Viaje a la Fócida. — Juegos píticos. — Templo y oráculo de Delfos.
(Año 361 antes de J. C.) Salimos de Atenas a la entrada de la primavera
del año tercero de la olimpiada ciento y cuatro, con el objeto de
asistir a la solemnidad de los Juegos píticos, que se celebran de
cuatro en cuatro años en Delfos, en Fócida. Fuimos a embarcarnos cerca
del istmo de Corinto, y en breve llegamos a Cirra, pequeña ciudad
situada al pie del monte Cirfis, y de allí pasamos a Delfos por un
sendero.
Esta ciudad célebre presenta en anfiteatro, a la falda del monte
Parnaso, una cadena de montañas que se extiende hacia el norte y que en
su parte meridional termina en dos puntas. Delfos solo tiene dieciséis
estadios de circuito y la rodean por tres partes unos precipicios. Está
bajo la protección de Apolo, y asocian al culto de este dios a Leto,
Artemisa y Atenea. Sus templos están a la entrada de la ciudad.
Detuvímonos un instante en el de Atenea, donde vimos un broquel de oro
enviado por Creso, rey de Lidia, y a la parte de afuera una grande
estatua de bronce, consagrada por los marselleses de las Galias.
Pasamos por junto al gimnasio y llegamos a las márgenes de la fuente
Castalia, con cuyas aguas purifican a los ministros del culto y a los
que van a consultar al oráculo. De allí pasamos al templo de Apolo,
situado en la parte superior de la ciudad, el cual está rodeado de un
vasto recinto y lleno de ofrendas preciosas hechas a la divinidad.
Los pueblos y los reyes que reciben respuestas favorables, los que
ganan victorias, y aquellos que se libran de las desgracias de que se
ven amenazados, se creen obligados a erigir monumentos de gratitud
en aquellos lugares. Los particulares que han alcanzado coronas en
los juegos públicos de la Grecia, los que se hacen útiles a la patria
mediante servicios, o que se ilustran por sus talentos, obtienen en
este mismo recinto monumentos de gloria. Allí se ve uno rodeado de un
pueblo de héroes; todo recuerda allí los acontecimientos más célebres
de la historia, y el arte de la escultura brilla con más esplendor que
en todos los demás países de la Grecia.
Íbamos ya a recorrer aquella inmensa colección cuando un habitante de
Delfos llamado Cleón se ofreció a servirnos de guía y de intérprete.
Llamaron nuestra atención sucesivamente una infinidad de monumentos en
el primer recinto, de los cuales un gran número son de oro macizo; y
si los ojos quedaban encantados de la magnificencia de tantas ofrendas
reunidas en Delfos, no lo estaban menos del primor con que todo estaba
trabajado. Saliendo del recinto sagrado entramos en el templo que fue
construido hace ya cerca de ciento cincuenta años. Habiendo consumido
las llamas el que había allí anteriormente, mandaron los anfictiones
que fuese reedificado, y el arquitecto corintio Espíntaro se empeñó en
concluirle por la suma de trescientos talentos.
El edificio está construido con piedra hermosísima, y el frontispicio
es de mármol de Paros. En él han representado dos hábiles escultores de
Atenas a Artemisa, Leto, Apolo, las Musas, Dioniso, etc. Los capiteles
de las columnas están cargados de armas doradas, y en particular de
escudos que ofrecieron los atenienses en memoria de la batalla de
Maratón. El vestíbulo está adornado de pinturas que representan el
combate de Heracles contra la hidra, el de los gigantes contra los
dioses, y el de Belerofonte contra la Quimera. Se ven allí también
altares, un busto de Homero, vasos de agua lustral, y otros vasos
grandes donde se mezcla el vino y el agua para hacer las libaciones. En
aquella pared se ven escritas muchas sentencias, de las cuales algunas
fueron trazadas, según se dice, por los siete sabios de Grecia. No me
detendré en describir las riquezas de lo interior del templo, pues se
puede juzgar de ellas por las de lo exterior. En el santuario se ve
una estatua de Apolo de oro y aquel famoso oráculo cuyas respuestas
decidieron tantas veces del destino de los imperios. Su descubrimiento
fue efecto de una casualidad. Andaban errantes unas cabras por los
peñascales del monte Parnaso, y habiéndose acercado a una abertura
de donde salían exhalaciones malignas, dicen que fueron agitadas
repentinamente de movimientos extraordinarios y convulsivos. El pastor
que las guardaba y los habitantes de los lugares cercanos acuden
presurosos al ver este prodigio, respiran el mismo vapor, experimentan
los mismos efectos y pronuncian en su delirio palabras sin concierto
ni consecuencia. Tómanse inmediatamente por predicciones aquellas
palabras, y el vapor de la caverna por un soplo divino que revela lo
futuro.
