Concurrencia al teatro.
(Año 362 antes de J. C.) El último día de las fiestas de Dioniso vi una
tragedia, y tanta fue la confusión de ideas que se agolparon a mi mente
que solo puedo hacer de ello una pintura rápida.
El teatro se abre al amanecer, y fui a él con Filotas. No hay a la
verdad cosa más imponente al primer golpe de vista. Por una parte la
escena adornada de decoraciones hechas por los más hábiles artistas,
por la otra un vasto anfiteatro cubierto de gradas que se elevan unas
sobre otras hasta una grandísima altura, varias banquetas y escaleras,
que se prolongan y cruzan por intervalos, facilitan la comunicación y
dividen las gradas en varias particiones, de las cuales hay algunas
reservadas para ciertos cuerpos y ciertas clases.
En medio de la multitud fueron llegando los nueve arcontes o primeros
magistrados de la república, los tribunales de justicia, el senado de
los quinientos, los oficiales generales del ejército y los ministros
del culto. Todos estos cuerpos ocuparon las gradas inferiores. Más
arriba se pusieron los jóvenes de al menos dieciocho años y las mujeres
en otro paraje, separadas de los hombres y de las rameras. El lugar
de la orquesta estaba desocupado, porque está reservado para los
certámenes de poesía, de música y de danza, que se celebran después de
las representaciones dramáticas.
Viéndome Filotas absorto por el numeroso concurso que había, me dijo
que cabían en el teatro hasta treinta mil personas, y que la solemnidad
de las grandes fiestas de Dioniso atraía muchas gentes de todas partes
de la Grecia. «El concurso de las piezas dramáticas solo se ve en otras
dos fiestas, pero los autores reservan lo mejor para la presente. Se
nos ha prometido unas siete a ocho piezas nuevas, pero algunas veces
repetimos las de nuestros autores antiguos, y ahora van a dar principio
a la competición con la Antígona de Sófocles. Tendréis mucho gusto de
oír a dos excelentes actores, Teodoro y Aristodemo.»
Apenas acababa de hablar Filotas cuando un heraldo, después de haber
impuesto silencio, dijo en voz alta: «Salga el coro de Sófocles». Este
era el anuncio de la pieza. Conforme se iba desenlazando el argumento,
mi sorpresa se aumentaba más y más, y llevado de los prestigios que me
cercaban, halleme en medio de Tebas. ¿Qué arte es pues aqueste que me
hace experimentar a un mismo tiempo tanto placer y dolor, y me liga tan
íntimamente con las desgracias, cuyo aspecto me era intolerable? ¡Oh
conjunto maravilloso de ilusiones y realidades! Yo he visto a Antígona
hacer los funerales a Polinices, a pesar de la severa prohibición de
Creonte, y al tirano hacerlos arrastrar con violencia hacia una caverna
oscura que había de ser su sepulcro. Espantado al punto por las
amenazas del cielo, se adelanta hacia la caverna, de donde salen unos
gritos horrorosos lanzados por Hemón, su hijo, que estrecha entre sus
brazos a la infeliz Antígona, a quien un nudo fatal había terminado sus
días. La presencia de Creonte irrita su furor, saca la espada contra
su padre, traspásase el pecho con ella, y va a caer a los pies de su
amante, a quien tiene abrazada hasta que expira.
Treinta mil espectadores derramando lágrimas manifestaban muy al vivo
la sensación y enajenamiento que les causaba aquel espectáculo, y yo
como uno de ellos, concluida la tragedia de Sófocles, ya no tenía
lágrimas que derramar, ni fijaba mi atención en las otra piezas que
iban a representar.