CAPÍTULO I.

Salida de Escitia. — El Ponto Euxino. — Estado de la Grecia desde la

toma de Atenas año 404 antes de J. C. hasta el momento del viaje. — El

Bósforo de Tracia. — Llegada a Bizancio.

Anacarsis, escita de nación, hijo de Toxatis, es el autor de esta obra

que dirige a sus amigos. Empieza exponiéndoles los motivos de su viaje.

Desciendo, como sabéis, del sabio Anacarsis, tan célebre entre los

griegos como indignamente tratado por los escitas. Tenía yo la edad

de dieciocho años cuando un esclavo griego que adquirí me inspiró el

deseo de ver la Grecia. Era este de una familia distinguida de Tebas

en Beocia, quedó prisionero en la célebre retirada de los diez mil,

y, después de haber arrastrado las cadenas en diferentes naciones,

vino a parar adonde yo habitaba. Hasta entonces no había yo visto más

que tiendas, rebaños y desiertos, y así es que todo cuanto me refirió

hizo en mi una impresión profunda. En adelante, no pudiendo sufrir la

vida errante que había pasado, y la profunda ignorancia en que estaba,

resolví abandonar el país nativo.

He pasado mis más floridos años en Grecia, en Egipto y en Persia, pero

en el primero de estos países es donde más me he detenido: he gozado de

los últimos momentos de su gloria, y no he salido de allí hasta después

de haber visto expirar su libertad en la llanura de Queronea.

(Año 365 antes de J. C.) A fines del primer año de la olimpiada ciento

cuatro, partí con Timágenes, a quien acababa de dar libertad: después

de haber atravesado vastas soledades, llegamos a las orillas del

Tanais, cerca del paraje donde desemboca en la mar la laguna Meotis

y de allí pasamos por mar a la ciudad de Panticapea, situada en una

altura hacia la entrada del Bósforo cimerio. Esta ciudad, donde los

griegos establecieron en otro tiempo una colonia, ha llegado a ser la

capital de un pequeño estado que se extiende por la costa oriental del

Quersoneso táurico. Reinaba en ella Leucón hacía ya cerca de treinta

años, pero nosotros no le vimos porque entonces se hallaba al frente de

su ejército haciendo la guerra a los habitantes de Heraclea en Bitinia.

Encontramos en Panticapea un bajel de Lesbos pronto para hacerse a la

vela, y Cleómedes, que lo mandaba, nos ofreció admitirnos a su bordo.

Esperando el día de la marcha, iba y venía yo al puerto, y desde

los muros y fuera de ellos fijaba mi atención en todos los objetos

con la más viva curiosidad. Todo aquello que me causaba extrañeza

o me sorprendía iba a decirlo a Timágenes cual si fuere para él un

descubrimiento, así como lo era para mí. Preguntábale si el lago Meotis

era el mayor de los mares, y si Panticapea la ciudad más hermosa del

universo.

No me es fácil manifestar la sensación que experimenté cuando se

presentó insensiblemente a mis ojos en toda su extensión la mar

denominada el Ponto-Euxino. Es un inmenso lago casi rodeado por todas

partes de altas montañas, más o menos lejanas de su orilla, y en el

cual cerca de cuarenta ríos vierten las aguas de una parte del Asia

y de la Europa. En sus orillas habitan naciones que se diferencian

entre sí por su origen, sus costumbres y lenguaje. Esta mar se ve con

frecuencia cubierta de vapores sombríos y agitada por tempestades

violentas, pero no es profunda sino hacia su parte oriental, donde la

naturaleza ha abierto abismos insondables.

Temiendo Cleómedes alejarse de las costas, dirigió su rumbo hacia el

oeste, y en seguida hacia el sur, y vimos de lejos la embocadura del

Borístenes,[1] la del Istro,[2] y algunos otros ríos.

[1] Hoy día el Dniéper.

[2] Antiguo nombre del Danubio.

Un día el mismo Cleómedes, después de habernos hablado de la expedición

del joven Ciro y del destierro de Jenofonte, nos hizo un elogio de

Epaminondas, y refirió también la gloriosa revolución de los tebanos:

«Ya sabréis», dijo a Timágenes, que estaba sorprendido de lo que

oyó decir de Jenofonte, su antiguo general, y de Epaminondas, su

compatriota, (año 404 antes de J. C.), «ya sabréis que por la toma de

Atenas todas nuestras repúblicas se hallaron en algún modo esclavizadas

por los lacedemonios. Las excelentes prendas de Agesilao y sus hazañas

la amenazaban de una larga servidumbre, cuando el rey Artajerjes, que

concibió el proyecto de llevar sus terribles fuerzas hasta el centro de

aquellos estados, consiguió separar de Lacedemonia muchas ciudades de

la Grecia. Tebas, Corinto, Argos y otros muchos pueblos formaron una

liga poderosa y reunieron sus tropas en los campos de Coronea en Beocia

(año 393 antes de J. C.). Vinieron muy pronto a las manos con los de

Agesilao; venció este príncipe, y los tebanos tuvieron la gloria de

retirarse sin emprender la fuga.

