Estos dos ilustres atenienses tomaban sobre sus conciudadanos aquel
ascendiente que el uno merecía por sus varios y apreciables talentos,
y el otro por la diversidad de su conducta, enteramente consagrada al
bien público. Opuestos ambos en principios y en proyectos, llenaban
de tal modo la plaza pública con sus divisiones que un día Arístides,
después de haber conseguido una ventaja sobre su adversario, no pudo
desentenderse de decir «que la república perecía si no le echaban a él
y a Temístocles en una fosa profunda».
He aquí un rasgo que da a conocer perfectamente la diferencia de
carácter de estos dos atenienses. Anunció Temístocles públicamente que
había formado un proyecto importante, cuyo buen éxito dependía de un
secreto el más impenetrable; y el pueblo respondió: «Sea Arístides el
depositario de ese secreto, y nos conformamos con su parecer». Llamó
a este aparte Temístocles y le dijo: «La escuadra de nuestros aliados
está tranquila en el puerto de Pagasas; propongo que la incendiemos y
seremos dueños de la Grecia». «Atenienses», dijo entonces Arístides,
«nada hay tan útil como el proyecto de Temístocles, pero nada tan
injusto». «Lo reprobamos pues», contestaron a una voz los de la
asamblea.
Al fin triunfaron de la intriga el talento y la virtud. Como quiera
que Arístides se conducía cual un árbitro en las discordias de los
particulares, la reputación de su equidad hizo que estuviesen desiertos
los tribunales de justicia. Acusole la facción de Temístocles de que
establecía una realeza tanto más temible cuanto que estaba fundada
en el amor del pueblo, y concluyó pidiendo que se le impusiese la
pena de destierro. Estaban juntas las tribus que debían dar su voto
por escrito, y Arístides asistía al juicio. Un ciudadano oscuro, que
estaba sentado junto a él, le suplicó que le escribiese el nombre del
acusado en una conchita que le presentó. «¿Os ha hecho algún agravio?»,
preguntó Arístides. «No», contestó el incógnito, «pero estoy fastidiado
de oírle llamar por todas partes _el Justo_». Arístides escribió
entonces su nombre, fue condenado y salió de la ciudad deseando el bien
de su patria.
Siguiose a su destierro la muerte de Darío. Jerjes, hijo y sucesor de
este príncipe, se dejó fácilmente persuadir de Mardonio, su cuñado,
para que reuniese la Grecia y la Europa entera al imperio de los
persas: declarose la guerra y toda el Asia se conmovió. Se emplearon
cuatro años en levantar tropas y hacer grandes preparativos, y cuando
estuvieron acabados, salió de Susa el rey y fue a Sardes, en Lidia,
desde donde envió reyes de armas a toda la Grecia, excepto al país de
los lacedemonios y atenienses.
En la primavera del año cuarto de la olimpiada setenta y cuatro (480
años antes de J. C.), llegó Jerjes con un ejército a las orillas del
Helesponto, y queriendo recrearse en el espectáculo de su poder, subió
a un trono elevadísimo, y desde allí vio la mar cubierta de sus naves,
y la campiña de sus tropas. En aquel paraje solamente está separada de
la Europa la costa de Asia por un brazo de mar de siete estadios de
anchura, o sea un cuarto de legua. Dos puentes de barcas fuertemente
ancladas, unieron las costas opuestas; pero habiendo destruido esta
obra una tempestad, Jerjes mandó cortar la cabeza a los obreros, y
queriendo tratar a la mar como esclava, mandó también que la azotasen
con látigos, que la marcasen con un hierro ardiendo, y que echasen al
fondo un par de cadenas. Su ejército, que se componía de un millón
setecientos mil infantes y ochenta mil caballos, gastó siete días
y siete noches en pasar el estrecho, y sus bagajes un mes entero.
Habiendo llegado a la llanura de Dorisco, regada por el Hebro, revistó
sus tropas y pasó luego a su escuadra, que siendo compuesta de mil
doscientas siete galeras de tres órdenes de remos, podía llevar lo
menos doscientos cuarenta mil hombres. A estas fuerzas, traídas del
Asia, se juntaron en breve trescientos mil combatientes, sacados de
muchas regiones europeas sometidas al rey de Persia.
