CAPÍTULO II.

Descripción de Bizancio. — Viaje desde esta ciudad a Lesbos. — El

estrecho del Helesponto, etc.

Bizancio, fundada en otro tiempo por los megarenses, está situada

sobre un promontorio cuya forma es casi triangular. No puede darse a

la verdad situación más bella ni perspectiva más agradable. La vista

recorriendo el horizonte se recrea a la derecha en el mar llamado

Propóntide, enfrente y más allá de un canal estrecho, en las ciudades

de Calcedonia y Crisópolis, en seguida en el Bósforo y por último en

fértiles colinas y en un golfo que sirve de puerto y se mete en tierra

hasta la distancia de siete estadios. Además de un gimnasio y muchos

edificios públicos, se encuentran en esta ciudad cuantas comodidades

puede proporcionar un pueblo rico y numeroso. Su territorio produce

abundantes cosechas de granos y de frutos; su puerto, inaccesible a

las tempestades, atrae los navíos de todos los pueblos de la Grecia.

Su posición a la cabeza del estrecho le facilita el medio de detener o

sujetar a subidos derechos los que trafican en el Ponto-Euxino, y de

privar de las subsistencias a las naciones que de ella se proveen. De

esto proceden los esfuerzos que hacen los atenienses y lacedemonios

para atraerla a sus intereses y tenerla por aliada, pero ella ha

preferido a los primeros.

Luego que Cleómedes despachó sus negocios de Bizancio, salimos del

puerto y entramos en la Propóntide. La anchura de este mar es, según

se dice, de quinientos estadios (cerca de 19 leguas) y su longitud de

mil cuatrocientos (cerca de 52 leguas). Sobre sus orillas se ven muchas

ciudades célebres, fundadas o conquistadas por los griegos; de una

parte Selimbria, Perinto y Bizancio, y de la otra Ástaco en Bitinia,

y Cícico en Misia. «Por más allá de las costas, en las cuales se han

establecido los griegos, tenemos a la derecha», me dijo Timágenes, «las

fértiles campiñas de la Tracia, y a la izquierda los límites del grande

imperio de los persas, ocupados por los bitinios y los misios: estos

últimos se extienden a lo largo del Helesponto, donde vamos a entrar».

Este estrecho era el tercero que encontraba en mi navegación desde

que salí de Escitia: su longitud es de 400 estadios (15 leguas y 300

toesas). Le pasamos en poco tiempo porque el viento era favorable y

rápida la corriente; a las orillas de esta ría, que tal debe llamarse,

se ven de trecho en trecho risueñas colinas pobladas de ciudades y de

aldeas. A un lado la ciudad de Lámpsaco, cuyo territorio es famoso

por sus viñedos; por otro la embocadura de un riachuelo llamado

Egospótamos, donde Lisandro ganó sobre la escuadra ateniense aquella

célebre victoria con que dio fin a la guerra del Peloponeso. Más allá

están las ciudades de Sesto y de Abido, casi la una en frente de la

otra. Cerca de la primera está la torre de Hero, donde, según dicen,

una joven sacerdotisa de Afrodita se arrojó a las olas por haberse

sumergido allí Leandro, su amante, quien para ir a verla tenía que

atravesar el canal a nado.

Dicen también que por esta parte solo tiene de anchura el estrecho

siete estadios (cerca de un cuarto de legua). Jerjes, al frente de un

ejército numeroso, atravesó por allí el mar, pasando por un puente

doble que hizo construir, y poco tiempo después volvió a pasarle por

el mismo paraje en una barca de pescador. En aquella parte está el

sepulcro de Hécuba, mujer del rey Príamo, y en la otra el de Áyax. Este

es el puerto a donde arribó la escuadra de Agamenón cuando fue al Asia,

y aquellas son las costas del reino de Príamo. Nos hallábamos entonces

a la punta del estrecho, y mi mente estaba poseída de la memoria de

Homero y de sus pasiones; pedí con instancias que me echasen a tierra

y me arrojé ansioso a la orilla; pero se desvaneció mi ilusión cuando

no pude reconocer los lugares inmortalizados por aquel grande poeta,

pues ya no quedan ni vestigios de la ciudad de Troya: hasta sus ruinas

han desaparecido. Las arenas y el fango arrojados por el mar, y los

temblores de tierra han mudado enteramente la faz de este país.

Volví a la nave y me regocijé al saber que iba a terminar nuestro

viaje; que nos hallábamos ya en el mar Egeo, y que al día siguiente

entraríamos en Mitilene, una de las principales ciudades de Lesbos.

Dejamos a la derecha las islas de Imbros, de Samotracia y de Tasos;

célebre la última por sus minas de oro y la segunda por sus misterios.

A media noche costeamos la isla de Ténedos; al amanecer entramos

en el canal que separa a Lesbos del continente, y a breve rato nos

vimos enfrente de Mitilene. El día estaba sereno, un céfiro suave

jugueteaba en nuestras velas y yo estaba tan absorto que no advertí

que nos hallábamos en el puerto. Cleómedes encontró en el muelle a sus

parientes y amigos, que le recibieron enajenados de alegría, y fuimos a

hospedarnos rodeados de una multitud de marineros y artesanos, para los

cuales era yo un objeto de curiosidad.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 24 / 107 题