De las casas y comidas de los atenienses.
La mayor parte de las casas de Atenas son de dos apartamentos: uno en
alto para las mujeres y otro abajo para los hombres, y están cubiertas
de terrados cuyos aleros tienen mucho vuelo. Se cuentan más de diez
mil, y hay un gran número de ellas que tienen detrás un jardín, delante
un patio pequeño y muchas una especie de pórtico en cuyo centro está la
puerta de la calle.
Enseñan a los forasteros las casas de Milcíades, de Arístides,
Temístocles y de los grandes hombres del último siglo: en nada se
distinguían en otro tiempo, pero hoy día sobresalen por el contraste
que hacen con los palacios que han construido cerca de estas humildes
moradas unos hombres sin reputación y sin virtudes. Desde que se
introdujo el buen gusto en los edificios, las artes hacen esfuerzos
de día en día para extenderle. Se ha tomado la disposición de hacer
las calles a cordel, de dividir las casas nuevas en dos cuerpos,
poniendo en los pisos bajos la habitación del matrimonio, y hacerlas
más cómodas, con acertadas distribuciones, y más elegantes por los
adornos que en ellas se multiplican. Tal era la que ocupaba Dinias, uno
de los ciudadanos más ricos y voluptuosos de Atenas, la cual ostentaba
un fasto que acabó en breve con sus bienes. Un día le rogué que me
la enseñase. Se iba rectamente a la habitación de las mujeres por
una arboleda larga y estrecha. Pasamos por una praderilla rodeada de
tres pórticos y llegamos a una pieza muy capaz donde estaba su mujer
Lisístrata, a quien nos presentaron. Tenían a esta señora por una de
las mujeres más bonitas de Atenas, y procuraba sostener esta fama con
la elegancia de sus atavíos. Al cabo de una conversación interrumpida
con la llegada de un amigo suyo, le pedimos permiso para ver lo demás
de la casa. Me detuve primeramente en ver el tocador, que me causó
admiración por los muchos muebles grandes y pequeños que en él había,
todos de lujo, preciosos. Al notar Dinias mi sorpresa, me dijo que
gustando de la industria y de la grande habilidad de los artesanos
extranjeros, hizo traer las sillas de Tesalia, los colchones de Corinto
y las almohadas de Cartago. Viendo que se aumentaba mi admiración,
riose de mi sencillez, y para disculparse añadió que Jenofonte se
dejaba ver en el ejército con un escudo de Argos, una coraza de Atenas,
un yelmo de Beocia y un caballo de Epidauro.
Pasamos a la habitación de los hombres, en cuyas piezas todas se
ostentaba el lujo y el buen gusto. El oro, el ébano y el marfil
realzaban el brillo de los muebles. Los techos y las paredes estaban
hermoseados con pinturas: en las mamparas y alfombras hechas en
Babilonia se veían representados persas con sus ricas ropas talares,
buitres, otras aves y muchos animales fantásticos. El lujo que
Dinias ostentaba en su casa reinaba también en su mesa. Diré algunos
pormenores acerca de la primera cena a que nos convidó a Filotas y a
mí, y suprimiré todo aquello que sea poco interesante. Debían juntarse
todos por la tarde, y nosotros tuvimos el cuidado de no llegar ni tarde
ni temprano. Antes de sentarnos a la mesa, nos echaron agua clara en
las manos unos esclavos, y nos pusieron luego coronas en la cabeza. Se
saca a la suerte el rey del banquete, cuyas funciones eran las de no
permitir licencia alguna que ofenda al decoro, decir cuando se debe
beber a un tiempo, indicar los brindis y cuidar de la observancia
de las leyes establecidas entre los bebedores. Sentámonos luego en
unos almohadones forrados de púrpura, y empezó la cena. Sacaron lo
primero mariscos, huevos frescos, salchichas, pies de puerco, hígado
de jabalí, una cabeza de cordero, vientre de cerda y pajaritos. Al
segundo cubierto, caza de la más exquisita, tanto de pelo como de
pluma, y pescado de varias clases. El tercer cubierto se componía de
frutas varias y exquisitas. Tratándose de representar los banquetes de
los sabios, el rey del festín decidió que cada uno hablase por turnos,
y que expusiese ideas con mucha gravedad, sin detenerse en pormenores
ni olvidarlos enteramente. Habiéndome llegado el turno, di entonces
una idea de los convites de los escitas, diciendo en pocas palabras
que desde su infancia se alimentaban con miel y leche de vaca o de
burra, cuyo líquido batían por largo rato para separar la nata, y que
