Descripción de Bizancio. — Viaje desde esta ciudad a Lesbos. — El
estrecho del Helesponto, etc.
Bizancio, fundada en otro tiempo por los megarenses, está situada
sobre un promontorio cuya forma es casi triangular. No puede darse a
la verdad situación más bella ni perspectiva más agradable. La vista
recorriendo el horizonte se recrea a la derecha en el mar llamado
Propóntide, enfrente y más allá de un canal estrecho, en las ciudades
de Calcedonia y Crisópolis, en seguida en el Bósforo y por último en
fértiles colinas y en un golfo que sirve de puerto y se mete en tierra
hasta la distancia de siete estadios. Además de un gimnasio y muchos
edificios públicos, se encuentran en esta ciudad cuantas comodidades
puede proporcionar un pueblo rico y numeroso. Su territorio produce
abundantes cosechas de granos y de frutos; su puerto, inaccesible a
las tempestades, atrae los navíos de todos los pueblos de la Grecia.
Su posición a la cabeza del estrecho le facilita el medio de detener o
sujetar a subidos derechos los que trafican en el Ponto-Euxino, y de
privar de las subsistencias a las naciones que de ella se proveen. De
esto proceden los esfuerzos que hacen los atenienses y lacedemonios
para atraerla a sus intereses y tenerla por aliada, pero ella ha
preferido a los primeros.
Luego que Cleómedes despachó sus negocios de Bizancio, salimos del
puerto y entramos en la Propóntide. La anchura de este mar es, según
se dice, de quinientos estadios (cerca de 19 leguas) y su longitud de
mil cuatrocientos (cerca de 52 leguas). Sobre sus orillas se ven muchas
ciudades célebres, fundadas o conquistadas por los griegos; de una
parte Selimbria, Perinto y Bizancio, y de la otra Ástaco en Bitinia,
y Cícico en Misia. «Por más allá de las costas, en las cuales se han
establecido los griegos, tenemos a la derecha», me dijo Timágenes, «las
fértiles campiñas de la Tracia, y a la izquierda los límites del grande
imperio de los persas, ocupados por los bitinios y los misios: estos
últimos se extienden a lo largo del Helesponto, donde vamos a entrar».
Este estrecho era el tercero que encontraba en mi navegación desde
que salí de Escitia: su longitud es de 400 estadios (15 leguas y 300
toesas). Le pasamos en poco tiempo porque el viento era favorable y
rápida la corriente; a las orillas de esta ría, que tal debe llamarse,
se ven de trecho en trecho risueñas colinas pobladas de ciudades y de
aldeas. A un lado la ciudad de Lámpsaco, cuyo territorio es famoso
por sus viñedos; por otro la embocadura de un riachuelo llamado
Egospótamos, donde Lisandro ganó sobre la escuadra ateniense aquella
célebre victoria con que dio fin a la guerra del Peloponeso. Más allá
están las ciudades de Sesto y de Abido, casi la una en frente de la
otra. Cerca de la primera está la torre de Hero, donde, según dicen,
una joven sacerdotisa de Afrodita se arrojó a las olas por haberse
sumergido allí Leandro, su amante, quien para ir a verla tenía que
atravesar el canal a nado.
Dicen también que por esta parte solo tiene de anchura el estrecho
siete estadios (cerca de un cuarto de legua). Jerjes, al frente de un
ejército numeroso, atravesó por allí el mar, pasando por un puente
doble que hizo construir, y poco tiempo después volvió a pasarle por
el mismo paraje en una barca de pescador. En aquella parte está el
sepulcro de Hécuba, mujer del rey Príamo, y en la otra el de Áyax. Este
es el puerto a donde arribó la escuadra de Agamenón cuando fue al Asia,
y aquellas son las costas del reino de Príamo. Nos hallábamos entonces
a la punta del estrecho, y mi mente estaba poseída de la memoria de
Homero y de sus pasiones; pedí con instancias que me echasen a tierra
y me arrojé ansioso a la orilla; pero se desvaneció mi ilusión cuando
no pude reconocer los lugares inmortalizados por aquel grande poeta,
pues ya no quedan ni vestigios de la ciudad de Troya: hasta sus ruinas
han desaparecido. Las arenas y el fango arrojados por el mar, y los
temblores de tierra han mudado enteramente la faz de este país.
Volví a la nave y me regocijé al saber que iba a terminar nuestro
viaje; que nos hallábamos ya en el mar Egeo, y que al día siguiente
entraríamos en Mitilene, una de las principales ciudades de Lesbos.
Dejamos a la derecha las islas de Imbros, de Samotracia y de Tasos;
célebre la última por sus minas de oro y la segunda por sus misterios.
A media noche costeamos la isla de Ténedos; al amanecer entramos
en el canal que separa a Lesbos del continente, y a breve rato nos
vimos enfrente de Mitilene. El día estaba sereno, un céfiro suave
jugueteaba en nuestras velas y yo estaba tan absorto que no advertí
que nos hallábamos en el puerto. Cleómedes encontró en el muelle a sus
parientes y amigos, que le recibieron enajenados de alegría, y fuimos a
hospedarnos rodeados de una multitud de marineros y artesanos, para los
cuales era yo un objeto de curiosidad.