Costumbres y vida civil de los atenienses.
Al cantar el gallo entran en la ciudad los habitantes del campo con sus
provisiones cantando canciones antiguas. Al mismo tiempo se abren con
estrépito las tiendas y todos los atenienses se ponen en movimiento.
Entre el pueblo lo mismo que en el ejército, se hacen dos comidas al
día; pero las personas de cierta clase se contentan con una sola, que
hacen al medio día o antes de ponerse el sol. Después del medio día
duermen un rato o juegan a la taba, a los dados y a varios juegos
de comercio. En los intervalos del día, particularmente de mañana y
por la tarde antes de comer y cenar, se va a las orillas del Iliso
y alrededor de la ciudad a tomar el fresco o respirar el aire puro;
pero comúnmente van las gentes a la plaza pública, paraje el más
concurrido de la ciudad, porque allí tiene muchas veces sus sesiones la
asamblea general, y está también el palacio del senado y el tribunal
del primer arconte. Alrededor de esta plaza están las tiendas de los
perfumadores, de los plateros, barberos, etc., abiertas para que entre
quien guste, y allí se habla con ruido de los intereses del estado, de
las anécdotas de las familias y de los vicios y las extravagancias de
los particulares. Esto no obstante, se oyen ocurrencias graciosas y
chistes agudos, y se ven algunos corrillos donde se oyen conversaciones
instructivas y amenas. Estas especies de citas que allí se dan debían
multiplicarse entre los atenienses, porque su gusto insaciable por las
novedades, consecuencia de su activo genio y de su vida ociosa, les
mueve a buscarse unos a otros y reunirse. Esta afición se reanima con
frenesí en tiempos de guerra; entonces sus conversaciones públicas
y privadas versan sobre expediciones militares; antes de saludarse
se preguntan con afán: ¿qué hay de nuevo? Se ven por todas partes
enjambres de noveleros trazar en el suelo o la pared el mapa del país
donde se halla el ejército, anunciar noticias favorables en voz alta,
reveses en secreto, y extender y abultar rumores que alegran en extremo
a las gentes o causan temores y sobresaltos.
Suelen invertir las horas ociosas en la caza y los ejercicios del
gimnasio. Además de los baños públicos, adonde el pueblo acude en
tropel, los particulares pudientes los tienen en su misma casa. Se
bañan a veces después del paseo, pero lo más común es antes de comer, y
salen del baño perfumados de esencias.
Los más de los atenienses visten solamente encima una túnica que les
llega hasta media pierna, un manto que les cubre cuasi enteramente.
Muchos de ellos van descalzos; otros, ya estén en la ciudad, ya vayan
de viaje, y aun a veces en las procesiones, se ponen un sombrero
alicaído.
Las mujeres llevan: 1.º Una túnica blanca, que sujetan por los hombros
con botones, y la ciñen bajo el seno con una cinta ancha, y cae
plegada y ondeante hasta los pies. 2.º Un vestido más corto, ajustado
a la cintura con un ancho listón, que en la parte inferior termina de
la misma manera que la túnica, con listas o bandas de varios colores,
y a veces llevan mangas cortas hasta medio brazo. 3.º Un manto que
unas veces suelen llevar cogido en forma de chal o banda, y que otras,
desplegado sobre el cuerpo, parece, según sus bellos contornos, que
solo se hizo para dibujarle. También suelen llevar un capotillo
ligero, y cuando salen de casa se ponen un velo. Se tiñen de negro las
cejas y se pintan el rostro con albayalde y carmín: se echan en el
pelo, coronado de flores, unos polvos amarillos, y llevan el calzado
más o menos alto según su estatura. Encerradas en sus aposentos, no
pueden salir de ellos sino en ciertas circunstancias, y de noche
solo en carruaje y con una antorcha que les alumbre. Pero encuentran
bastantes y frecuentes motivos para salir a la calle: ciertas fiestas,
prohibidas a los hombres, las reúnen muchas veces entre sí; en las
fiestas públicas asisten también a los espectáculos, no menos que
a las funciones religiosas, pero en general no pueden salir sino
acompañadas de eunucos o esclavas suyas o alquiladas para llevar mayor
acompañamiento.
Regularmente se va a pie, bien sea en la ciudad o bien en sus
cercanías. Los ricos suelen ir en litera o acompañados de un sirviente
que lleva una silla de tijera para que pueda sentarse donde se le
antoje.
En las calles principales se tropieza continuamente con el gentío,
y se ve uno estrechado y atropellado por los que van a caballo, los
carreteros, aguadores y voceadores de edictos, mendigos, artesanos
y otras varias gentes del pueblo. Un día que estaba yo con Diógenes
viendo hacer habilidades a unos perros, pasó un peón de albañil cargado
con una viga, le tropezó con mucha fuerza y al mismo tiempo gritó:
«¡Cuidado!», a lo cual Diógenes respondió al momento: «¿Quieres acaso
darme otra vez?».
El pueblo es sobrio naturalmente, y su alimento más común se reduce a
salazones y legumbres. Todos aquellos que no tienen de qué subsistir,
ya porque han quedado imposibilitados en la guerra, ya porque sus
achaques les impiden trabajar, reciben diariamente por decreto de la
asamblea uno o dos óbolos diarios, pagados por el erario. Los pobres
encuentran también alivio en su miseria, pues cada luna nueva ponen
los ricos en las encrucijadas, en honor de la diosa Hécate, varias
cosas de comer a merced del pueblo.
El pueblo es aquí más vocinglero que en ninguna otra parte. En la
primera clase de gentes reinan aquella decencia y decoro que da a
entender que el hombre se estima a sí mismo, y aquella urbanidad
que persuade que estima a los otros. El trato exige decencia en las
expresiones y en el exterior, como igualmente cierta docilidad de
costumbres, lejana de aquella complacencia que todo lo aprueba y de
aquella austeridad fastidiosa que no aprueba cosa alguna. El tono de la
buena compañía se ha formado casi en nuestro tiempo, y para convencerse
de esto no hay más que comparar el teatro antiguo con el moderno.
Hará como un medio siglo que las comedias estaban llenas de injurias
groseras y obscenidades escandalosas que no se permiten hoy día en boca
de los actores.
Entre las diferentes sociedades de esta ciudad hay una cuyo único
objeto es el de recoger toda especie de ridiculeces y divertirse con
chanzas y jocosidades. Son sesenta sus individuos, todos gente de
buen humor y de talento. Se juntan de cuando en cuando en el templo
de Heracles, para dar allí decretos en presencia de una multitud de
testigos atraídos por lo raro del espectáculo. Las desgracias o reveses
del estado jamás han interrumpido sus juntas.