Después de haber pasado Jerjes revista a sus tropas de mar y tierra,
consultó con el rey Demarato que, desterrado de Lacedemonia algunos
años antes, había hallado un asilo en la corte de Susa; pero quedando
poco satisfecho de las respuestas de este espartano, dio sus órdenes
y el ejército se puso en marcha dividido en tres columnas, una de
las cuales seguía la costa. Las naves todas cargadas de víveres iban
costeando y reglaban sus movimientos por los del ejército que marchaba
hacia la Tesalia, talando las campiñas, y consumiendo en un día las
cosechas de muchos años. El monte Atos se prolonga dentro del mar
formando una península, y este obstáculo retardaba la navegación de la
escuadra que debía doblarle, mandó Jerjes que se abriese un paso por
aquel istmo, y una multitud de obreros lo ejecutó ocupando mucho tiempo
en hacer un canal, por el cual pasó la escuadra a dos galeras de frente.
Viendo cercano el riesgo que les amenazaba, trataron los lacedemonios
y atenienses de formar una liga general de todos los pueblos de la
Grecia; convocaron una dieta en el istmo de Corinto y enviaron de
ciudad en ciudad diputados encargados de difundir e inspirar por allí
el entusiasmo y ardor de que ellos estaban animados. Mas sus esfuerzos
no tuvieron el éxito deseado, porque los argivos, debilitados con
las pérdidas considerables que habían tenido en una guerra contra
Lacedemonia, permanecieron tranquilos hasta que por último estuvieron
secretamente en correspondencia con Jerjes. Gelón, rey de Siracusa,
no quiso darles socorros sino bajo la condición inadmisible de que él
mandaría el ejército confederado, y los tesalios, en lugar de impedir
el paso a los persas, resolvieron hacer convenios con ellos. De este
modo no quedaba ya para la defensa de la Grecia más apoyo que el de un
corto número de pueblos y ciudades, cuyas esperanzas procuraba reanimar
Temístocles.
Este grande hombre había emprendido el plan de que los atenienses
volviesen sus miras hacia el mar, y les persuadió a que las sumas que
rendían sus minas de plata se invirtiesen en construir doscientas
galeras, ya para atacar a los habitantes de la isla de Egina, con los
cuales estaban en guerra, y ya para resistir un día a los persas.
Mientras que Jerjes continuaba su marcha, se resolvió en la dieta del
istmo que un cuerpo de tropas capitaneado por Leónidas, rey de Esparta,
se apoderase del paso de las Termópilas situado entre la Tesalia y la
Lócrida, y que el ejército naval de la confederación esperase al de
los persas en un estrecho formado por las costas de Tesalia y las de
Eubea. Los atenienses que debían armar un número de galeras mucho más
considerable que el de los lacedemonios, para evitar las consecuencias
tuvieron a bien desistir de sus pretensiones al mando de la escuadra,
cediéndolo a estos últimos. Eligieron por general a Euribíades,
quedando sometido a sus órdenes Temístocles y los jefes de las demás
naciones. Tomadas estas medidas, todas las naves se reunieron cerca de
un paraje llamado Artemisio, en la costa septentrional de la Eubea.
Enterado Leónidas de la resolución de la dieta, únicamente llevó
consigo trescientos espartanos, cuyos sentimientos conocía. Aquellos
valientes celebraron de antemano su muerte, algunos días después, con
un combate fúnebre, y terminada esta ceremonia, salieron de la ciudad,
seguidos de sus parientes y amigos, de quienes recibieron eternas
despedidas.
Al pasar por las tierras de los tebanos, cuya fe era dudosa, el rey de
Esparta recibió de ellos cuatrocientos hombres, con los cuales fue a
apostarse en las Termópilas. Llegáronle en breve incesantemente tropas,
más o menos numerosas, de diferentes ciudades, y con ellas hicieron
ascender sus fuerzas a más de siete mil hombres.
Apenas había tomado Leónidas estas disposiciones para oponerse al paso
del inmenso ejército de Jerjes, cuando se vio a este cubrir con sus
tiendas la vasta llanura de Traquinia. Espantados de este espectáculo,
la mayor parte de los jefes propusieron retirarse al istmo de Corinto;
pero Leónidas desechó este parecer y contentose con enviar correos para
acelerar la llegada de los socorros de las ciudades aliadas.
