Del Areópago.
El senado del Areópago es el más antiguo y al mismo tiempo el más
íntegro de los tribunales de Atenas. Se reúne algunas veces en el
pórtico real, pero comúnmente sobre una colina poco distante de la
ciudadela, y en una especie de sala puesta al abrigo de la inclemencia
del tiempo solamente por medio de un techo rústico.
Las plazas de los senadores son perpetuas: el número de magistrados
ilimitado. Los arcontes son admitidos en el Areópago después de su
año de tales, pero deben justificar en un examen solemne que han
desempeñado sus funciones con tanto celo como fidelidad.
La reputación de que goza este tribunal muchos siglos hace, se funda
en títulos que la transmitirán a los siglos venideros. La inocencia,
obligada a comparecer ante él, se acerca sin temor, y los culpables
convencidos y condenados se retiran sin atreverse a quejarse del
fallo. Atribúyese su primer origen al tiempo de Cécrope, pero debe
otro más brillante a Solón que le dio el encargo de velar sobre las
costumbres. Entonces conoció de todos los crímenes, los vicios y los
abusos. Debilitada considerablemente su autoridad por Pisístrato, en
la actualidad únicamente ejerce una jurisdicción propiamente tal con
respecto a los homicidios premeditados, incendios, envenenamientos
y algunos delitos menos graves. Preceden a los juicios ceremonias
espantosas. Ambas partes, situadas en medio de los restos sangrientos
de las víctimas, hacen un juramento y le confirman con imprecaciones
terribles contra ellas mismas y sus familias; ponen por testigos a las
terribles Euménides, que desde un templo inmediato, donde las veneran,
parece que oyen su voz y se proponen castigar los perjurios. Después
de estos preliminares se discute la causa. Aquí la verdad es la única
que tiene derecho de presentarse ante los jueces: temen la elocuencia
tanto como la mentira; los abogados deben desterrar severamente de sus
discursos los exordios, las peroraciones, las digresiones y adornos del
estilo, y aun el tono del sentimiento. En vano se pintaría la pasión en
los ojos y los ademanes del orador, pues el Areópago tiene casi siempre
de noche sus sesiones.
Cuando el punto está suficientemente aclarado, los jueces ponen
secretamente sus votos en dos urnas, una llamada de la muerte, y otra
de la misericordia. En caso de empate, un ministro subalterno añade
en favor del acusado el voto de Atenea, llamado así porque, según una
tradición antigua, esta diosa, asistiendo al mismo tribunal cuando
juzgó a Orestes, dio su voto para decidir sobre el empate de los jueces.