CAPÍTULO XV.

De los tribunales de justicia de Atenas.

El número de los jueces en Atenas es tan inmenso que asciende a seis

mil, poco más o menos. Un ateniense que pasa de treinta años, que ha

observado una vida irreprensible y no es deudor a los fondos públicos,

tiene las cualidades que se requiere para administrar justicia. La

suerte decide todos los años cual es el tribunal a que pertenece. Este

es el modo de proveer las plazas de los tribunales. Se cuentan diez de

estos principales: cuatro para conocer de las causas de asesinatos, y

seis de las demás, tanto civiles como criminales.

Estos diez tribunales soberanos, compuestos la mayor parte de

quinientos jueces y algunos de mayor número, no tienen actividad alguna

por sí mismos, y los ponen en acción los nueve arcontes. Cada uno de

estos magistrados lleva a él la causa de que ha tomado conocimiento, y

preside el tribunal en tanto que la causa se sustancia. El más célebre

de todos es el de los Heliastas, donde se presentan todas las grandes

causas que interesan al estado o los particulares. En ciertas ocasiones

los magistrados disponen que se reúnan a ellos otros tribunales, y

entonces el número de los jueces suele llegar hasta seis mil.

Todos los años recorren cuarenta ministros subalternos los pueblos

del Ática y tienen allí sus juzgados, estatuyen sobre ciertos actos

de violencia, terminan aquellos pleitos en que solo se trata de una

corta suma, como de diez dracmas (33 reales 18 maravedís), y pasan a

los árbitros las causas más graves. Estos árbitros son hombres de buen

concepto y de edad de unos sesenta años. Al fin de cada año se les

nombra por suerte en cada tribu, en número de cuarenta.

Los habitantes de las islas y ciudades sometidas a la república están

obligadas a elevar sus causas a los tribunales de Atenas, para que

allí se juzguen en última apelación. El estado se utiliza así de los

derechos que pagan al entrar en el puerto y del gasto que hacen en

la ciudad. Otro motivo les priva de la ventaja de terminar entre

ellos sus pleitos. Si tuviesen jurisdicción soberana, no tendrían que

solicitar más que la protección de sus gobernadores, y podrían oprimir

en muchas ocasiones a los partidarios del gobierno de Atenas, en lugar

de que atrayéndolos aquí, se les obliga a humillarse ante el pueblo que

les aguarda en los tribunales, y está muy propenso a medir la justicia

que les hace por los grados de afecto que profesan a su autoridad.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 37 / 107 题