Atónito Jerjes al ver la tranquilidad de los lacedemonios, esperó
algunos días para darles tiempo a la reflexión, y al quinto escribió
a Leónidas diciendo: «Si quieres someterte, te daré el imperio de la
Grecia». Y Leónidas respondió: «Quiero más morir por mi patria que
esclavizarla». Dirigiole Jerjes otra carta diciéndole: «_Entrégame tus
armas_», y Leónidas escribió en el reverso: «_Ven a tomarlas_».
Jerjes, furioso de cólera, hizo marchar a los medos y a los sirios con
orden de que cogiesen y le llevasen vivos los trescientos espartanos,
a que creía estar reducidas las fuerzas de Leónidas. Fueron entonces
corriendo algunos soldados de este príncipe a decirle: «Los persas
están cerca de nosotros». Y él respondió fríamente: «Decid más bien
que nosotros estamos cerca de ellos». Sale inmediatamente de sus
atrincheramientos, con lo escogido de sus tropas, y da la señal del
combate: las primeras filas de los medos caen traspasadas de heridas,
y otras que las reemplazan experimentan igual suerte. Suceden nuevas
tropas a las primeras, pero después de repetidos e infructuosos
ataques, emprenden por fin la fuga con desorden. Avanza contra los
griegos la tropa de los diez mil inmortales, hácese el combate más
sangriento, y por último se retiran después de haber sufrido una
pérdida horrorosa.
Al siguiente día comenzó de nuevo el combate, pero con tan poco éxito
como los primeros por parte de los persas. Desesperaba ya Jerjes de
forzar el paso de las Termópilas, cuando un habitante del país, llamado
Epialtes, fue a descubrirle un sendero por el cual podía cercar a los
griegos. Enajenado Jerjes de contento, hizo partir inmediatamente el
cuerpo de los inmortales dirigido por aquel guía: favorecidos por las
tinieblas de la noche, penetran por un espeso bosque y llegan hacia
los sitios donde Leónidas había puesto un destacamento compuesto del
contingente de los focidios. Habiéndose replegado esta tropa de bravos
sobre las alturas vecinas, continúan los persas su marcha. Aquella
noche supo Leónidas, por unos desertores de los persas, el proyecto de
estos, y a la mañana siguiente uno de sus centinelas avanzados, que
se retiró del monte, le enteró de la aproximación del enemigo. En tan
crítica situación, envió fuera de los desfiladeros las tropas aliadas,
y quedose únicamente con sus espartanos, y los tespienses y tebanos,
que juraron no abandonarle.
Desesperando de poder defender las Termópilas, toma la audaz resolución
de marchar a la tienda de Jerjes e inmolar a este príncipe o perecer en
medio de su campo; lo propone a sus soldados y todos le siguen gozosos:
les hace tomar una comida frugal, y añade: _pronto tomaremos otra con
Hades_.
Próximo ya a atacar al enemigo, enterneciose en pensar en la suerte
de dos espartanos parientes y amigos suyos; y habiendo dado una
carta al uno, y al otro una comisión secreta para los magistrados de
Lacedemonia: «No estamos aquí», le dicen ambos, «para llevar órdenes,
y sí para pelear», y sin esperar respuesta fueron a colocarse en las
filas que les estaban señaladas.
Salen los griegos a media noche del desfiladero, capitaneados por
Leónidas; arrollan los puestos avanzados del enemigo, penetran en
la tienda de Jerjes, que acaba de dejarla, entran sin detención en
las inmediatas, y esparcen por todo el campamento el terror y la
carnicería. Reúnense en fin los persas y atacan a sus enemigos por
todas partes, y cae Leónidas bajo una nube de dardos. Después de un
terrible combate, los griegos se apoderan del cuerpo de su general,
rechazan por cuatro veces al enemigo, consiguen llegar al desfiladero
y, saltando el atrincheramiento, van a situarse sobre la pequeña
colina que está cerca de Antela. Allí, después de haberse defendido con
el más heroico valor contra las tropas que los cercaban, perecieron
todos a manos de sus enemigos.
Perdonad, oh sombras generosas; perdonad a la debilidad de mis
expresiones. Yo os ofrecí un homenaje más digno cuando estuve en esta
colina donde exhalasteis el último suspiro; y, recostado en uno de
vuestros sepulcros, regué con mis lágrimas los parajes teñidos con la
sangre vuestra. Hecho esto, ¿qué podría añadir la elocuencia a este
sacrificio tan grande como extraordinario? Vuestra memoria subsistirá
mucho más tiempo que el imperio de los persas, a quienes resististeis,
y hasta el fin de los siglos vuestro ejemplo excitará en el corazón de
los que aman a su patria el entusiasmo de la admiración.
