Siglo de Temístocles y de Arístides, desde el año 490 hasta el 444
antes de J. C.
Darío 1.º, rey de Persia, acababa de volver de la funesta expedición
que emprendió para subyugar a los escitas, cuando las ciudades de
Jonia, queriendo recobrar su libertad perdida por las conquistas de
Ciro, expulsaron a sus gobernadores, incendiaron la ciudad de Sardes,
capital del antiguo reino de Lidia, y envolvieron en su revolución
a los pueblos de Caria y de la isla de Chipre. Los lacedemonios
tomaron el partido de no acceder a esta liga, y los atenienses el
de favorecerla sin declararse abiertamente; bajo este plan enviaron
a Jonia algunas tropas que contribuyeron a la toma de Sardes, y los
eretrios de la Eubea siguieron inmediatamente su ejemplo.
El principal autor de esta sublevación fue Histieo de Mileto, que,
desterrado en Susa, corte de Persia, e impaciente por volver a su
patria, se valió de las turbulencias que en ella excitó bajo mano para
que le alzasen el destierro. Mas no quedó su traición impune por mucho
tiempo, pues fue cogido con las armas en la mano y los generales de
Darío le dieron muerte al punto.
Luego que Darío tuvo noticia del incendio de Sardes, juró vengarse de
la revolución de los jonios y de la conducta de los atenienses; pero,
antes de hostilizar a estos, dirigió sus armas contra los primeros.
Esta guerra, que duró algunos años, terminó con la sumisión entera de
la Jonia, la conquista de muchas islas del mar Egeo y de todas las
ciudades del Helesponto.
Darío, antes de romper abiertamente con la Grecia, envió por todas
partes heraldos o reyes de armas pidiendo la tierra y el agua: esta
era la fórmula que usaban los persas para exigir tributo y homenaje
de las naciones. La mayor parte de las islas y de los pueblos del
continente lo dieron sin titubear; pero los lacedemonios y atenienses
no solamente lo negaron, sino que, con una violación manifiesta del
derecho de gentes, arrojaron a los embajadores del rey en una profunda
fosa. Los primeros llevaron aún a más extremo su indignación, pues
condenaron a muerte al intérprete que había manchado la lengua griega
explicando las órdenes de un bárbaro.
Así que Darío recibió esta noticia, dio el mando de sus tropas a un
medo llamado Datis, con orden de destruir las ciudades de Atenas y
Eretria y de traerle los habitantes encadenados.
Juntose el ejército y, embarcado en seiscientos bajeles, pasó luego a
la isla de Eubea. La ciudad de Eretria fue tomada por la traición de
algunos ciudadanos, después de haberse defendido vigorosamente durante
seis días; sus templos fueron arrasados y sus moradores cargados de
cadenas. La escuadra victoriosa, habiendo aportado luego a las costas
del Ática, desembarcó cien mil infantes y diez mil caballos cerca del
pueblo de Maratón, distante de Atenas unas seis leguas. A la noticia
de este desembarco los atenienses, consternados, imploraron el socorro
de los pueblos vecinos, y los lacedemonios fueron los únicos que les
prometieron tropas: pero varias circunstancias imprevistas impidieron
su pronta reunión a los atenienses.
Por fortuna se dejaron ver entonces tres hombres destinados a dar un
nuevo vuelo a los sentimientos y al entusiasmo patrio. Estos eran
Milcíades, Arístides y Temístocles. El primero había militado mucho
tiempo en Tracia, donde había adquirido una reputación esclarecida;
basta un rasgo solamente para pintar a Arístides: fue el ateniense
más justo y más virtuoso. Muchos serían necesarios para explicar sus
talentos, los recursos y las altas miras de Temístocles.
