Siglo de Pericles, desde el año 444 hasta el 404 antes de J. C.
Pericles, ateniense de ilustre nacimiento y posesor de grandes
riquezas, consagró sus primeros años al estudio de la filosofía, sin
mezclarse en los negocios públicos, ni manifestar otra ambición que
la de distinguirse por el valor. Cuando empezó a dejarse ver en la
tribuna, sus primeros ensayos admiraron a los atenienses. Debía a la
naturaleza el ser un hombre el más elocuente, y a la aplicación y al
estudio el primero de los oradores de la Grecia.
Conocía muy bien Pericles el carácter de su nación, y por tanto no
solo fundaba sus esperanzas en el talento de la palabra, sino que era
también el primero que respetaba la excelencia de este talento. Antes
de presentarse en público, se advertía a sí mismo en secreto, que iba a
hablar a hombres libres, a griegos, a atenienses.
Apartábase no obstante cuanto podía de la tribuna; porque atento
siempre a seguir con lentitud el plan de su elevación, temía elevar
demasiado pronto la admiración del pueblo hasta aquel punto de donde
ya es preciso descender. Júzguese pues si merecía la confianza que no
ambicionaba un orador que desdeñaba unos aplausos de los que estaba
seguro. Concibiose una alta idea del poder que tenía sobre sí mismo
cuando, un día que la asamblea se alargó hasta la noche, vieron a
un simple particular insultarle sin cesar, seguirle hasta su casa
injuriándole, y a Pericles mandar fríamente a uno de sus esclavos que
tomase un hachón y acompañase a su ofensor hasta su propia casa.
No solamente entusiasmó Pericles a los atenienses con su talento sino
también con sus eminentes virtudes, propias de todas las circunstancias
en que se vio, siendo esto el principio de su elevación y sus honores.
Así es que supo mantenerla en el decurso de cerca de cuarenta años,
en una nación ilustrada, celosa de su autoridad, y que se cansaba tan
fácilmente de su administración como de su obediencia.
Al principio dividió el favor público con Cimón: este se hallaba al
frente de los nobles y los ricos, y Pericles se declaró por la multitud
que él despreciaba, y que le dio un partido considerable. Para hacerla
enteramente de su parte, llenó la ciudad de Atenas de obras clásicas,
asignó pensiones a los ciudadanos pobres, distribuyoles una parte de
las tierras conquistadas, multiplicó las fiestas y concedió un derecho
de presencia a los jueces, y a los que asistieren a los espectáculos
y a las asambleas generales. El tesoro de los atenienses y el de los
aliados sufragaban a todos estos gastos, pero el pueblo, no viendo más
que la mano que daba, cerraba los ojos para no ver la fuente de donde
aquella mano se surtía. Mediante el crédito que se adquirió, hizo
desterrar a Cimón, falsamente acusado de comunicaciones sospechosas con
los lacedemonios, y bajo frívolos pretextos destruyó la autoridad del
Areópago, que se oponía con vigor a las innovaciones y la introducción
de las malas costumbres.
Después de la muerte de Cimón, trató su cuñado de reanimar el partido
vacilante de los principales ciudadanos, y durante algún tiempo mantuvo
el equilibrio, pero al fin terminó su empresa siendo desterrado.
Desde este momento varió Pericles de sistema. Después de haber
subyugado, por medio de la multitud, la facción de los ricos, subyugó
a la multitud misma reprimiendo sus caprichos, ya con una oposición
invencible, y ya con la sabiduría de sus consejos o los encantos de su
elocuencia. Cuanto más aumentaba su poder, menos prodigaba su crédito
y su presencia. Limitado al trato de unos cuantos parientes y amigos,
desde lo interior de su retiro, velaba sobre todas las partes del
gobierno, mientras solo se le creía ocupado en pacificar o trastornar
la Grecia.
Extendió los dominios de la república con victorias brillantes, pero
cuando vio que el poder de los atenienses había llegado a cierta
elevación creyó que sería una vergüenza el permitir que se debilitase,
así como una desgracia el procurar su mayor aumento. Este pensamiento
fue la norma de todas sus operaciones, y el triunfo de su política, el
haber tenido a los atenienses en la inacción durante mucho tiempo, a
los aliados en la dependencia y a los lacedemonios en el respeto.