estaban destinados a hacer esta operación aquellos enemigos suyos que
caían en sus manos, a los cuales privaban de la vista para impedir que
se escapasen. Tomaron sucesivamente la palabra los demás convidados,
y muchos de ellos hablaron de los alimentos que constituyen un buen
banquete. Filotas se extendió sobre lo exquisitas que son las legumbres
del Ática; un parásito elogió las tortas y los pasteles de Atenas, y
al acabar su discurso se apoderó de una torta de mosto y almendra que
acababan de sacar. Otro convidado nos habló de la historia del arte de
cocina que describió cual superior a todas las demás. Entre los autores
que han tratado de la materia, citó con elogio a Arquéstrato, amigo de
uno de los hijos de Pericles, el cual compuso sobre la gastronomía un
poema del que cada verso es un precepto. A este interlocutor sucedió un
médico que devoraba, callando y sin distinción de manjares, todo cuanto
presentaban, donde él podía alcanzarlo. Hablonos primeramente de la
elección de los alimentos, y citó todos los preceptos de Hipócrates
acerca del asunto. No olvidó las propiedades de cada bebida y el efecto
que causa cada uno de los diferentes vinos. Nunca habría acabado, si
Dinias no le hubiese interrumpido para continuar el discurso sobre las
diferentes clases de vino, a que él daba la preferencia.
Acabó de hablar Dinias y mandó sacar muchas botellas de un vino
que conservaba diez años había y que fue reemplazado por otro aún
más añejo. Bebimos entonces sin interrupción, y Demócares, rey del
banquete, después de haber echado varios brindis tomó una lira, y en
tanto que la templaba nos habló del uso que siempre se ha seguido,
de mezclar el canto a los placeres de la mesa. En otro tiempo, nos
decía, todos los convidados cantaban juntos y al unísono; en seguida se
dispuso que cada cual cantase por turno, teniendo en la mano un ramo
de mirto o de laurel. La alegría era menos ruidosa ciertamente, pero
también fue menos animada; la restringieron aún más cuando se unió la
lira a la voz, y entonces muchos convidados se vieron en la precisión
de callar. En un principio las canciones de mesa no contenían más que
expresiones de reconocimiento o lecciones de sabiduría. Con ellas
celebrábamos y celebramos aún a los dioses, los héroes y los ciudadanos
útiles a su patria. A estos graves asuntos juntose después el elogio
del vino, y de aquí resultaron muchas canciones báquicas, llenas de
máximas ya sobre la dicha y la virtud, y ya sobre el amor y la amistad.
Muchos autores se han ejercitado en este género de poesía y algunos han
sobresalido: Alceo y Anacreonte han hecho célebre este género, el cual,
lejos de exigir esfuerzo, requiere naturalidad y es opuesto a toda
afectación y violencia. «Entreguémonos al enajenamiento que inspira
este feliz momento, cantemos juntos en coro y tomemos en nuestras manos
ramos de laurel o de mirto».
Así dijo Demócares; al instante ejecutamos sus órdenes, y habiendo
repetido muchas canciones acomodadas a las circunstancias, todo el
coro entonó la de Harmodio y de Aristogitón. Acompañonos Demócares
por intervalos, pero dominado repentinamente de un nuevo entusiasmo,
«mi lira rebelde», exclamó, «se niega a tan nobles asuntos», e
inmediatamente nos obliga a cantar con él una canción cuyo estribillo
es el siguiente:
_Amemos, bebamos, cantemos a Dioniso._
Aún no habíamos acabado la canción, cuando oímos a la puerta un
gran ruido, y vimos entrar unos jóvenes que nos traían danzarines y
tocadores de flauta. Empezaron a bailar al punto la mayor parte de los
convidados, y al mismo tiempo nos sacaron varios manjares propios para
excitar el apetito. Todo esto, acompañado de una nueva provisión de
vino para beber en copas mayores que las primeras, anunciaba excesos
que fueron felizmente reprimidos por un espectáculo inesperado.
Uno de los convidados que había salido de la sala, volvió a entrar
seguido de unos jugadores de manos y farsantes, de aquellos que en las
plazas públicas divierten al populacho y le sacan el dinero con sus
prestigios. Quitaron la mesa de allí a poco, hicimos libaciones en
honor del buen genio y de Zeus salvador, y después de habernos lavado
las manos en una agua odorífera empezaron los farsantes sus habilidades.