Descripción de Atenas y de sus principales monumentos.
Entre todas las ciudades de la Grecia, Atenas es la que presenta mayor
número de monumentos respetables y célebres por su antigüedad y su
elegancia. Las obras excelentes de escultura son tantas que se ven
hasta en las plazas públicas, y hermosean, de concierto con las de
pintura, los pórticos y los templos.
Conduciendo al lector a los diferentes barrios de Atenas, nos
pondremos en los últimos años de mi estancia en la Grecia, y daremos
principio aportando al Pireo.
En este puerto, que contiene otros tres menores, se ven ancladas
algunas veces hasta trescientas galeras, y puede haber en él hasta
cuatrocientas. Temístocles hizo, digámoslo así, este descubrimiento
cuando quiso dar una máxima a los atenienses. Una piedra cuadrada y
sin adornos que se ve en el promontorio inmediato es el sepulcro de
aquel grande hombre, cuyo cuerpo fue llevado allí desde el lugar de su
destierro.
Entremos bajo uno de los pórticos que rodean el puerto. En él se verán
encima de mesas diferentes mercancías del Bósforo y las muestras de
trigo recién traído del Ponto, de Tracia, de Siria, de Egipto, de Libia
y de Sicilia. Vamos a la plaza de Hipodamo, nombre de un arquitecto de
Mileto que la ha construido, y allí veremos acumuladas las producciones
de todos los países, pudiendo decirse que no es el mercado de Atenas y
sí el de toda la Grecia.
El Pireo está adornado con un teatro, varios templos y muchas estatuas.
Debiendo Temístocles asegurar en este puerto las subsistencias de
Atenas, le puso a cubierto de una sorpresa haciendo construir aquella
hermosa muralla que sirve de recinto al lugar del Pireo y al puerto de
Muniquia. Su longitud es de sesenta estadios (dos leguas y cuarto),
su altura de cuarenta codos (poco más de cincuenta y seis pies) y su
anchura más de lo necesario para pasar dos carros de frente.
Tomemos el camino de Atenas y sigamos aquella larga muralla que se
extiende desde el Pireo hasta la puerta de la ciudad, en una longitud
de cuarenta estadios. Esta obra fue también proyecto de Temístocles,
ejecutado prontamente bajo la dirección y gobierno de Cimón y de
Pericles. Algunos años después se construyó otra semejante, acaso tan
larga, desde los muros de la ciudad hasta el puerto de Falero. Por
medio de estos dos muros de comunicación, está el Pireo encerrado
hoy día en el recinto de Atenas, siendo su baluarte. Este camino que
seguimos, está frecuentado en todo tiempo y a toda hora por un gran
número de personas atraídas al puerto por la proximidad del Pireo, su
comercio y las fiestas.
Entramos en la ciudad y se ve uno confuso para escoger entre las muchas
obras clásicas que la adornan y se ofrecen a la vista. Antes de llegar
al pie de la escalera por donde se sube a la ciudadela, fijaremos
primeramente la atención en el pórtico donde el segundo arconte,
llamado el arconte rey, tiene su tribunal y donde reúne algunas veces
el del Areópago; en seguida sobre el pórtico llamado Pecile, en cuya
entrada se ve la estatua de Solón y cuyas paredes interiores están
enriquecidas con las obras de Polignoto, de Micón, de Paneno y de otros
muchos pintores célebres.
La plaza pública, en la cual termina el pórtico, es muy espaciosa y
está adornada de muchos edificios sobresalientes destinados al culto
de los dioses o al servicio del estado, y que sirven de asilo algunas
veces a los desgraciados y no pocas a los culpables. Todos los costados
de esta plaza están adornados de estatuas de tal perfección y belleza
que llaman la atención. En medio de las diez estatuas de aquellos que
dieron su nombre a las diez tribus de Atenas, tiene establecido su
tribunal el primer arconte.
Voy a conduciros ahora al templo de Teseo, que fue construido por Cimón
algunos años después de la batalla de Salamina, aunque menor que el
de Atenea, del cual hablaré en breve y al que parece haber servido de
modelo, es de orden dórico, de una forma muy elegante y enriquecido
con obras de hábiles pintores. Después de haber observado algunos
otros monumentos dignos de notarse, llegamos en fin a la escalera por
donde se sube a la ciudadela. Al subir, la vista se explaya y recrea
por todas partes. Detengámonos delante de este soberbio edificio de
orden dórico que se llama los Propileos o vestíbulos de la ciudadela.
Pericles los hizo construir de mármol, según los diseños y bajo
la dirección del arquitecto Mnesicles, y se dice que costaron mil
doscientos talentos (sobre cuarenta millones de reales).