El sacrificio de Leónidas y sus compañeros produjo mejor efecto que la
victoria más brillante, pues enseñó a los griegos el secreto de sus
fuerzas, y a los persas el de su debilidad.
Mientras Jerjes estaba en las Termópilas, su armada naval, después
de haber experimentado una violenta tempestad en que se perdieron
cuatrocientas galeras y muchos barcos de transporte, fue a anclar a
unas dos leguas de distancia de la escuadra griega, encargada de la
defensa del paso entre la Eubea y tierra firme. Al acercarse aquella,
esta resolvió abandonar el estrecho, pero Temístocles la hizo
detenerse allí, hasta que, habiendo sabido el paso de las Termópilas
por los persas, se retiró en buen orden a la isla de Salamina.
En tanto, el ejército terrestre de los griegos se había situado en
el istmo de Corinto, y solo pensaba ya en disputar la entrada en el
Peloponeso. Esta medida contrariaba el sistema de defensa adoptado por
Temístocles, y a fin de que renunciasen a ella los atenienses les dice
que es preciso abandonar los lugares que la cólera celestial entregaba
al furor de los persas; que su escuadra por sí sola es un asilo seguro,
y apoya en fin sus discursos en los oráculos que ha logrado de la Pitia.
El pueblo se deja persuadir, y entonces expide un decreto mandando que
la ciudad quede bajo la protección de Atenea: que todos los habitantes
de armas tomar pasasen a las naves, y que cada particular cuidase
de su mujer, sus hijos y sus esclavos. Ejecutose sin dilación este
decreto: los soldados se embarcaron en la escuadra; los hombres de edad
avanzada, las mujeres y los niños fueron conducidos en otras naves a
Egina, a Trecén y a Salamina, y aquellos ancianos que por sus achaques
no podían embarcarse, quedaron en la ciudad poseídos del dolor de verse
separarados de sus familias desoladas.
Jerjes salía entonces de las Termópilas y entraba en la Fócida, cuyas
campiñas fueron taladas y las ciudades destruidas. Sometiose la Beocia,
a excepción de Platea y Tespias que fueron arrasadas.
Después de haber devastado el Ática, entraron los bárbaros en Atenas,
donde solo hallaron algunos ancianos que esperaban la muerte, y
un corto número de ciudadanos resueltos a defender la ciudadela.
Rechazaron durante algunos días los ataques repetidos de los
sitiadores, pero al fin vencieron estos, que saquearon la ciudad y la
entregaron a las llamas.
Este incendio causó una impresión tan viva en el ejército de los
griegos, cuya escuadra fondeaba en las costas de Salamina, a corta
distancia de la de los persas, que la mayor parte de los jefes
resolvieron acercarse al istmo de Corinto, donde se habían atrincherado
las tropas del ejército terrestre. Debía efectuarse la marcha en el
día siguiente y durante la noche, que era la del 18 al 19 de octubre
del año 480 antes de J. C. Temístocles se avistó con el lacedemonio
Euribíades, almirante de escuadra, y trató de disuadirle del designio
de abandonar la posición que se había tomado. Euribíades convoca
inmediatamente el consejo de generales, opónense todos contra el
dictamen de Temístocles, y en medio de sus acaloradas y tumultuosas
discusiones, el general lacedemonio levantó su bastón para herirle,
pero Temístocles en lugar de irritarse por tal ultraje, le dice
con serenidad: «Descarga, pero escucha». Este rasgo de grandeza de
alma asombra al espartano, hace reinar el silencio, y Temístocles,
recobrando su ascendiente, patentiza al consejo con razones
convincentes que el interés de todos los griegos se funda en combatir
a los persas en Salamina. Su discurso, y más que todo su firmeza y su
serenidad, persuadieron de tal suerte a Euribíades que al punto mandó
que permaneciese la escuadra cerca de las costas de Salamina.
Los mismos intereses se trataban al mismo tiempo en ambas escuadras.
Jerjes, después de haber oído el dictamen de jefes de su escuadra,
entre los cuales se hallaban los reyes de Sidón, de Chipre y de Tiro,
Artemisia, reina de Halicarnaso, y otros muchos soberanos tributarios,
mandó que avanzase la escuadra hacia la isla de Salamina, y su ejército
de tierra hacia el istmo de Corinto.
