Batalla de Mantinea. — Muerte de Epaminondas.
(Año 362 antes de J. C.) Tocaba ya la Grecia en el momento de una
revolución. Epaminondas estaba al frente de un ejército, y su victoria
o su derrota iba a decidir, en fin, si habían de ser los tebanos o los
lacedemonios quienes diesen leyes a los demás pueblos.
Partió una tarde de Tegea, en Arcadia, para sorprender a Lacedemonia.
Esta ciudad, enteramente abierta, solamente tenía entonces para su
defensa niños y ancianos. Una parte de las tropas se encontraba en
Arcadia, y la otra volvía a su país capitaneada por Agesilao. Llegan
los tebanos al amanecer, y ven inmediatamente a Agesilao pronto a
recibirlos. Avisado este por un desertor de la marcha de Epaminondas,
había vuelto atrás aceleradamente y sus soldados ocupaban ya los
puestos más importantes. El general tebano, sorprendido pero no
desalentado, dispone varios ataques, y había ya penetrado hasta la
plaza pública, haciéndose dueño de una parte de la ciudad, cuando
Agesilao, no escuchando más que su desesperación y, aunque de edad
de cerca de ochenta años, se arroja en medio del peligro y, ayudado
por el valiente Arquidamo, su hijo, rechaza al enemigo y le obliga a
retirarse. Isadas dio en estas circunstancias un ejemplo que excitó la
admiración y la severidad de los magistrados. Este espartano que apenas
había salido de la infancia, tan hermoso como el amor y tan valiente
como Aquiles, no teniendo más armas que la pica y la espada, se mete
impetuosamente por entre los batallones lacedemonios y acometiendo a
los tebanos derriba a sus pies todo cuanto se opone a su furor. Los
éforos le concedieron una corona para premiar su valor, y al mismo
tiempo le impusieron una multa porque había peleado sin coraza y sin
escudo.
Retirose Epaminondas sin que le siguiese el enemigo, y a fin de reparar
la mengua de su retirada con una victoria, marchó a la Arcadia, donde
se habían reunido las principales fuerzas de la Grecia. Avistáronse
luego los dos ejércitos: el de los lacedemonios y sus aliados constaba
de más de veinte mil infantes y cerca de dos mil caballos, y el de la
liga tebana de treinta mil infantes y cerca de tres mil caballos.
Epaminondas observó en su orden de batalla los principios que le
hicieron ganar la victoria de Leuctra. Una de sus alas, formada en
columna, cayó sobre la falange de los lacedemonios, a la cual jamás
hubiera forzado si él en persona no hubiese acudido a fortificar sus
tropas con su ejemplo y un cuerpo de tropas escogidas. Los enemigos,
sobrecogidos de espanto al acercarse, se desordenan y huyen; los
persigue con un furor que no puede contener, y se halla cercado de
un cuerpo de espartanos que disparan sobre él una nube de dardos.
Después de haber luchado largo rato con la muerte y tendido en tierra
una multitud de guerreros, cae traspasado de un venablo cuyo acero se
le queda clavado en el pecho. El honor de recoger su cuerpo empeñó una
acción tan reñida y sangrienta como la primera, y sus dignos compañeros
redoblando sus esfuerzos tuvieron el triste consuelo de llevarle a su
tienda. Su herida contuvo la carnicería en la otra ala, donde combatían
con una alternativa de triunfo y de pérdida, y dando en fin la señal
de retirada por una y otra parte, levantaron un trofeo en el campo de
batalla.
Aún respiraba Epaminondas. Los cirujanos declararon que expiraría
al punto que le sacasen el acero de la herida. Temió que su escudo
hubiese caído en manos del enemigo; mostrarónselo, y lo besó como el
instrumento de su gloria. Manifestose inquieto por el éxito de la
batalla; dijéronle que los tebanos la habían ganado, y contestó sereno:
«Estoy contento; ya he vivido bastante». Preguntó seguidamente por
dos generales a quienes juzgaba dignos de reemplazarle, y habiéndole
dicho que habían muerto: «persuadid pues a los tebanos», añadió, «a
que hagan la paz». Apenas hubo pronunciado estas palabras mandó que le
arrancasen el acero, y habiendo exclamado uno de sus amigos, a quien
dominaba la pena: «¡Conque mueres, Epaminondas! ¡Ah, si a lo menos
dejases hijos!». «Dejo», respondió expirando, «dos hijas inmortales:
la victoria de Leuctra y la de Mantinea».
Su muerte fue precedida de la de mi amigo Timágenes, que había
desaparecido de repente ocho días antes de la batalla, habiendo dejado
una carta sobre la mesa a su sobrina Epicaris, y en ella nos decía que
iba a reunirse con Epaminondas. Mi corazón se despedazó al leer esta
carta y quise partir al instante; pero Apolodoro, a cuyo ruego fui
considerado como ateniense, me hizo presente que no podía tomar las
armas contra mi nueva patria. Esta consideración me detuvo y por ello
no fui testigo de las proezas de mi amigo ni morí con él.
La batalla de Mantinea aumentó en adelante las turbulencias de la
Grecia, pero en el primer momento terminó la guerra. Los atenienses
tuvieron cuidado de recoger los cadáveres de aquellos que habían
perdido, los quemaron en una hoguera y llevaron sus cenizas a Atenas
para hacer los funerales.