CAPÍTULO V.

Mansión en Tebas. — Epaminondas. — Filipo de Macedonia.

En la relación de otro viaje que hice a Beocia, hablaré de la ciudad de

Tebas y de las costumbres de los tebanos. En el primer viaje solo fijé

mi atención en Epaminondas.

Me presentó a él Timágenes. Conocía mucho al sabio Anacarsis, y por

tanto no pudo menos de sorprenderle mi nombre. Hízome algunas preguntas

relativas a los escitas, pero yo estaba sobrecogido de tal respeto que

titubeé para responderle. Él lo advirtió, y mudando de conversación

habló de la expedición del joven Ciro y la retirada de los diez mil,

rogándonos por último que le visitásemos a menudo. Me acuerdo con un

placer mezclado de orgullo de haber vivido en familiaridad con el

más grande hombre que quizás ha producido la Grecia. Mas ¿cómo no se

ha de conceder este título al general que perfeccionó el arte de la

guerra, que eclipsó la gloria de los generales más célebres, y jamás

fue vencido sino por la fortuna; al político que dio a los tebanos

una superioridad que jamás tuvieron y que desapareció con su muerte;

al negociador que siempre tomó en las dietas el ascendiente sobre

los diputados de Grecia, y que supo mantener en la alianza de Tebas,

su patria, las naciones celosas del acrecentamiento de esta nueva

potencia; al que fue, en fin, tan elocuente como la mayor parte de los

oradores de Atenas, tan amante de su patria como Leónidas, y más justo

quizás que el mismo Arístides?

La casa de este ilustre tebano era más bien el asilo que el santuario

de la pobreza; en ella reinaba con la alegría pura de la inocencia, con

la paz inalterable de la dicha; reinaba en fin con tales virtudes, y

con tal desprendimiento de las grandezas que parece increíble. Un día

le encontramos acompañado de muchos amigos suyos que había juntado,

y les decía: «Esfodrias tiene una hija en edad de tomar estado; pero

él es tan pobre que no puede dotarla, y por lo mismo he dispuesto que

cada uno de vosotros contribuya a esto en proporción de sus haberes. Me

veo precisado a no salir de casa en algunos días, pero al momento que

salga os presentaré a este honrado ciudadano. Justo es que reciba de

vosotros este beneficio, y que conozca al mismo tiempo a sus autores».

Todos se conformaron con lo que había dispuesto, y se despidieron de él

dándole gracias por su confianza. Timágenes, inquieto al oír su intento

de no salir de casa, le preguntó el motivo, y Epaminondas respondió

francamente: «Tengo que hacer lavar mi manto». En efecto, no tenía más

que uno.

Siendo un celoso discípulo de Pitágoras, imitaba su frugalidad en

términos que se había prohibido el uso del vino, y su alimento

ordinario solía ser un poco de miel. La música que aprendió de muy

hábiles maestros era algunas veces su encanto a las horas de descanso.

Sobresalía en tocar la flauta y en los convites, donde le rogaban para

que cantase, cuando le tocaba el turno se lucía acompañando el canto

con su lira.

Jamás pretendió ni rehusó los cargos públicos: más de una vez sirvió

como simple soldado a las órdenes de generales inexpertos que fueron

preferidos a él por la intriga, y más de una vez las tropas sitiadas

en su campo, y reducidas a los más lamentables extremos, imploraron

su auxilio. Entonces dirigía las operaciones, rechazaba al enemigo, y

volvía tranquilamente con el ejército a sus hogares sin acordarse de la

injusticia de su patria ni del servicio que acababa de hacer.

Teníamos frecuentes ocasiones de ver a Polimnis, padre de Epaminondas.

Los tebanos habían encargado a este respetable anciano que velase

sobre el joven Filipo, hermano de Pérdicas, rey de Macedonia. Habiendo

pacificado Pelópidas las turbulencias de este reino, recibió a este

príncipe en rehenes con treinta jóvenes nobles de Macedonia. Filipo,

de edad de cerca de dieciocho años, reunía ya el talento al deseo de

agradar. Al verle causaba admiración su hermosura, no menos su talento,

su memoria y su elocuencia al escucharle, pues sus gracias daban

encantos a sus palabras. Siempre al lado de Epaminondas, estudiaba en

el genio de este grande hombre el secreto de llegarlo a ser un día;

escuchaba y aprendía con afán sus discursos, así como sus ejemplos,

y en esta excelente escuela aprendió a moderarse, a oír la verdad, a

retractar sus errores, a conocer a los griegos y a sujetarlos.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 27 / 107 题