Salimos del templo y pasamos al teatro, donde se ejecutan los
certámenes de poesía y de música, presididos por los anfictiones.
Entraron en competencia muchos poetas: el objeto del premio es un himno
a Apolo que canta el mismo autor acompañándose con la cítara. Los
poemas que oímos tenían grandes bellezas. El que alcanzó la corona,
recibió aplausos tan repetidos que los heraldos se vieron obligados
a imponer silencio, e inmediatamente se presentaron los tocadores
de flauta. El asunto que se acostumbra proponerles es el combate de
Apolo contra la serpiente Pitón. Apenas adjudicaron el premio los
anfictiones, cuando pasaron al estadio y allí dieron principio las
carreras de a pie, la lucha, el pugilato y otros muchos combates de
que hablaré cuando se trate de los juegos olímpicos. El día siguiente
fuimos al templo con unos diputados atenienses que iban con el fin
de consultar al oráculo. Filotas y yo dimos nuestras preguntas por
escrito y esperamos a que la suerte decidiese del momento en que
podríamos acercarnos a la Pitia. Apenas se nos hizo saber, cuando la
vimos atravesar el templo acompañada de sacerdotes y poetas, triste,
abatida, parecía que iba por fuerza, como una víctima que conducen al
altar: mascaba laurel, tenía la cabeza coronada y la frente ceñida de
una banda.
En otro tiempo solo había una Pitia en Delfos, pero luego que se
aumentó el concurso para consultar al oráculo, se establecieron tres,
estatuyendo que pasasen de la edad de cincuenta años. Escógenlas entre
los habitantes de Delfos y en la clase más oscura, y sirven por turno.
Regularmente son doncellas pobres, sin educación ni experiencia;
de costumbres muy puras y de un talento muy limitado: deben vestir
sencillamente, no perfumarse jamás con esencias y pasar su vida en el
ejercicio de las prácticas religiosas.
Luego que nos purificaron con el agua santa, y que hubimos ofrecido un
toro y una cabra, entramos en el templo coronados de laurel y llevando
en la mano un ramo rodeado de una banda de lana blanca, y en seguida
nos introdujeron en una capilla donde se respira de repente un olor
suave en extremo. A poco rato vino un sacerdote a buscarnos y nos
llevó al santuario, especie de caverna profunda cuyas paredes están
adornadas con diferentes ofrendas. En el medio hay un respiradero,
del cual sale una exhalación profética. Se va hasta él por una bajada
insensible, pero no se puede verlo porque está cubierto con un trípode
tan rodeado de coronas y ramas de laurel que no puede difundirse el
vapor por afuera. La Pitia, fatigadísima, rehusaba contestar a nuestras
preguntas, y los ministros que la rodeaban hacían uso alternativamente
de amenazas y violencia. Cediendo en fin a sus esfuerzos se puso en
la trípode después de haber bebido una agua que mana del santuario
y sirve, según dicen, para descubrir lo futuro. Apenas bastarían
los colores más vivos para pintar los arrebatos que se apoderaron
de ella repentinamente. Vimos su pecho inflarse, su rostro ponerse
encarnado y luego pálido, y agitarse todos sus miembros con movimientos
involuntarios; mas a pesar de todo esto, no se le oían más que gritos
lamentables y largos gemidos. Centellando en breve sus ojos, echando
espuma por la boca y erizándosele el cabello, no pudiendo ya resistir
el vapor que la ahogaba ni arrojarse del trípode, donde la tenían
sujeta los sacerdotes, desgarró su banda y en medio de terribles y
espantosos alaridos pronunció algunas palabras, que los sacerdotes
se apresuraron a recoger; las coordinaron luego y nos las dieron por
escrito. Había yo preguntado si tendría la desgracia de sobrevivir a
mi amigo, y Filotas, sin ponerse de acuerdo conmigo, había hecho igual
pregunta; pero la respuesta era tan oscura y equívoca, que la hicimos
pedazos al salir del templo.
