Liceo. — Gimnasios. — Isócrates. — Palestras. — Funerales de los
atenienses.
Fue otro día Apolodoro a invitarme para ir a pasear al Liceo. Acababa
yo de leer un discurso de Isócrates, y encantado de mi lectura le rogué
que me llevase a ver este grande orador, a lo cual me respondió: iremos
a su casa cuando volvamos del Liceo.
Pasamos por el barrio de los pantanos, y saliendo por la puerta de
Egeo seguimos una senda a lo largo del Iliso, torrente impetuoso o
arroyuelo pacífico, que unas veces se precipita y otras se desliza
corriendo mansamente al pie de una colina donde termina el monte
Himeto, en el cual prosperan las abejas formando enjambres numerosos
atraídos por el serpol y otras hierbas odoríferas que produce en
abundancia: estos insectos, libando las flores, sacan de ellas precioso
jugo, del cual hacen una miel estimada en toda la Grecia.
Después de haber vuelto a pasar por el Iliso, nos hallamos en un
camino que va al Liceo: este es el nombre de uno de los tres gimnasios
destinados por los atenienses a la instrucción de la juventud. Son los
gimnasios unos vastos edificios rodeados de jardines, en medio de un
bosque sagrado, y en ellos se ejercitan los jóvenes en la lucha y la
carrera de a pie, cuyos ejercicios están mandados por la ley, sujetos a
reglas, animados con los elogios de los maestros, y aún más todavía por
la emulación de los discípulos. Toda la Grecia los mira como la parte
más esencial de la educación, porque hacen al hombre ágil, robusto,
capaz de sufrir las fatigas de la guerra y de resistir a las delicias
de la paz.
El Liceo se ha ido aumentando y hermoseando sucesivamente. Las paredes
están adornadas de pinturas preciosas. Apolo es la divinidad tutelar
del lugar, y a la entrada se ve su estatua. Los jardines, que están
hermoseados con frondosas y bien plantadas arboledas, fueron renovados
en los últimos años de mi mansión en la Grecia; los poyos o asientos
puestos bajo los árboles convidan a descansar en aquel sitio.
Después de haber asistido a los ejercicios de los alumnos, y
pasado algunos momentos en las salas donde se agitaban cuestiones
sucesivamente interesantes y frívolas, tomamos el camino que va desde
el Liceo a la Academia, junto a los muros de la ciudad. Apenas
habíamos dado algunos pasos, cuando encontramos a un anciano venerable
que Apolodoro se alegró de ver y, habiéndole saludado, le preguntó
a dónde iba. «Voy», le respondió el anciano con voz aguda, «a cenar
en casa de Platón con Éforo y Teopompo que me aguardan en la puerta
Dípilon». «Cabalmente ese es también nuestro camino», añadió Apolodoro,
«y tendremos mucho gusto de acompañaros».
Entonces principiamos una conversación que me movió la curiosidad y
el deseo de saber el nombre del anciano. Tenía una familia amable,
salud robusta, un haber decente e innumerables discípulos; su nombre
era célebre y sus virtudes le daban valimiento entre los más honrados
ciudadanos de Atenas. A pesar de todas estas excelentes circunstancias
se tenía por el hombre más infeliz porque la debilidad de su voz y
una excesiva timidez le habían impedido llegar a ser magistrado, y
aunque con sus lecciones y sus escritos había acelerado los progresos
del arte oratoria de los sofistas audaces y los institutores
ingratos que enseñaban en sus escritos los preceptos y los ejemplos,
distribuyéndolos a sus discípulos, no por eso dejaban de ser estos los
que más le desgarraban con sus lenguas.
Luego que se fue con Éforo y Teopompo, quienes le aguardaban, pregunté
a Apolodoro, quien era aquel anciano tan modesto, con tanto amor
propio, y tan desgraciado con tanta dicha. «Ese es Isócrates», me dijo,
«en cuya casa entraremos a la vuelta. Se cree rodeado de enemigos y
envidiosos porque unos autores, a quienes desprecia, no juzgan de sus
escritos tan favorablemente como él mismo. Desgraciadamente, por un
efecto de amor propio, sus obras, llenas por otra parte de admirables
bellezas, suministran armas poderosas a la crítica. Su estilo es puro y
fluido, lleno de dulzura y armonía, algunas veces pomposo y elegante,
pero otras tan desabrido, difuso y sobrecargado de adorno que le afean.
Disgusta a veces el ver un autor estimable humillarse hasta no ser otra
cosa que un escritor sonoro, y reducido su arte al solo mérito de la
elegancia. Isócrates no diversifica bastante los modos de su estilo, y
así es que acaba entibiando y causando fastidio al que lee sus obras.
