PISÍSTRATO.

Jamás hubo hombre alguno que reuniese más circunstancias que este para

cautivar los corazones, pues se hallaba dotado de un nacimiento ilustre

y de grandes riquezas; de un valor acreditado, un aspecto y presencia

que infundían respeto, una elocuencia persuasiva y un entendimiento

abundante en dotes naturales e ilustrado con el estudio. Con tan

grandes ventajas que le hacían accesible a los menores ciudadanos y

les prodigaba los consuelos y socorros con que el hombre se granjea el

afecto y la voluntad de sus semejantes. Así es que, haciéndose con su

conducta el ídolo de la multitud, creyó poder elevarse fácilmente al

poder soberano, y para ello se valió de la estratagema siguiente.

Preséntase un día en la plaza pública acribillado de heridas que se

había hecho él mismo, e implora la protección del pueblo. Convócase

la asamblea; muestra ante ella sus heridas, y acusa al senado, tanto

como a los cabezas de las demás facciones, de haber querido quitarle

la vida. Óyense gritos a su favor por todas partes, y los principales

ciudadanos callan o temen. Solón indignado de su cobardía, trata de

inspirarles serenidad y valor, pero su voz, ya débil por la edad, es

sofocada por los gritos sediciosos de la multitud preocupada, y la

asamblea termina concediendo a Pisístrato una guardia de satélites

encargados de custodiar su persona. Haciendo uso de esta fuerza,

apodérase luego de la ciudadela, desarma al pueblo, y usurpa la

soberanía.

Solón, aunque consultado varias veces por el usurpador, a quien no

dejaba de dar pruebas de deferencia y de respeto, no sobrevivió mucho

tiempo a la esclavitud de su patria.

Treinta y tres años transcurrieron desde esta revolución hasta la

muerte de Pisístrato; pero se vio obligado por dos veces a dejar el

Ática, en fuerza del crédito de sus adversarios, y no estuvo más de

diecisiete años al frente del gobierno. Esto no obstante, antes de su

muerte tuvo el consuelo de ver establecida su autoridad en su familia.

Preciso es hacerle justicia confesando que, mientras estuvo al frente

de la administración, consagró sus días a la utilidad pública,

señalándolos con nuevos beneficios o con nuevas virtudes. Como no temía

los progresos de las luces, publicó una nueva edición de las obras de

Homero, y formó para el uso de los atenienses una biblioteca compuesta

de los mejores libros conocidos hasta entonces.

Justo será también añadir algunos rasgos que manifiestan su grandeza

de alma. Jamás incurrió en la debilidad de vengarse de los insultos

que le hicieron. Habiendo asistido su hija a una ceremonia religiosa,

acercose a ella y le dio un abrazo un joven que la amaba con pasión, y

poco tiempo después intentó robarla. Pisístrato respondió a su familia

que le incitaba a la venganza: «Si aborrecemos a las personas que

nos aman, ¿qué haremos con aquellas que nos aborrecen?». Y luego se

la dio al joven por esposa. En fin: algunos de sus amigos, resueltos

a separarse de su obediencia, se retiraron a una plaza fuerte, y

habiéndolos él seguido inmediatamente con algunos esclavos que llevaban

su equipaje, le preguntaron los conjurados cuál era su designio, a lo

cual respondió: «Es preciso que me persuadáis a quedarme con vosotros,

o que yo os persuada a que volváis conmigo». Estas palabras bastaron

para reducirlos otra vez a su obediencia.

Sucedieron a Pisístrato sus dos hijos, Hipias e Hiparco, que,

aunque con menos prendas, gobernaron con igual sabiduría; pero

desgraciadamente el segundo cometió una injusticia de la cual fue

víctima.

Harmodio y Aristogitón, dos jóvenes atenienses, unidos con amistad

íntima, habiendo recibido una injuria difícil de olvidar, juraron

quitar la vida a Hiparco y a su hermano. El día en que se celebraba la

fiesta de las Panateneas, encubrieron sus puñales con ramos de mirto

y se fueron a un sitio donde ambos príncipes ordenaban una procesión

que debían conducir al templo de Atenea, y acercándose a Hiparco le

clavan el puñal en el corazón. Muere también Harmodio en el acto a

manos de los satélites del príncipe, y Aristogitón, arrestado casi al

mismo instante, es llevado al tormento: nombra cómo cómplices a los más

fieles partidarios de Hipias, y sin tardanza fueron llevados al cadalso.

Desde entonces Hipias solo se hizo memorable por medio de injusticias;

pero de allí a tres años le obligó a abdicar el trono Clístenes, jefe

de los Alcmeónidas, familia poderosa de Atenas siempre enemiga de los

Pisistrátidas, el cual había reunido bajo su mando a los descontentos

y logró que le socorriesen los lacedemonios. Hipias, después de haber

andado errante algún tiempo con su familia, se acogió a la protección

de Darío, rey de los persas, y pereció en fin en la batalla de Maratón.

Después de la expulsión de los Pisistrátidas, Clístenes, a fin de

conciliarse la adhesión del pueblo, dividió en diez tribus las cuatro

que desde Cécrope comprendían los habitantes del Ática, y anualmente

se sacaban a la suerte de cada tribu cincuenta senadores, llegando así

el número de estos a quinientos. Estas diez tribus, cual otras tantas

repúblicas pequeñas, tenían cada una su presidente, sus empleados, sus

tribunales y sus intereses. Desde esta época hasta la corrupción de las

costumbres de los atenienses apenas transcurrió medio siglo.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 17 / 107 题