Al día siguiente bajamos a la llanura para ver las carreras de
caballos y carros. El hipódromo, nombre que dan al espacio que se debe
recorrer, es tan vasto que en él se ven algunas veces hasta cuarenta
carros disputarse la victoria. Vimos partir diez a un tiempo de la
barrera, y solo volvieron unos cuantos, porque los demás se estrellaron
y rompieron contra la meta o en medio de la carrera. Acabadas las
corridas subimos otra vez a Delfos para ser testigos de los honores
fúnebres que debían hacer a los manes de Neoptólemo y de la ceremonia
que debía precederlos. Después fuimos a un banquete, al cual estaban
convidados los sacerdotes, los principales habitantes de Delfos y los
diputados de otras ciudades de la Grecia. Este convite fue suntuosísimo
y muy largo. Hubo tocadores de flauta; un coro de tesalias cantaron
tonadas tiernas, y los tesalios nos presentaron la imagen de los
combates en sus danzas ejecutadas diestramente. Algunos días después
subimos hasta el manantial de la fuente Castalia, cuyas aguas puras y
de una frescura deliciosa forman bellas cascadas por la falda de la
montaña. De allí, continuando nuestro camino hacia el norte, llegamos
a la cueva de Coricio, llamada también la gruta de las ninfas porque
les está consagrada lo mismo que a los dioses Dioniso y Pan. Aunque
profunda, está clara toda ella, pues entra bien la luz del día por
varias partes. Es tan espaciosa que cuando la expedición de Jerjes,
la mayor parte de los habitantes de Delfos tomaron el partido de
refugiarse en ella. Enseñáronnos en las cercanías otras varias grutas
que excitan la veneración de los pueblos, porque en estos lugares
solitarios todo está consagrado y poblado de genios.
Cerca de Panopea, ciudad situada en los confines de la Fócida y la
Beocia, alcanzamos a ver unos carros llenos de mujeres que se apeaban y
danzaban en corro. Nuestros guías las conocieron y nos dijeron que eran
las tíades atenienses, mujeres iniciadas en los misterios de Dioniso.
Van todos los años a juntarse con las de Delfos, para subir todas
juntas a las cumbres del Parnaso, y celebrar allí con furor las orgías
de aquel dios. Continuando nuestro camino entre montañas aglomeradas
unas sobre otras, llegamos al pie del monte de Licorea, el más alto de
todos los del Parnaso y quizás de los de Grecia. Intentamos subir a él
pero, después de dar muchas caídas, conocimos que si bien es fácil de
subir hasta ciertas alturas del Parnaso, es dificilísimo llegar a la
cumbre. Bajamos pues y fuimos a Elatea, ciudad principal de la Fócida,
que defiende aquella reducida provincia de las incursiones de los
tesalios.
Al norte y al este del Parnaso se encuentran deliciosas llanuras
regadas por el Cefiso, que nace al pie del monte Eta encima de la
ciudad de Lilea. Corre sereno dando vueltas y revueltas en su curso,
en medio de campiñas pobladas de diversas especies de árboles y
cubiertas de granos y pastos diferentes. Parece que, apasionado a sus
mismos beneficios, no acierta a salir de los sitios que hermosea. Los
demás distritos de la Fócida se distinguen por diversas producciones
particulares. Son muy estimados el aceite de Titorea y el eléboro de
Anticira, ciudad situada en la costa del mar de Corinto. No lejos de
allí, los pescadores de Bulis recogen aquellas conchas preciosas con
que se tiñe la púrpura. Más arriba vimos en el valle de Ambriso ricos
viñedos y muchos árboles, de los que producen aquellos granitos que dan
a la lana un hermoso encarnado.