Mansión en Tebas. — Epaminondas. — Filipo de Macedonia.
En la relación de otro viaje que hice a Beocia, hablaré de la ciudad de
Tebas y de las costumbres de los tebanos. En el primer viaje solo fijé
mi atención en Epaminondas.
Me presentó a él Timágenes. Conocía mucho al sabio Anacarsis, y por
tanto no pudo menos de sorprenderle mi nombre. Hízome algunas preguntas
relativas a los escitas, pero yo estaba sobrecogido de tal respeto que
titubeé para responderle. Él lo advirtió, y mudando de conversación
habló de la expedición del joven Ciro y la retirada de los diez mil,
rogándonos por último que le visitásemos a menudo. Me acuerdo con un
placer mezclado de orgullo de haber vivido en familiaridad con el
más grande hombre que quizás ha producido la Grecia. Mas ¿cómo no se
ha de conceder este título al general que perfeccionó el arte de la
guerra, que eclipsó la gloria de los generales más célebres, y jamás
fue vencido sino por la fortuna; al político que dio a los tebanos
una superioridad que jamás tuvieron y que desapareció con su muerte;
al negociador que siempre tomó en las dietas el ascendiente sobre
los diputados de Grecia, y que supo mantener en la alianza de Tebas,
su patria, las naciones celosas del acrecentamiento de esta nueva
potencia; al que fue, en fin, tan elocuente como la mayor parte de los
oradores de Atenas, tan amante de su patria como Leónidas, y más justo
quizás que el mismo Arístides?
La casa de este ilustre tebano era más bien el asilo que el santuario
de la pobreza; en ella reinaba con la alegría pura de la inocencia, con
la paz inalterable de la dicha; reinaba en fin con tales virtudes, y
con tal desprendimiento de las grandezas que parece increíble. Un día
le encontramos acompañado de muchos amigos suyos que había juntado,
y les decía: «Esfodrias tiene una hija en edad de tomar estado; pero
él es tan pobre que no puede dotarla, y por lo mismo he dispuesto que
cada uno de vosotros contribuya a esto en proporción de sus haberes. Me
veo precisado a no salir de casa en algunos días, pero al momento que
salga os presentaré a este honrado ciudadano. Justo es que reciba de
vosotros este beneficio, y que conozca al mismo tiempo a sus autores».
Todos se conformaron con lo que había dispuesto, y se despidieron de él
dándole gracias por su confianza. Timágenes, inquieto al oír su intento
de no salir de casa, le preguntó el motivo, y Epaminondas respondió
francamente: «Tengo que hacer lavar mi manto». En efecto, no tenía más
que uno.
Siendo un celoso discípulo de Pitágoras, imitaba su frugalidad en
términos que se había prohibido el uso del vino, y su alimento
ordinario solía ser un poco de miel. La música que aprendió de muy
hábiles maestros era algunas veces su encanto a las horas de descanso.
Sobresalía en tocar la flauta y en los convites, donde le rogaban para
que cantase, cuando le tocaba el turno se lucía acompañando el canto
con su lira.
Jamás pretendió ni rehusó los cargos públicos: más de una vez sirvió
como simple soldado a las órdenes de generales inexpertos que fueron
preferidos a él por la intriga, y más de una vez las tropas sitiadas
en su campo, y reducidas a los más lamentables extremos, imploraron
su auxilio. Entonces dirigía las operaciones, rechazaba al enemigo, y
volvía tranquilamente con el ejército a sus hogares sin acordarse de la
injusticia de su patria ni del servicio que acababa de hacer.
Teníamos frecuentes ocasiones de ver a Polimnis, padre de Epaminondas.
Los tebanos habían encargado a este respetable anciano que velase
sobre el joven Filipo, hermano de Pérdicas, rey de Macedonia. Habiendo
pacificado Pelópidas las turbulencias de este reino, recibió a este
príncipe en rehenes con treinta jóvenes nobles de Macedonia. Filipo,
de edad de cerca de dieciocho años, reunía ya el talento al deseo de
agradar. Al verle causaba admiración su hermosura, no menos su talento,
su memoria y su elocuencia al escucharle, pues sus gracias daban
encantos a sus palabras. Siempre al lado de Epaminondas, estudiaba en
el genio de este grande hombre el secreto de llegarlo a ser un día;
escuchaba y aprendía con afán sus discursos, así como sus ejemplos,
y en esta excelente escuela aprendió a moderarse, a oír la verdad, a
retractar sus errores, a conocer a los griegos y a sujetarlos.