Este movimiento hizo adoptar a la mayor parte de los generales de
la escuadra griega el designio de ir al socorro del Peloponeso, y
Temístocles, cuyo dictamen prevaleció en el consejo, despachó durante
la noche un hombre encargado de anunciar de su parte a los jefes de
la escuadra enemiga que una parte de los griegos, con el general de
los atenienses al frente, estaban dispuestos a declararse por el rey;
que los otros, sobrecogidos de espanto, trataban de hacer una pronta
retirada, y que debilitados por sus divisiones, si se viesen de repente
rodeados del ejército persa, serían forzados a rendir sus armas o
volverlas contra ellos mismos.
Engañados los persas con esta relación, avanzan a favor de las
tinieblas de la noche, y bloquean todas las salidas del estrecho por
donde hubieran podido escaparse los griegos. Arístides, que poco antes
había sido llamado a su patria levantándole el destierro, pasaba a la
sazón desde la isla de Egina al ejército de los griegos. Advirtió el
movimiento de los persas, y luego que hubo llegado a Salamina se fue al
paraje donde los jefes estaban reunidos e hizo llamar a Temístocles, y
le dijo: «Un solo interés debe animarnos hoy, que es el de salvar la
Grecia, tú dando órdenes y yo ejecutándolas. Decid a los griegos que no
se trata ya de deliberar, y que el enemigo acaba de hacerse dueño de
los pasos que pudieran favorecer su fuga». Así dice, y enterado de la
estratagema de Temístocles, entra en el consejo donde fue confirmada
su relación por otros testigos oculares que llegaban a cada instante.
Disolviose inmediatamente la junta, y solo se trató ya de prepararse
para el combate.
Queriendo Jerjes animar con su presencia a su armada, se situó en
una altura inmediata al estrecho, rodeado de secretarios que debían
describir todas las circunstancias de la batalla, y apenas se dejó ver
cuando las dos alas de su escuadra se pusieron en movimiento.
La suerte de la acción que iba a darse dependía de lo que pasase en
el ala derecha de los griegos y a la izquierda de los persas, porque
allí se encontraban los atenienses y fenicios, siendo mandados estos
por un hermano de Jerjes. Muévense ambas escuadras: unos y otros se
acometen y rechazan en el desfiladero, siendo Temístocles testigo de
todos los peligros y riesgos. Se arroja en fin impetuosamente una
galera ateniense sobre el almirante fenicio; el joven príncipe hermano
de Jerjes se abalanza indignado sobre ella, cae al punto acribillado de
heridas, y su muerte esparce la consternación entre los fenicios; reina
una confusión horrible que dispersa sus naves; los chipriotas y otras
naciones de oriente quieren restablecer el combate, aunque en vano, y
después de una larga resistencia se dispersan como los fenicios.
Poco satisfecho aún de esta ventaja, Temístocles condujo su ala
victoriosa al socorro de los lacedemonios y de los otros aliados que se
defendían contra los jonios. Estos, de los cuales muchos se reunieron a
los griegos durante la batalla, combatieron con mucho valor sin pensar
en la retirada hasta que se vieron encima todas las fuerzas enemigas.
Entonces la reina Artemisia, rodeada de las naves griegas, no titubeó
en echar a pique un buque de la escuadra de Jerjes. Un capitán
ateniense, que la iba al alcance, se creyó por esta maniobra que la
reina desertaba del partido de los persas y dejó de perseguirla, por lo
cual Jerjes, persuadido de que la nave perdida era de los griegos, no
pudo menos de decir que en aquel día los hombres se habían portado como
mujeres, y las mujeres como hombres.
El ejército vencido se retiró al puerto de Falero después de haber
perdido un gran número de naves; al paso que la pérdida de los griegos
no ascendió de cuarenta galeras.
Durante el combate, Jerjes se sintió agitado por la alegría, el temor
y la desesperación. Cuando vio la derrota de su armada, cayó en un
profundo abatimiento, del cual solamente volvió en sí para ordenar los
preparativos de un nuevo ataque, y juntar por una calzada la isla de
Salamina al continente. De ambas partes estaban preparados para nueva
batalla cuando, habiendo reunido aquel príncipe sus generales, la reina
Artemisia le persuadió a que dejase a Mardonio el cargo de acabar su
empresa, y que él se retirase a sus estados. Abrazó este consejo y
dio al momento las órdenes para que su escuadra pasase al punto al
Helesponto, y que cuidase de conservar el puente de barcas; pero el
ejército de los aliados, siguiendo el dictamen de Euribíades, en lugar
de perseguirle fue a invernar en el puerto de Pagasas.
