Asistencia en la Academia.
Luego que hube visto, aunque rápidamente, las curiosidades de la ciudad
de Atenas, mi huésped Apolodoro me propuso que fuese a la Academia.
Atravesamos un barrio de la ciudad, llamado el Cerámico o las
Tejeras y, saliendo por la puerta Dípilon nos hallamos en los campos
denominados también cerámicos; allí vimos a lo largo del camino muchos
sepulcros entre los cuales sobresalían el de Pericles y los de algunos
atenienses a quienes concedieron honores después de su muerte, cual si
hubiesen perdido la vida en las batallas.
La Academia solo dista de la ciudad seis estadios (un cuarto de legua).
Era antes un solar que pertenecía a un tal Academo, y en la actualidad
se ve allí un gimnasio y un jardín cercado de tapias, adornado con
paseos cubiertos y deliciosos, y hermoseado con las aguas que corren
a la sombra de los plátanos y de otras muchas especies de árboles. A
la entrada está el altar del Amor y la estatua de este dios, y en lo
interior se ven los altares de otras muchas divinidades. No lejos de
allí ha fijado Platón su residencia, cerca de un templete consagrado
a las Musas. Concurre todos los días a la Academia, y nosotros le
encontramos allí en medio de sus discípulos.
Aunque tenía ya cerca de sesenta y ocho años, conservaba aún cierta
viveza en el rostro. La naturaleza le había dotado de un cuerpo
robusto: sus largos viajes alteraron su salud, pero la había
restablecido con un régimen austero y solo se notaba en él una
melancolía habitual, cual la tuvieron Sócrates, Empédocles y otros
hombres ilustres. Recibiome con tanta urbanidad como sencillez, me
hizo un elogio sublime del filósofo Anacarsis, de quien yo desciendo,
y aunque se expresaba con lentitud, parecía que salían de sus labios
las gracias de la persuasión. Voy a añadir oportunamente algunas
particularidades que me contó entonces Apolodoro.
«La madre de Platón», me dijo, «era de la misma familia que Solón, y
su padre atribuía su origen a Codro, último de nuestros reyes, que
murió hace ya cerca de setecientos años. Dotado de una imaginación
fuerte y fecunda, compuso en su juventud ditirambos, se ejercitó en el
género épico, y habiendo comparado sus versos con los de Homero los
quemó luego. Compuso en seguida algunas tragedias; pero en tanto que
los actores se preparaban para representarlas, conoció a Sócrates,
recogió sus piezas y se dedicó enteramente a la filosofía. Estrechado
por la necesidad de ser útil a los hombres, resolvió aumentar sus
conocimientos y consagrarse a la instrucción nuestra. Con esta mira
pasó a Mégara en Italia, a Cirene en Egipto, y a todos los países donde
el entendimiento humano había hecho progresos.
»Tenía cerca de cuarenta años cuando hizo el viaje a Sicilia para ver
el Etna. Dionisio, tirano de Siracusa, deseó conversar con él, pero
durante la conversación se atrevió a decir Platón que no hay hombre tan
cobarde y desgraciado como un príncipe injusto, y Dionisio encolerizado
le dijo: “Hablas como un delirante”. “Y tu como un tirano”, respondió
Platón. Poco faltó para que esta respuesta le costase la vida, y
Dionisio no le permitió que se embarcase hasta que exigió en secreto
del capitán del buque la promesa de que le echaría al mar, o le
vendería como un vil esclavo. Fue vendido en efecto, rescatado y vuelto
a su patria.
»A su regreso se ocupó en recoger las luces esparcidas en los países
que había recorrido; y coordinando las opiniones de los filósofos
que le habían precedido, compuso un sistema que desenvolvió en sus
escritos y conferencias. Sus obras están en forma de diálogo, Sócrates
es el principal interlocutor, y se dice que valiéndose de este nombre,
acredita las ideas que él ha concebido o adoptado».
Cuando Apolodoro acababa de hablar le pregunté: «¿Quién es ese joven
flaco y seco que está cerca de Platón, que tartamudea y tiene los
ojos pequeños y centelleantes?». «Ese», me dijo, «es Aristóteles
de Estagira, hijo de un médico amigo de Amintas, rey de Macedonia:
no conozco a nadie que tenga tanto talento y aplicación. Platón le
distingue entre todos sus discípulos, y solo le reprende el ser muy
pulcro en el vestido.
»Aquel que veis al lado de Aristóteles», continuó Apolodoro, «es
Jenócrates de Calcedonia, hombre de poco espíritu y sin amenidad.
Platón le exhorta frecuentemente a que sacrifique a las gracias, y dice
de él y de Aristóteles, que el uno necesita freno y el otro espuela.
»Este otro joven, que parece ser de complexión débil y que de cuando
en cuando se encoge de hombros, es Demóstenes, que acaba de ganar un
pleito contra sus tutores, los cuales querían defraudarle una parte
de sus bienes. Ha defendido él mismo su causa, aunque apenas tiene
diecisiete años y acaba de dedicarse al foro. La naturaleza le ha
dado una voz débil, una respiración anhelosa y una pronunciación
desagradable, pero al mismo tiempo le ha dotado de uno de aquellos
caracteres firmes que se irritan cuando encuentran obstáculos. Si
viene a este lugar, es con el objeto de adquirir a la vez principios de
filosofía y tomar lecciones de elocuencia.
»Igual motivo atrae a los tres discípulos que veis junto a Demóstenes.
