CAPÍTULO XII.

Descripción de Atenas y de sus principales monumentos.

Entre todas las ciudades de la Grecia, Atenas es la que presenta mayor

número de monumentos respetables y célebres por su antigüedad y su

elegancia. Las obras excelentes de escultura son tantas que se ven

hasta en las plazas públicas, y hermosean, de concierto con las de

pintura, los pórticos y los templos.

Conduciendo al lector a los diferentes barrios de Atenas, nos

pondremos en los últimos años de mi estancia en la Grecia, y daremos

principio aportando al Pireo.

En este puerto, que contiene otros tres menores, se ven ancladas

algunas veces hasta trescientas galeras, y puede haber en él hasta

cuatrocientas. Temístocles hizo, digámoslo así, este descubrimiento

cuando quiso dar una máxima a los atenienses. Una piedra cuadrada y

sin adornos que se ve en el promontorio inmediato es el sepulcro de

aquel grande hombre, cuyo cuerpo fue llevado allí desde el lugar de su

destierro.

Entremos bajo uno de los pórticos que rodean el puerto. En él se verán

encima de mesas diferentes mercancías del Bósforo y las muestras de

trigo recién traído del Ponto, de Tracia, de Siria, de Egipto, de Libia

y de Sicilia. Vamos a la plaza de Hipodamo, nombre de un arquitecto de

Mileto que la ha construido, y allí veremos acumuladas las producciones

de todos los países, pudiendo decirse que no es el mercado de Atenas y

sí el de toda la Grecia.

El Pireo está adornado con un teatro, varios templos y muchas estatuas.

Debiendo Temístocles asegurar en este puerto las subsistencias de

Atenas, le puso a cubierto de una sorpresa haciendo construir aquella

hermosa muralla que sirve de recinto al lugar del Pireo y al puerto de

Muniquia. Su longitud es de sesenta estadios (dos leguas y cuarto),

su altura de cuarenta codos (poco más de cincuenta y seis pies) y su

anchura más de lo necesario para pasar dos carros de frente.

Tomemos el camino de Atenas y sigamos aquella larga muralla que se

extiende desde el Pireo hasta la puerta de la ciudad, en una longitud

de cuarenta estadios. Esta obra fue también proyecto de Temístocles,

ejecutado prontamente bajo la dirección y gobierno de Cimón y de

Pericles. Algunos años después se construyó otra semejante, acaso tan

larga, desde los muros de la ciudad hasta el puerto de Falero. Por

medio de estos dos muros de comunicación, está el Pireo encerrado

hoy día en el recinto de Atenas, siendo su baluarte. Este camino que

seguimos, está frecuentado en todo tiempo y a toda hora por un gran

número de personas atraídas al puerto por la proximidad del Pireo, su

comercio y las fiestas.

Entramos en la ciudad y se ve uno confuso para escoger entre las muchas

obras clásicas que la adornan y se ofrecen a la vista. Antes de llegar

al pie de la escalera por donde se sube a la ciudadela, fijaremos

primeramente la atención en el pórtico donde el segundo arconte,

llamado el arconte rey, tiene su tribunal y donde reúne algunas veces

el del Areópago; en seguida sobre el pórtico llamado Pecile, en cuya

entrada se ve la estatua de Solón y cuyas paredes interiores están

enriquecidas con las obras de Polignoto, de Micón, de Paneno y de otros

muchos pintores célebres.

La plaza pública, en la cual termina el pórtico, es muy espaciosa y

está adornada de muchos edificios sobresalientes destinados al culto

de los dioses o al servicio del estado, y que sirven de asilo algunas

veces a los desgraciados y no pocas a los culpables. Todos los costados

de esta plaza están adornados de estatuas de tal perfección y belleza

que llaman la atención. En medio de las diez estatuas de aquellos que

dieron su nombre a las diez tribus de Atenas, tiene establecido su

tribunal el primer arconte.

Voy a conduciros ahora al templo de Teseo, que fue construido por Cimón

algunos años después de la batalla de Salamina, aunque menor que el

de Atenea, del cual hablaré en breve y al que parece haber servido de

modelo, es de orden dórico, de una forma muy elegante y enriquecido

con obras de hábiles pintores. Después de haber observado algunos

otros monumentos dignos de notarse, llegamos en fin a la escalera por

donde se sube a la ciudadela. Al subir, la vista se explaya y recrea

por todas partes. Detengámonos delante de este soberbio edificio de

orden dórico que se llama los Propileos o vestíbulos de la ciudadela.

Pericles los hizo construir de mármol, según los diseños y bajo

la dirección del arquitecto Mnesicles, y se dice que costaron mil

doscientos talentos (sobre cuarenta millones de reales).