Algunos días después tomó el rey el camino de la Tesalia, donde
Mardonio hizo tomar cuarteles de invierno a trescientos mil hombres,
que había pedido y escogido de todo el ejército. Continuando Jerjes
su ruta desde allí, llegó a las márgenes del Helesponto con un corto
número de tropas, y encontrando el puente destruido por una tempestad,
se metió como fugitivo en un esquife, seis meses después de haber
pasado por allí como conquistador, y se trasladó a la Frigia para
edificar y fortificar palacios.
Lo primero que hicieron los vencedores cuando ganaron la batalla, fue
enviar a Delfos las primicias de los despojos enemigos que se habían
repartido, y en seguida los generales se reunieron en el istmo de
Corinto para conceder coronas a aquellos que más habían contribuido a
la victoria. Temístocles fue conducido a Lacedemonia, y allí recibió
con Euribíades una corona de olivo. Al ausentarse le colmaron de
honores, regaláronle una magnífica carroza, y trescientos jóvenes a
caballo, de las familias más distinguidas de Esparta, tuvieron orden de
acompañarle hasta las fronteras de Laconia.
En tanto, Mardonio trataba de apartar de la liga a los atenienses, y
con este designio hizo que marchase para Atenas Alejandro, rey de
Macedonia, que estaba unido con aquellos por lazos de hospitalidad.
Pero los esfuerzos de este embajador fueron inútiles, y Arístides
hizo que la asamblea del pueblo expidiese un decreto mandando a los
sacerdotes que sacrificasen a los dioses infernales todos aquellos
que tuviesen inteligencias con los persas y se apartasen de la
confederación con los griegos.
Sabedor Mardonio de la resolución de los atenienses, hizo marchar
luego sus tropas al Ática, cuyos habitantes se habían refugiado por
segunda vez en la isla de Salamina; volvió a entrar en la Beocia, cuyos
pueblos, a excepción de los plateos y tespienses, se habían declarado
por los persas, y estableció su campo en la llanura de Tebas, a lo
largo del río Asopo, cuya orilla izquierda ocupaba hasta las fronteras
del país de los plateos.
Los griegos, en número de cerca de ciento diez mil hombres, en los
cuales se contaban diez mil espartanos y cinco mil atenienses, se
situaron enfrente, al pie y sobre el declive del monte Citerón.
Arístides mandaba los atenienses y Pausanias, rey de Esparta, todo
el ejército. La dificultad de procurarse agua en presencia de la
caballería de los persas, obligoles muy pronto a desfilar a lo largo
del monte Citerón y entrar en el país de los plateos. No fue más pronto
saber Mardonio que los griegos habían mudado de posición, retirándose
al territorio de Platea, que hacer subir su ejército a lo largo del
Asopo y situarle otra vez a su presencia.
Ambos ejércitos permanecieron enfrente uno de otro por espacio de
once días. Al undécimo los griegos, faltos ya de provisiones y de
agua, levantaron su campo durante la noche con objeto de trasladarse
más lejos, estableciéndole en una isla formada por dos brazos del
Asopo. Desde allí debían mandar al paso del monte Citerón la mitad de
sus fuerzas para arrojar de él a los persas, que interceptaban los
convoyes. Al romper el día tomaron los atenienses el camino del llano,
y los lacedemonios, seguidos de tres mil tegeatas, desfilaron al pie
del monte; pero habiendo estos llegado al templo de Deméter, distante
diez estadios de su primera posición y de la ciudad de Platea, se
detienen para esperar a uno de sus cuerpos, que había rehusado mucho
abandonar su puesto, y allí los alcanza la caballería persa. Al mismo
tiempo Mardonio, a la cabeza de sus mejores tropas, pasa el río,
avanza con paso acelerado a ocupar el llano, y su ala derecha ataca
inmediatamente a los atenienses para impedir que den socorro a los
lacedemonios.