El templo que tenemos a la izquierda está consagrado a la Victoria;
adornan sus paredes varias pinturas admirables, la mayor parte de la
mano de Polignoto; sostienen el frontón seis hermosas columnas; el
vestíbulo está dividido en tres partes por dos órdenes de columnas
jónicas, y a la parte opuesta termina por cinco puertas, entre las
cuales se descubren las columnas del peristilo que mira a lo interior
de la ciudadela. Entramos en ella, y la vista se para a ver el
prodigioso número de estatuas que han erigido allí la religión y la
gratitud, y que parecen animadas por el cincel de los Mirones, los
Fidias, los Alcámenes y otros célebres escultores.
Todas las regiones del Ática están bajo la protección de Atenea, mas
cualquiera diría que ha fijado su residencia en la ciudadela de Atenas.
¡Oh, cuántas estatuas, altares y edificios se ven erigidos en honor
suyo! Entre las estatuas hay tres cuya materia y trabajo atestiguan
los progresos del lujo y de las artes. La primera es tan antigua que
se diría haber bajado del cielo informe y de madera de olivo. La
segunda de aquel tiempo en que los atenienses no usaban más metales
que el hierro para adquirir triunfos y el bronce para eternizarlos.
La tercera, que es de oro y de marfil, está en aquel famoso templo
de la diosa, uno de los más hermosos monumentos de Atenas, conocido
bajo el nombre de Partenón. Esta estatua es célebre por su magnitud,
la riqueza de su materia y la hermosura del trabajo. En la majestad
sublime que brilla en todas las facciones y la efigie de Atenea, se
conoce fácilmente la mano de Fidias. Las ideas de este artista tenían
un carácter tan grande que ha tenido el acierto de representar mejor
los dioses que los hombres, y así es que cualquiera diría que ve los
segundos de muy alto y los primeros de muy cerca. La altura de la
estatua es de veintiséis codos (36 pies 10 pulgadas). Está en pie,
cubierta de la égida y vestida con una larga túnica: tiene en una mano
la lanza y en la otra una efigie de la victoria, de tres codos de
alta (cinco pies ocho pulgadas). Su casco, dominado por una esfinge,
tiene en las partes laterales dos grifos. En la superficie exterior
del escudo que se ve a los pies de la diosa, Fidias ha representado
el combate de las amazonas, y en la interior el de los dioses y los
gigantes; en el calzado el de los centauros y los lapitas, y en el
pedestal el nacimiento de Pandora y otros muchos objetos; las partes
aparentes del cuerpo son de marfil, excepto los ojos en que el iris
está figurado con una piedra singular.
Antes de comenzar esta obra, se vio Fidias obligado a informar a la
asamblea del pueblo acerca de la materia que se gastaría y prefería el
mármol, porque su brillo sería muy duradero. Escucháronle con atención;
pero cuando añadió que el gasto sería menor, le impusieron silencio y
resolvieron que la estatua fuese de oro y marfil. Escogieron el oro
más puro, y fue preciso una cantidad de cuarenta talentos (sobre ocho
millones y treinta mil reales).
Siguiendo Fidias el parecer de Pericles, invirtió este metal de tal
manera que se podía desprender fácilmente, cuyo dictamen se fundaba
en dos motivos. El uno previendo el momento en que podría emplearse
aquel oro para atender a las urgencias del estado, lo cual se propuso
al principiar la guerra del Peloponeso; y el otro evitar que se les
acusase a entrambos de haber extraído una parte de aquel metal; mas
no por esto evitaron la acusación que se verificó, y en virtud de la
precaución que habían tenido, convirtiose por fin en vergüenza de sus
enemigos.
El templo de Atenea, el de Teseo y aun algunos otros son verdaderamente
el triunfo de la arquitectura y de la escultura. Observad otros muchos
edificios a los lados y en las cercanías de la ciudadela. Tales
son entre ellos el Odeón y el templo de Zeus olímpico. El primero
es aquella especie de teatro que Pericles hizo edificar para los
certámenes de música, y en el cual los seis últimos arcontes celebran
alguna vez sus sesiones.
Después de correr apresurados por lo interior de la ciudad, vamos a
echar una ojeada por lo exterior. Al levante está el monte Himeto,
que las abejas enriquecen con su miel, la cual exhala el perfume del
romero: en torno de los muros serpentea el Iliso que corre por la
falda del monte; y encima de este se ven los gimnasios del Cinosargo
y del Liceo. Hacia el norte se descubre la Academia y algo más lejos
una colina llamada Colono, donde Sófocles ha establecido la escena
del Edipo que tiene el mismo nombre. El Cefiso, después de fertilizar
con sus aguas este país, viene a mezclarlas con las del Iliso, que se
agota algunas veces cuando los grandes calores. La vista se recrea a su
placer por las hermosas casas de campo, que se ven por doquiera que se
mire.