El templo que tenemos a la izquierda está consagrado a la Victoria;

adornan sus paredes varias pinturas admirables, la mayor parte de la

mano de Polignoto; sostienen el frontón seis hermosas columnas; el

vestíbulo está dividido en tres partes por dos órdenes de columnas

jónicas, y a la parte opuesta termina por cinco puertas, entre las

cuales se descubren las columnas del peristilo que mira a lo interior

de la ciudadela. Entramos en ella, y la vista se para a ver el

prodigioso número de estatuas que han erigido allí la religión y la

gratitud, y que parecen animadas por el cincel de los Mirones, los

Fidias, los Alcámenes y otros célebres escultores.

Todas las regiones del Ática están bajo la protección de Atenea, mas

cualquiera diría que ha fijado su residencia en la ciudadela de Atenas.

¡Oh, cuántas estatuas, altares y edificios se ven erigidos en honor

suyo! Entre las estatuas hay tres cuya materia y trabajo atestiguan

los progresos del lujo y de las artes. La primera es tan antigua que

se diría haber bajado del cielo informe y de madera de olivo. La

segunda de aquel tiempo en que los atenienses no usaban más metales

que el hierro para adquirir triunfos y el bronce para eternizarlos.

La tercera, que es de oro y de marfil, está en aquel famoso templo

de la diosa, uno de los más hermosos monumentos de Atenas, conocido

bajo el nombre de Partenón. Esta estatua es célebre por su magnitud,

la riqueza de su materia y la hermosura del trabajo. En la majestad

sublime que brilla en todas las facciones y la efigie de Atenea, se

conoce fácilmente la mano de Fidias. Las ideas de este artista tenían

un carácter tan grande que ha tenido el acierto de representar mejor

los dioses que los hombres, y así es que cualquiera diría que ve los

segundos de muy alto y los primeros de muy cerca. La altura de la

estatua es de veintiséis codos (36 pies 10 pulgadas). Está en pie,

cubierta de la égida y vestida con una larga túnica: tiene en una mano

la lanza y en la otra una efigie de la victoria, de tres codos de

alta (cinco pies ocho pulgadas). Su casco, dominado por una esfinge,

tiene en las partes laterales dos grifos. En la superficie exterior

del escudo que se ve a los pies de la diosa, Fidias ha representado

el combate de las amazonas, y en la interior el de los dioses y los

gigantes; en el calzado el de los centauros y los lapitas, y en el

pedestal el nacimiento de Pandora y otros muchos objetos; las partes

aparentes del cuerpo son de marfil, excepto los ojos en que el iris

está figurado con una piedra singular.

Antes de comenzar esta obra, se vio Fidias obligado a informar a la

asamblea del pueblo acerca de la materia que se gastaría y prefería el

mármol, porque su brillo sería muy duradero. Escucháronle con atención;

pero cuando añadió que el gasto sería menor, le impusieron silencio y

resolvieron que la estatua fuese de oro y marfil. Escogieron el oro

más puro, y fue preciso una cantidad de cuarenta talentos (sobre ocho

millones y treinta mil reales).

Siguiendo Fidias el parecer de Pericles, invirtió este metal de tal

manera que se podía desprender fácilmente, cuyo dictamen se fundaba

en dos motivos. El uno previendo el momento en que podría emplearse

aquel oro para atender a las urgencias del estado, lo cual se propuso

al principiar la guerra del Peloponeso; y el otro evitar que se les

acusase a entrambos de haber extraído una parte de aquel metal; mas

no por esto evitaron la acusación que se verificó, y en virtud de la

precaución que habían tenido, convirtiose por fin en vergüenza de sus

enemigos.

El templo de Atenea, el de Teseo y aun algunos otros son verdaderamente

el triunfo de la arquitectura y de la escultura. Observad otros muchos

edificios a los lados y en las cercanías de la ciudadela. Tales

son entre ellos el Odeón y el templo de Zeus olímpico. El primero

es aquella especie de teatro que Pericles hizo edificar para los

certámenes de música, y en el cual los seis últimos arcontes celebran

alguna vez sus sesiones.

Después de correr apresurados por lo interior de la ciudad, vamos a

echar una ojeada por lo exterior. Al levante está el monte Himeto,

que las abejas enriquecen con su miel, la cual exhala el perfume del

romero: en torno de los muros serpentea el Iliso que corre por la

falda del monte; y encima de este se ven los gimnasios del Cinosargo

y del Liceo. Hacia el norte se descubre la Academia y algo más lejos

una colina llamada Colono, donde Sófocles ha establecido la escena

del Edipo que tiene el mismo nombre. El Cefiso, después de fertilizar

con sus aguas este país, viene a mezclarlas con las del Iliso, que se

agota algunas veces cuando los grandes calores. La vista se recrea a su

placer por las hermosas casas de campo, que se ven por doquiera que se

mire.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 34 / 107 题