Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, ciudad situada al pie del monte
Ida en la costa del Asia, a la parte opuesta de la Grecia, pasó a la
corte de Menelao, rey de Esparta, donde la belleza de Helena, mujer de
este príncipe, llamaba la atención de todos. Sedujo a esta princesa,
que abandonó esposo y trono por seguirle, y a la nueva de este
atentado, por el cual el ultrajado esposo pidió en vano satisfacción
al rey Príamo, los príncipes griegos indignados resolvieron vengarse
de un modo ruidoso. Reúnense pues en Micenas, reconocen a Agamenón, el
más poderoso de todos ellos, por jefe de la empresa, y juran reducir a
cenizas la ciudad de Ilión. Entre ellos se hallaba el viejo y elocuente
Néstor, rey de Pilos; el artificioso Odiseo, rey de Ítaca; Áyax de
Salamina; Diomedes de Argos; Idomeneo de Creta; Aquiles hijo de Peleo;
y una multitud de jóvenes y fogosos guerreros. Después de largos,
costosos y formidables preparativos, el ejército, que se componía
de cerca de cien mil hombres, se reunió en el puerto de Áulide y,
embarcado en mil doscientas naves, pasó a las costas de la Tróade.
La ciudad de Troya, fortificada con murallas y torres, estaba además
defendida por un ejército numeroso mandado por Héctor, hijo de Príamo,
el cual tenía bajo sus órdenes varios príncipes aliados que juntaron
sus tropas a las de los troyanos. Los griegos rechazaron a sus enemigos
reunidos en la costa, y atrincheraron luego su campo, en el cual se
encerraron.
Ambos ejércitos midieron de nuevo sus fuerzas, y siendo el éxito dudoso
en varios combates, se entrevió que el sitio duraría largo tiempo.
Entre la ciudad de Troya y la costa que ocupaban las tiendas y las
naves de los griegos, se extendía una vasta llanura, teatro del valor
y la ferocidad de sitiados y sitiadores. Troyanos y griegos, armados
de picas, mazas y espadas, de flechas y venablos, cubiertos de cascos,
de corazas y de broqueles, con las filas cerradas y los generales al
frente, se abalanzaban unos contra otros, alzando los primeros grandes
gritos, y guardando los segundos un silencio imponente. Embestíanse las
tropas y se rompían las falanges con grande confusión y estrépito; la
noche separaba a los combatientes, y la victoria costaba mucha sangre,
sin que produjese fruto alguno. Al día siguiente la llama de las
hogueras devoraba a los que la muerte había segado; honraban su memoria
con lágrimas y juegos fúnebres, y apenas expiraba la tregua volvían de
nuevo a la pelea con más furor que antes.
Jamás fueron tan comunes las asociaciones de armas y sentimientos como
durante la guerra de Troya. Aquiles y Patroclo, Áyax y Teucro, Diomedes
y Esténelo, Idomeneo y Meríones; otros muchos héroes, en fin, dignos de
seguir las huellas de aquellos, combatían frecuentemente el uno al lado
del otro y arrojándose al combate participaban así de los peligros y de
la gloria.
Todo el mundo tenía fija su atención en los campos de Troya, y todos
los príncipes, uno en pos de otro, se apresuraban a ir a señalarse
en aquella carrera abierta a la fama de las naciones (año 1282 antes
de J. C.). En fin, después de diez años de resistencia, después de
haber perdido la flor de sus guerreros, cayó la ciudad vencida por
los esfuerzos y artificios de los griegos. Sus muros, sus casas y sus
templos, reducidos a polvo y cenizas; Príamo expirante al pie de los
altares y rodeado de sus hijos degollados; Hécuba, su esposa, Casandra,
su hija, Andrómaca, viuda de Héctor, que murió a manos de Aquiles, y
otras muchas princesas, cargadas de cadenas y llevadas como esclavas de
los vencedores... He aquí el desenlace trágico de aquella guerra fatal
y memorable.
El regreso de los griegos a sus reinos fue marcado por siniestros
reveses y contratiempos. Áyax, rey de la Lócrida, pereció con su
escuadra; Odiseo anduvo errante diez años por los mares antes de
volver a entrar en su isla de Ítaca, e Idomeneo, Filoctetes, Diomedes
y Teucro, vendidos por sus padres, parientes y amigos se retiraron
a países desconocidos; Agamenón, en fin, murió asesinado por
Clitemnestra, su infiel esposa, quien algún tiempo después pereció a
manos de su hijo Orestes. En el decurso de algunas generaciones se vio
extinguida la mayor parte de las casas soberanas que habían destruido
la de Príamo, y ochenta años después de la ruina de Troya, una parte
del Peloponeso cayó en poder de los Heráclidas, o descendientes de
Heracles.