo así, por relaciones de
hierro y de diamante; pero, antes de acabar, debo recordaros que el
vicio, además de envilecer nuestra alma, experimenta temprano o tarde
el suplicio que merece. Dios, como se ha dicho antes de nosotros,
recorre el universo teniendo en su mano el principio, el medio y el fin
de todos los seres. La justicia sigue sus pasos pronta a castigar los
ultrajes hechos a la ley divina. El hombre humilde y modesto encuentra
su dicha en seguirla; el vano se aleja de ella y Dios le abandona a
sus pasiones. Por algún tiempo parece ser alguna cosa a los ojos del
vulgo, pero en breve cae sobre él la divina venganza, y si le perdona
en este mundo, le persigue con furor en el otro. No es pues en medio
de los honores ni en la opinión de los hombres donde debemos tratar de
distinguirnos, y sí ante aquel tribunal terrible que nos ha de juzgar
severamente después de nuestra muerte.»
Tenía Lisis diecisiete años: su alma estaba llena de pasiones y su
imaginación era viva y despejada. Explicábase con tanta gracia como
soltura: sus amigos no cesaban de ensalzar estas prendas, y tanto
con sus ejemplos como con sus chistes, la violencia con que había
vivido hasta entonces; pero Filótimo le dijo un día: «Los niños y los
jóvenes estaban más sujetos en otro tiempo que lo están hoy día. Solo
usaban vestidos ligeros para preservarse del rigor de las estaciones
y saciaban el hambre con alimentos los más comunes. En las calles, en
casa de sus maestros y de sus padres y parientes, se presentaban con
la vista baja y con una postura modesta. No se atrevían a desplegar
los labios en presencia de las personas de mayor edad, y se les
acostumbraba de tal modo a la decencia que estando sentados se hubieran
avergonzado de cruzar las piernas». «¿Y que resultaba de esta rudeza
de costumbres?», preguntó Lisis. «Aquellos hombres rudos», respondió
Filótimo, «derrotaron a los persas y salvaron a la Grecia». «También
los derrotaríamos nosotros». «Lo dudo: cuando en las fiestas de Atenea
veo a nuestra juventud que apenas puede sostener el escudo, al mismo
tiempo que mide los pasos de danzas groseras con tanta afeminación y
elegancia.»
Los triunfos de los oradores públicos excitaban la ambición de Lisis.
Por casualidad oyó en el Liceo a algunos sofistas disertar largamente
sobre política y creyose en estado de ilustrar a los atenienses.
Reprobaba con calor la administración presente, y esperaba con igual
impaciencia que la mayor parte de los de su edad el momento en que le
fuese permitido subir a la tribuna; pero su padre le desvaneció esta
ilusión, así como Sócrates destruyó la del joven hermano de Platón.
Quedose Lisis pasmado al ver la extensión de conocimientos que eran
necesarios al hombre de estado, cuyos pormenores le manifestaron.
Aristóteles le instruyó de la naturaleza de las diferentes especies de
gobierno, cuya idea habían concebido los legisladores; su padre, de la
legislación, de las fuerzas y del comercio, tanto de su nación como de
los otros pueblos; en seguida se decidió que, después de perfeccionada
su educación, viajaría por todos aquellos que tenían algunas relaciones
de interés con los atenienses.
Yo llegué entonces de Persia y encontré a Lisis en la edad de dieciocho
años, que es cuando los hijos de los atenienses pasan a la clase de
los efebos y son alistados en la milicia. Condujeron pues a Lisis a la
capilla de Agraula y allí, ante los altares, hizo el juramento solemne
de no deshonrar las armas de la república, de no abandonar su puesto,
de sacrificar su vida por la patria y de dejarla más floreciente que
la había encontrado. No salió de Atenas en todo el año: velaba por
la seguridad de la ciudad, hacía las guardias con puntualidad y se
instruía en la disciplina militar. Satisfecho el pueblo de su conducta,
a principios del año siguiente le entregó en la asamblea general el
escudo y la lanza, partió sin detención y fue empleado sucesivamente
en las plazas situadas sobre las fronteras del Ática. A su vuelta,
habiendo llegado ya a la edad de veinte años, le faltaba un requisito
formal cual era un acto que le pusiese en el goce de todos los derechos
de ciudadano ateniense. Presentole pues su padre a la asamblea del
distrito a que estaba agregada su familia, con cuyo acto había sido ya
reconocido en la curia. Obtuvo Lisis los votos necesarios de aquella
asamblea, quedó inscrito en el padrón, y desde aquel momento tuvo el
derecho de asistir a las juntas, de aspirar a las magistraturas y
de administrar sus bienes si llegaba a quedar sin padre. De vuelta
a Atenas, pasamos segunda vez a la capilla de Agraula, donde Lisis,
revestido de sus armas, renovó el juramento que había hecho ya dos años
antes.