De la religión, de los ministros sagrados y de los principales delitos
contra la religión.
Solo se trata aquí de la religión dominante. El culto público se funda
en esta ley: «Honrad en público y privadamente a los dioses y a los
héroes del país, y cada cual les ofrezca anualmente las primicias de
las mieses, según sus facultades y los ritos establecidos».
Habíanse multiplicado desde los tiempos más remotos los objetos del
culto entre los atenienses. Recibieron de los egipcios las doce
principales divinidades, y otras de los libios y diferentes pueblos.
Fue también antiguamente una institución muy bella la de consagrar con
monumentos y fiestas la memoria de los reyes y de los particulares que
habían hecho grandes servicios a la humanidad; tal es el origen de la
profunda veneración que se tiene a los héroes. Los atenienses cuentan
en el número de estos a Teseo, primer autor de su independencia; a
Erecteo, uno de sus antiguos reyes, los que fueron dignos de que se
diese su nombre a las doce tribus, y otros muchos, entre los cuales
debe contarse a Heracles. El culto de estos últimos se diferencia
esencialmente del de los dioses. Los griegos se postran ante la
divinidad para reconocer su dependencia, implorar su protección o
darle gracias por sus beneficios: consagran templos, altares, bosques,
celebran fiestas y juegos en honor de los héroes para eternizar sus
glorias y recordar sus ejemplos. Se enseñan dogmas secretos en los
misterios de Eleusis, de Dioniso y de algunas otras divinidades, pero
la religión dominante consiste toda en lo exterior, sin presentar
ningún cuerpo de doctrina ni instrucción alguna pública como debiera.
Los particulares dirigen sus oraciones a los dioses al empezar una
obra, por la mañana, por la tarde, al salir y al ponerse el sol y la
luna. Algunas veces se presentan en el templo con la vista baja y un
aire de recogimiento y modestia que parecen suplicantes; besan el
suelo, hacen oración de rodillas, postrados, teniendo ramos en las
manos, los cuales levantan hacia el cielo o los tienden hacia la
estatua del dios, después de haberlos llevado a la boca. Si el homenaje
se dirige al dios de los infiernos, para llamar su atención dan golpes
en tierra con los pies y con las manos.
En las solemnidades públicas los atenienses pronuncian en común sus
votos por la prosperidad del estado y la de sus aliados; algunas veces
por la conservación de los frutos de la tierra, para que llueva o haga
buen tiempo; y otras para librarse también de la peste y del hambre.
En otro tiempo solo se presentaba a los dioses frutos de la tierra,
y costó mucha repugnancia el introducir los sacrificios sangrientos.
Horrorizábase el hombre de clavar el hierro en el seno de un animal
destinado a la labranza, y que había llegado a ser como un compañero
de sus afanes. Se lo prohibía expresamente una ley bajo pena de
muerte, y el uso general le empeñaba a abstenerse de la carne de los
animales. Cuando los hombres se alimentaban solamente con frutos de la
tierra, tenían cuidado de reservar una porción de ellos para ofrenda
a los dioses; esta costumbre fue observada también cuando empezaron
a alimentarse con la carne de los animales; de aquí viene quizás los
sacrificios sangrientos, que no son en efecto más que convites en
obsequio de los dioses, y de los cuales participan los asistentes. La
víctima se reparte entre los dioses, los sacerdotes y aquellos que la
han presentado: consume el fuego la porción que toca a los dioses; la
de los sacerdotes constituye una parte de sus rentas, y la tercera
sirve de pretexto a los que la reciben para dar un convite a sus
amigos. Como el sacrificio de buey es el más estimado, hacen para los
pobres tortitas en figura de aquel animal, y los sacerdotes tienen
a bien contentarse con esta ofrenda. Cada particular puede ofrecer
sacrificios en un altar situado a la puerta de su casa en una capilla
privada. Allí he visto yo muchas veces a un padre virtuoso, rodeado
de sus hijos, confundir la ofrenda de estos con la suya y hacer votos
dictados por la terneza, dignos de ser oídos. No pudiendo ejercer esta
especie de sacerdocio sino en una misma y sola familia, ha sido preciso
establecer ministros pura el culto público.
No hay ciudades donde se encuentren tantos sacerdotes y sacerdotisas
como en Atenas, porque no hay pueblo donde se hayan erigido tantos
templos ni donde se celebren tantas fiestas. En los diferentes lugares
del Ática y del resto de la Grecia basta un solo sacerdote para el
servicio de un templo; en las ciudades populosas las obligaciones del
ministerio se distribuyen entre muchas personas que forman como una
comunidad, y tienen diferentes nombres y están bajo la obediencia del
ministro del dios, calificado algunas veces con el título de gran
sacerdote. Los sacerdotes celebran con ricos ornamentos, en los cuales
se ven trazados con letras de oro los nombres de los particulares que
los han regalado al templo. Esta magnificencia tiene más realce con
la belleza del rostro, la presencia majestuosa, el tono de voz de
los ministros y, sobre todo, por los atributos de la divinidad a que
corresponden. Así es que la sacerdotisa de Deméter se presenta coronada
de adormideras y de espigas, y la de Atenea con la égida, la coraza y
el yelmo adornado de garzotas.