Forma Pausanias sus tropas en un terreno pendiente y desigual cerca de
un arroyo y del recinto consagrado a Deméter, y se pone a consultar las
entrañas de las víctimas. Como durante este intervalo quedaban sus
tropas expuestas al alcance de las flechas enemigas sin atreverse a la
defensa, los tegeatas, no pudiendo resistir el ardor que les animaba,
se pusieron en movimiento y fueron inmediatamente sostenidos por los
espartanos. Al acercarse, estrechan los persas sus filas, cúbrense con
sus broqueles y forman una masa cuya espesura y el impulso de ella
detienen y rechazan el furor del enemigo. Mardonio, al frente de mil
soldados escogidos, hizo balancear por largo tiempo la victoria, pero
cayó al fin herido mortalmente, y desde aquel momento, introduciéndose
el desorden entre los persas, son arrollados y emprenden la fuga. Su
caballería contuvo durante algún tiempo a los griegos victoriosos,
pero no pudo impedir que llegasen al pie del atrincheramiento que
Mardonio había levantado cerca del Asopo. Los atenienses, que habían
tenido igual éxito en el ala izquierda, a pesar de la vigorosa
resistencia de los beocios, lejos de perseguir a estos fueron a
reunirse inmediatamente a los lacedemonios que atacaban el campo persa.
Apodéranse de los atrincheramientos, precipítanse allí todos, y los
vencidos se dejan degollar como víctimas, quedando la tierra cubierta
de los ricos despojos de los persas, en cuyas tiendas resplandecía el
oro y la plata. Artabazo huyó anticipadamente tomando el camino de la
Fócida, y se fue al Asia donde miraron como un mérito el que salvase
una parte del ejército.
Diose la batalla de Platea el 21 de septiembre del año 479 antes de J.
C. Los vencedores concedieron el honor de la victoria a los plateos,
poniendo así en armonía a los atenienses y lacedemonios, que se lo
disputaban con acaloramiento, y después de repartido el botín, cuya
décima parte quedó reservada para el templo de Delfos, concedieron toda
clase de honores a los que habían perecido con las armas en la mano.
Cada nación hizo levantar un monumento a sus guerreros, y Arístides
hizo expedir un decreto previniendo, entre otras cosas, que los plateos
fuesen considerados como una nación inviolable y consagrada a la
divinidad.
En el mismo día de la batalla de Platea, la escuadra griega mandada por
Leotíquidas, rey de Lacedemonia, y por Jantipo el ateniense, alcanzó
una victoria señalada sobre los persas cerca del promontorio de Mícala
en Jonia.
Este fue el fin de la guerra de Jerjes, conocida más bien bajo el
nombre de guerra meda. Duró dos años, y los pueblos respiraron en fin.
Los atenienses se restituyeron a su ciudad, reedificaron sus murallas,
a pesar de las quejas de los aliados que empezaban a tener celos de
la gloria de aquel pueblo, y, no obstante las representaciones de los
lacedemonios, cuyo dictamen era el de desmantelar las plazas de la
Grecia situadas fuera del Peloponeso, temerosos de que en una nueva
invasión sirviesen de retiro a los persas. Temístocles supo conjurar
hábilmente la tempestad que en esta ocasión amenazaba a los atenienses,
empeñándoles además a que formasen en el Pireo un puerto guarecido de
un terrible recinto, y construir cada año un cierto número de galeras.
Al mismo tiempo, una escuadra numerosa de los aliados, comandada por
Pausanias, obligaba al enemigo a abandonar la isla de Chipre y la
ciudad de Bizancio, situada en el Helesponto; pero estos resultados
completaron la ruina de Pausanias, pues orgulloso de su gloria no se
mostró ya a los ojos de los aliados sino como un duro e insolente
sátrapa, y así es que se vio a los pueblos confederados proponer a los
atenienses el combatir bajo sus órdenes.
Sabedores los lacedemonios de esta sublevación, llamaron luego a
Pausanias, le despojaron del mando y de allí a poco tiempo le dieron
muerte, mediante pruebas de que había estado en correspondencia con el
rey de Persia. Este castigo no bastó para aplacar a los aliados, pues
lejos de estar acordes se negaron a reconocer al sucesor de Pausanias.
En tan críticas circunstancias los lacedemonios deliberaron sobre el
partido que habían de tomar. Entonces se les vio renunciar al antiguo
derecho que tenían de mandar los ejércitos, y ceder a los atenienses el
imperio del mar, y el cargo de continuar la guerra contra los persas.