Era natural que tuviese Pericles un gran número de enemigos, no
solamente entre las naciones de la Grecia, a las cuales se había hecho
odioso y temible, sino también entre los mismos atenienses. Los de
Atenas, no pudiendo atacarle directamente, dirigieron sus tiros contra
aquellas personas que habían merecido su protección o su amistad.
Fidias, encargado de la dirección de los soberbios monumentos de
Atenas, fue acusado de haber sustraído una parte del oro con que debía
adornar y enriquecer la estatua de Atenea; justificose de la calumnia,
mas no por esto dejó de morir en una prisión. Anaxágoras, quizás el más
religioso de los filósofos, fue citado ante la justicia por crimen de
impiedad y precisado a huir. La esposa, la tierna amiga de Pericles,
la célebre Aspasia, acusada de haber ultrajado la religión con sus
discursos y las costumbres con su conducta, defendió por sí misma su
causa, y las lágrimas de su esposo apenas pudieron salvarla de la
severidad de los jueces.
Estos ataques no eran más que el preludio de los que hubiera sufrido
personalmente, cuando un suceso imprevisto aseguró su autoridad.
Hacía algunos años que Córcira estaba en guerra con Corinto, de donde
traía su origen; los atenienses, admitiendo esta isla en su alianza,
la dieron socorros, y los corintios declararon que aquellos habían
quebrantado la tregua estipulada algunos años antes. Potidea, una de
las colonias de Corinto, abrazó el partido de los atenienses, y estos,
sospechando de su fidelidad, mandaron que entregasen los rehenes, que
demoliesen sus murallas y que arrojasen los magistrados que recibían
cada año de su metrópoli; pero habiéndose negado a ello Potidea,
y noticiosos de que se había reunido a la liga del Peloponeso, la
sitiaron los atenienses. Algún tiempo antes habían estos prohibido
bajo leves pretextos la entrada en sus puertos y mercados a los de
Mégara, aliados de Lacedemonia, al mismo tiempo que otras ciudades
se quejaban amargamente de la pérdida de sus leyes y de su libertad.
Corinto escuchó sus quejas y supo empeñarles a tomar venganza de
los lacedemonios, jefes de la liga del Peloponeso. Llegan pues a
Lacedemonia los diputados de aquellas diferentes ciudades, los juntan
y exponen sus agravios con tanta acrimonia como vehemencia. Habían ido
también a Lacedemonia otros diputados de Atenas a tratar de diversos
negocios, y pidieron la palabra para responder a las acusaciones
que acababan de oír; mas los lacedemonios no eran sus jueces, y por
tanto querían reducir la asamblea a suspender una decisión que podía
tener las consecuencias más funestas. Concluido su discurso, en que
recordaron las batallas de Maratón y de Salamina, y todo cuanto habían
hecho por la libertad de la Grecia, salieron los embajadores de la
asamblea.
Después de su ausencia, el rey Arquidamo, que a una profunda sabiduría
reunía una larga experiencia, conociendo por la agitación de los
espíritus que la guerra era inevitable, quiso retardar el momento de su
declaración, y al efecto pronunció un discurso en que, después de haber
expuesto las dificultades y los peligros, propuso que se entablase
con los atenienses una negociación capaz de arreglar las cosas cual
deseaban los aliados. Sus reflexiones hubieran detenido acaso a los
lacedemonios si, para estorbar su efecto, uno de los éforos, llamado
Estenelaidas, no le hubiese incitado a opinar en el acto por la guerra
contra los atenienses, opresores de la libertad de los pueblos. Así
que hubo hablado la mayoría de los concurrentes, decidió que los
atenienses habían quebrantado la tregua, y se acordó convocar una junta
general de los diputados de las ciudades del Peloponeso para resolver
definitivamente.
Al llegar estos diputados, se puso de nuevo el asunto en deliberación
y decidiose la guerra a pluralidad de votos, pero no estando aún en
disposición de comenzarla, se encargaron los lacedemonios de enviar
embajadores a Atenas para exponer allí las quejas de la liga del
Peloponeso. Enviaron sucesivamente tres embajadores, y todos ellos se
retiraron sin haber podido alcanzar nada de los atenienses, a quienes
Pericles impelía a la guerra aún con más calor, aunque eran provocados
a ella por los lacedemonios. (Año 431 antes de J. C.) Desde aquel
momento se ocuparon por una y otra parte en hacer preparativos para una
guerra la más larga y funesta que jamás ha desolado la Grecia, pues
duró veintisiete años.
