Levas, revista, y ejercicios de las tropas de los atenienses.
Dos días después de nuestra vuelta a Atenas, fuimos a una plaza donde
se hacía el alistamiento de tropas que se trataba de enviar a los
lacedemonios y otros pueblos contra los tebanos y sus aliados. El
estratega o general estaba sentado en una silla elevada; cerca de él
un tajiarca, oficial general, tenía el registro en que están notados
todos los ciudadanos en estado de llevar las armas, los cuales debían
presentarse a este tribunal, y él los llamaba en voz alta uno por uno y
tomaba nota de aquellos que el general escogía.
Los atenienses están sujetos al servicio militar desde la edad de
dieciocho años hasta la de sesenta. Están exentos de servir los
arrendadores de impuestos públicos y los que representan en las fiestas
de Dioniso. Únicamente en los casos de urgencia grave hacen servir
a los esclavos, a los extranjeros establecidos en el Ática y a los
ciudadanos pobres de solemnidad. La ley solo impone el honroso cargo de
defender la patria a los ciudadanos que poseen alguna hacienda, y los
más ricos sirven en clase de soldados.
Algunos días después se hizo la revista de tropas, que constaban de
seis mil hombres de infantería y caballería. Fui a verla en compañía
de Timágenes, Apolodoro y Filotas, y encontramos allí a Ifícrates,
Timoteo, Foción, Cabrias, todos los generales antiguos y los del año
corriente. Estos últimos habían sido nombrados por suerte, según
costumbre en la asamblea del pueblo, y eran en número de diez, uno por
cada tribu.
La infantería estaba compuesta de tres clases de soldados: los
_hoplitas_ o armados pesadamente; las tropas ligeras y los
_peltastas_, cuyas armas eran menos pesadas que las de los primeros
y no tan ligeras como las de los segundos. Estos se llaman también
_peltas_, nombre de un escudo pequeño que llevan.
En tanto que yo hablaba con Apolodoro y le hacía varias preguntas sobre
muchos objetos, vimos un hombre vestido con una túnica que le llegaba
a las rodillas, y sobre la cual se conocía que debía haberse puesto
una coraza que traía sobre el brazo con las demás armas. Acercose al
tajiarca o teniente general de su tribu, junto al cual nos hallábamos,
y este le dijo: «¿Camarada, porque no os ponéis la coraza?». «He
cumplido el tiempo de mi servicio, respondió al punto; ayer cuando
pasaron revista estaba yo labrando mis tierras. Estoy notado en el
padrón de la milicia del arcontado de Calias: reconoced la lista de los
arcontes, y veréis que desde entonces acá han pasado ya más de cuarenta
y dos años. Esto no obstante, por si mi patria me necesita, he traído
mis armas». Reconoció el oficial la lista y viendo justificado el
hecho, después de hablar con el general, borró el nombre de aquel buen
patricio y puso otro en su lugar.
A poco rato indiqué a Apolodoro un hombre que tenía una corona en la
cabeza y en la mano un caduceo. «He visto pasar ya», le dije, «otros
muchos como ese». «Son los heraldos», me respondió. «Su persona es
sagrada, denuncian la guerra, proponen la tregua o la paz, publican las
órdenes del general, convocan al ejército, pronuncian los mandatos,
anuncian el momento de la marcha, el sitio a donde se ha de ir, para
cuantos días se han de hacer provisiones, etc.».
En seguida fuimos al Liceo, donde pasaban revista a la caballería. La
mandan por derecho dos generales que tienen bajo sus órdenes jefes
particulares: solo consta de mil doscientos hombres, de los cuales cada
tribu ha suministrado ciento veinte, con el jefe que debe mandarlos.
El número de estos que se ponen en pie de guerra se arregla comúnmente
por el número de soldados pesadamente armados; es decir, que se juntan
doscientos caballos a dos mil hoplitas. Únicamente los ricos pueden
entrar en la caballería, y de aquí nace la consideración que goza
este servicio. Nadie puede ser admitido sin el beneplácito de los
generales, de los jefes particulares, y sobre todo del senado, que
cuida especialmente del mantenimiento y el brillo de un cuerpo tan
distinguido. Sus armas son el casco, la coraza, el escudo, la espada,
la lanza o el venablo, un manto corto, etc.
Los días siguientes fueron destinados al ejercicio de las tropas.
Encontramos cerca del monte Anquesmo un cuerpo de diez mil seiscientos
hombres de infantería, pesadamente armados y formados a dieciséis
de fondo y ciento de frente. A este cuerpo se juntaba un número
determinado de armados a la ligera.
Los mejores soldados estaban en las primeras y últimas filas, y
en particular los jefes de fila y los cabos eran todos hombres
distinguidos por su bravura y su experiencia. Mandaba los movimientos
uno de los oficiales, que decía en voz alta: _Tomen las armas. —
Criados, salid de la falange. — Pica arriba. — Pica abajo. — Estrechen
las filas. — Alinearse. — Tomen distancias. — A derecha. — A izquierda.
— Pica tras el escudo. — Marchen. — Alto. — Doblen las filas. —
Estrecharse. — Evolución lacedemónica, etc._
A la voz de este oficial se veía la falange obedecer y ejecutar los
movimientos. Se la veía presentar unas veces una línea continuada,
otras cortada, cuyos espacios ocupaban algunas veces los armados a la
ligera, y tomar en fin por medio de las evoluciones prescritas todas
las formas de que es susceptible, y marchar formada en columna, en
cuadro perfecto, en cuadrilongo ya de centro vacío, ya lleno, etc.
Apenas habían acabado estas maniobras, cuando vimos levantarse a lo
lejos una polvareda. Los puestos avanzados anunciaron la proximidad
del enemigo, que era otro cuerpo de infantería que acababa de hacer
el ejercicio en el Liceo, y se había propuesto llegar a las manos con
el primero para ofrecer el simulacro de un combate. Al punto gritan
al arma y los soldados corren a sus puestos. Suena luego la trompeta
dando la señal, las tropas entonan el himno marcial, el general da la
voz del combate, y apenas la oyen repiten todos los soldados: «¡Eleleu!
¡Eleleu!». Después de la acción los vencedores hicieron resonar por
todas partes la palabra _alalé_, que es el grito de la victoria.
Retirámonos a media noche, y la mañana siguiente y durante muchos días
consecutivos vimos los de a caballo hacer diferentes ejercicios en el
Liceo y cerca de la Academia.
El ejército se preparaba para salir, por cuyo motivo se veían muchas
familias consternadas. Mientras que las madres y esposas se entregaban
al temor, los embajadores de Lacedemonia nos hablaban del valor que en
estas ocasiones manifestaban las espartanas. Un soldado nuevo decía a
su madre enseñándole su espada: «Es demasiado corta». «Pues bien», le
respondía ella, «darás un paso más». Otra, dando un escudo a su hijo,
le dijo: «Vuelve con él o sobre él».
Asistieron las tropas a las fiestas de Dioniso, en cuyo día se hacia
una ceremonia propia de las circunstancias, y la presenció el senado,
un número infinito de ciudadanos de todas clases y de extranjeros de
varios países.