Acontecimientos que han pasado desde Cécrope, hasta el fin de la
primera olimpiada.
La colonia de Cécrope era oriunda de la ciudad de Sais en Egipto. Dejó
las fértiles orillas del Nilo para evadirse de la ley de un vencedor,
y después de una larga navegación arribó a las costas del Ática,
habitadas siempre por un pueblo que desdeñaron sojuzgar las naciones
feroces de la Grecia; pero Cécrope, poniéndose al frente de ellos, se
propuso hacer feliz la patria que acababa de adoptar entonces. Los
egipcios y los habitantes del Ática formaron en breve un solo pueblo,
y sometidos a leyes sabias, origen de virtudes y placeres inocentes,
pasaron muy pronto del estado salvaje a la civilización. Los primeros
griegos ofrecían sus homenajes a dioses, cuyos nombres ignoraban; mas
las colonias extranjeras dieron a estas divinidades los nombres que
tenían en Egipto, en Libia y en Fenicia, atribuyendo a cada una un
poder limitado, y unas funciones privativas. La ciudad de Argos fue
consagrada especialmente a Hera, la de Atenas a Atenea, y la de Tebas
a Dioniso. Multiplicando Cécrope los objetos de veneración pública,
invocó al soberano de los dioses, bajo el título de todopoderoso,
y erigió templos y altares en todas partes; pero prohibió que se
derramase en ellos la sangre de las víctimas, ya para conservar los
animales útiles para la agricultura, y ya para inspirar a sus súbditos
el horror de las bárbaras escenas representadas en la Arcadia. El
homenaje que Cécrope ofreció a sus dioses era más digno de la bondad de
aquel legislador, pues se reducía a espigas o granos, primicias de las
mieses que enriquecían el Ática, y tortas tributo de la industria que
empezaban a conocer sus habitantes.
Todos los reglamentos de Cécrope respiraban sabiduría y humanidad,
brillando particularmente estas virtudes en el tribunal del Areópago,
que parece fue fundado a fines del reinado de aquel príncipe, o al
empezar el de su sucesor. Jamás se pronunció en él desde su origen un
fallo injusto, contribuyendo a dar con esto a los griegos las primeras
nociones de la justicia. Fueron tan rápidos los efectos de esta sabia
legislación, que el Ática se vio muy pronto poblada de veinte mil
habitantes, los cuales fueron divididos en tres tribus. Estos progresos
llamaron la atención de los pueblos que solo vivían de rapiña, y a
fin de poner Cécrope los pueblos a cubierto de los corsarios que
talaban sus campos y esparcían el temor entre aquellos habitantes,
les persuadió a que reuniesen sus moradas, esparcidas hasta entonces,
y que las guareciesen con un recinto de muros. Puso los cimientos de
Atenas en la colina donde hoy se ve su ciudadela, y edificáronse otras
ciudades en diferentes sitios.
Murió Cécrope después de un reinado de cincuenta años, y durante el
transcurso de 565 le sucedieron diecisiete príncipes, siendo Codro
el último de ellos. Bajo el reinado de Cránao, inmediato sucesor
de Cécrope, penetraron en Beocia las luces de oriente: Cadmo, a la
cabeza de una colonia de fenicios, introdujo la escritura, arte el más
sublime, y de allí a poco tiempo se transmitió al Ática. En el reinado
de Erictonio fueron uncidos al carro por primera vez los caballos ya
dóciles al freno, y, aprovechándose de las útiles tareas de las abejas,
se perpetuó la raza de estos industriosos insectos en el monte Himeto.
Hizo nuevos progresos la agricultura en tiempo de Pandión, y Erecteo,
sucesor suyo, ilustró su reinado con útiles establecimientos, por lo
cual los atenienses le erigieron un templo después de su muerte.
A proporción que el reino de Atenas se fortificaba con las leyes y
las artes, veíanse aumentar insensiblemente y continuar su revolución
sobre la escena del mundo los de Argos, Arcadia, Lacedemonia, Corinto,
Sición, Tebas, Tesalia y Epiro.
En tanto la antigua barbarie volvía a aparecer con desprecio de las
leyes y las costumbres, levantándose de cuando en cuando hombres
fuertes y feroces que atemorizaban a los pueblos con sus latrocinios,
o príncipes crueles que atormentaban a súbditos inocentes con lentos
y dolorosos suplicios; pero la naturaleza, que hace contrapeso al mal
con el bien, produjo para destruirlos otros hombres más robustos que
aquellos y más poderosos y justos que los demás, los cuales libertaron
la Grecia de tan terribles calamidades; y entonces dio principio el
imperio de aquellos héroes de la antigüedad, que afearon su vida
maravillosa con manchas vergonzosas.
Muchos de estos, bajo el nombre de Argonautas, concibieron el proyecto
de pasar a un clima lejano para apoderarse de los tesoros de Eetes,
rey de Cólquida, y llevaron a cabo su empresa arrostrando los peligros
de una larga navegación por mares desconocidos. Entre aquellos héroes
se hallaba Jasón, que sedujo y arrebató a Medea, hija de Eetes;
Cástor y Pólux, hijos de Tindáreo, rey de Esparta; Peleo, rey de la
Ftía y padre de Aquiles, que le excedió en valor; el poeta Orfeo y,
últimamente, Heracles, mortal el más ilustre. Este héroe, tan célebre
en la historia, descendía de los reyes de Argos: y se dice que era
hijo de Zeus y de Alcmena, esposa de Anfitrión; que venció al león de
Nemea, al toro de Creta, al jabalí de Erimanto, a la hidra de Lerna y
a algunos monstruos aún más feroces: a Busiris, rey de Egipto, que por
su propia mano quitaba la vida a los extranjeros; a Anteo de Libia, que
les daba muerte después de vencerlos en la lucha; a los gigantes de
Sicilia, los centauros de Tesalia y todos los bandidos de la tierra,
cuyos límites fijó por occidente, así como lo hizo Dioniso por la parte
oriental. Añaden que separó montañas, y abrió estrechos para reunir
los mares, y que mediante su poder triunfaron los dioses en la batalla
con los gigantes. Su historia es un ensarte de prodigios, o más bien
la historia de todos cuantos han tenido su nombre, y sufrido iguales
trabajos. Exagerando sus hazañas y atribuyéndolas todas a un solo
hombre, se le han atribuido también todas las grandes empresas, cuyos
autores se ignoraban; se le ha ensalzado, en fin, hasta quererle hacer
superior a la especie humana, cuando solo es un fantasma de grandeza
elevada entre el cielo y la tierra, como para llenar su intervalo.
