CAPÍTULO XIII.

Batalla de Mantinea. — Muerte de Epaminondas.

(Año 362 antes de J. C.) Tocaba ya la Grecia en el momento de una

revolución. Epaminondas estaba al frente de un ejército, y su victoria

o su derrota iba a decidir, en fin, si habían de ser los tebanos o los

lacedemonios quienes diesen leyes a los demás pueblos.

Partió una tarde de Tegea, en Arcadia, para sorprender a Lacedemonia.

Esta ciudad, enteramente abierta, solamente tenía entonces para su

defensa niños y ancianos. Una parte de las tropas se encontraba en

Arcadia, y la otra volvía a su país capitaneada por Agesilao. Llegan

los tebanos al amanecer, y ven inmediatamente a Agesilao pronto a

recibirlos. Avisado este por un desertor de la marcha de Epaminondas,

había vuelto atrás aceleradamente y sus soldados ocupaban ya los

puestos más importantes. El general tebano, sorprendido pero no

desalentado, dispone varios ataques, y había ya penetrado hasta la

plaza pública, haciéndose dueño de una parte de la ciudad, cuando

Agesilao, no escuchando más que su desesperación y, aunque de edad

de cerca de ochenta años, se arroja en medio del peligro y, ayudado

por el valiente Arquidamo, su hijo, rechaza al enemigo y le obliga a

retirarse. Isadas dio en estas circunstancias un ejemplo que excitó la

admiración y la severidad de los magistrados. Este espartano que apenas

había salido de la infancia, tan hermoso como el amor y tan valiente

como Aquiles, no teniendo más armas que la pica y la espada, se mete

impetuosamente por entre los batallones lacedemonios y acometiendo a

los tebanos derriba a sus pies todo cuanto se opone a su furor. Los

éforos le concedieron una corona para premiar su valor, y al mismo

tiempo le impusieron una multa porque había peleado sin coraza y sin

escudo.

Retirose Epaminondas sin que le siguiese el enemigo, y a fin de reparar

la mengua de su retirada con una victoria, marchó a la Arcadia, donde

se habían reunido las principales fuerzas de la Grecia. Avistáronse

luego los dos ejércitos: el de los lacedemonios y sus aliados constaba

de más de veinte mil infantes y cerca de dos mil caballos, y el de la

liga tebana de treinta mil infantes y cerca de tres mil caballos.

Epaminondas observó en su orden de batalla los principios que le

hicieron ganar la victoria de Leuctra. Una de sus alas, formada en

columna, cayó sobre la falange de los lacedemonios, a la cual jamás

hubiera forzado si él en persona no hubiese acudido a fortificar sus

tropas con su ejemplo y un cuerpo de tropas escogidas. Los enemigos,

sobrecogidos de espanto al acercarse, se desordenan y huyen; los

persigue con un furor que no puede contener, y se halla cercado de

un cuerpo de espartanos que disparan sobre él una nube de dardos.

Después de haber luchado largo rato con la muerte y tendido en tierra

una multitud de guerreros, cae traspasado de un venablo cuyo acero se

le queda clavado en el pecho. El honor de recoger su cuerpo empeñó una

acción tan reñida y sangrienta como la primera, y sus dignos compañeros

redoblando sus esfuerzos tuvieron el triste consuelo de llevarle a su

tienda. Su herida contuvo la carnicería en la otra ala, donde combatían

con una alternativa de triunfo y de pérdida, y dando en fin la señal

de retirada por una y otra parte, levantaron un trofeo en el campo de

batalla.

Aún respiraba Epaminondas. Los cirujanos declararon que expiraría

al punto que le sacasen el acero de la herida. Temió que su escudo

hubiese caído en manos del enemigo; mostrarónselo, y lo besó como el

instrumento de su gloria. Manifestose inquieto por el éxito de la

batalla; dijéronle que los tebanos la habían ganado, y contestó sereno:

«Estoy contento; ya he vivido bastante». Preguntó seguidamente por

dos generales a quienes juzgaba dignos de reemplazarle, y habiéndole

dicho que habían muerto: «persuadid pues a los tebanos», añadió, «a

que hagan la paz». Apenas hubo pronunciado estas palabras mandó que le

arrancasen el acero, y habiendo exclamado uno de sus amigos, a quien

dominaba la pena: «¡Conque mueres, Epaminondas! ¡Ah, si a lo menos

dejases hijos!». «Dejo», respondió expirando, «dos hijas inmortales:

la victoria de Leuctra y la de Mantinea».

Su muerte fue precedida de la de mi amigo Timágenes, que había

desaparecido de repente ocho días antes de la batalla, habiendo dejado

una carta sobre la mesa a su sobrina Epicaris, y en ella nos decía que

iba a reunirse con Epaminondas. Mi corazón se despedazó al leer esta

carta y quise partir al instante; pero Apolodoro, a cuyo ruego fui

considerado como ateniense, me hizo presente que no podía tomar las

armas contra mi nueva patria. Esta consideración me detuvo y por ello

no fui testigo de las proezas de mi amigo ni morí con él.

La batalla de Mantinea aumentó en adelante las turbulencias de la

Grecia, pero en el primer momento terminó la guerra. Los atenienses

tuvieron cuidado de recoger los cadáveres de aquellos que habían

perdido, los quemaron en una hoguera y llevaron sus cenizas a Atenas

para hacer los funerales.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 35 / 107 题