»Ha encanecido componiendo, corrigiendo, limando y rehaciendo un corto
número de obras. Su panegírico de Atenas le costó, según dicen, diez
años de tarea, mas a pesar de estos defectos, a que sus enemigos
añaden otros muchos, sus escritos ofrecen giros felices y sanas máximas
que servirán de modelo a los que tengan talento para estudiarlos. Éforo
de Cime y Teopompo de Quíos pueden dar pruebas convincentes de ello.
Después de haber dado vuelo al primero y reprimido la impetuosidad
del segundo, ha destinado a entrambos a escribir la historia, y sus
primeros ensayos hacen honor a la sagacidad del maestro y a los
talentos de los discípulos».
Mientras Apolodoro me instruía en estos pormenores, atravesamos la
plaza pública, y llevándome luego por la calle de las Hermas, me hizo
entrar en la palestra de Táureas, situada enfrente del pórtico real.
Ejercítanse los niños en los gimnasios y los atletas de profesión en
las palestras. La lucha, el salto, la palanca, todos los ejercicios del
Liceo se renovaron a nuestra vista en aquel recinto bajo formas más
variadas, con más fuerza y destreza por parte de los actores. Entre los
diversos grupos que formaban, se distinguían algunos hombres muy bellos
y dignos de servir de modelo a los artistas.
El régimen de estos atletas es proporcionado a sus respectivos
destinos. Muchos de ellos se abstienen de las mujeres y del vino, y
los hay que observan una vida muy frugal; pero aquellos que se sujetan
a pruebas difíciles y laboriosas necesitan para reponerse una gran
cantidad de comidas sustanciosas, como son carne asada de vaca y de
puerco.
Se citan muchos que hacían un consumo espantoso; cuentan que Teágenes
de Tasos se comía en un día un buey entero. El mismo hecho se atribuye
a Milón de Crotona, cuya comida ordinaria era veinte minas de pan[3]
y tres congios de vino;[4] añaden en fin que Astidamas de Mileto,
encontrándose en la mesa del sátrapa Ariobarzanes, devoró él solo la
cena que se había preparado para nueve convidados.
[3] Cerca de 18 libras.
[4] Cerca de 7 azumbres.
Cuando estos atletas pueden satisfacer su voracidad sin riesgo,
adquieren un vigor extremado, su estatura suele llegar a ser
gigantesca, y sus adversarios, aterrorizados, o huyen de la lid o
sucumben bajo el peso de aquellas masas enormes. El exceso de alimento
les fatiga de tal manera, que se ven obligados a pasar durmiendo
profundamente una parte de su vida. Luego adquieren una grosura que
desfigura sus facciones, y de ello les sobrevienen unas enfermedades
que les hacen tan infelices cuanto inútiles han sido siempre a su
patria. Estos luchadores de profesión son malos soldados, porque
no pueden sufrir el hambre ni la sed, las vigilias ni la más leve
incomodidad.
Al salir de la palestra supimos que Telaira, mujer de Pirro, pariente
y amigo de Apolodoro, acababa de ser acometida de un accidente que
arriesgaba su vida. Fuimos allá inmediatamente, y hallamos que los
parientes rodeaban la cama y hacían súplicas a Hermes, conductor de las
almas, y el desgraciado esposo recibía las tiernas y últimas despedidas
de la moribunda. Cuando esta exhaló el último suspiro, resonaron por
toda la casa los gritos y sollozos de dolor. El cuerpo fue lavado,
perfumado y vestido de una ropa preciosa; pusiéronle un velo en la
cabeza y una corona de flores; en las manos una torta de harina y miel
para apaciguar al Cerbero, y en la boca una moneda de plata de uno o
dos óbolos para pagar a Caronte. En esta disposición estuvo de cuerpo
presente un día entero en el portal de la casa, rodeada de cirios
encendidos, y en la puerta había un vaso de agua lustral, que sirve
para purificar los que han tocado un cadáver.
El acompañamiento estaba citado para el siguiente día antes de salir el
sol, y habiendo concurrido los parientes y amigos, pusieron el cuerpo
sobre un carro en un féretro de ciprés. Los hombres iban delante y
las mujeres detrás, todos con la vista hacia el suelo, vestidos de
luto y precedidos de un coro de músicos que entonaban cantos fúnebres.
Llegamos a una casa de Pirro cerca de Falero, donde estaban los
sepulcros de sus padres; allí pusieron el cadáver de Telaira en una
hoguera y habiéndole consumido el fuego, los más cercanos parientes
recogieron las cenizas, que metidas en una urna fueron sepultadas.
Concluida esta ceremonia, nos llamaron al convite fúnebre y durante
él solo se habló de las virtudes de Telaira. A los nueve y a los
treinta días sus parientes vestidos de blanco y coronados de flores,
se reunieron otra vez para tributar nuevos honores a sus manes, y
determinaron que todos los años en el día de su nacimiento renovarían
la memoria de su pérdida, como si acabase de ocurrir. Este juramento
tan laudable se suele perpetuar muchas veces en una familia, en una
compañía de amigos y entre los discípulos de un filósofo.