Inflamados de amor patrio con el ejemplo y los discursos de estos tres
ilustres ciudadanos, cada una de las diez tribus presentó mil infantes
con un capitán al frente, pero fue no obstante necesario alistar
esclavos para completar su número. Luego que estas tropas estuvieron
reunidas, salieron de la ciudad y bajaron a la llanura de Maratón,
donde los habitantes de Platea, en Beocia, les enviaron un refuerzo de
mil infantes.
Apenas estuvo este corto ejército en presencia del enemigo, cuando
Milcíades propuso atacarle. Para asegurar el éxito, Arístides y los
demás generales dieron a Milcíades el mando que cada uno tenía por
turno; mas él, a fin de ponerlos al abrigo de los acontecimientos,
esperó a que llegase el día en que le tocaba de derecho ponerse al
frente del ejército. Luego que hubo llegado, ordenó sus tropas al pie
de un monte en un sitio cubierto de árboles, que debían detener la
caballería persa, mediando un espacio de ocho estadios (o sean 760
toesas) entre el ejército de los griegos y el de los persas.
A la primera señal del combate, los atenienses atravesaron corriendo
esta distancia, y los persas, admirados de un modo de atacar tan
extraño, permanecen al principio inmóviles; pero en breve oponen al
furor impetuoso de sus enemigos un furor más tranquilo y no menos
temible. Después de algunas horas de combate obstinado, las dos alas
del ejército de los griegos empiezan a fijar la victoria derrotando las
de los persas que se les oponen, y decídese en fin cuando en seguida se
dirigen contra el centro del enemigo, que acosaba al cuerpo de batalla
mandado por Arístides y Temístocles.
Los persas, rechazados por todas partes, huyen hacia su escuadra; el
vencedor los persigue a sangre y fuego; prende, quema, echa a pique
muchas de sus naves, y sálvanse las demás a fuerza de remos.
Milcíades salió herido, e Hipias y dos generales atenienses perecieron
en el combate. Apenas se había decidido la victoria, cuando un soldado
rendido de cansancio, concibió el proyecto de llevar a los magistrados
de Atenas la primera noticia de este suceso: cargado de sus armas,
corre, vuela, llega, anúnciales la victoria, y cae muerto a sus pies.
Esta gran batalla se dio en el tercer año de la olimpiada setenta y
dos, día 29 de septiembre del año 490 antes de J. C. Al día siguiente
llegaron al campo de los atenienses dos mil espartanos que habían
andado en tres días con sus noches 1200 estadios (cerca de 46 leguas
y media) y no se retiraron hasta después de dar a los vencedores los
elogios merecidos.
Nada omitieron los atenienses para eternizar la memoria de los héroes
que murieron en el combate. Hiciéronseles honrosas exequias, y fueron
grabados sus nombres en medias columnas levantadas en la llanura de
Maratón, y un hábil artista pintó circunstanciadamente la batalla en
uno de los pórticos más frecuentados de la ciudad: allí representó a
Milcíades a la cabeza de los generales, en el momento de exhortar las
tropas del combate.
No tardaron los atenienses en vengarse ellos mismos de Darío. Habían
elevado tanto a Milcíades que empezaron a temerle: los que envidiaban
sus glorias representaban que mientras mandaba en Tracia había ejercido
todos los derechos de la soberanía, y que era tiempo de estar alerta
tanto sobre sus virtudes como sobre su gloria. El mal éxito de una
expedición que dirigió contra la isla de Paros dio nuevo pretexto al
encono de sus enemigos. Acusáronle de haberse dejado corromper por el
oro de los persas, y, a pesar de las declamaciones y solicitudes de los
más honrados ciudadanos, fue condenado a ser arrojado en la fosa donde
hacían perecer a los malhechores. Opúsose el magistrado a la ejecución
de esta sentencia y fue conmutada la pena en una multa de cincuenta
talentos (1.005.882 reales); pero no hallándose en disposición de
poderla pagar, se vio al vencedor de Darío expirar entre cadenas en una
prisión, de resultas de las heridas que había recibido en defensa de
la patria.