GUERRA DE LOS ATENIENSES EN SICILIA.

La ciudad de Egesta en Sicilia, que se decía estar oprimida por los

de Selinunte y Siracusa, imploró el auxilio de los atenienses, sus

aliados. Atenas envió diputados a Sicilia, y cuando regresaron hicieron

una relación infiel del estado de las cosas. Resolviose la expedición

y fueron nombrados por generales de ella, Alcibíades, Nicias y Lámaco.

Lisonjeábanse de tal manera de su buen éxito que el senado arregló de

antemano la suerte de los diferentes pueblos de la Sicilia.

El primer proyecto fue el de enviar inmediatamente sesenta galeras a

esta isla. Nicias, que se había opuesto a tal expedición, queriendo

impedirla por una vía indirecta, expuso que además de la escuadra

era necesario un ejército terrestre, y presentó a la vista de los

ciudadanos el espantoso cuadro de los preparativos, de los gastos y del

número de tropas que exigía tal empresa, mas la asamblea, lejos de

anonadarse, dio a los generales plenos poderes para disponer de todas

las fuerzas de la república.

(Año 415 antes de J. C.) Todo estaba ya pronto para partir, cuando

Alcibíades fue denunciado por haber mutilado durante la noche, con

algunos compañeros, las estatuas de Hermes, colocadas en los diferentes

barrios de la ciudad, y representado además, al salir de una cena,

las ceremonias de los terribles misterios de Eleusis. Puesto a salvo

del furor de la plebe mediante las disposiciones del ejército y de la

escuadra, se presenta a la asamblea, desvanece las sospechas suscitadas

contra él, y pide una de dos cosas: la muerte si es culpable, o una

reparación satisfactoria si no lo es. Sus enemigos hacen diferir el

fallo hasta que regrese, y él marcha cargado de una acusación que tiene

la cuchilla de la ley pendiente sobre su cabeza.

La escuadra, compuesta de trescientas velas, se había reunido en

Córcira, y desde allí pasó a Regio, al extremo de la Italia. Alcibíades

y Nicias manifestaron sus miras en el primer consejo que se tuvo.

El segundo quería atenerse al decreto de los atenienses, el cual

solo prevenía que se tratase de arreglar los negocios de la Sicilia

del modo más ventajoso a los intereses de la república, y que para

conseguirlo se protegiese a los egestanos contra los de Selinunte; y

si las circunstancias lo permitiesen, que obligasen a los siracusanos

a restituir a los leontinos las posesiones de que les habían privado.

No era este el modo de pensar de Alcibíades y de Lámaco. Este último

quería aún más que Alcibíades, el cual era de opinión que debía

comenzarse haciendo negociaciones con algunas ciudades, a fin de

sublevarlas contra los de Siracusa, al paso que Lámaco deseaba que al

instante se marchase contra la ciudad de Siracusa. Pero no fue seguido

este dictamen, y todos se conformaron con el de Alcibíades.

Este general se apoderó lo primero de Catania por sorpresa, y Naxos

le abrió luego sus puertas. La ciudad de Mesina iba a seguir este

ejemplo, cuando se supo que habían llegado de Atenas unos emisarios de

sus enemigos para prenderle. Al principio se propuso ir a confundir a

sus acusadores, pero reflexionando después sobre las injusticias de

los atenienses, se escapó retirándose al Peloponeso, y su retirada

difundió el desaliento en el ejército. Para reanimar el ardor de

los soldados, Nicias se determinó a sitiar a Siracusa. Esta ciudad,

sumamente estrechada, estaba ya a punto de rendirse, cuando un general

lacedemonio, llamado Gilipo, consiguió entrar en ella con algunas

tropas, reanimó el valor de los sitiados, batió a los sitiadores y los

tuvo encerrados en sus atrincheramientos.

Vino a anclar cerca de Siracusa una nueva escuadra ateniense a las

órdenes de Demóstenes y de Eurimedonte, pero estas nuevas tropas

no fueron más felices que aquellas a las cuales reforzaron. Por

causa de Nicias, que no quiso volver a hacerse a la vela, como se

lo había aconsejado Demóstenes, los atenienses fueron batidos por

mar y por tierra, y precisados a abandonar su campo, sus enfermos y

sus naves, y a retirarse en número de cuarenta mil hombres a algunas

ciudades de Sicilia. En su retirada fueron perseguidos por Gilipo

al frente de los siracusanos, y tuvieron que luchar contra muchos

e incesantes obstáculos. Demóstenes, que mandaba la retaguardia,

habiendo sido arrinconado en un paraje estrecho, se vio forzado a

rendirse; Nicias, no más dichoso, perdió ocho mil hombres cerca del

río Asinaro y rindiose también a Gilipo. Fueron conducidos a Siracusa

un número considerable de prisioneros y todos perecieron, los unos de

enfermedades y los otros en prisiones como esclavos, a excepción de

algunos de estos que debieron su libertad a las poesías de Eurípides,

apenas conocidas entonces en Sicilia, y de las cuales recitaban a sus

señores los mejores trozos. Nicias y Demóstenes fueron condenados a

muerte, a pesar de los esfuerzos que hizo Gilipo para salvarles la vida.