»Esta victoria consolidó el poder de Esparta, pero hizo estallar

nuevas turbulencias y nuevas ligas entre los mismos vencedores, porque

los unos estaban como cansados de vencer y los otros de la gloria de

Agesilao. Estos últimos, teniendo al frente al espartano Antálcidas,

propusieron al rey Artajerjes que diese la paz a las naciones de la

Grecia: el tratado que se celebró obligaba a los tebanos a reconocer

la independencia de las ciudades de Beocia, y estos, de concierto con

los de Argos, no accedieron a él hasta que se vieron precisados por la

fuerza.

(Año 382 antes de J. C.) »Algunos años después, el espartano Fébidas,

pasando a la Beocia con un cuerpo de tropas, acampó delante de Tebas.

La ciudad estaba dividida en dos bandos: Leontíades, jefe del partido

adicto a los lacedemonios, empeñó a Fébidas a que se apoderase de la

ciudadela, y para ello le facilitó los medios. Se estaba entonces en

plena paz y era el momento en que los tebanos celebraban las fiestas de

Deméter. Tan extraña perfidia se hizo aún más odiosa por las crueldades

ejercidas contra aquellos ciudadanos que eran sumamente adictos a

su patria. Cuatrocientos de ellos se acogieron a los atenienses, e

Ismenias, jefe de aquel partido, sufrió la pena de muerte bajo vanos

pretextos.

»Alzose un grito general en toda la Grecia, y los lacedemonios

mismos se estremecieron de indignación. Leontíades, que había ido a

Lacedemonia, tranquilizó los espíritus irritándolos contra los tebanos.

Decidiose por fin que se conservase la ciudadela de Tebas, y que

Fébidas pagase una fuerte multa». «Así», dijo Timágenes interrumpiendo

a Cleómedes, «se aprovechó Lacedemonia del crimen, y castigó al

culpable al mismo tiempo; mas ¿cuál fue la conducta de Agesilao?».

«Acusáronle», respondió Cleómedes, «de haber sido el autor oculto de

la empresa y del decreto que llevó a su colmo la iniquidad.

»Este decreto fue la época de la decadencia de los lacedemonios. La

mayor parte de sus aliados los abandonaron, y tres o cuatro años

después, los tebanos sacudieron un yugo odioso. Algunos ciudadanos

intrépidos destruyeron una noche en un instante a los partidarios de la

opresión, y secundando el pueblo sus esfuerzos fueron arrojados de la

ciudadela los espartanos; uno de los desterrados, el joven Pelópidas,

de ilustre nacimiento y distinguido por sus riquezas, fue uno de los

primeros autores de esta conspiración famosa.

»A la noticia de estos acontecimientos hicieron los lacedemonios

algunas irrupciones en Beocia; Agesilao condujo por dos veces sus

tropas a aquel país y fue herido en una acción poco decisiva. Cada

día conducía Pelópidas a los tebanos contra el enemigo y enseñábales

a medir sus fuerzas en varias escaramuzas con los espartanos, cuya

reputación temían no menos que su valor. Instruido por sus propias

faltas y los ejemplos de Agesilao, en una de las campañas siguientes

recogió el fruto de sus fatigas y reflexiones.

»Estando en la Beocia, se adelantaba hacia Tebas en ocasión que volvía

por el camino un cuerpo de lacedemonios mucho más numeroso que el

suyo. Un soldado de a caballo, que se había adelantado, los vio salir

del desfiladero y volvió corriendo a decir a Pelópidas: “hemos caído

en manos de los enemigos”. “¿Y por qué no han de haber caído ellos

en las nuestras?”. Así responde el general y los ataca; pelean con

encarnizamiento y permanece la victoria indecisa mucho tiempo; pero

vencen al fin los tebanos, y los lacedemonios, después de haber perdido

sus generales y lo mejor de sus tropas, se dispersan por el llano.

»Este éxito inesperado admiró a Lacedemonia, Atenas y todas las

repúblicas de la Grecia. Para terminar amistosamente sus desavenencias,

envió cada cual sus diputados a una dieta convocada en Lacedemonia, y

Epaminondas, a la edad de cuarenta años, se presentó en ella con los

demás representantes de Tebas. Agesilao decidió las sesiones de esta

gran asamblea, que terminó con un tratado en el cual no tuvieron parte

alguna los tebanos.

