Viaje a Corinto. — Jenofonte. — Timoleón.
Impaciente estaba Timágenes por ver a Jenofonte, quien habiendo dejado
el Peloponeso se había establecido con sus hijos en Corinto.
Partimos con Filotas, cuya familia tenía relaciones de hospitalidad
con la de Timodemo, una de las más antiguas de esta ciudad. Así que
llegamos, nos condujo Timodemo a casa de Jenofonte, que había salido,
y de allí pasamos a un templo inmediato donde se hallaba ofreciendo un
sacrificio. Consideraba yo a este hombre con un interés el más vivo.
Parecía de edad de setenta y cinco años, y su rostro conservaba aún
algunos restos de aquella belleza que le había distinguido cuando joven.
Apenas se acabó la ceremonia arrójase Timágenes al cuello de Jenofonte,
y con voz balbuciente le llama su general, su salvador, su amigo, y
el anciano le mira con asombro; procura recordar quién es aquel cuyo
semblante no le es desconocido, y al fin exclama: «¡Es Timágenes!».
A esta exclamación siguieron tiernos y estrechos abrazos, y durante
nuestra mansión en Corinto pasaron los días contándose mutuamente los
sucesos de su vida.
Jenofonte, nacido en un lugar del Ática y educado en la escuela de
Sócrates, sirvió primeramente a su patria con las armas, y después
se alistó voluntario en el ejército que reunía el joven Ciro para
destronar a su hermano Artajerjes, rey de Persia. Después de la muerte
de Ciro, se encargó con otros cuatro oficiales del mando de las tropas
griegas, y entonces fue cuando hicieron aquella famosa retirada, tan
admirable en su línea como lo es en la suya la relación que de ella
nos ha dado él mismo. A su vuelta pasó al servicio de Agesilao, rey de
Lacedemonia, de cuya gloria participó mereciendo al mismo tiempo su
amistad. Algún tiempo después le condenaron a destierro los atenienses,
envidiosos sin duda de la preferencia que concedía a los lacedemonios.
Mientras que permanecimos en Corinto, contraje íntima amistad con
Timoleón, hijo segundo de Timodemo, en cuya casa estábamos hospedados.
Nadie tuvo tanta semejanza como él con Epaminondas, a quien por un
secreto instinto había tomado por modelo.
Gozaba de la estimación pública y de la propia, cuando el exceso de
su virtud le enajenó todas las voluntades y le hizo el hombre más
desdichado. Su hermano Timófanes, sostenido por cuatrocientos satélites
y el populacho ganado con sus larguezas, ejercía una horrible tiranía
sobre los más virtuosos ciudadanos. Después de haberle exhortado,
aunque en vano, a que abdicase un poder odioso, fue a su casa pasados
algunos días con dos amigos, uno de los cuales era cuñado de Timófanes.
Habían convenido antes en que si se negase abiertamente a la abdicación
pretendida, esto mismo sería como la señal de su pérdida. Negose
efectivamente, y los dos amigos de Timoleón clavaron el puñal en el
pecho de Timófanes, en tanto que su hermano, cubriéndose la cabeza
con la falda de su manto, prorrumpía en lágrimas en un rincón de la
estancia.
Entre los corintios, los unos miraban este asesinato como un acto
heroico y los otros como un crimen. Intentaron contra el hermano una
acusación que no tuvo efecto alguno, pero él mismo se juzgaba con más
severidad. Apenas advirtió que su acción era reprobada por la mayoría
del público, dudó de su inocencia y salió de Corinto, llevando sobre
sí las maldiciones de su madre. Anduvo algunos años errante por lugares
solitarios, lamentándose amargamente de los extravíos de su virtud y a
veces de la ingratitud de los corintios.
Algún día le veremos comparecer con más brillo, y labrar la felicidad
de un grande imperio que le será deudor de su independencia.
Las turbulencias ocasionadas por la muerte de su hermano apresuraron
nuestra marcha. Vinieron con nosotros los dos hijos de Jenofonte, que
debían servir en un cuerpo de tropas que los atenienses enviaban a los
lacedemonios.