Experimentó Atenas en esta ocasión un revés tan grande como

imprevisto, pero aún la esperaban otras desgracias. Sus aliados

estaban ya dispuestos a sacudir su yugo; los demás pueblos juraban su

pérdida, y los del Peloponeso se creían ya autorizados con su ejemplo

para romper la tregua. Gozaba Alcibíades en Lacedemonia el crédito

que sabía adquirirse en todas partes, y después de haber empeñado a

los lacedemonios a dar socorro a los siracusanos y a comenzar de

nuevo sus correrías en Ática, presentose en las costas del Asia menor,

donde hizo que se declarasen en favor suyo Quíos, Mileto y otras

ciudades florecientes. Cautivó con su agrado y buen trato a Tisafernes,

gobernador de Sardes, y el rey de Persia se encargó del mantenimiento

de la escuadra del Peloponeso.

Hubiese terminado muy pronto esta segunda guerra, si Alcibíades,

perseguido por Agis, rey de Lacedemonia, a cuya esposa había seducido,

y por los demás jefes de la liga, a quienes su gloria daba celos,

no hubiese suspendido los esfuerzos de Tisafernes y los socorros de

la Persia, bajo pretexto de que convenía al gran rey el dejar a los

griegos debilitarse mutuamente.

No tardaron los atenienses en revocar el decreto del destierro de

Alcibíades: pónese entonces al frente de ellos, somete las plazas del

Helesponto, obliga a los gobernadores del rey de Persia a firmar

un tratado ventajoso para los atenienses, y Lacedemonia a pedirles

la paz, cuya petición fue desechada, porque creyéndose en adelante

invencibles bajo el mando de Alcibíades, habían pasado rápidamente de

la consternación más profunda a la más insolente presunción.

Cuando este general volvió a su patria, su llegada a ella, su mansión

y la prisa que se dio para justificarse fueron para él una serie

continuada de triunfos y de fiestas para el pueblo; y cuando le vieron

salir del Pireo con una escuadra de cien naves, nadie dudó que los

pueblos del Peloponeso sufrirían en breve la ley del vencedor, y que a

continuación anunciaría un correo la conquista de la Jonia.

Engolfados se hallaban en tan lisonjeras esperanzas, cuando se supo que

quince galeras atenienses habían caído en poder de los lacedemonios,

a causa de un combate dado en ausencia y contra las órdenes de

Alcibíades, y en ocasión que este había pasado a la Jonia obligado de

la necesidad de exigir contribuciones para el mantenimiento de las

tropas. A la primera noticia de este revés, volvió atrás y presentó

la batalla al vencedor que no se atrevió a aceptarla. Había reparado

el honor de Atenas y la pérdida era corta; pero bastó para que sus

enemigos lograsen irritar al pueblo, que le quitó el mando de los

ejércitos.

La guerra continuó durante algunos años, siempre por mar, y concluyose

con la batalla de Egospótamos, ganada por los lacedemonios en el

estrecho del Helesponto. Lisandro, que los mandaba, sorprendió a

la escuadra ateniense y se hizo dueño de ella cogiendo tres mil

prisioneros (año 405 antes de J. C.).

La pérdida de esta batalla trajo consigo la de Atenas, que después

de un sitio de algunos meses se rindió por falta de víveres. Sus

habitantes fueron condenados no solamente a demoler las fortificaciones

del Pireo, sino también a entregar sus galeras a excepción de doce;

a llamar a los desterrados, a sacar las guarniciones de las ciudades

de que se habían apoderado, y a seguir a sus vencedores por mar y por

tierra inmediatamente que se les mandase.

Sus murallas fueron destruidas al son de música, y algunos meses

después les fue permitido el elegir treinta magistrados, que en lugar

de establecer una nueva forma de gobierno usurparon la autoridad.

Protegían abiertamente sus injusticias las tropas lacedemonias que les

facilitó Lisandro, y tres mil ciudadanos, que se asociaron para afirmar

su potencia. La nación desarmada cae de repente en el exceso de la

servidumbre y el destierro, las cadenas y la muerte son el patrimonio

de aquellos que se atreven a quejarse contra la tiranía, o que parece

la condenan con su silencio. Esta opresión no duró más de ocho meses, y

en este corto espacio de tiempo más de mil quinientos ciudadanos fueron

degollados y privados de los honores fúnebres; la mayor parte abandonó

una ciudad donde las víctimas y los testigos de la opresión no se

atrevían a manifestar sus quejas.

Hallábase entonces Alcibíades en un lugar de la Frigia, bajo el

gobierno de Farnabaces, que le dio pruebas de distinción y amistad.

Creíase en perfecta seguridad, cuando de repente cercan su casa unos

asesinos enviados por el sátrapa, y no teniendo valor para invadirla,

le pegan fuego. Arrójase él con espada en mano por entre las llamas,

aparta a los bárbaros, y cae muerto entre una lluvia de dardos; siendo

entonces de edad de cuarenta años.

Estaba reservada a Trasíbulo la gloria de libertar a su patria. Este

generoso ciudadano, puesto por su mérito a la cabeza de aquellos

que habían huido, se apoderó del Pireo y llamó al pueblo a la

independencia. Algunos de los opresores perecieron con las armas en

la mano y otros fueron condenados a muerte. Publicose una amnistía

general, y bastó para restablecer el orden y la tranquilidad en Atenas.

Algunos años después sacudió esta ciudad el yugo de Lacedemonia,

restableció su gobierno, y aceptó el tratado de paz que celebró con

Artajerjes el espartano Antálcidas. Por este tratado, las colonias

griegas del Asia menor y algunas cercanas fueron abandonadas a la

Persia, y los demás pueblos de la Grecia recobraron sus leyes y su

independencia. Así terminaron las desavenencias causadas por las

guerras de los medos y del Peloponeso.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 21 / 107 题