Descripción de Lesbos. — Pítaco. — Arión. — Terpandro. — Alfeo. —
Safo.
Aprovecheme de mi mansión en la isla de Lesbos para instruirme de todo
cuanto había en ella digno de atención.
Dan a Lesbos mil y cien estadios de circunferencia (cerca de 42
leguas). La principal riqueza de sus habitantes consiste en sus vinos,
que en varios países los prefieren a los de Grecia. Lo largo de la
costa está cortada de bahías por la naturaleza, alrededor de las cuales
han edificado ciudades que ha fortificado el arte, y que el comercio ha
hecho florecientes: tales son Mitilene, Arisba, Ereso y Antisa; cuya
historia solo ofrece una serie de revoluciones. Después de haber gozado
por mucho tiempo de la libertad o gemido en la servidumbre, sacudieron
el yugo de los persas en tiempo de Jerjes, y durante la guerra del
Peloponeso se apartaron más de una vez de la alianza de los atenienses;
pero siempre se vieron en la precisión de volver a entrar en ella y la
conservan en el día.
Lesbos es la mansión de los placeres o más bien del libertinaje más
desenfrenado. Sus habitantes tienen, con respeto a su moral, unas
máximas que ceden a su voluntad y se acomodan a las circunstancias
con la misma facilidad que ciertas reglas de plomo de que usan los
arquitectos. Reinaba en este nuevo mundo una libertad de ideas y de
sentimientos que me afligió al principio; pero los hombres me enseñaron
insensiblemente a ruborizarme de mi sobriedad y las mujeres de mi
recato. Menos rápidos fueron a la verdad mis progresos en la urbanidad
y el lenguaje.
Durante esta educación ocupábame en observar aquellos célebres
personajes que Lesbos ha producido. Citaré al frente de los nombres
más distinguidos el de Pítaco, a quien contaba la Grecia en el número
de sus sabios. Después de haber libertado a su patria de la opresión,
de la guerra contra los atenienses y de sus divisiones intestinas, no
aceptó el poder que se le dio sino para hacerla el presente de una
sabia legislación, y cuando estuvieron sus leyes en vigor, abdicó sin
fasto el poder soberano.
A continuación de Pítaco debo nombrar a Arión de Metimna, y Terpandro
de Antisa. El primero, que vivía hace unos trescientos años, ha dejado
una colección de poesías que cantaba al son de su lira, como lo hacían
entonces todos los poetas. A su vuelta de Sicilia, donde ganó el premio
en un certamen de música, se embarcó en Tarento a bordo de un buque
corintio. Iban los marineros a echarle al mar para apoderarse de su
equipaje, cuando se precipitó él mismo después de haber tratado en
vano de disuadirles y aplacarles con la melodía de su voz; y se dice
que un delfín, mostrándose más sensible que ellos, le transportó al
promontorio de Ténaro. Este hecho, atestiguado por el mismo Arión en
uno de sus himnos, conservado en la tradición de los lesbios, me lo
confirmaron en Corinto, donde dicen que Periandro hizo sufrir la pena
de muerte a los marineros.
Terpandro vivía casi en el mismo tiempo que Arión; añadió tres cuerdas
a la lira, que antes no tenía más de cuatro, compuso para varios
instrumentos sonatas que sirvieron de modelos, introdujo nuevos ritmos
en la poesía, y puso en acción y por consecuencia dio interés a los
himnos que se cantaban en los certámenes de música.
Cerca de cincuenta años después de Terpandro, florecieron en Mitilene
Alfeo y Safo, que ocupan el primer lugar entre los poetas líricos.
El primero cantó a los dioses, particularmente a los que presiden
los placeres; sus amores, sus hazañas militares, sus viajes y sus
desgracias en el destierro. Su ingenio necesitaba del estímulo de la
intemperancia, y en una especie de embriaguez componía aquellas obras
que han excitado la admiración en la posteridad. Reunió la dulzura a la
fuerza de la expresión, y la riqueza a la precisión y claridad.
La imagen de Safo está esculpida en las monedas de los lesbios,
que tienen en gran veneración su memoria. «¿Pero cómo se puede
conciliar», pregunté a un ciudadano de Mitilene, «los sentimientos
que ha manifestado en sus escritos y los honores que la concedéis en
público, con las costumbres infames que sordamente la atribuyen?». «No
conocemos suficientemente», me respondió, «los pormenores de su vida
para juzgar según ellos. Cuando leo algunas de sus obras, no me atrevo
a absolverla, pero tuvo méritos y enemigos, y tampoco me atrevo a
condenarla».
Después de muerto su esposo consagró sus días a las letras, cuyo gusto
quiso inspirar a las mujeres de Lesbos. Muchas de ellas, y aun algunas
extranjeras, se hicieron discípulas de Safo, y amándolas con suma
terneza, porque no sabía amar de otro modo, manifestábales su afecto
con la violencia de la pasión. Sus intenciones eran quizás muy puras,
pero una cierta facilidad de costumbres y el fuego de sus expresiones
bastaron para engendrar el encono de algunas mujeres poderosas, a
quienes humillaba su superioridad. Perseguida por ellas tuvo al fin que
huir, y se retiró a Sicilia, donde oigo decir que se trata de erigirle
una estatua.
Safo era extremadamente sensible. Amó a Faón, de quien se vio
abandonada, y desesperando de ser feliz en adelante, intentó el salto
de Léucade y pereció en las aguas.
Esta mujer célebre compuso odas, elegías y otras varias poesías, la
mayor parte en metros que ella inventó e introdujo, y todas llenas
de gracia y expresión con que ha enriquecido la lengua. ¡Oh, cuán
admirable es su esmero en la elección de asuntos y palabras! Ella ha
pintado cuanto la naturaleza ofrece de más bello y risueño con los
colores más vivos y variados. Su gusto brilla hasta en el mecanismo de
su estilo. Con dificultad se encontraría en una composición entera de
las suyas algunos sones que quisiera suprimir el oído más delicado.