»Apenas habían regresado estos a su patria, cuando el rey Cleómbroto,

que mandaba en la Fócida el ejército de los aliados, tuvo orden de

conducirle a la Beocia. Las fuerzas de los tebanos eran inferiores a

las suyas casi en la mitad, pero tenían a su cabeza a Epaminondas, y

Pelópidas mandaba sujeto a sus órdenes. Hallábanse los dos ejércitos

en un paraje de la Beocia llamado Leuctra (año 371 antes de J. C.).

Al siguiente día se dio aquella batalla que los talentos del general

tebano harán memorable para siempre, y en que los prodigios de valor de

Cleómbroto no pudieron salvarle de la muerte, ni a su ejército de una

completa derrota.

»Los vencedores, cuya pérdida fue muy leve, levantaron un trofeo en

el campo de batalla y se ensoberbecieron tanto con la victoria que el

filósofo Antístenes decía: “me parece que veo a escolares orgullosos de

haber pegado a su maestro”.

»Dos años después fueron nombrados jefes de la liga beocia Epaminondas

y Pelópidas. Estos dos ilustres amigos entraron juntos en el

Peloponeso, y Epaminondas, que mandaba como general en jefe, condujo a

Lacedemonia el ejército compuesto de setenta mil hombres, con esperanza

de hacerse dueño de aquella ciudad y levantar en ella un trofeo. Al

acercarse formó Agesilao su ejército en una eminencia situada entre

aquella ciudad y el Eurotas, que iba crecido considerablemente con

motivo de las nieves derretidas de los montes. Epaminondas hizo cuanto

pudo para atraerle a la llanura, pero no pudo conseguirlo; y viendo

que el invierno estaba próximo, que sus tropas, debilitándose cada día

más y más, empezaban a carecer de víveres, y noticioso también de que

los atenienses y otros pueblos hacían levas considerables en favor de

Lacedemonia, taló los campos de la Laconia y retiró tranquilamente su

ejército a Beocia.

»A su vuelta fue acusado con Pelópidas y citado en juicio por haber

conservado el mando de la liga beocia cuatro meses más del término

prescrito por las leyes. El último se defendió sin dignidad y tuvo que

recurrir a las súplicas; pero Epaminondas se justificó refiriendo sus

hazañas, y sus jueces le absolvieron lejos de atreverse a condenarle;

mas no por eso se libró de los tiros de la envidia. En la distribución

de premios creyeron humillar sus émulos al vencedor de Leuctra,

encargándole de la policía de las calles y la limpieza de los albañales

y desagües de la ciudad, pero desempeñó perfectamente este encargo,

probando así con su ejemplo que no se debe juzgar a los hombres por los

empleos, sino a los empleos por los hombres que los ocupan.

»Durante los diez años siguientes, Epaminondas hizo respetar más de

una vez los ejércitos tebanos en el Peloponeso. Pelópidas, después de

haber triunfado en Tesalia, pasó a la corte de Susa donde trastornó

los planes de Atenas y de Lacedemonia, y en obsequio de su patria

celebró un tratado que la unía estrechamente con el rey de Persia.

(Año 364 antes de J. C.). Poco tiempo después de su vuelta, marchó

contra un tirano de Tesalia llamado Alejandro, y pereció en el combate

persiguiendo al enemigo después de haberle puesto en fuga vergonzosa.

Tebas ha perdido uno de sus apoyos, pero aún le queda Epaminondas. Este

grande hombre se ha propuesto dar a Lacedemonia el último golpe, y se

cree que los atenienses se unirán a los lacedemonios; pero la primavera

próxima decidirá sin duda esta gran cuestión». Aquí dio fin la relación

de Cleómedes.

Al cabo de muchos días de una feliz navegación llegamos al Bósforo de

Tracia, que separa la Europa del Asia. Su longitud desde el templo de

Zeus hasta la ciudad de Bizancio, donde termina, es de ciento veinte

estadios. Su anchura varía: a la entrada es de cuatro estadios y a la

parte opuesta de catorce. En ciertos parajes las aguas forman grandes

balsas y profundas bahías. Hacia el medio de este canal nos mostraron

el paraje donde Darío, rey de Persia, hizo pasar por un puente de

barcas setecientos mil hombres que conducía contra los escitas. El

estrecho, que solo tiene cinco estadios de anchura, se halla ceñido

por un promontorio sobre el cual hay un templo de Hermes. En aquel

sitio puestos dos hombres uno en Asia y otro en Europa pueden hablarse

muy fácilmente. Poco después descubrimos la ciudadela y los muros de

Bizancio, y entramos en su puerto dejando a la izquierda la ciudad de

Crisópolis y habiendo avistado hacia la misma parte la de Calcedonia.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 23 / 107 题