El uno se llama Esquines, joven de robusta salud, que tiene gracias,
despejo y talento, y cultiva con fruto la poesía. El segundo se llama
Hipérides y el tercero Licurgo. Este último es de una de las familias
más antiguas de la república».
Platón daba comúnmente sus lecciones en las arboledas de la Academia,
porque miraba el paseo como más saludable que los ejercicios violentos
del gimnasio. Mientras conferenciaba con sus discípulos, sus amigos
y aun enemigos, vi llegar un hombre de unos cuarenta y cinco años,
descalzo, sin túnica, la barba larga, con un báculo en la mano, una
alforja al hombro y una capa, bajo la cual llevaba un gallo vivo y
pelado: echole en medio del concurso y dijo: «ved ahí el hombre de
Platón», y al punto se fue. Sonriose Platón, y Apolodoro me dijo:
«Platón había definido el hombre diciendo que es un animal de dos
pies sin pluma, y Diógenes ha querido probar que esta definición no
es exacta. Vamos a sentarnos a la sombra de este plátano», añadió
Apolodoro, «y os diré en pocas palabras quién es aquel desconocido,
dándoos a conocer también algunos atenienses célebres que se pasean en
las arboledas inmediatas». Sentámonos pues enfrente de una torre que
tiene el nombre de Timón el misántropo, y de una colina cubierta de
verdor y de casas llamada Colono.
«Por el tiempo en que Platón tenía su escuela en la Academia», continuó
Apolodoro, «Antístenes, uno de los discípulos de Sócrates, estableció
la suya en una colina situada a la otra parte de la ciudad. Decía que
la virtud consistía en el desprecio de las riquezas y los deleites, y
para acreditar sus máximas se dejó ver en público con un palo en la
mano y una alforja al hombro, como uno de aquellos mendigos que se
presentan a los pasajeros. Lo singular de este espectáculo le atrajo
en un principio discípulos, entre los cuales se veía a Diógenes, que
acababa de ser desterrado de su patria con su padre, el cual fue
acusado de falsificar moneda. Antístenes trataba de corregir las
pasiones, y Diógenes quiso destruirlas. El hombre, de que este se ha
formado el modelo y al cual busca algunas veces con una linterna en la
mano; este hombre extraño a cuanto le rodea, inaccesible a todo lo que
lisonjea los sentidos, que se dice ciudadano del universo, sin saberlo
ser de su patria, este hombre en fin, sería tan inútil como desgraciado
en las sociedades cultas y no ha existido antes de nacer Diógenes.
»Para bosquejar en sí mismo este hombre imaginario, se ha sujetado a
las pruebas más duras, y ha sacudido en fin las trabas menos fuertes.
Le veréis luchar contra el hambre, saciarla con los alimentos más
groseros, alargar algunas veces la mano al pasajero, meterse durante
la noche en una cuba; revolcarse en estío por la ardiente arena; andar
descalzo en invierno por la nieve; satisfacer todas sus necesidades en
público y en los parajes frecuentados por el populacho; arrostrar y
sufrir con valor el ridículo, el insulto y la injusticia; y oponerse a
las cosas más indiferentes establecidas por el uso.
»Este hombre singular tiene un talento profundo, firmeza de alma y
carácter alegre. La libertad con que se expresa en sus discursos
le hace amable al pueblo. Le admiten en las tertulias, cuyo tedio
desvanece con sus chistes repentinos, algunas veces agudos y siempre
continuos, porque nada le detiene. No puedo creer que se entregue a
los excesos de que le acusan sus enemigos, y me conformaría siempre con
el juicio de Platón, quien dice de él: “Este es Sócrates delirante”».
En aquel momento vimos pasar un hombre que se paseaba despacio cerca
de nosotros, y parecía de edad de unos cuarenta años. Apolodoro se
acercó a él presuroso, con cierto respeto mezclado de admiración y
cariño, y después volviendo donde yo estaba me dijo: «Este es Foción.
Este nombre debe despertar siempre en nosotros la idea de la probidad
misma: concurrió desde muy joven a la Academia, y luego que salió de
ella militó bajo el mando de Cabrias, quien le debió en gran parte la
victoria de Naxos. En otras ocasiones ha dado también a conocer sus
talentos militares. Durante la paz cultiva un reducido campo que posee,
cuyo producto apenas sufraga a las necesidades del hombre más moderado,
pero le da no obstante a Foción un excedente con el cual alivia las
necesidades de los otros.
»Jamás le veréis ni reír ni llorar, aunque sea feliz y sensible. Ni os
espante tampoco el ver su aspecto como cubierto de una nube sombría,
pues Foción es humano, afable, indulgente para nuestras flaquezas, así
como amargo y severo para aquellos que corrompen las costumbres con sus
ejemplos, o pierden el estado con sus consejos».
Venían tras de Foción dos atenienses, uno de los cuales llamaba la
atención por su estatura majestuosa y su fisonomía respetable. «Ese
es hijo de un zapatero, y yerno de Cotis, rey de Tracia», me dijo
Apolodoro, «y se llama Ifícrates. El otro es Timoteo, hijo de Conón,
que fue uno de los hombres más grandes de este siglo. Ambos han
mantenido a la cabeza de nuestros ejércitos la gloria de la república
durante muchos años, y ambos han sabido juntar las luces a los
talentos, las reflexiones a las experiencias y la astucia al valor; son
en fin elocuentes oradores. La elocuencia de Ifícrates es retumbante e
hinchada; la de Timoteo, más sencilla y persuasiva. Les hemos erigido
estatuas y acaso los desterraremos algún día».