Los lacedemonios tenían de su parte a los beocios, focidios y locrios,
los de Mégara, de Ambracia, Leucadia, Anactorio y todo el Peloponeso,
excepto los argivos que se quedaron neutrales.
Por parte de los atenienses estaban las ciudades griegas situadas en
las costas del Asia, las de Tracia y del Helesponto, casi toda la
Acarnania, algunos otros pueblos pequeños y casi todos los isleños,
excepto los de Melos y de Tera. Además de estos socorros, podían ellos
mismos suministrar a la liga más de dieciséis mil hombres. Las mismas
fuerzas, poco más o menos, de gente escogida entre ciudadanos muy
jóvenes o muy viejos y extranjeros, se encargaron de la defensa de la
ciudad y de las fortalezas del Ática. Para hacer frente a los gastos de
armamento y demás de la guerra, había depositados en la ciudadela seis
mil talentos, contando además con otros quinientos que podían adquirir
valiéndose de diferentes recursos.
Comenzó Arquidamo la campaña avanzando hacia el Ática al frente de
sesenta mil hombres. Antes de entrar en aquel territorio, quiso
entablar una negociación con los atenienses, y no habiendo sido
recibido su embajador, marchó adelante esparciendo por todas partes el
estrago y la desolación; pero en breve se vio precisado a la retirada
a causa de no encontrar subsistencia para sus tropas. Pericles, por
su parte, hizo marchar hacia el Peloponeso una escuadra de cien velas
que taló todas las costas, y a su vuelta tomó la isla de Egina. Tales
fueron los principales acontecimientos de esta primera campaña. Las
que siguieron no ofrecen tampoco más que una continuación de acciones
particulares, de rápidas correrías y de empresas que parecen ajenas del
objeto que unos y otros se proponían.
En el año séptimo de la guerra, los lacedemonios, por salvar un
destacamento de soldados que los atenienses tenían sitiados en una
isla, entregaron sesenta galeras bajo condición de que les serían
restituidas si fuese desechada su demanda, pero no habiendo sido
entregados los prisioneros por los atenienses, ni devueltas por estos
las galeras, quedó así destruida la marina del Peloponeso, y no se
restableció hasta el año veinte de la guerra cuando el rey de Persia
se obligó a mantenerla mediante tratados. Entonces las naves de los
lacedemonios cubrieron los mares; las dos naciones midieron sus
fuerzas, y después de una alternativa de prosperidades y reveses, el
poder de la una cedió a la potencia de la otra.
Al principio del segundo año de la guerra volvieron a entrar los
enemigos en el Ática, y la peste se declaró en Atenas. Este azote,
que tuvo su origen en la Etiopía, se había extendido por el Egipto,
la Libia, una parte de la Persia, la isla de Lemnos y otros lugares.
Un buque mercante la introdujo sin duda por el Pireo, donde se
manifestó primeramente y de allí se difundió con furor por la ciudad,
y particularmente se difundió en las moradas oscuras y malsanas, donde
los habitantes del campo vivían apiñados.
La enfermedad parecía que despreciaba las reglas de la experiencia.
Viendo el rey Artajerjes que ejercía sus estragos en muchas provincias
de la Persia, resolvió llamar en su socorro al célebre Hipócrates, que
se hallaba entonces en la isla de Cos. En vano le convidó con riquezas,
haciendo brillar a sus ojos el oro y el fasto: este grande hombre
respondió al poderosísimo monarca que no tenía necesidades ni deseos, y
que se debía sacrificar por los griegos más bien que por sus enemigos.
Fue en efecto a ofrecer sus servicios y conocimientos a los atenienses,
que le recibieron con tanto reconocimiento cuanto era el apuro en
que se hallaban, por haber perecido la mayor parte de sus médicos,
víctimas de su celo. Agotó los recursos de su arte exponiendo muchas
veces su vida, y si no logró todo el éxito que merecían tan preciosos
sacrificios y tan grandes talentos, a lo menos prodigó consuelos y
esperanzas.
Al cabo de dos años parecía que calmaba ya aquella peste, que había
hecho los mayores estragos y mudado enteramente la faz de Atenas: pero
esta lisonjera perspectiva no era más que un reposo de la enfermedad,
pues se advirtió más de una vez que no estaba su germen destruido.