Otro de los héroes fue Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, y de Etra,
hija del sabio Piteo, que gobernaba en Trecén. Venció al cruel Sinis,
que ataba los vencidos a las ramas de los árboles, que curvaba con
esfuerzo, y que se enderezaban cargadas con los miembros ensangrentados
de aquellos infelices; a Esciro, que precipitaba los viajeros al mar
desde una alta montaña; y a Procusto, que los tendía en un catre de
hierro, cuya longitud debía ser exacta con la de sus cuerpos, y la
acortaba o prolongaba dándoles horrorosos tormentos. A todos estos
bandidos les hizo morir en los mismos suplicios que ellos inventaron.
Deshizo la facción de los Palántidas, que querían usurpar el trono a
su padre; marchó luego a los campos de Maratón, asolados muchos años
hacía por un furioso toro; le domó y presentole encadenado ante los
atenienses, no menos absortos de la victoria que espantados del combate.
Minos, rey de Creta, acusó a los atenienses de haber dado muerte a su
hijo Androgeo, y obligoles a la fuerza a entregarle en ciertos plazos
un número de mancebos y doncellas que debían ser encerrados en el
laberinto de Creta, y entregados a la voracidad del Minotauro, monstruo
medio hombre y medio toro, nacido de los amores infames de Pasífae,
reina de Creta. Toma Teseo a su cargo la ardua empresa de libertar a
su afligida patria de aquel tributo vergonzoso, y poniéndose en el
número de las víctimas se embarca para Creta. Apenas llega al terrible
laberinto, mata al monstruo y sale del encierro con sus jóvenes
compatriotas, favorecido por Ariadna, hija del rey, la cual le dio
un hilo que le sirvió de guía para salir del laberinto. Siguiole la
princesa, y experimentó después el dolor de verse abandonada por él
en las playas de Naxos. Tal es la relación de los atenienses acerca
de estos hechos. Los cretenses dicen, al contrario, que los rehenes
estaban destinados a los vencedores en los juegos celebrados en honor
de Androgeo; que Teseo obtuvo permiso para entrar en lid, que venció
a Tauro, general de las tropas de Minos, y que el príncipe fue tan
generoso que hizo justicia a su valor y perdonó a los atenienses.
Apenas subió este héroe al trono de su padre Egeo, cambió la faz del
gobierno de los atenienses convirtiéndose en democrático. Las doce
ciudades o pueblos del Ática no tuvieron ya magistrados particulares.
Atenas se hizo metrópoli y centro del estado, y el poder legislativo
únicamente residió desde entonces en la asamblea general de la nación,
compuesta de los nobles, agricultores y artesanos. Instituyose al mismo
tiempo que Teseo, a la cabeza de la república, haría ejecutar las leyes
y tendría el mando supremo del ejército.
Después de haber dado Teseo la libertad a su patria, y ensanchado
los límites del estado, se cansó de los pacíficos homenajes de sus
conciudadanos y contrajo amistad íntima con Heracles y Pirítoo,
anhelante como ellos de acometer empresas célebres. Triunfó de las
amazonas en las orillas del Termodonte y en las llanuras del Ática;
concurrió a la caza del enorme jabalí de Calidón, y se distinguió
contra los centauros de Tesalia, aquellos hombres audaces, los primeros
que se ejercitaron en los combates a caballo.
En medio de tantas acciones gloriosas, resolvió de acuerdo con Pirítoo
el robo de Helena, princesa de Esparta, y de Perséfone, hija del rey de
los molosos. Solo pudieron ejecutar este vergonzoso proyecto en cuanto
a la primera; pero después de haberse fugado con ella de Lacedemonia,
fueron detenidos en Epiro, cuyo rey hizo que devorasen a Pirítoo unos
perros horribles, y que encerrasen a Teseo en una prisión, de que fue
liberado por Heracles.
Cuando Teseo regresó a sus estados encontró a su familia cubierta de
oprobio por la infame pasión que Fedra, su esposa, tenía a Hipólito,
cuyo hijo tuvo él de Antíope, reina de las amazonas. Para complemento
de su pena, encontró la ciudad en anarquía por la facción de los
Palántidas, y el territorio del Ática asolado por Cástor y Pólux,
hermanos de Helena. Siendo ya para los atenienses un objeto de odio
y de desprecio, quiso hacer uso de la fuerza para hacerse obedecer;
pero este medio no tuvo el éxito que deseaba, y entonces se acogió a la
protección del rey Licomedes en la isla de Esciros, donde pereció poco
después, bien por accidente, o bien por la traición de aquel príncipe,
amigo de Menesteo, sucesor suyo. Muchos siglos después, Cimón, hijo
de Milcíades, trasladó los huesos de Teseo a los muros de Atenas, y
habiendo construido sobre su sepulcro un templo embellecido por las
artes, llegó a ser aquel punto un asilo de los desgraciados.