Partida de Mitilene. — Descripción de la Eubea. — Llegada a Tebas.
Al día siguiente nos dieron prisa para embarcarnos y salimos de
Mitilene con sentimiento. Al dejar el puerto, la tripulación cantaba
himnos en honor de los dioses y en voz alta les dirigía sus votos para
que nos diese próspero viento. Cuando hubimos doblado el cabo de Malea,
situado al extremo meridional de la isla, tendieron la vela, y nuestra
travesía fue dichosa y sin acontecimientos.
Empezábamos a descubrir la cumbre de una montaña llamada Oché y que
domina a todas las de la Eubea. «Esta isla», me dijo Fanes, capitán
de la nave, «se extiende a lo largo del Ática, la Beocia, del país
de los locrios y de una parte de la Tesalia; pero su anchura no es
proporcionada a su longitud. Produce mucho trigo, vino, aceite, frutas,
cobre y hierro; excelentes puertos, ciudades opulentas, ricas mieses
que proveen muchas veces a Atenas; todo esto junto a su ventajosa
posición, dan motivos para creer que el que se hiciese dueño de
esta isla, pondría fácilmente trabas a las naciones vecinas. Menos
súbditos que aliados de los atenienses, a favor de un tributo que les
pagamos, podemos gozar en paz de nuestras leyes y de las ventajas de
nuestra forma de gobierno. Podemos convocar en fin asambleas generales
en Calcis, para tratar en ellas de los intereses y pretensiones de
nuestras ciudades».
Habiendo dado el capitán sus órdenes a la tripulación, doblamos el
cabo meridional de la isla y entramos en un estrecho cuyas playas nos
ofrecían por ambos lados ciudades más o menos grandes; pasamos por
cerca de los muros de Caristo y de Eretria y arribamos en fin a Calcis.
Esta ciudad está situada en un estrecho, o corto brazo de mar, llamado
Euripo. Aquí se ve insensiblemente un fenómeno cuya causa no se ha
comprendido todavía. Con frecuencia, durante el día y la noche, las
aguas del mar suben y bajan alternativamente al norte y mediodía, y
gastan el mismo tiempo en bajar que en subir. En ciertos días parece
que el flujo y reflujo están sujetos a leyes constantes, como el
océano, pero muy luego se advierte que no guardan regla alguna.
Calcis está construida en la falda de una montaña del mismo nombre.
Los altos y frondosos árboles que se elevan en las plazas y en los
jardines preservan de los ardores del sol a los habitantes, y les surte
de agua un manantial abundante llamado la fuente de Aretusa. La ciudad
está hermoseada con un teatro, gimnasios y pórticos, templos, estatuas
y pinturas. Pasamos allí la noche, y al amanecer del día siguiente
arribamos a la costa opuesta al pueblo de Áulide, lugarcillo cerca del
cual hay una gran bahía, donde la escuadra de Agamenón estuvo mucho
tiempo detenida por los vientos contrarios.
Desde Áulide pasamos a Antedón por un camino muy llano. Es una ciudad
pequeña, con una plaza cubierta de árboles en la cual brotan muchas
fuentes, y está rodeada de pórticos. Quedábanos que andar aún más
de ciento sesenta estadios para llegar a Tebas, pero nos acercamos
en breve a esta gran ciudad por el camino de la llanura. Al aspecto
de la ciudadela, que descubrimos desde larga distancia, Timágenes
no pudo contener sus sollozos. La esperanza y el temor se pintaron
alternativamente en su rostro, porque al ausentarse de su patria dejó
en ella a sus padres, un hermano y una hermana, y dudaba si tendría el
dulce placer de encontrarlos todavía. Llegamos a Tebas, y las primeras
noticias clavaron el puñal en el seno de mi amigo. Los autores de
sus días habían fallecido de pena a causa de su ausencia, su hermano
había muerto en una batalla, y su hermana, que casó en Atenas, tampoco
existía ya, y había dejado un hijo y una hija solamente. Su dolor fue
extremado, pero le mitigaron no obstante en algún modo los consuelos
que le prodigaron sus conciudadanos y en particular Epaminondas.