Nadie puede llegar al sacerdocio sin un examen relativo a su persona y
sus costumbres. Es necesario que el nuevo ministro no tenga deformidad
alguna en el cuerpo, y que su conducta haya sido siempre irreprensible;
con respecto a la ciencia, basta con que sepa el ritual del templo a
que pertenece, que haga con decencia las ceremonias, y sepa distinguir
las diversas especies de ofrendas y de oraciones que se deben dirigir a
los dioses.
Los sacerdotes no forman un cuerpo particular e independiente. No hay
relación alguna de interés entre los ministros de diversos templos; aun
las causas que les conciernen personalmente se siguen en los tribunales
ordinarios.
La clase inmediata a la de los sacerdotes es la de los adivinos, cuya
profesión honra y mantiene el estado en el Pritaneo. Suponen que leen
lo futuro en el vuelo de las aves y en las entrañas de las víctimas.
Van siempre con los ejércitos, y de sus decisiones, compradas algunas
veces a excesivo precio, dependen muchas veces las revoluciones de los
gobiernos y las operaciones militares. Hay adivinos por toda la Grecia,
pero los más famosos son los de la Élide, donde hace muchos siglos que
dos o tres familias se transmiten de padres a hijos el arte de predecir
los acontecimientos y suspender las calamidades de los mortales.
La incredulidad de los atenienses ha hecho rápidos progresos de tres
siglos a esta parte. Desde que los griegos recibieron las luces de
la filosofía, algunos de ellos admirados de las irregularidades y de
los escándalos de la naturaleza, no pudieron dejar de sorprenderse
también de no encontrar la solución de ello en el sistema informe de la
religión que habían seguido hasta entonces. Sucedieron las dudas a la
ignorancia y produjeron opiniones licenciosas que la juventud abrazó
con ansia, pero sus autores se convirtieron luego en objeto del odio
público, y puedo citar muchos juicios en que los tribunales de Atenas
han pronunciado sentencias contra el crimen de impiedad, hace cerca de
un siglo.
El poeta Esquilo fue denunciado por haber revelado en una de sus
tragedias lo vergonzoso de sus misterios, y su hermano Amenias trató de
conmover a los jueces mostrando las heridas que había recibido en la
batalla de Salamina. Este medio no hubiera quizás bastado si Esquilo no
hubiese probado claramente que no estaba iniciado.
El filósofo Diágoras, acusado de haber revelado los misterios y negado
la existencia de los dioses, tuvo que huir de su patria. Prometieron
recompensa al que le entregase muerto o vivo, y el decreto que le
cubría de infamia quedó grabado sobre una columna de bronce.
Protágoras, uno de los más ilustres sofistas de su tiempo, habiendo
empezado una de sus obras con estas palabras: _No sé si hay dioses
o no_, fue procesado criminalmente y tuvo que fugarse. Buscáronse
sus escritos en las casas particulares y fueron quemados en la plaza
pública.
Pródico de Ceos fue condenado a beber la cicuta por haberse atrevido
a decir que los hombres habían puesto en la clase de los dioses a
aquellos seres de los que sacaban utilidad, tales como el sol, la luna,
las fuentes, etc.
La facción opuesta a Pericles, no atreviéndose a atacarle abiertamente,
resolvió perderle valiéndose de medios indirectos. Era amigo de
Anaxágoras, quien admitía una inteligencia suprema, y en virtud de
un decreto expedido contra aquellos que negaban la existencia de los
dioses, Anaxágoras fue encerrado en una cárcel. Tuvo a favor suyo
algunos votos más que su acusador, debiendo esta dicha a los ruegos y
las lágrimas de Pericles, que le hizo salir de Atenas; y a no ser por
el crédito de su protector, el más religioso de los filósofos hubiera
sido apedreado como ateo.
Ya hemos visto que Alcibíades fue acusado de haber mutilado en una
noche las estatuas de Hermes, antes de embarcarse para la expedición de
Sicilia; que fue citado en juicio al tiempo de marchar para apoderarse
de Mesina, y que habiéndose negado a comparecer le condenaron a muerte.
Algún tiempo después ocurrió el juicio de Sócrates, para lo cual sirvió
de pretexto la religión, acerca de lo cual hablaré después.
Los atenienses no son más indulgentes en cuanto al sacrilegio. Las
leyes imponen la pena de muerte por este crimen y privan al delincuente
de los honores de la sepultura. Parece increíble que se hayan visto
ciudadanos condenados a perecer, los unos por haber arrancado un
arbolito en el bosque sagrado, y los otros por haber muerto no sé
qué ave consagrada a Esculapio. Óigase un hecho aún más horroroso.
Habiéndose caído una hoja de oro de la corona de Artemisa, la recogió
un niño, y, atendida su corta edad, fue preciso hacer prueba de su
discernimiento: presentáronle de nuevo la hoja con unos dados, un
sonajero y una moneda grande de plata, y habiendo echado mano al
instante a la moneda, los jueces declararon que tenía ya bastante
entendimiento para ser culpado y le condenaron a muerte.