Determinadas todas las naciones por este generoso sacrificio, pusieron
sus intereses en manos de Arístides, quien, después de haber repartido
con la mayor equidad las contribuciones que debían pagar aquellos
pueblos, resolvió atacar sin dilación a los persas. Mientras que este
ilustre ateniense se adquiría el aprecio universal, elevándose por su
mérito al primer lugar entre los griegos, Temístocles se hacia odioso
tanto a los lacedemonios como a los aliados: a los primeros por haber
dispuesto que fuesen admitidos en la asamblea de los anfictiones los
pueblos que habían abrazado el partido de Jerjes, y a los segundos
por las exacciones que hacía en el mar Egeo. Quejáronse además una
multitud de particulares, los unos de sus injusticias, los otros de las
riquezas que había adquirido, y todos del extremado deseo que tenía de
dominar. Al fin prevalecieron sobre sus servicios tantos enemigos, y,
siendo desterrado, se retiró al Peloponeso; pero acusado luego de que
estaba en correspondencia criminal con Artajerjes, sucesor de Jerjes,
le persiguieron de ciudad en ciudad, y precisado a refugiarse entre los
persas, murió muchos años después.
Los atenienses apenas conocieron esta pérdida, pues tenían a Arístides
y a Cimón, hijo de Milcíades. Encargado este del mando de la escuadra
griega, sale del Pireo con trescientas galeras, y obliga con su
presencia y sus armas a las ciudades de Caria y de Licia a que se
declaren contra los persas. Encuentra luego a la altura de la isla de
Chipre la escuadra de estos últimos, echa a pique una parte de ella, y
se apodera del resto. Aquella misma noche desembarca en las costas de
Panfilia, ataca al ejército enemigo, lo dispersa y vuelve a su escuadra
con un número prodigioso de prisioneros y de inmensos despojos.
Esta doble victoria, la conquista de la península de Tracia, que se
verificó a continuación, y algunas otras ventajas de que aquellas
fueron precursoras, aumentaron sucesivamente la gloria de los
atenienses y las confianzas que tenían en sus fuerzas. Acreció aún más
su poder con el abandono que los aliados hicieron de sus naves, y la
toma de las islas de Esciros, de Naxos y de Tasos, cuyos habitantes,
exasperados por su orgullo, se habían separado de ellos mirándose como
independientes.
Los socorros que dieron a los lacedemonios contra sus esclavos
sublevados en algunas ciudades de la Laconia, que se habían dejado
llevar de la rebelión, dieron motivo entre ellos y Lacedemonia a
un encono que producía funestas guerras. Creyeron advertir los
lacedemonios que los generales atenienses estaban en correspondencia
con los sublevados, y bajo pretextos plausibles les rogaron que se
retirasen; pero los atenienses, irritados de semejantes sospechas,
rompieron el tratado que les unía a los lacedemonios desde el principio
de la guerra meda, y se apresuraron a celebrar otro con los argivos sus
enemigos.
(Año 462 antes de J. C.) Aumenta de día en día la ambición de Atenas.
Al mismo tiempo que enviaba socorros al rey de Egipto contra los
persas, sus tropas hostilizaban a los pueblos de Corinto y de Epidauro,
triunfaban de los beocios y sicionios; dispersaban la escuadra del
Peloponeso; precisaban a los habitantes de Egina a entregar sus naves,
a demoler sus murallas y pagarles un tributo, y a Tesalia a restablecer
un príncipe desgraciado sobre el trono de sus padres.
No hacían entonces directamente la guerra a Lacedemonia los atenienses,
pero ejercían contra ella y sus aliados frecuentes hostilidades. De
concierto con los argivos, quisieron un día oponerse al regreso de
un cuerpo de tropas que por intereses particulares habían atraído
del Peloponeso a Beocia; pero fueron batidos, y los lacedemonios
continuaron tranquilamente su marcha. Temiendo entonces Atenas un
rompimiento, llamó sin tardanza a Cimón, a quien había desterrado
algunos años antes.
(Año 450 antes de J. C.) Este grande hombre de regreso a su patria
empeñó sus conciudadanos a firmar una tregua de veinte años, pero
no encontrándose ya bien con el reposo que gozaban, se apresuró a
llevarlos a Chipre, donde logró tan grandes ventajas contra los persas,
que obligó a Artajerjes a pedir la paz bajo condiciones las más
humillantes. Mas no gozó por mucho tiempo de su gloria, pues terminó
sus días en Chipre, siendo su muerte el término de las prosperidades de
los atenienses.