Desenvolviose ocho meses después, y en el decurso de un año entero
renovó las mismas escenas de luto y de horror que había anteriormente
producido.
La pérdida más irreparable para Atenas fue la de Pericles, que murió de
resultas de la enfermedad en el tercer año de la guerra. Algún tiempo
antes los atenienses, incomodados por el exceso de sus males, le habían
despojado de su autoridad y condenado a pagar una multa; acababan de
reconocer su injusticia, y Pericles se la había perdonado. Al tiempo de
morir dijo incorporándose en la cama, y dirigiéndose a sus amigos que
le rodeaban refiriendo sus victorias: «El único elogio que merezco es
el de no haber hecho poner luto a ningún ciudadano».
Fue reemplazado por Cleón, hombre de humilde nacimiento, sin talento
verdadero, pero vano, audaz, arrebatado y por lo mismo del gusto de la
muchedumbre. Los buenos y honrados ciudadanos le opusieron a Nicias,
uno de los primeros y más ricos particulares de Atenas, que había
mandado los ejércitos y logrado muchas ventajas, pero únicamente gozó
consideración y nunca crédito mientras vivió Cleón, que tenía mucho
más talento para excitar a la plebe y ganar su voluntad.
Después de la muerte de Cleón, que pereció en Tracia en un combate dado
por él a Brásidas, el general más hábil de los lacedemonios, entabló
Nicias negociaciones con Lacedemonia, a las cuales sucedió en breve
una alianza ofensiva y defensiva, que debía durar cincuenta años; pero
este tratado, que volvía las cosas a su primer estado, no subsistió
sin embargo más de seis años y diez meses, y el rompimiento de que fue
seguido lo causó la ambición de Alcibíades.
Un origen ilustre, riquezas considerables, la más hermosa fisonomía
y presencia, las gracias más seductoras, un entendimiento vasto y
penetrante, el honor en fin de ser hechura de Pericles fueron otras
tantas ventajas que deslumbraron desde luego a los atenienses, y
con que él mismo se deslumbró primero. En una edad en que el hombre
necesita más que todo indulgencia y consejos, Alcibíades tuvo ya una
corte y aduladores: admiró a sus maestros por su docilidad y a los
atenienses por sus costumbres licenciosas. Sócrates mismo solicitó su
amistad conociendo que este joven sería el más peligroso para Atenas, y
habiéndola conseguido a fuerza de cuidados no la perdió jamás.
Cuando entró en la carrera de los honores, quiso deberlos con
particularidad a los atractivos de su elocuencia. Dejose ver en la
tribuna, y en breve fue tenido por uno de los más grandes oradores de
Atenas, y acordándose todos de que había dado grandes pruebas de valor
durante las primeras campañas, previeron que llegaría a ser un día el
general más hábil de la Grecia.
Tenía un carácter tan flexible que la necesidad de dominar o el deseo
de complacer le hacía acomodarse fácilmente a las circunstancias o
coyunturas en que se hallaba. Todos los pueblos fijaron en él su
atención, y se hizo dueño de la opinión pública. Los espartanos
quedaron absortos de su frugalidad; los tracios de su intemperancia;
los beocios de su afición a los ejercicios más violentos; los jonios de
su gusto por la pereza y la voluptuosidad, y los sátrapas del Asia por
un lujo que ellos no podían igualar. Pero los rasgos de ligereza, de
insustancialidad y de imprudencia, propios de su juventud, desaparecían
en las ocasiones que requerían reflexión y constancia. Entonces juntaba
la prudencia a la actividad, y los placeres no le robaban ya ninguno de
los instantes que debía a su gloria o a sus intereses.
Nacido en una república, debía elevarla haciéndola superior a sí
misma antes de ponerla a sus pies. Este era sin duda el secreto de
las brillantes empresas a que él arrastró a los atenienses. Con sus
soldados hubiera sojuzgado pueblos, y sin advertirlo se hubieran visto
esclavizados los mismos atenienses.
Su primera desgracia, deteniéndole casi al principio de su carrera,
hizo ver que su genio y sus proyectos eran muy vastos para la dicha de
su patria. Dícese que la Grecia no podía sufrir dos Alcibíades; pero se
debe añadir que Atenas tuvo uno de más. Él fue quien hizo decretar la
guerra contra la Sicilia.